Inés del alma herida.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: ADN Montalvo E.

Edición 450 – noviembre 2019.

 Firma---Milagros

Tu rostro es hoy el rostro de la selva heri­da. Tus cicatrices son las cicatrices de la mise­ria, del abandono, de la pobreza, de la des­esperación. Tu cuerpo ha sido cortado con la furia con que corta el leñador al cedro hasta desmembrar su tronco y sus ramas, tus brazos y tus piernas. Tu cara golpeada con todos los golpes de la vida, del desarraigo, del alcohol y la desidia, la droga y la pérdida de la razón y la mínima cordura.

Inés. Inés de seis guaguas que aún tiem­blan de miedo. Inés, tan bonita como el paisaje selvático y tan herida como él. ¿Qué han hecho contigo, Inés? ¿Qué han hecho con la selva, Inés? Tu agresor es el retrato del despojo, del olvido en el que está tu gente, de la pobreza que se instala como un gusano que se alimenta de la ira, de la venganza, del machismo, de to­das esas cosas que son parte de ese entorno de miseria extrema que rodea a esas comunidades indígenas a las que nunca llega nada, pese a que de ahí sale la materia prima con la que se meten millones de dólares al bolsillo empresa­rios exitosos y gobernantes inescrupulosos.

Inés. ¿Qué han hecho contigo, Inés? Han destrozado tu cuerpo igual que han destroza­do la selva, tu casa, de tus abuelos y tus hijos. Han quedado sin comida, sin cacería, con tie­rra yerma, sin peces en los ríos, expuestos al salvajismo de quienes entran a saquear lo que es ajeno. Han dejado dos enormes cortes en tu cara, Inés, que son como los cortes de las carreteras en el paisaje selvático. Han violenta­do tu cuerpo y violentado tu territorio.

Inés. Inés de ese pueblo de antiguos gue­rreros ignorados hoy en su malvivir diario y recordados a la hora de decir que defende­mos tu casa, tu selva, tu tierra. Inés, retrato de nuestra indiferencia y de nuestras propias miserias. Lo peor de la sociedad corrompiendo el alma de tu pueblo y de tu verdugo.

Inés. ¿Qué hemos hecho contigo? ¿Qué hemos hecho con tantas Ineses, rostros de desamparo, golpeadas, heridas, maltrata­das, olvidadas, llenas de hijos que alimentar? ¿Por qué cuando llegas herida, Inés, hemos de rogar por atención, medicinas, ayuda para ti, con tantos defensores que tiene tu selva, Inés? ¿Qué hacemos contigo, Inés, y con tan­tas Ineses que, como tú, tienen esos niños que alimentar y esos compañeros vueltos mons­truos, energúmenos, sin corazón y sin razón, capaces de patear, de golpear, de herir con machete tu rostro y tu espalda?

¿Hasta cuando nos creemos la falacia de decir que queremos proteger tu selva, la casa común, los ríos y cascadas, si no podemos protegerte ni ayudarte a ti, Inés, ni a tus gua­guas ni a tus abuelos que mueren lentamente en la pobreza más absoluta?

Perdón, Inés. Inés del alma herida. Inés de la selva herida.


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