Libros entre bóvedas de acero.

Por Tali Santos.

Fotografía: Daniel Peña y cortesía de revista Clave / Chris Falcony.

Edición 449 – octubre 2019.

Bibliotecas 1

Ahí están los tres. Wells, Dreyer y Buñuel. Uno junto al otro. El estadounidense enciende en su boca un cigarro y exhibe la afilada mirada que lo caracterizó. Los ojos del danés contienen aquella “mirada invisible” que penetró su obra. El español lleva lentes, está de perfil, parece que habla (¿aclara?, ¿advierte?, ¿cuestiona?). No, no están juntos, realmente. Un fondo negro integra fotografías que los retratan. No, no es solo una imagen de rostros y gestos expresivos como el lenguaje cinematográfico que marcó el trabajo de los tres directores. Es un contenedor, uno que cabe en las manos. Es un libro.

Tiene una tapa blanda que muestra el montaje que reúne a estos íconos del cine y es un ejemplar del primer volumen de una serie que recopila entrevistas realizadas por integrantes de la Nouvelle Vague (nueva ola), aquella generación de críticos que alcanzó en Francia un punto sin retorno con el reconocimiento del cine como un arte y del cineasta como un artista. Eso fueron Luis Buñuel, Carl Theodore Dreyer y Orson Welles, protagonistas de los diálogos que se publican en este título, Buñuel, Dreyer y Welles, colección Maestros del Cine, 1999, en los que “los entrevistadores saben del oficio” y los directores estuvieron “en un buen momento para confesarse”. Una fórmula que, según la Nota de la editora de esta publicación, convierte a tales charlas en verdaderas clases de cine.

La técnica y arte de proyectar metrajes —como se conocía a las películas en la etapa inicial de la cinematografía— es una de las que más títulos relacionados encuentra en el repositorio de libros y publicaciones de un espacio en Guayaquil donde se la enseña y se la aprende, la Universidad de las Artes (UA). Uno de esos es este ejemplar que recopila aquellas charlas, originalmente difundidas en la revista Cahiers du Cinéma, a cargo de autores como el francés André Bazin, influyente crítico y teórico del cine en la mitad del siglo pasado.

Un repositorio que está en pleno centro de la ciudad, en un edificio esquinero —en Pichincha 418 y Padre Francisco Aguirre— que tiene un nombre genérico, pese a referir su especialidad: Biblioteca de las Artes.

Ocupa una edificación inaugurada en 1954 como sede de una institución financiera —el Banco de Descuento— cerrada en la pasada década de los ochenta, pero que, entonces, exhibía su poderío económico por medio de la arquitectura de sus instalaciones dotadas de un lujo soberbio en sus acabados: mármoles italianos en los pisos y en mesones utilizados como soportes de las ventanillas bancarias, y metal en ornamentos del exterior y el interior.

Una estructura que responde al estilo arquitectónico de su tiempo, “racionalista”, que se decanta por la simplicidad de las formas y lo pragmático, a la que su diseñador, el checo Karl Kohn (1894-1979) —radicado en Quito desde que llegó al Ecuador (1939) huyendo del nazismo—, le proporcionó dos rasgos particulares: esbeltez, evidente en las columnas de la fachada (del alto de cuatro de las cinco plantas que tiene el edificio), y luminosidad, posible gracias a sucesivos ventanales piso-techo; y una cúpula formada por pequeños ladrillos de vidrio en forma de medios círculos, que permite, hasta poco más de la mitad de la tarde, que la luz natural sea la principal fuente de iluminación interior. También permitió que el art nouveau, que caracterizó a la arquitectura de finales del XIX y las primeras décadas del XX —en romance constante con las formas de la naturaleza—, se cuele en el diseño de las columnas interiores, que, aunque lisas, rectas, racionalistas, semejan hongos de un bosque gigante.

Como esta biblioteca funciona en un edificio creado para albergar un banco, tiene bóvedas. Dos. Están en el primer piso, protegidas por enormes puertas de acero, de firma irlandesa, que llegaron en barco hasta el puerto, en esa época a orillas del río Guayas.

Ya no se guarda ahí ni dinero ni títulos valores, ni joyas ni metales preciosos. Una fue convertida en un auditorio; la otra, la principal, es el espacio que cobija el archivo de El Telégrafo, diario de capital privado que fue fundado en 1884 como un medio de comunicación liberal, embargado en 2007 por el Estado ecuatoriano. Entonces, sus activos pasaron a ser parte del patrimonio estatal. El uso que le dio el Gobierno de entonces, y el que le da el actual a este medio de comunicación que aún se edita, es otra historia.

Este archivo tiene la suya, con momentos en los que estuvo a punto de desaparecer y otros en los que fue rescatado de tal suerte.

A finales de la década de los ochenta, El Telégrafo pasó a nuevos dueños; entonces, Henry Raad, gerente de la empresa propietaria del centenario periódico, decidió rescatar el también centenario archivo convertido en un montón de periódicos, libros y fotografías, sin registro, sumido en el desorden. Un especie de agujero negro que impedía conocer qué nomás contenía.

Cuando el diario pasó a manos estatales, el archivo corrió, nuevamente, el riesgo de perderse, cuando pasó al edificio al que se trasladó la empresa y la Redacción, y se negó la importancia histórica de su fondo documental. El mismo Gobierno, al crear la UA, en 2013, lo redescubrió, y lo convirtió en el patrimonio más representativo de la Biblioteca de las Artes, que registra bajo su nombre los 1 369 tomos en los que están encuadernados ejemplares desde 1886 hasta 2014; también un millón 400 mil fotografías de entre 1930 hasta 2014, que corresponden al archivo nativo de este diario.

“Henry Raad decide microfilmar (los ejemplares) para conservar el archivo porque sabía el tesoro que era. No son solo las noticias, es la manera en la que la línea política se ve evidenciada en las lecturas del periódico. Cómo se hacía publicidad, los tipos de producto que se anunciaban, cómo se los anunciaba, quién viajaba, quién moría, cómo se anunciaba quién nacía. Todo eso habla de una sociedad y cómo una sociedad va cambiando”, dice Pilar Estrada, a cargo de la biblioteca, como gestora cultural de la Universidad de las Artes.

Hace una reflexión, un reconocimiento: “La decisión de una persona es la que permite que tengamos una memoria del siglo XX con este diario”.

El edificio en el que funciona la Biblioteca de las Artes es Patrimonio Cultural de la nación, 2011. La parte interna del recinto tiene forma circular, cuenta con cuatro pisos y un fondo de 40 000 libros.

El edificio en el que funciona la Biblioteca de las Artes es Patrimonio Cultural de la nación, 2011. La parte interna del recinto tiene forma circular, cuenta con cuatro pisos y un fondo de 40 000 libros.

Tras las puertas y rejas de acero que guardan aquel preciado fondo documental, también se conservan colecciones de la prensa de antaño como el diario liberal La Nación, que se inauguró en 1879, tuvo idas y venidas durante el siglo XX, y resurgió en los últimos años como una publicación digital, o de El Grito del Pueblo, liberal radical que circuló a fines del siglo XIX e inicios del XX.

Es un repositorio que pertenece a un centro de estudios, pero abrió sus puertas al público general (en enero pasado) como un regalo a la ciudad. Uno que se le otorga en el contexto del bicentenario de su Independencia que se cumplirá en octubre de 2020.

Un hecho político que, doscientos años después, se celebra otorgándole un nuevo uso, uno social, a una de las escasas edificaciones que son parte del patrimonio arquitectónico de su centro histórico.

Con esta historia atrás —la del edificio que ocupa y de aquella parte de su fondo documental— es, sin embargo, la biblioteca de una jovencísima universidad especializada, cuyo fondo bibliográfico, algo más de 42 mil —unos veintiún mil títulos—, fue adquirido especialmente para su creación, a partir del criterio de los profesores de las diferentes carreras de este centro de estudios que inició sus actividades en 2014, cuando se asentó en el edificio de la Gobernación provincial, a una cuadra de distancia.

La mayoría de títulos se relacionan, directa o indirectamente, con las seis artes que los griegos consideraron superiores: arquitectura, escultura, pintura, música, declamación (poesía) y danza. Por extensión, con la literatura, y todos sus géneros; además del teatro, como el otro gran arte escénico. También —como muestra aquel libro de las entrevistas a los icónicos cineastas— con el séptimo arte: el cine. Y con la fotografía, que en la UA tiene un espacio fundamental en la carrera de Artes Visuales y en la maestría de Fotografía y Sociedad en América Latina.

La literatura es la mejor representada en los estantes de diseño simple, ligeros, hechos de tablero de fibra de densidad media, de los tres pisos en los que se exhibe el fondo bibliográfico. Ahí reposan las obras completas de Borges, en sus diferentes ediciones. Las cartas de Cortázar, desde 1955 hasta 1984, en diferentes tomos. La obra de Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes, Jorge Isaac. Disecciones que hacen de ellas críticos literarios.

La crítica, literaria y de las otras artes, vive en aquellas estanterías con una intensidad similar a las obras de los autores, o las recopilaciones y reseñas que se hacen de estas. La colección de libros del poeta ecuatoriano Efraín Jara Idrovo, que es parte del fondo bibliográfico, contiene, en su mayoría, libros de crítica literaria que poseen el especial valor que les otorgan los apuntes que hizo en ellos el escritor cuencano fallecido el año pasado. Su familia donó este patrimonio a la Biblioteca de las Artes para inmortalizar la memoria de este intelectual que recibió en 1999 el Premio Eugenio Espejo por su creación literaria.

La historia de esta jovencísima biblioteca incluye episodios de alta carga política. Su fondo bibliográfico tiene donaciones como el llamado Fondo de la Presidencia, 1 036 libros y unas mil piezas audiovisuales (musicales, documentales, conciertos) que recibió Rafael Correa, presidente de la República, entre 2007 y 2016 —en viajes protocolarios dentro y fuera del país—. Los entregó a la UA en uno de esos gestos que fueron parte de la narrativa política que él manejó. Lo que estaba detrás de aquel gesto es otra historia.

El arte no es asunto ingenuo. Ha estado, casi siempre, ligado a la política, a lo político. Su vínculo ha sido estrecho. A veces, han sido lo mismo. Expresa cambios sociales. Poder. Habla de la riqueza o la pobreza. De la tensión entre ambas.

Un vínculo que tiene una condición protagónica en muchos de los títulos de esta biblioteca. En Los manifiestos del arte posmoderno. Textos de exposiciones 19801995, la española Anna Maria Guasch, profesora de historia del arte contemporáneo, recopila 32 textos de exposiciones realizadas por destacados teóricos y críticos del arte contemporáneo internacional para analizar aquella herramienta política que utilizan algunos artistas: las exposiciones como manifiestos políticos.

Extraer el significado que está detrás de las palabras, de los sonidos, de las edificaciones, del barro o el metal esculpido, de las imágenes (pinceladas o captadas con un instrumento dotado de tecnología), de los movimientos de los cuerpos, de las puestas en escena. O aprender a hacerlo. ¿Qué es posible lograr al sumergirse en los contenidos de estas decenas de miles de libros?

El grueso principal del fondo bibliográfico “es, sin duda, de artes o materias necesarias para entender las artes”, dice Pilar Estrada.

El usuario puede tener la impresión de que son un poco más de un par los títulos de otras materias que se codean con títulos que, indudablemente responden a la especialidad de este repositorio, el arte y la cultura. Hay libros de cocina que miran a la técnica de elaborar platos alimenticios como un arte o una expresión cultural. Otros abordan el diseño de carros. Hay libros relacionados con la comunicación o el marketing, también algunos de psicología. Y de autoayuda.

Esta es una biblioteca de estanterías abiertas. Tras registrarse como usuario, uno toma cualquier libro, anda a su antojo por los tres pisos destinados a los fondos bibliotecarios, y mira, lee, hojea.

“¿Qué hace el que lee?”, pregunta el poeta e intelectual mexicano hijo de emigrantes palestinos Gabriel Zaid, en el libro Leer. Y en él responde, entre otras cosas, “que todo aquel que percibe la realidad y la organiza de un modo congruente, la está ‘leyendo’”. Dice que leer nos hace más reales, que sirve para ensanchar el mundo, para desoprimirnos, para hacernos más plenos. Un título que tiene asignado un espacio en una de las estanterías del tercer piso, junto con otros que intentan adentrarse en el significado mismo de la lectura.

En los 5 229 metros cuadrados que tiene el edificio cabe mucho más que libros. También hay instalaciones y actividades artísticas que surgen a partir de los libros que ahí se encuentran, o del arte que desarrollan los que estudian las artes en la UA.

Más arriba y más abajo de los tres pisos de estanterías, hay otras experiencias. En la planta baja está la sala La Ría, un espacio diseñado para la interacción de los niños con las artes. En la terraza, por ejemplo, funciona una galería de arte contemporáneo. Se denomina 4ta. Pared, un nombre que proviene del teatro y que alude a un límite imaginario que está frente al escenario. Un espacio que tiene su propio discurso, pero esa ya es otra historia.


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