Bajo el volcán, aquí hay Fausto encerrado.

Por Vladimiro Rivas Iturralde.

Edición 449 – octubre 2019.

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Mis clases en la universidad mexicana me han obligado a releer por tercera vez Bajo el volcán (1947), una de las grandes novelas del siglo XX. Su autor, Malcolm Lowry (1910-1957), fue un viajero incansable que, como otros novelistas ingleses, dejó la huella literaria de su paso por México. Los más notables fueron D. H. Lawrence (1885-1930), quien publicó en 1926 la extensa, inverosímil y aun ridícula novela La serpiente emplumada; Graham Greene (1904-1991), su inmisericorde crónica del viaje por México, Caminos sin ley (1939) y su cristalización novelística, la muy bien estructurada El poder y la gloria (1940).

Sin duda, la mejor novela escrita sobre México por un autor extranjero es Bajo el volcán y, desde mi apreciación personal, la más triste que he leído. Cada lectura me ha deparado nuevos asombros, me ha permitido descubrir tesoros que yacían escondidos en el subsuelo de su lenguaje. Es una novela inagotable. A tal punto lo es, que ahora he visto en ella una magistral y dolorosa actualización de la leyenda medieval de Fausto, inmortalizada por Christopher Marlowe y Goethe, y revitalizada en el siglo XX por escritores como Thomas Mann (Doktor Faustus), Mijaíl Bulgákov (El maestro y Margarita) o Paul Valéry (Mi Fausto). Como no es tan frecuente considerarla como una novela fáustica, en este artículo me voy a concentrar en ese punto de vista.

Lowry solo sabía hacer tres cosas: escribir, beber y viajar. Dipsómano, se autorretrató en su novela, bajo el nombre de Geoffrey Firmin, un cónsul honorario, que ha permanecido en México luego de la ruptura de relaciones entre Gran Bretaña y México, por la expropiación y nacionalización petrolera del 18 de marzo de 1938, bajo el presidente Lázaro Cárdenas. Alcohólico, paria y proscrito voluntario, desprotegido por las leyes, casi carente de existencia legal, vivió en contacto directo con la tierra mexicana, que significó para él a la vez un infierno y un paraíso. Admira que esta novela, escrita por un dipsómano, sea una de las más perfectas, mejor estructuradas, del siglo XX. Tuvo cuatro versiones, y solo la cuarta fue aceptada por el editor Jonathan Cape, de Nueva York, luego de una defensa escrita en enero de 1946 por el propio Lowry en forma de carta al editor, que es una de las más lúcidas y brillantes exégesis que un escritor haya escrito sobre su propia obra.

Es curioso, también, que este hombre, que ambicionó escribir una gran trilogía, análoga a la Divina comedia, solo alcanzara a publicar el infierno, Bajo el volcán. Lunar Caustic debía ser el purgatorio, e In Ballast to the White Sea, el paraíso. Lunar Caustic se quedó en borrador de novela corta, poco más que una sinopsis. El manuscrito del paraíso, In Ballast to the White Sea, ardió en el incendio de la cabaña de Lowry en Dollarton, cerca de Vancouver, en junio de 1944, pero Jan Gabrial, su primera esposa, reveló poseer una copia anterior del manuscrito, no corregido, y logró que se publicara en 2014, poco después de su muerte. En 2017 apareció en español con el título de Rumbo al mar blanco.

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Novela autobiográfica de Malcolm Lowry publicada en 1947. Empezó a escribirla cuando tenía 26 años y tardó diez años en finalizarla. Es considerada como su obra maestra. En 1999 ocupó el decimoprimer lugar en el listado de las 100 mejores novelas de habla inglesa de la editorial Modern Library (Wikipedia).

El lector común se preguntará, como yo: ¿qué tiene que ver conmigo lo que a un borracho inglés le ocurre en México en un solo día, el día de muertos de 1938? ¿Por qué me concierne tan íntimamente su aventura espiritual? A ese qué tiene que ver conmigo he contestado: todo.

Es una novela extremadamente triste porque narra la historia de una caída, de una condenación. Es una gran novela religiosa porque describe, no la presencia de Dios ni la santidad ni la salvación, sino lo contrario: la sed de absoluto desde la miseria, el demonismo y la condenación. Uno de los secretos de la calidad de esta novela es su extrema concentración: no hay una sola frase, en sus cuatrocientas páginas, que no tenga que ver con el asunto central: el drama de la caída, que es, también, una intensa variante de la condenación de Fausto. Fausto, recordemos, es un viejo filósofo y alquímico con sed de absoluto que, al tomar conciencia de que no ha vivido, vende su alma al diablo, Mefistófeles, a cambio de la juventud y el amor de una mujer, Margarita. Cumplido el plazo, Mefistófeles acude por el alma de Fausto y, mientras se lo lleva a los infiernos, Margarita intercede por él ante los cielos y lo rescata.

El cónsul, a sabiendas de que vive en una tierra que puede ser paradisiaca, la ciudad jardín —Quahunáhuac (Cuernavaca), la ciudad de la eterna primavera—, es profundamente infeliz porque no acepta la felicidad que le ofrece este edén terrenal: se sabe de antemano condenado en el paraíso, que también puede ser el infierno maloliente de las profundas quebradas, los perros hambrientos en los basurales, una fauna omnipresente y amenazante de zopilotes, escorpiones, ratas, hormigas carnívoras, siniestros policías, funcionarios estatales y mestizos de mirada y conducta torva y violenta. La novela plantea la posibilidad real de que el infierno esté también, y sobre todo, dentro de nosotros. El mundo entra y sale de la mente del cónsul como de una jaula de diablos enloquecidos. Descenso al yo, al infierno, como las almas perdidas del infierno de Swedenborg, que prefieren las tinieblas al esplendor insoportable del cielo.

Es una novela profundamente religiosa porque el conflicto central se plantea como una elección entre el cielo y el infierno, aunque de una manera absolutamente heterodoxa. Es una novela triste y esencial, porque su tema, hondamente desarrollado, es la pérdida del amor, y más, la imposibilidad de amar. Por eso es el infierno. A pesar de que Yvonne, el gran amor del cónsul, regresa a buscarlo para salvarlo de sí mismo, él la rechaza una y otra vez porque no se siente digno del amor, es decir, del paraíso y la salvación. Se sabe condenado, y desempeña ese papel hasta sus últimas consecuencias. Aquí el amor terrenal adquiere una dimensión sagrada, ultraterrena. El sentimiento de culpa presente en la novela está más allá de cualquier circunstancia concreta. Es una culpa metafísica. Pero ese rechazo viene propiciado, no solo por el alcohol —ese Mefistófeles que ha invadido su cuerpo y se ha apoderado de su alma—, sino también por una voluntad de sacrificio, también de dimensiones trascendentales. También la impotencia del cónsul adquiere dimensiones simbólicas. Como Fausto, el cónsul aspira a sacrificarse, a condenarse, con tal de salvar a Yvonne, su Margarita, de él mismo, el condenado. (De paso, sostengo que el Mefistófeles de Goethe es una figura traviesa, carnavalesca, operática, alegórica y aun caricaturesca). Los demonios de Lowry sí que son demonios, como los de Dostoievski.

Hay una frase que se repite una y otra vez en Bajo el volcán, un apotegma que puede ser un lugar común, pero que en el contexto de la novela cae como latigazos en la conciencia del lector: “No se puede vivir sin amar”. Pero el amor deslumbraba y anulaba a Lowry, es decir, al cónsul. No se sentía digno. Como no puede manifestarlo, vende su alma al diablo, a ese Mefistófeles que es el mezcal. Lo que el cónsul hace es desandar la ruta que el aforismo ha recomendado, contradecirlo a cada paso y condenarse, autodestruirse. Como en Moby Dick de Melville —uno de los libros de cabecera de Lowry—, el lenguaje posee siempre una dimensión metafórica y una fuerza connotativa extraordinarias, con frecuencia shakespeareana. (Por cierto, un libro, una selección de dramas isabelinos, desempeña un papel importante en la novela).

Las palabras están cargadas siempre de una segunda intención, una característica alusiva a la que no podemos llamar de otro modo que poética. Y Lowry se vale del expediente de los delirium tremens de su personaje para otorgar a la realidad esa dimensión demoníaca y trágica, que es la característica central de la novela. Notable es, por ejemplo, el episodio del capítulo V, en que el cónsul, en pleno delirio alcohólico, dialoga con un gringo vecino que riega su jardín y lo toma, paródicamente, como el Jardinero del Edén, Dios.

No se trata solo del último día en la vida de un alcohólico, sino que, a través de esa aventura espiritual, de esa impotencia, vemos también nuestro fracaso como especie, nuestra condición humana contingente y autodestructiva. Vemos también la insoportable posibilidad de vivir sin amar. Lowry plantea la falla trágica de su personaje de una forma tan radical como la de Calderón: “El delito mayor del hombre es haber nacido”. De ahí que la única salida es una muerte sacrificial y generosa. Por esto sostengo que Bajo el volcán eleva a su personaje borracho a la categoría de símbolo de la especie, por eso su destino nos incumbe y compromete: leemos en él una cifra de la condición humana.

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Malcolm Lowry hizo literatura con su alcoholismo. Hoy tendría 105 años de no haberse ahogado en mezcal y tequila. Crearse un infierno para luego escribirlo es la definición de la vida de Malcolm en México (www.siglonuevo.mx).

Como los Faustos de Marlowe y Goethe, el cónsul es también un adicto a la astrología, a la alquimia y el ocultismo y, con frecuencia, pretende interpretar el mundo desde esas disciplinas poco ortodoxas. Solo que el mundo, para él, es México, cuyo paisaje terrestre y humano supo ver con una penetración admirable: infierno y paraíso. Pero, quizá tanto o más que en sus predecesores fáusticos, el esoterismo del cónsul acrecienta en la novela sus virtudes poéticas.

Como en los Faustos que le precedieron, hay en el cónsul una sed insaciable de absoluto, tan intensa y verdadera, tan asunto de vida o muerte, que hace ver a las de sus ilustres predecesores como simples discursos retóricos. El capítulo V se inicia con una página en cursivas de una gran intensidad y belleza poética, que bien puede pasar por epígrafe o por monólogo del narrador, y que expresa esa sed de absoluto a la que me he referido. Literalmente insaciable: la sed permanente del alcohólico aparece como metáfora de esa sed de absoluto fáustica, humana: no hay nada en el mundo, con todas sus maravillas, sus flores, sus frutos, sus amaneceres y ponientes, sus mares, sus ríos, que mitigue la sed del cónsul. Nada. Por eso su sed es mística: solo algo fuera de este mundo la puede satisfacer. Esa maravillosa página podría ser el epítome de la novela entera. Paul Claudel calificó a Rimbaud de “místico en estado salvaje”. Es también lo que me atrevería a declarar de Lowry. El envilecimiento de su cuerpo por el alcohol, la renuncia al amor terreno, todo tiene que ver con un afán casi suicida de trascendencia.

Aquí el misticismo es hermanado con el suicidio. En otras palabras, el suicidio puede ser una forma del misticismo: la renuncia radical a las contingencias del mundo para acogerse a una forma de vida superior. Humillarse, castigar el cuerpo, destruirlo, para hacerse digno de esa otra vida desconocida. Como contraste y contrapunto a esta búsqueda casi demoníaca del cónsul, están los conmovedores anhelos de Yvonne por construir con Geoffrey una casa, la casa del amor y la felicidad, que solo encontraremos en un cuento bellísimo: “El sendero del bosque que conduce a la fuente”, publicado años más tarde. Por la imposibilidad de realizar este deseo fundamental, Yvonne —la Margarita de la novela— es también un personaje trágico.

Como Fausto, el cónsul se sacrifica por Yvonne, su Margarita. Al final, ella muere atropellada por un caballo marcado en la grupa con el cabalístico número siete —una fuerza desatada por el cónsul—. Yvonne asciende, como Margarita, hacia el mundo estrellado, en tanto que el cónsul, como Fausto, se hunde en el infierno —arrojado a una barranca por policías mexicanos—. Como vemos, el mito de Fausto carece, en Lowry, de la misericordia de sus antecesores, según la cual Margarita rescata a Fausto del infierno a última hora.

Acaso la más temible lección que esta novela ofrece a los lectores es que se trata del producto de un sacrificio extremo. Así como el cónsul se sacrificó por Yvonne, para salvarla de sí mismo, Malcolm Lowry sacrificó su felicidad, su integridad, su vida personal, para escribir Bajo el volcán; anuló al hombre Lowry para que su novela existiera. Y digo temible porque nos enfrenta a fondo con la verdadera responsabilidad del escritor: no hacer de la literatura un pasatiempo dominical ni un producto cómodamente trabajado que busque el aplauso de los demás, sino un compromiso en el que podríamos sacrificar nuestra vida personal y aun lo que más amamos. Escribir es condenarse para salvar a otros. ¿Quiénes son capaces de llegar hasta aquí? (México, 29 de julio de 2019).

 

 


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