Caballero noble y de principios.

Por Jorge Ortiz.

Edición 449 – octubre 2019.

Mundo

Las noticias que llegaban de Oriente, de la lejana y prisionera Tierra Santa, eran confusas e incompletas, pero todas, sin excepción, eran sombrías: los soberanos de los grandes reinos cristianos de Europa habían sido derrotados en los campos de batalla de la Tercera Cruzada por un sagaz y talentoso príncipe kurdo, sultán de Egipto y Siria, llamado Saladino, que después había tenido el gesto de grandeza de liberarlos sin humillarlos y sin exigir nada a cambio. En su camino de regreso, uno de esos soberanos, el rey de Inglaterra, Ricardo, había sido capturado —para cobrarle una deuda pendiente— por su par de Austria, Leopoldo. Las noticias que llegaban decían que su confinamiento sería prolongado y cruel. Tal vez había llegado el momento de deponer al rey cautivo.

Juan, hermano de Ricardo, se puso al frente de la conspiración. Entre los dos había más resentimientos y tensiones que algún sentimiento fraternal: Ricardo era el dueño de todo, desde el trono de Inglaterra y el ducado francés de Aquitania hasta una reputación amplia de valor y coraje (al extremo de que era conocido como ‘Corazón de León’), mientras que Juan no había heredado nada (por eso lo llamaban ‘Sin Tierra’) y, claro, en la corte lo acusaban de ambicioso y desleal. Con Ricardo vencido y en cautiverio, la corona le había quedado a Juan al alcance de la mano. Pero también había quienes estaban dispuestos a defender los derechos de su rey.

El torneo de caballería del castillo de Ashby-de-la-Zouch, en el que cada año se reunían los jinetes más afamados y valerosos en busca del honor inmenso que significaba la victoria, fue elegido por el príncipe Juan para recibir el juramento solemne de lealtad de los caballeros del reino, muchos de quienes habían vuelto de las cruzadas con el prestigio de haber combatido con vigor y entrega (aunque al final hubieran sido derrotados) contra las implacables y curtidas legiones sarracenas. Para que su plan se cumpliera sin tropiezos era necesario que el torneo lo ganara Brian de Bois-Guilbert, un caballero de la Orden de los Templarios, quien cuando fuera coronado con los laureles de la victoria daría el ejemplo —que todos los caballeros seguirían— de proclamar su adhesión sin reservas al nuevo rey. Pero…

Pero entre los asistentes al torneo estaba un peregrino anónimo, al que llamaban ‘el Palmero’ porque llevaba consigo una hoja de palma en forma de cruz (que era, por entonces, un distintivo de quienes habían estado en los Santos Lugares). Y también estaba Isaac de York, un prestamista judío cuyo dinero era codiciado por los seguidores del príncipe Juan para financiar su coronación, por lo que Bois-Guilbert secuestró a Isaac y lo encerró en una fortaleza. La víspera del torneo, el Palmero, ayudado por otros leales al rey Ricardo (entre ellos un joven hidalgo de los bosques de Sherwood conocido como  Robin Hood), atacó la fortaleza y liberó a Isaac, quien, en recompensa, le regaló un caballo y una armadura para que pudiera participar en la competencia. Y, en efecto, el peregrino participó, demostró una destreza notable con las armas y ganó. Cuando tuvo que quitarse el yelmo y descubrir su identidad, se supo que el caballero misterioso era Wilfred de Ivanhoe.

A partir de entonces, Ivanhoe se dedicó a defender sin tregua los derechos del rey Ricardo, todavía cautivo en Viena, a quien había acompañado en la Tercera Cruzada luchado con él, hombro a hombro, contra los musulmanes que dominaban los Santos Lugares. Esa defensa, en la que intervinieron los caballeros normandos más distinguidos, impidió que Juan sin Tierra despojara del trono a su hermano. Cuando ‘Corazón de León’ volvió de su cautiverio, liberado tras pagar un rescate que empobreció durante varios años a la corona inglesa, reasumió su reinado. Era 1194.

Gobernó hasta su muerte, en 1199. Ivanhoe es un personaje ficticio, creado por Walter Scott. Es muy probable, casi seguro, que Robin Hood también lo fuera (“Robin de los bosques”, Mundo Diners, número 448, septiembre 2019). Pero todo el telón de fondo es cierto y lo narra la historia: la pugna entre normandos y sajones por el trono inglés, la rivalidad entre los reyes Ricardo y Juan, el empeño fallido de los soberanos europeos por recuperar la Tierra Santa, la debilidad de un país que unos siglos más tarde llegaría a ser el mayor imperio jamás habido y la confrontación sin final —que ya lleva más de catorce siglos— entre la cristiandad y el islam. Y si Robin Hood era el arquetipo del justiciero a su manera, que robaba a los dueños de fortunas mal habidas para ayudar a los pobres, Ivanhoe era el símbolo del caballero noble y de principios, que lucha por lo que cree sin recibir halagos ni recompensas, es decir una casta que, como se comprueba a diario, está en camino a su extinción final.

 


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