María Fernanda Ampuero.

Por Tali Santos.

Fotografía: Amaury Martínez.

Edición 450 – noviembre 2019.

“El feminismo me permitió revisar la historia de mi vida”.

“El feminismo me permitió revisar la historia de mi vida”.

Es imposible salir ilesa de la niñez, de la casa de los padres. Lo es para una niña. Tan zamba, tan gorda, según la autoimagen que su familia, su entorno de confianza, el que estaba llamado a serlo, construyó para ella. Lo es cuando esa autoimagen se convierte en un monstruo que le dice que ser niña, ser mujer es poco. Ser mujer no es poco. Es ser mujer. Y María Fernanda Ampuero lo sabe. Lo dice, lo escribe desde que comprendió que aquel monstruo es ficción. Una perversa ficción incrustada en el mundo real. Tan real que ha estado ahí solo un poco después que desde siempre. Pero ella también leyó solo un poco después que desde siempre. Imaginó otro mundo. Otros mundos. Se ganó la vida transitando caminos que recorren periodistas. Escribió crónicas. Y un día se fue. Migró a una realidad imaginada. En avión. Todo fue tan real en esa España a la que otros también se habían marchado por chorros buscando euros. Ella iba detrás de sueños, pero en el intento también buscó euros. Conoció el feminismo. Y escribió crónicas. Escribió artículos. Los recopiló en un libro. Escribió uno de historias de migrantes. Y después, uno más, de ficción, de cuentos. Pelea de gallos. Uno en el que desenmascara a aquel monstruo: tiene forma de padre, de vecino, de entorno de confianza. Uno en el que el pene no es pene sino verga; los senos no son senos ni son busto sino tetas. En el que el excremento genera un desenlace. Y el éxito la abrazó. Valiente, incómoda, descarnada la llaman sus lectores. Por aquí y por allá hablan de ella. Una llamada la hizo volver. La convirtió en burócrata. Por esa  llamada organizó una feria. Una que ella había soñado. Una para que se vendan y compren libros, para que otros lean. Una con “tolerancia cero” a los abusos sexuales. “La primera”. Y tiene el encargo de un plan para que un país lea.

Sobre aquella feria, la Feria Internacional del Libro de Quito, sobre ese plan, hablamos a finales de septiembre, mientras dimos un breve paseo por su vida, por el patriarcado, el feminismo. La charla ocurrió en otra feria, la de Guayaquil, donde nació hace 43 años.

—Probablemente, eres la escritora ecuatoriana que más entrevistas ha dado en su vida, en las que has hablado de ser mujer, víctima, migrante, feminista, escritora; y desde agosto, como gerente del Plan de Promoción del Libro y la Lectura. ¿Quién es hoy María Fernanda Ampuero?

—Hummm, qué difícil responder. Creo que sigo siendo la misma niña que quería vivir aventuras, que es lo que me ha identificado toda la vida. Esa sed y esas ansias por sentir las cosas mucho más intensamente de lo que creía que la sentía el resto de personas, y estas ansias de saber qué hay más allá. Creo que es algo que nos pasa mucho a los que somos muy lectores, esta sed por ya no solo leer las aventuras de otros, sino vivirlas tú misma. Creo que sigo siendo esa misma niña que soñaba con tener una vida digna de ser escrita. Y tener algo que contar.

—Has dicho que los libros te han salvado de la soledad, de sentirte freaky, rara, ¿por qué te sentías así en tu niñez?

—Porque yo no represento ningún tipo de canon de lo que se esperaba que sea una niña, una niña en Guayaquil en mi época, entre mi familia, que es una familia que seguramente se odiaba y, por eso, juzga tanto, porque lo que juzgaban de los demás era lo que ellos eran; entonces, yo viví como una especie de asedio y de miedo de pensar “no soy lo que ellos quieren que sea”.

—¿Qué te diferenciaba de ellos?

—Creo que toda la vida yo he intentado entender; entonces, era una niña muy preguntona, que se enfadaba. Y no queda bien que las niñas protesten…

—¿No era una época, una sociedad, en la que no estaba bien que protesten los niños en general?

—No, con el varón había esto de decir, ah, mira, él es peleón y no importa… No es lo mismo que con las niñas en el tema de llevar tus emociones, decir lo que no te gusta. Entonces, yo por un lado era eso; y por otro, físicamente, no respondía al deseo de mi familia de cómo tenía que ser. Yo tenía una prima, y constantemente nos comparaban. Ella es todo lo que yo no soy, absolutamente todo: blanca, delgada, alta, de pelo liso, voz suave, complaciente, nunca se molestaba. Por supuesto, había un tema de racismo, porque mi pelo es rizado, por mi piel.

—En una sociedad mestiza que es racista.

—Muuy. Mi familia es muy racista. El afecto era según el pantone de tu piel. Y mi familia era también muy gordofóbica, a pesar de que todos eran gordos. Es muy loco, porque como en la infancia captas todo sin entenderlo muy bien, yo recién hace poco entendí que mi familia se odiaba a sí misma.

—¿Lo entendiste yendo a psicólogos, por lecturas sobre las emociones?, o ¿qué te permitió entenderlo?

—Por el feminismo y los ensayos feministas. El feminismo empoderado contra la gordofobia, contra esta cosa de que las niñas tienen que ser silenciosas, dóciles y serviles. El feminismo me permitió, más que el psicoanálisis o la filosofía, más que cualquier cosa, revisar la historia de mi vida. Hacer una revisión, como se hace con las obras literarias, desde el prisma del feminismo. Y me permitió darme cuenta de cuántas cosas se hicieron mal, cuántos privilegios tuvo mi hermano, por ejemplo. Sí, los dos fuimos a un colegio, pero él estaba mejor preparado.

—¿Para sus relaciones personales?

—Es un hombre increíblemente seguro de sí mismo, lo que a mí me impacta porque somos muy parecidos, ambos hemos tenido siempre sobrepeso, el pelo rizado, y él tiene una seguridad en sí mismo que yo jamás tendré, ni aunque me muera y vuelva a nacer. Te preguntas por qué pasa esto, y empiezas a recordar que a él le permitían comer lo que quisiera y a mí me ponían a dieta de forma permanente, a pesar de que teníamos ambos los mismos kilos. Me sentía constantemente castigada.

—Con culpa.

—Sí, constante. Toda mi vida.

—Al decir, “jamás tendré”, ¿no estás bajando los brazos?

—No… Yo no bajo los brazos por nada, pero hay cosas que están como en el cerebro de la computadora y que habría que reiniciar desde cero. Yo reprogramo esto a diario. No puedes dejar de reprogramarlo, tienes que estar todo el tiempo pensando en ello.

—¿Te agota?

—Exacto, sí; si no me tuviera que reprogramar a diario, en lo físico, por ejemplo, en pensar que muchas cosas de mi vida tienen que ver con que no soy delgada o guapa, ese tipo de cosas tan absurdas, que si las dices en alto casi te avergüenzas… es muy doloroso saber que no fuiste lo suficiente, hicieras lo que hicieras.

—¿Siempre habrá algo?

—Sí. No va por los kilos.

—Ni por los rasgos.

—No, va por otro lado, que me parece que es la gran obra maestra del patriarcado: que las mujeres siempre se tienen que sentir inseguras.

—Aquí en la FIL se hizo referencia a cómo el patriarcado ha tenido una capacidad de reinventarse impresionante; sin embargo, tal vez, por este resurgimiento del feminismo, ¿crees que las nuevas generaciones tienen mejores expectativas?

—Ojalá. Fíjate, con el tema de la belleza y la estética es bien difícil. Es verdad (el patriarcado), se reinventa, pero se reinventa como las grandes corporaciones y cada cierto tiempo cambian el logo y los menús, y hacen una imagen más amable, más ecológica, pero es puro marketing: es un negocio el que tú y yo nos sintamos inseguras, pese a que somos unas mujeres profesionales inteligentes, para que, cuando nos miremos al espejo, digamos “necesito un corrector de ojeras, ¡urgente!”.

María Fernanda cuando era bebé.

María Fernanda cuando era bebé.

La foto familiar donde se aprecia a su padre Xavier, su madre Mercedes y sus hermanos (de pie) Francisco, Xavier, y María Fernanda sonriendo.

La foto familiar donde se aprecia a su padre Xavier, su madre Mercedes y sus hermanos (de pie) Francisco, Xavier, y María Fernanda sonriendo.

—Uno de los personajes de Pelea de gallos es una chica que dice: “Le digo siempre sí a los hombres”. El no saber decir no, ¿es con los hombres y lo que tiene que ver con ellos?

—Sí, porque eso nos enseñaron. Hay una preparación para el sí, que empieza en el momento en que te ven que tienes una vagina entre las piernas en vez de un pene. Empieza ahí esa preparación para la docilidad y para el servilismo y, desde el momento en que tu imagen es la Virgen María, que es una adolescente a la que le dicen que va a parir el hijo de Dios y ella dice “ok”. El sí de María es algo a lo que se le da una importancia bíblica, social, brutal. Es una chica que dice ocho palabras en todo un libro que va sobre su hijo y sobre el padre de su hijo. ¿Cuál es el mensaje que nos dan a nosotras? Todo el tema de la belleza y la estética no es para que te sientas bien contigo misma, sino para que conquistes a un hombre; entonces, todo eso que te van diciendo: “no eres sexy”, “si eres tan malcriada, te van a devolver”… Mi papá siempre me decía eso: “te van a devolver, te van a devolver”. ¿Qué significa eso? Que eres un producto que caducó, que no cumplió con las expectativas del consumidor. ¿Y qué es lo más importante que debes conseguir? Que ese consumidor te saque de la percha. Aquí se dice quedarse en la percha.

—Como que a la mujer le hacen un favor si se casan con ella.

—Exacto. Mi papá decía: “Uy, estás en época de saldos”. Tenía muchos chistes, era muy machista y eso está en la programación neurolingüística de mi vida, es la primera que tengo y debo luchar contra ella todo el tiempo. Pero no puedes estar todo el tiempo con la guardia alta y cuando te pillan con la guardia un poco baja, la autoestima o lo que sea, te destruyen porque eres tú misma, eres tú la que se dice: “Fracasaste como mujer, fracasaste como persona, no tienes nada”. Y el que yo me diga a mí misma no tienes nada, alguien que absolutamente me hice a mí misma, que nunca he tenido privilegios y que si los tuve los perdí al migrar a España porque ni siquiera era un número, no tenía ni un número de identidad…

—¿Por qué tomaste la decisión de irte? Había crisis, sí, pero no era tu caso.

—No, porque era uno de mis mejores momentos laborales. Estaba en El Universo, estaba en radio City. No había hecho radio, no había hecho periodismo y de repente estaba en La Revista, súper bien, y en radio City en el programa principal.

—¿Estabas tranquila?

—Sí, económicamente bien, pero no estaba tranquila en mi alma, en mi espíritu; algo me hacía pensar que si yo me quedaba me iba a morir como una planta. Iba a seguir viva, pero no tanto. Y tenía la intuición de que no me iba a poder encontrar aquí. Ayer estuve en el malecón del Salado y me dije: “Yo me tuve que ir para poder darme cuenta cuán de aquí soy”. Creo que está también el espíritu del guayaquileño, porque somos puerto, porque tenemos siempre el…

—El agua.

—El agua, y miramos esta cantidad de agua brutal que se va, que siempre está la idea de adónde llegará, y yo hasta dónde puedo llegar. Pero sobre todo creo que me fui porque las mujeres tenemos una carga de fracaso-éxito a la que no le importa cómo eres, cómo es tu corazón, cómo es tu espíritu o cuán inteligente eres. El éxito y el fracaso están ahí como muy clarito, y todas las demás somos una anomalía; yo me quería ir a un lugar donde no fuera una anomalía.

—¿Qué te sostuvo allá al sentir que no eras ni siquiera un número?

—La sensación de que por fin pertenecía a un lugar, a pesar de todo. Fíjate qué paradójico, porque no tenía permiso de residencia, no tenía documentos, no tenía cómo firmar un contrato, un contrato estable, legal; pero, por otro lado, encontré estas mujeres, estas amigas que fueron mi primer grupo de amigas feministas.

—¿Cómo las encontraste?

—Porque, ¡cómo es la vida!, una chica violinista que vivía en España era novia de Francisco Santana (un compañero en El Universo). Cuando le dije que me iba él habló con ella y estuve un par de semanas en su casa, y, cuando busqué la mía, una compañera de ella, trabajadora social, me contactó con la que luego fue mi compañera de piso en un barrio que se llama Lavapiés, el barrio de mi vida (…). Esa experiencia de estar en el barrio más brutalmente mixto, más brutalmente abierto, donde estaban musulmanes y gente de África, gente de India, de Latinoamérica. Una cosa muy loca. Y los marroquíes y sus tiendas y su ropa, sus accesorios. Guau, guau, era súper fascinante y me di cuenta de que yo pertenecía ahí, de que quería estar ahí. Eso fue lo que me hizo aguantar, y aunque era durísimo tuve estas amigas maravillosa que me enseñaron el feminismo, a quererme, a sentir que era valiosa, sexi y mujer. Porque hay una cosa también con esta sociedad, con esto de hacernos según el modelo de la Virgen, el que a tu sexualidad, a tu atractivo, tu seducción le dan off, lo apagan. Es una cosa animal, que a las mujeres nos dan el off porque eres fácil, entonces, todo el mundo va a pensar que eres puta, o lo que sea, nadie te va a respetar. Todas esas reglas en España se hicieron añicos, y yo era una mujer que empezó a sentirse guapa por primera vez, y a sentir que, además, tenía el control.

—La autoimagen está en la cabeza, a veces no es real.

—Es que es el cómo nos hacen. Es tan, tan brutal, que tu imagen está trastornada.

—¿Y cuándo la mujer se va a hacer a sí misma?

—Me pasó a mí en España, pero, ahora que tengo esta mentalidad, vuelvo y veo a mi mamá obviándose en las fotos o borrándolas porque no se gusta: “Mírame la barriga, aquí”, como destripándose de una manera cruel.

—Se descalifica.

—Si ella viera hacer eso a otra persona, sé que le dolería, pero se lo hace a sí misma. Y yo me alimenté toda la vida de ese odio a sí misma de mi mamá.

—¿Sientes que bebiste de eso?

—Sí, esa fue la gran lección de ser mujer que me dio mi mamá: “No estés a gusto contigo misma”. De hecho, eso te genera una cosa muy loca y muy perversa, y lo dije en algún lado: te conviertes en un blanco fácil, porque una mujer insegura de sí misma es una mujer que dice me puedes hacer lo que quieras.

 —En Pelea de gallos hay un fondo que son las familias, los entornos familiares. Si fueras lectora de tu libro y no la escritora, ¿cómo definirías la forma de ver la vida de la autora?

—Está loca, diría (risas). Creo que me gustaría. Me sentiría sintonizada con esta escritora, creo que diría: “Por fin alguien dice esto, por fin alguien rompe con esta cosa tan judeocristiana”, tan base de la sociedad: que la familia es todo y vuelve a casa en Navidad, y el reconcíliate, y la sangre es lo primero y blablablá. No, no. Hay un elemento destructivo  en el hecho de que dos personas que están jodidas, porque casi todo el mundo está jodido, se encuentran, unen estas dos historias complicadas, y peor en aquella época, aquí, en esta sociedad en la que nadie hacía terapia ni nadie solucionaba sus problemas, salvo con alcohol o con golpes o matándose trabajando… y estas dos locuras que vienen de degeneración en degeneración (ríe) llegan a hacer una tercera cosa: estos niños que son como el laboratorio de estas dos locuras que vienen de la familia A y la familia B, que se han mezclado. Eso es muy heavy y muy perverso y si caes en la familia incorrecta estás atrapada, como si estuvieras secuestrada durante los primeros dieciocho años de tu vida.

—Has dicho que quisieras que a Pelea de gallos se lo considerara parte del género de terror, pero el terror en literatura sorprende, y lo que viven los protagonistas es algo conocido aunque negado, más bien naturalizado. Los padres y madres advierten de los peligros que están afuera cuando las casas están llenas de alcoholismo, violencia intrafamiliar, en sus diferentes matices, violaciones… ¿Llegó el momento de enfrentarlo?

—No, y no sé cuándo se va a hacer, porque eso sí es dinamitar el sistema. Fíjate cuántas cosas se han desacralizado a lo largo de la historia, se las ha visto como aberraciones: la esclavitud, el voto femenino, cosas que se creían intocables. La familia, no; porque ahí sí se cae todo. Pero no hay nada sagrado, de hecho lo sagrado es peligroso, sacralizar demasiado algo hace que no podamos hablar de ello y al no poder hablar de algo, como las familias, las víctimas no pueden alzar la voz.

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—¿Lo has tratado con tu familia?, ¿al volver de España les has mostrado la voz que adquiriste?

—Sí, sí. Pero no es fácil, porque mi familia también tiene esa cosa idílica de que, a pesar de todo, todos debemos estar juntos. Mi respuesta es no, si no funciona, no funciona, yo no voy a tener una relación tóxica por mucho que seas mi hermana, mi tía.

—¿Y con tu madre?

—Es una mujer que ha aprendido mucho, creo, en los últimos años.

—¿Ella aprendió de ti?

—No sé, ojalá. Ella me ha dicho cosas como “no sabía”, “era muy joven”, “a mí nadie me enseñó”. Tuvo una infancia de cuentos terribles, una madre terrorífica, y, tomando en cuenta de dónde venía, lo ha hecho súper bien. Yo soy una persona empática, amorosa, dulce con los niños, con los animalitos, generosa, estoy pendiente de si alguien sufre, y eso lo aprendí de ella, de ellos, de los dos; pero, por supuesto que hubo muchas cosas que no hizo bien. Con el tema de la seguridad en mí misma y de que yo era mujer y que debía ser delgada, ahora me dice: “Yo pensé que era lo mejor para ti”, y no hay frase más peligrosa que la de “es por tu propio bien”; es una frase muy peligrosa. Tenías una niña que tenía un poquito de sobrepeso y le has hecho creer que era un monstruo de circo que no merecía que nadie la quisiera, que no merecía respeto, que no merecía amor.

—Hablemos de tu trabajo. Esta semana colocaste en tu cuenta de Twitter: “Hoy dije: soy escritora y no burócrata. Y me reí de mí misma”. (Ríe a carcajadas). ¿Por qué una escritora que logra el anhelado reconocimiento del público internacional, en su primer libro de cuentos, se convierte en la gerenta de un plan estatal?

—Tiene varias partes esta respuesta. La primera es porque yo he sido la gran, gran, gran detractora del Ministerio de Cultura y el Plan del Libro, concretamente. Yo me peleé, escribí una columna que se llama “Ladrones” (en esta revista) y he ido con toda la artillería pesada a decir que cómo es posible que el Plan del Libro ni siquiera respete los derechos de autor y robe cuentos a las escritoras más importantes del país. Y, encima, voy a una feria internacional y lo que me encuentro son puros libros del director del Plan del Libro. Entonces, recibí la llamada de Juan Fernando Velasco (para el cargo) y dije: nooo, ni muerta (risas).

—Un cargo de gerente.

—Imagínate, noooo. Estábamos conversando y en un momento me dijo: ¿qué harías en la Feria del Libro, y yo, lo hice intencionalmente, para que diga no quiero que tú seas, le dije, bueno, yo quiero invitar a Venezuela en la diáspora, porque me parece que hay que hablar sobre esto. Y pensé que diría: “No, no nos podemos meter en un tema tan complicado, no me parece que es el momento…”. Si él me hubiera dicho eso, entonces, no, chao; pero me dijo: “Me parece la mejor idea que he oído en mi vida, ven, habla conmigo, te necesito”.

—A principios de este año, por el manejo que se dio al tema de la migración venezolana, dijiste que no querías saber nada de Lenín Moreno, pero ahora eres parte de su Gobierno. ¿Fue un cambio en tu postura?

—Qué difícil, no me habían preguntado esto hasta ahora… Yo soy parte del Gobierno, sí, pero yo soy parte del trabajo de Juan Fernando Velasco; en el momento en el que él se vaya, yo me voy a mi casa. Es una incongruencia de los artistas, la gente en general, que se quejen de las cosas que se hacen con el dinero público y luego, cuando nos dan la oportunidad, decimos no gracias, no me voy a meter en ese mierdero. Entonces, no lo critiques, no puedes criticar ese mierdero si cuando te dan la oportunidad de limpiar ese mierdero dices no.

—¿Habrías sido parte del Gobierno de Rafael Correa?

—No.

—¿Aunque hubiese sido una oportunidad para hacer cosas?

—No, porque aparte de todo lo que ya sabemos, hay un tema de formas. A mí me importan las formas, por supuesto me importa la corrupción; y por supuesto que estoy de ojo seco ahorita pensando en esta responsabilidad tan inmensa que es la de manejar este dinero que pertenece a ti y a mi mamá y a todos los contribuyentes ecuatorianos, pero me importan las formas, que haya libertad de prensa, que tengamos un presidente que no rompa periódicos, me importa mucho.

—Pero esas son formas que son fondo.

—Sí, es verdad, son formas que son fondo. Como lo personal es político, exactamente. Ahora, no es que yo comulgue 100 % con todo, cosas como la migración, por ejemplo, que no están bien manejadas, pero hay libertad. Mira que se va a debatir sobre esto de la migración en la feria y, probablemente, habrá polémica.

—Cuando presentaste la FIL de Quito en la biblioteca del parque de Mayo, empezaste hablando del lugar elegido para el acto: que no era casual, que las bibliotecas son para ti el lugar más importante de cualquier ciudad, de cualquier país. Para ti, que llegaste hace poco al Plan del Libro, que estuviste diecisiete años fuera, que ahí estaba la gente que trabaja contigo saludándote, diciéndote: se puede, jefa. Que nunca habías sido jefa, que era muy raro. Que una Feria del Libro para ti es como Disneylandia, que has ido a muchas ferias en varios países. El yo en tu administración no es tácito como en cualquier caso, es un yo expreso.

—Interesante. Sí, sí, hay mucha gente que usa el nosotros, pero hay decisiones que sí, que sí he tomado yo para bien o para mal, que si sale mal es toda mi culpa. El yo tiene dos caras. Para mí sí era una cosa como María Fernanda Ampuero: que este país reconozca que los grandes embajadores que tiene son sus escritoras que están fuera, que son citadas, criticadas, reseñadas en los mejores periódicos del mundo. Para mí esa es una decisión que no iba a negociar con nadie. Y eso es algo que también Juan Fernando Velasco dijo (sobre la música), porque ambos lo hemos vivido, hemos batallado sin beca, sin apoyo, sin reconocimiento.

Ampuero dirige el Plan Nacional del Libro y la Lectura, para llevar los libros a quienes piensa que más los necesitan.

Ampuero dirige el Plan Nacional del Libro y la Lectura, para llevar los libros a quienes piensa que más los necesitan.

—Las historias que están detrás de las gestiones que se hacen para la feria son las de María Fernanda Ampuero. Es un discurso con muchas autorreferencias, ¿no tiene también un dejo de vanidad?

—Sí (risas), seguramente tiene un lado de vanidad, de “yo lo hago mejor”, “lo haré mejor que tú”. Y, tal vez, como de revancha.

—Hay mucha reivindicación en los temas de esta feria: la migración, la gente que vive fuera, los escritores, la singularidad de la gente que vive fuera.

—Sí. Yo creo que en el tema de la feria me interesa dar el mensaje clarísimo de que las ecuatorianas hacen una literatura extraordinaria y el país debe abrazarlas y sentirse súper orgulloso de esto, pero también que el Plan Nacional del Libro, con todos sus empleados, está haciendo la feria y no se da el presupuesto a la Cámara, que es la empresa privada.

—Todo esto sobre la Feria del Libro de Quito, un Plan Nacional de Lectura, ¿qué pasa con Guayaquil, Cuenca, Ambato, Macas, Coca, Zamora, Manta?

—Solo tengo diecisiete meses, y realmente ese ministerio es un hormiguero porque, además, desde el ministro, todos venimos de otro lado con miles de ideas, cosas muy frescas.

—La María Fernanda migrante, ¿dejó de serlo?, ¿se queda en el Ecuador?

—(Risas). No sé, no sé. Ya te digo, tenemos diecisiete meses, si no piden la cabeza de nadie antes… He vuelto al país, a una vorágine; yo digo que ni siquiera vivo en Quito sino en el Ministerio de Cultura, como todos. Es muy raro, ni siquiera he vuelto a mi ciudad, soy un poco “extranjera”. Es una situación muy rara, pero también creo que es un momento ideal. La llamada de Juan Fernando llegó cuando había dejado de creer en esto de que no había casualidades, pero esto es muy raro (risas), porque hasta hace cinco años no hubiese dejado España, o hubiese sido complicado. Yo tenía una pareja, unos proyectos, pero…

—Este año te querías asentar en México.

—Hasta hace solo seis meses quería asentarme en México… El éxito de Pelea de gallos es una cosa que me ha permitido decir puedo vivir en cualquier lado, ya mi nombre suena, no necesito estar batallando en Madrid para saber cuándo se publica. Ya no importa.

—¿Ya ese camino se recorrió?

—Sí, ya se recorrió, y, afortunadamente, ha salido muy bien y también tengo mucho respeto por mis colegas que me han permitido que, a tres meses de una feria, me digan que sí. En ese sentido sí me voy a quedar para siempre con tu cosa de si eso es un poco ególatra, tal vez sí…

—¿Puede ser una reafirmación?

—Yo no sé cuánta gente puede coger el teléfono y decirle a Samanta Schweblin: “Amiga, te necesito”. También hay una cosa feminista ahí, también hay una cosa entre las escritoras de esta generación de: “Claro, amiga, yo estoy contigo” (…). He recibido el respaldo de hombres, pero a tres meses de una feria, que un grupo de mujeres me diga que sí fue para mí un “Sí puedo”.


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