El arma al diablo.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 448 – septiembre 2019.

Firma---Huilo

Obligado por la canícula que hasta devo­ra la sombra, me embarco en el único taxi li­bre, una carcacha con pinta de yate naufraga­do. Lo conduce un veinteañero de camisa blanca impecable, cuello de semental y pelo cortado al ras. A la América y Brasil, le digo y él, viéndome por el retrovisor, me pide que por favor lo guíe ya que no conoce ese sector y casi ninguno porque, caballero, vine a Quito hace un par de semanas. En onda samaritana empiezo a detallarle el trayecto incluso con pies de página, pero de golpe se me enquista la palabra: los nudillos de mi mano izquierda vienen de topar un objeto glacial en el lado libre del asiento, y es nada menos que un re­vólver. El taxista, relevándome en el uso de la palabra, empieza a contarme sus peripecias de advenedizo en esta ciudad de mierda. Cla­ro que yo no lo escucho y no solamente por el estruendo de claxonazos y sirenas y megáfo­nos que hacen de la avenida Amazonas un manicomio, sino porque estoy pasmado. Por­que no sé cómo proceder ante este revólver, letalmente vivo, como si en sí mismo fuese un asesino. Posiblemente lo perdió el anterior pasajero o pasajera, un asaltante de taxistas, un sicario, un policía de civil. O un femicida en fuga que lo habría “olvidado” a propósito. O un suicida indeciso, aterrado, lamparoso. Estas y una pila más de cavilaciones se me suscitan pero en un nivel turbio, casi ajeno, como si se dieran en otra cabeza, ya que la mía se encuentra repentinamente obturada. En cambio, mi corazón bate como un gong. Esta arma, sola y a mi alcance, me produce la misma reacción que el vértigo. Me fascina, es decir, me espanta y, a su vez, me atrae la caí­da en el abismo. Pese a su empuñadura sucia, desgastada, el maldito revólver destella, pal­pita. Me mira desde su cañón, como si me reconociera y yo fuese un fugitivo, o estuviese a punto de cometer un crimen ordenado a control remoto por el diablo. Me distancio de él lo más que puedo hasta pegar el hombro y el brazo en la puerta derecha. Intento girar la manivela de la ventanilla en busca de aire. Disculpe, caballero, ese vidrio está atascado, pero el de la otra puerta funciona, me dice el taxista mirándome por el retrovisor. No sé qué ve en mis ojos que se le da por desnudar sin prolegómenos su fresco pasado de profesor rural, la violenta separación con su esposa, la prisión fugaz por un juicio de alimentos, los niños encargados a sus padres que ya están muy ancianos. Claro que su relato cae en el vacío y de su boca solamente le salen burbu­jas porque mi lío es otro y muy serio. No sé cómo, el puto revólver se ha desplazado hasta besar mi mano izquierda. El frío de su acero se extiende como un líquido en mis dedos que se abren como las patas de una araña hambrienta y ponzoñosa. Agárrame, susurra el revólver en mi cabeza. Coloca mi cañón en la nuca del semental. Casi gritando, digo, dé­jeme en la esquina, por favor. Como usted prefiera, caballero. Por desgracia la carcacha está en el centro del hervidero de autos y bu­ses y camiones y semáforos dañados. El frío se ha apropiado de todo mi cuerpo, salvo de la cabeza que se me incendia. Mis ojos, por su cuenta, inspeccionan el tambor del arma y constatan que al menos los dos alveolos que están a la vista tienen su bala respectiva. Un auto diminuto y flamante irrumpe desde la parte de atrás y casi frotándose se coloca jun­to al taxi. Los claxonazos del vecinazgo se multiplican. Su conductora, una muchacha de melena corta y mechón azul, me mira y se turba, como si viese a Gregorio Samsa. Como si descubriese en mi cara el miedo o la locura, o algo brutal e ineluctable que está a punto de suceder. Pago la carrera sin esperar el cambio ni llegar a la esquina, al mismo tiempo que mi mano derecha abre la puerta, la gi­gantesca araña de mi mano izquierda empu­ña el revólver y lo mete en mi mochila.


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