Universo Pessoa o el hombre que se multiplicaba en la escritura.

Por Carla Badillo Coronado.

Edición 448 – septiembre 2019.

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Decir Lisboa y no pensar en Fernando Pessoa (1888-1935) resulta casi imposible, incluso los cientos de turistas que a diario recorren la capital portuguesa, sin haberlo leído jamás, posan entusiastas junto a alguno de sus monumentos en Chiado, tras haberse enterado —por alguna de sus guías de viaje— de que aquel hombre taciturno de lentes, sombrero y traje oscuro fue uno los poetas más importantes de la lengua portuguesa; hoy sin duda el más conocido. Ni siquiera Luis de Camões, considerado el padre de la literatura portuguesa (tal como Shakespeare y Cervantes lo son para sus respectivas lenguas) tiene una presencia tan rotunda en el día a día; por eso resulta curioso que aquel oficinista extremadamente solitario que siempre vivió muy justo de dinero, que odiaba las fotografías y que se ganaba la vida como traductor en una casa comercial —además de vender horóscopos que él mismo escribía—, hoy sea uno de los mayores referentes literarios y, paradójicamente, una de las principales atracciones turísticas.

Basta llegar al aeropuerto para ver su rostro impregnado en cafés o restaurantes o sobre los azulejos de la parada del metro de Alto do Moinhos o en las decenas de postales que se venden junto a la plaza de Rossio, en las tiendas de suvenires cuyos dueños son migrantes provenientes de India o Bangladesh. No solo resulta curioso, sino casi impensable si tomamos en cuenta que ese hombre reservado —que hoy es tema de estudio en escuelas y universidades y cuyo nombre ocupa secciones enteras en todas las librerías del país— no llegó a publicar en vida más que un puñado de poemas esparcidos por algunas revistas (escritos originalmente en inglés) y un único libro: Mensagem (1934), una especie de epopeya de carácter patriótico y místico. Todo lo demás quedó literalmente escondido; y no fue poco.

Pessoa llegó a construir un universo propio con más de ochenta heterónimos —cada uno con su respectiva biografía— y 136 autores ficticios, abarcando temas transversales ligados a la tragedia de la existencia humana. “Para comprender, me destruí”, decía. Contradictorio, complejo, oscuro, luminoso, con una vida amorosa casi nula, pero con una imaginación desbordante, Pessoa se multiplicaba en la escritura para huir de sus propios límites. Ni siquiera la muerte pudo acabar con su gran proyecto: un gran laberinto. Una cirrosis hepática lo fulminó un 30 de noviembre de 1935, fecha que él mismo predijo.

“No sé lo que vendrá mañana”, fueron sus últimas palabras.

Tenía 47 años.

En su baúl quedaban inéditos más de treinta mil documentos manuscritos.

Poeta, ensayista, dramaturgo, traductor, astrólogo, ocultista y crítico literario, Fernando Pessoa nació el 13 de junio de 1888, en Lisboa. Su infancia estuvo marcada por varios hechos trágicos. Cuando tenía cinco años, su padre falleció, víctima de la tuberculosis, quedando apenas con su madre y su hermano pequeño, quien también falleció al año siguiente, sin llegar a cumplir un año. Tras ello, su madre subastó parte de los bienes y se mudaron a una casa más modesta, en la calle de São Marçal; la primera de muchas. Su abuela Dionísia, que padecía una enfermedad mental, también se trasladó con ellos; lo que de alguna forma lo marcó desde pequeño (algunos heterónimos tempranos como Alexander Search —con quien se mandaba cartas a sí mismo— y Charles Robert Anon estuvieron siempre atormentados por el miedo a enloquecer, manifestando una profunda desconfianza ante el mundo).

A pesar de los trágicos sucesos, Pessoa dejó constancia en varios escritos posteriores que su infancia transcurrió de forma tranquila y que recibió una buena educación.

A los seis años escribió su primer poema —uno corto, dedicado a su madre—, con el nombre de Chevalier de Pas (Caballero de la Nada), su primer pseudónimo.

En 1895 su madre se casó por segunda vez con el comandante João Miguel Rosa, cónsul de Portugal en Durban, Sudáfrica (en ese tiempo colonia británica de Natal). Una vez instalados, Pessoa recibió una educación típicamente inglesa, estableciendo una relación profunda con su nueva lengua y mostrando rápidamente sus habilidades para la literatura. De aquel segundo matrimonio nacieron cinco hijos, por lo que Pessoa —ya bastante introspectivo— tuvo más espacio para la lectura. Shakespeare, Edgar Allan Poe, John Milton, Lord Byron, John Keats, Percy B. Shelley fueron algunos de los autores que lo acompañaron.

En calificaciones siempre fue excepcional. En 1899 ingresó en la Durban High School, donde cursó en tres años el equivalente a cinco cursos, convirtiéndose en uno de los mejores alumnos. En 1901, tras aprobar con distinción su primer examen de la Cape School High Examination, empezó a escribir poemas en inglés. Por esa época, su hermana Henriqueta falleció, con apenas dos años, por lo que la familia decidió pasar una temporada en Portugal. Durante el viaje, aprovecharon para visitar las Islas de Azores —tierra de su madre— y Tavira.

Llegada la hora de volver a Sudáfrica, Pessoa decidió quedarse en Lisboa hasta completar un año. De regreso a Durban, en 1902, se matriculó en la Commercial School; y un año después se presentó a las pruebas de admisión en la Universidad del Cabo de Buena Esperanza. Lamentablemente, uno de los requisitos para obtener la beca era haber estudiado, ininterrumpidamente, en un colegio de Natal durante los últimos cuatro años, por lo que fue automáticamente descalificado. No obstante, obtuvo la mejor calificación —entre 889 candidatos— en el ensayo de estilo inglés, recibiendo por ello el Premio Reina Victoria con apenas quince años.

Dos años más tarde, Pessoa regresó a Lisboa para nunca más marcharse.

En Portugal, su posición frente a los estudios cambió por completo. A pesar de haberse inscrito en la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa, se retiró al cabo de un año, sin rendir ningún examen y sin titularse jamás. Eso, sin embargo, no quitó su hambre voraz por la literatura y por el conocimiento en general. Pasaba horas encerrado en la Biblioteca Nacional, leyendo a Whitman, a Cesário Verde, al padre António Vieira y mucha filosofía hermética, además de ser autodidacta en temas que le apasionaban, incluyendo la masonería, el ocultismo, la fraternidad de los Rosacruces y la astrología. Vivió alquilando muchos cuartos, siempre de manera austera, aunque no escatimaba a la hora de fumar ochenta cigarrillos diarios o de tomar absenta. Odiaba los horarios fijos, pero mantenía un trabajo como corresponsal, traduciendo cartas en una casa comercial. A pesar de ser muy reservado, logró ser uno de los precursores del modernismo, creando algunos movimientos de carácter cubista y futurista, en la década de 1910, y participando regularmente en tertulias y fundando varias revistas como la mítica Orpheu (1915), junto a otros dos grandes modernistas: Mario-Sá Carneiro y Almada Negreiros, buscando una renovación de las letras portuguesas y publicando a otros poetas marginales como Ângelo de Lima, quien en esa altura estaba internado en un sanatorio.

La heteronimia —ese arte de escribir bajo la autoría de seres que no existen y que, sin embargo, poseen una personalidad y estilo propios— fue sin duda el gran legado de Pessoa. Su imaginación era tan vasta como lo era su insatisfacción con la realidad, de ahí su necesidad compulsiva, casi dramatúrgica, de crear otros “yoes”; algo que traía desde niño. De hecho, en una carta enviada a su amigo, el poeta Adolfo Casais Monteiro, el 13 de enero de 1935, Pessoa explica el inicio de esa multiplicidad: “El origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante hacia la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos —felizmente para mí y para los demás— se mentalizaron en mí; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con otros; hacen explosión hacia dentro y los vivo a solas conmigo. (…) Así todo acaba en silencio y en poesía”.

En 1914 tres de sus heterónimos más importantes fueron creados: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, en ese orden. En el caso de Caeiro —según la descripción de Pessoa— fue casi una experiencia mística: “Me acerqué desde una cómoda alta, y tomando un papel, comencé a escribir, de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas en seguido, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así. Abrí con un título: El guardador de rebaños. Y lo que le siguió fue la aparición de alguien en mí, a quien di desde luego el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme el absurdo de la frase: apareció en mí mi maestro. Fue esa la sensación inmediata que tuve. Y tanto así que, escritos esos treinta y tantos poemas, inmediatamente agarré otro papel y escribí, también de corrido, los seis poemas que constituyen la Lluvia oblicua, de Fernando Pessoa”.

También hubo otro nombre crucial para su escritura —al que en realidad consideraba un “semiheterónimo”, porque era el que más se le parecía—: Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego, su obra más importante en prosa; más de quinientos fragmentos de diario, aforismos y pensamientos sobre cuestiones cotidianas y filosóficas. Escrito entre 1913 y 1935, Pessoa lo dejó incompleto —y en desorden— a la hora de su muerte.

A todos sus heterónimos, Pessoa les otorgó rostro, edades, vidas, creencias —algunas diametralmente opuestas— y muertes (excepto a Ricardo Reis), usando la astrología como herramienta, a través de las cartas astrales que él mismo elaboraba, minuciosamente, para definir temperamentos y aptitudes. Todo eso mientras trabajaba como oficinista en el primero piso del no. 190 de la rua dos Douradores; en silencio.

Fragmento de Poema

X. Alberto Caeiro

A veces me pongo a mirar una piedra. No me pongo a pensar si siente.

No me extravío llamándole hermana mía.

Pero me gusta por ser una piedra,

me gusta porque no siente nada,

me gusta porque no tiene ningún parentesco conmigo.

Otras veces oigo pasar el viento,

y me parece que solo para oír pasar el viento vale la pena

haber nacido.

No sé qué pensarán los demás cuando lean esto;

pero me parece que esto debe estar bien porque lo pienso

sin esforzarme,

ni idea de que nadie vaya a oírme pensar;

porque lo pienso sin pensamientos,

porque lo digo como lo dicen mis palabras.

Una vez me llamaron poeta materialista.

Y me extrañó, porque yo no pensaba

que se me pudiese llamar nada.

Yo ni siquiera soy poeta: veo.

Si lo que escribo tiene algún valor, no soy yo quien lo tiene:

el valor está allí, en sus versos.

Todo esto es absolutamente independiente de mi voluntad.

Portada de Cartas de amor de Fernando Pessoa y Ofelia Queiroz.

Portada de Cartas de amor de Fernando Pessoa y Ofelia Queiroz.

Lisboa, 12 de junio de 2019. No miento si digo que Fernando Pessoa fue una de las razones por las que vine a esta ciudad hace tres años. La idea era quedarme cuatro días y acabé por hacer de Lisboa mi casa. El primer día lo primero que hice fue buscar una edición en portugués del Libro del desasosiego. Solo en la Baixa —como se conoce a la zona más céntrica de Lisboa— se encuentran alrededor de quinces librerías. No hay una sola que no ofrezca en sus vitrinas libros de Pessoa, desde los más icónicos hasta los más desconocidos. Basta echar una mirada por el Largo da Trinidade. Olisipo, por ejemplo, fundada en 1983 (y cuyo nombre es un guiño a la editorial que Pessoa creó en 1921), dedicada a la venta de libros usados y antiguos. Por la ventana veo dos ediciones: 35 sonetos ingleses (edición bilingüe publicada por la Universidad de Minho) y Mensagem, de tapa dura y cuero marrón. Ya adentro, otros quince. Si bien no son tan baratos como en otros barrios, la mayoría sigue siendo asequible. Con todo, siempre hay alguno dirigido a algún coleccionista apasionado, y rico. Este, por ejemplo: Comercio y contabilidad (1926), editada por Francisco Caetano Dias; se trata de una revista con 33 estudios, de los cuales quince fueron escritos por Pessoa. Su precio: 600 euros. Salgo. Avanzo por Rua da Misericordia y a pocos metros aparece otra: O Mundo do Livro, fundada en 1945 por João Rodrigues Pires, el librero más antiguo de Portugal: tiene cien años. Lo conocí en 2016, cuando apenas empezaba a explorar la ciudad. Recuerdo que conversamos por horas, mientras me mostraba algunas de las joyas que guarda su librería, entre ellas una página original de la Crónica de Núremberg (1493); grabados originales de las obras de Shakespeare; libros de exploraciones de siglos pasados, y   primeras ediciones de Camões, Dante y Pessoa. Esta vez, la librería está cerrada (el sol de verano confunde, son las siete de la noche), pero las vitrinas siguen expuestas. Me acerco y lo primero que veo es un libro titulado Fernando Pessoa y la Europa del siglo XX, junto a varios retratos suyos. Avanzo hasta la plaza Camões, giro a la izquierda y desemboco en la rua Garret, una de las más frecuentadas por Pessoa —y actualmente una de las más saturadas—, donde se encuentra el famoso café A Brasileira, en el que Pessoa solía pasar casi a diario, escribiendo por horas, y en cuya terraza se encuentra su célebre estatua de bronce, una de las más fotografiadas. A pocos metros, otras dos librerías antiguas: Sá da Costa y Bertrand. La primera, una alfarrabista —como se conoce a las librerías de segunda mano—, fundada en 1913. Fue aquí donde hace tres años adquirí mi edición del Livro do Desassossego, dividido en dos tomos, publicados en 1985. Para cualquier amante de libros, este sitio es un templo: cuartos enteros con libros que llegan al techo, distribuidos por temas y autores, pero manteniendo ese desorden propio de las librerías de segunda mano. La sección dedicada a Pessoa tiene 98 títulos; ninguno se repite. Salgo y a pocos metros se encuentra la famosa librería Bertrand, la más antigua del mundo en funcionamiento, fundada en 1732; parte del libro Guinness de los récords. Si bien es la más antigua, se trata de una librería de nuevos. Al fondo, casi desapercibido, se encuentra el café Pessoa, donde cualquiera puede entrar a beber algo, mientras se toma algún libro dispuesto en una pequeña biblioteca de acceso libre. Pido un café y me llevo a la mesa las Cartas de amor de Fernando Pessoa y Ofelia Queiroz, prácticamente la única mujer que amó en la vida. Resulta paradójico —y un tanto desolador— que, tras 368 páginas de nutridas declaraciones, las últimas dos carillas terminen con una sola línea, casi telegráfica, por parte de cada uno. “Sinceros Parabéns”, “Muito obrigado”, “Saudades”. La última carta que recibió Pessoa fue el 13 de junio de 1934, por su cumpleaños. Al año siguiente murió. Salgo a la calle y escucho a lo lejos la algarabía de la gente preparándose para las fiestas de san Antonio; las máximas de la ciudad. San Antonio es mañana, pero la gran bacanal es hoy. Me pregunto qué hacía Pessoa por estas fechas; ¿celebraba o se escondía? Mañana también se cumplen 131 años de su nacimiento. “Pessoa, patrono de las personalidades múltiples, ora pro nobis”, digo en voz alta, y luego me pierdo por una callecita alterna, escuchando pasar el viento, bajo el último rayo.

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Ofelia Queiroz y Pessoa se conocieron a finales de 1919, en una oficina comercial; ella tenía 19 y Pessoa 31 años.

 

Ofelia Queiroz

La relación duró nueve meses, hasta que él le escribió una carta en la que decía: “El amor pasó… Mi destino pertenece a otras leyes, cuya existencia la pequeña Ofelia ignora, y está cada vez más subordinado a la obediencia de maestros que no permiten ni perdonan”. Lo cierto es que en ese momento el estado mental de Fernando era delicado, e incluso hablaba de ingresar en un manicomio. Nueve años después, y por azar, recuperaron la relación. Volvieron a ser “novios” aunque ya no era lo mismo, y solo duró cuatro meses. Él estaba muy nervioso, le decía que tenía miedo de no poder hacerla feliz, de no poder darle el nivel de vida al que estaba acostumbrada, de no poder seguir dedicándole suficiente tiempo a su obra aunque no publicó nada en vida. Además –algo que en la primera época ya molestaba a Ofelia−, Alberto Caeiro (el heterónimo) aparecía a incordiar y hay quien habla de un verdadero “menage à trois”.

Había días en que Pessoa aparecía y le decía que era Caeiro, y la trataba diferente, y también recibía muchas cartas firmadas por este heterónimo. De hecho, fue este el encargado de romper la relación al escribirle que era un error ser la novia de Fernando Pessoa, porque este no estaba en condiciones de ofrecer lo suficiente a cambio.

Aunque siguieron teniendo una relación cordial, y aunque se piensa que el escritor luso nunca pudo olvidar a su amada, cada uno hizo su vida por su lado, y Ofelia se casaría tres años después de la muerte de Pessoa. Pero como decía, ella recordaba la relación con mucho afecto, y decía de Pessoa cosas así: “Fernando  era una persona muy especial”.


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