El médico en casa.

Por Anamaría Correa Crespo.

@anamacorrea75

Ilustración: María José Mesías.

Edición 450 – noviembre 2019.

Firma--Anamaría

Nunca tan cierto como hoy que todos tenemos médico en casa o al menos así parece. No me refiero a un miembro de la familia que haya atravesado la ardua formación médica y a quien podemos consultar, como hacían nuestras madres y abuelas, porque siempre en las familias extensas había un doctor en la familia, sino al médico que está a la distancia de un clic en nuestro teléfono y al que se llega a la velocidad del rayo vía Google.

Amo y odio a ese médico. Lo amo como el alcohólico ama su trago del día. Sí, porque consultar al médico al que me refiero es adictivo y hace daño. Lo odio por la misma razón. Porque existimos seres en el universo que ni bien sienten la más mínima dolencia, es decir, algo así como dolor de la punta de la nariz, recurren a Google para el diagnóstico, exploración de síntomas, potenciales ramificaciones del mal y, por supuesto, curas instantáneas.

Todos sabemos que, en el abismo insondable de eso que se llama la web, todo es posible. La búsqueda comienza a partir de síntomas reales e imaginarios. Entonces viene la sorpresa casi siempre predecible: el dolor de la punta de la nariz se puede explicar por la ocurrencia del síndrome de ansiedad crónica o porque es una especie de tumor cancerígeno del tipo más letal. Casi siempre aparecen ambas posibilidades, la inocua y la de muerte. Si no me creen, hagan la prueba.

Cuando sucede, es decir, cuando caigo en la tentación de ir a Dr. Google, el pánico empieza a crecer: vienen las palpitaciones, sudoraciones extremas, la respiración se entrecorta y la compulsión por encontrar, ojalá, decenas de otros resultados, igual de calificados, que afirmen con autoridad de médico real que el dolor de la punta de la nariz es solo un dolor reflejo del músculo del cuello. Nada que no se pueda arreglar con un buen masaje y relajación.

El algoritmo lo permite. Siempre encontraremos en Internet lo que en la ciencia dura jamás sucede: que podamos juntar dos cosas cuya relación entre sí sería totalmente inverosímil.

Debo hacerle caso a mi madre que siempre me aconseja que deje de utilizar a Google como fuente de información médica. Pero debo darme algo de crédito también, ya no lo hago con tanta frecuencia. Parece que mi adicción a la consulta médica cibernética va cediendo en algo, aunque no he visitado a los fisgones de salud cibernética anónimos.

Seguro que los hay, no precisamente en el Ecuador, pero sí en Estados Unidos, donde ese tipo de “desorden de ansiedad” está perfectamente diagnosticado y apoyado por grupos virtuales y presenciales de gente desahogándose de su mal.

¡Es más, lo acabo de encontrar! ¡Es Google otra vez! Se llama la “cibercondria” y, si se deja sin tratamiento, ¡se corre el riesgo de que tu salud, en efecto, empiece a sufrir un deterioro real! También me aconseja la misma fuente, que espero sea requete autorizada, que si el mal es persistente, se abandone la práctica de la consulta. Estoy pensando en hacerle caso en serio. Siguiente dolor de cabeza, primero me tingo la mano antes de caer en la tentación del clic. Gracias Google.


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