Archivo Pessoa (o los hilos que atraviesan treinta mil documentos).

Por Carla Badillo Coronado.

Edición 450 – noviembre 2019.

El escritor portugués Fernando Pessoa, figura de culto para muchos lectores, inventó decenas de heterónimos, autores ficticios a los cuales atribuyó una inmensa cantidad de obras que se publicaron póstumamente. Este es un paseo por su archivo, a todas luces sorprendente.

 

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Si uno va tras los pasos de Fernando Pessoa en Lisboa, se dará cuenta de inmediato de que no hay un solo barrio que no tenga marcada su presencia. Desde Campo de Ourique, donde el poeta vivió los últimos quince años, hasta el monasterio Dos Jerónimos, en Belem, donde yace su tumba. No obstante, más allá de los lugares oficiales, hay espacios que se han convertido, con justa razón, en pequeños templos a su memoria, y cuya visita resulta casi obligatoria. Uno de ellos es el café Martinho da Arcada, ubicado junto a plaza do Comercio, a pocos metros del río Tajo. Se trata del café más antiguo de la ciudad, fundado en 1782, cuyo actual propietario, António de Sousa, asegura que Pessoa fue el cliente más asiduo, por lo que mantiene intacta la mesa que el poeta ocupaba, con algunas fotografías, cartas y libros.

“No hay día en que no hablemos de Pessoa —dice António—, desde que abrimos el local hasta que cerramos. Vienen de todo el mundo preguntando por él, y ya vi llorar a más de uno al tocar su rincón, como si hubiese sido un santuario”.

Escenas como esa se repiten en el café A Brasileira, en el corazón de Chiado, donde el autor del Libro del desasosiego pasaba horas escribiendo en servilletas, bebiendo aguardiente y participando de tertulias con otros modernistas como el pintor Almada Negreiros. No en vano, sobre la explanada de la rua Garret, se encuentra su estatua más conocida, en la cual aparece sentado en una de las típicas mesas del café, con su sombrero, sus lentes, su corbatín, una pierna cruzada sobre la otra y la mano derecha dispuesta en el aire, como si estuviera presto a saludar. Impresiona la cantidad de gente que convoca. No pasan ni tres segundos entre cada fotografía; lo que resulta paradójico, si tomamos en cuenta lo solitario que era Pessoa.

Lo que muchos no saben es que, a pocas cuadras, justo al frente del teatro São Carlos, se encuentra la casa en la que nació el poeta —y en la que pasó gran parte de su infancia— y, frente a ella, otra estatua, muy poco conocida y mucho más extraña: un Pessoa parado con las manos hacia atrás, cuya cabeza es un libro. El contraste es enorme, no solo porque esta tiene cuatro metros de altura, sino por su escasa afluencia, pues si uno se sienta a observar, por el lapso de media hora, comprobará que apenas dos o tres personas se fotografían.

Y luego silencio.

Este tipo de disparidad ocurre no solo con los lugares que llevan el rastro de uno de los poetas más importantes de la lengua portuguesa, sino también con su vida y su obra. Basta preguntarse, por ejemplo, ¿por qué siempre se habla solo de Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro y Bernardo Soares, cuando Pessoa llegó a crear más de ochenta heterónimos —cada uno con su respectiva biografía— y 136 autores ficticios?, o ¿por qué siendo un gran estudioso de la astrología (llegando incluso a pronosticar el día de su muerte), ese aspecto sigue siendo casi desconocido? Más allá de los factores externos, hay una razón muy clara: fue su propia naturaleza múltiple, prolífica, contradictoria y extremamente reservada la que contribuyó a ello. No olvidemos que, en vida, Pessoa llegó a publicar apenas un libro: Mensagem (1934), y un puñado de poemas dispersos en algunas revistas, escritos originalmente en inglés. Todo lo demás quedó totalmente inédito y fue solo tras su muerte que se encontró aquello que alimentaría su mito para siempre: un baúl con más treinta mil documentos manuscritos.

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 (Lisboa, 14 de junio de 2019)

Lejos del ruido de Baixa-Chiado, en el barrio de Campo Grande, existe otro templo dedicado a la memoria: la Biblioteca Nacional de Portugal, fundada en 1796, el acervo más importante de la literatura portuguesa; es aquí donde reposa el Archivo Pessoa. Basta atravesar la puerta principal para sentir el peso de la historia: 66 mil m², 75 km de estanterías, 4,7 millones de documentos. El edificio se compone de tres pisos, en los cuales se distribuyen varios espacios para exposiciones, una librería y cinco salas de lectura: una general —la más grande— y tres especializadas: Música, Cartografía e Iconografía. La quinta, sin embargo, es la más restringida: Reservados, ubicada en el último piso.

Es aquí donde me encuentro.

Una funcionaria explica que en esta área se guardan los documentos más importantes a nivel patrimonial: manuscritos, incunables y raros. El más antiguo, por ejemplo, data del siglo XII y, entre las joyas que contiene la bóveda central, consta uno de los cincuenta ejemplares existentes en el mundo de la Biblia de Gutenberg; una carta del navegante Vasco da Gama; la primera edición de Los lusíadas del poeta Luís de Camões; y la célebre carta de Fernando Pessoa a su amigo Adolfo Casais Monteiro, escrita en 1935, explicando el origen de sus heterónimos.

La diferencia con el primer piso es notable. Mientras en la sala general uno observa muchísimas cabezas concentradas en plano amplio, aquí, de las 36 mesas disponibles, apenas una está ocupada; la del fondo, en la cual dos hombres analizan documentos con la minuciosidad de dos laboratoristas. Observo a uno de ellos levantar un papel como si quisiera descifrar un jeroglífico, mientras el segundo transcribe. Me pregunto si se trata de algún documento de Pessoa. Por un momento me dan ganas de acercarme, pero también me gusta la idea de dejarlo en el aire. Pido a la bibliotecaria la posibilidad de hablar con la encargada del Archivo Pessoa. “Puedo consultarle”, me dice, “pero es muy difícil si antes no sacó una cita”. “Puedo esperar”, respondo. Acepta, y antes de salir, voltea y me susurra, casi como un secreto: “Si se trata de Pessoa, TIENE que hablar con el hombre del fondo, lleva muchos años investigando en esta sala; es uno de los que más lo conoce”.

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Diez minutos más tarde vuelve la bibliotecaria con una mujer —cabello gris, anteojos, estatura baja—, su presencia impone respeto. Saludamos. “¿Qué exactamente necesita?”, pregunta. Su voz es áspera, tajante. “Hablar sobre Pessoa”, respondo. “Estaba saliendo justo a almorzar, ¿puede esperar?”. “Salgo de viaje más tarde, pero si me da cinco minutos le agradecería”.

Lo piensa dos veces. “Sígame”, concluye.

Cruzamos el pasillo hasta llegar a su oficina. Abre la puerta y lo primero que veo es un retrato de Pessoa y muchos documentos dispersos sobre la mesa. Su nombre es Fátima Lopes, es la responsable del Archivo de Cultura Portuguesa Contemporánea. Su área, según explica, se compone de 170 espólios (en portugués: legado) de escritores y otras personalidades de los siglos XIX y XX, entre los cuales destacan Sophia de Mello Breyner, Eça de Queirós, José Saramago, Almada Garret y Fernando Pessoa.

“De Pessoa constan 27 543 documentos, entre manuscritos y correspondencia, repartidos en 343 sobres, clasificados según su naturaleza”.

Fátima cuenta que la primera vez que el Espólio Pessoa llegó a la Biblioteca Nacional fue en 1975; cuarenta años después de la muerte del poeta. Antes lo tuvo la familia, y en 1969, el Estado portugués encargó a un grupo de trabajo la organización del material, pero la tarea no terminó hasta 1973. De 1981 a 1986 se microfilmaron los documentos: 45 mil imágenes.

Fátima fue una de las integrantes de ese último equipo.

“Para clasificar los documentos nosotros atribuíamos un número a cada hoja, pero con Pessoa es muy difícil hablar de documentos porque una sola carilla puede contener muchos textos distintos: un poema, una reflexión esotérica, un apunte literario, alguna lista”.

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En el día a día, el trabajo de Fátima consiste en poner a disposición los fondos que están a su resguardo, principalmente a la comunidad científica.

“Los archivos permanecen en la caja fuerte. Los investigadores suelen empezar a trabajar sobre la versión digital, pero es cierto que muchas veces no consiguen leer algunos pormenores porque hay una marca de agua o están escritos por ambos lados. En ese caso, sí podemos facilitar los originales, dentro de los padrones específicos”.

En cuanto Fátima atiende una llamada, yo aprovecho para revisar la introducción del inventario del Espólio Pessoa, pero a medida que voy leyendo la historia, solo tengo una imagen en mente: el baúl; el arca que por muchos años fue testigo de su caos creativo.

Es curioso, en uno de sus poemas titulado Memoria de nada, firmado por Alberto Caeiro, dice Pessoa: “Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía/ no hay nada más sencillo./ Tiene solo dos fechas/ la de mi nacimiento y la de mi muerte./ Entre una y otra todos los días son míos./ Soy fácil de describir./ He vivido como un loco”.

Eso último es cierto, como también lo es el hecho de que organizar su universo no es nada sencillo; por el contrario, resulta un trabajo infernal para cualquier investigador. Infernal y fascinante. Solo los manuscritos contienen varias versiones de sus obras, además de los poemas sueltos, ensayos,  postales, apuntes de comercio, mapas astrales, reflexiones políticas y escritos teatrales; todo en portugués, inglés y francés, con una caligrafía que es otro misterio.

El último párrafo del inventario da cuenta de ello cuando dice: “La imposibilidad de presentar, en espacio de tiempo útil un inventario completo que pueda adecuadamente satisfacer las dos exigencias fundamentales de este tipo de trabajo (rigor y celeridad), parece justificar que se coloque en las manos del investigador, desde ya, un auxiliar de referencia que, sin prejuicio de la catalogación existente, indique algunos de los caminos a seguir en ese verdadero bosque de engaños que el espolio pessoano constituye”.

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Los cinco minutos están a punto de convertirse en media hora. A Fátima no parece molestarle, por el contrario, mientras más conversamos sobre Pessoa, su voz —al inicio áspera y tajante— se vuelve leve, afable. Aprovecho su simpatía y le pregunto por su heterónimo favorito.

Se queda pensando.

“La obra que más me gusta es la de Alberto Caeiro, me gusta mucho, pero el poema que toca todas las emociones es Tabaquería, de Álvaro de Campos; aunque en realidad es muy difícil elegir apenas uno”.

La oficina queda en silencio.

Antes de salir, lanzo la última pregunta:

—¿Alguna vez hubo intento de robo?

—Nunca, responde segura. Tenemos  todo controlado.

Y mientras camino hacia la puerta, Fátima sonríe y me dice:

—Bueno, que yo sepa no.

*

Vuelvo a la sala de lectura. Los dos hombres del fondo continúan trabajando con varios documentos sobre la mesa. La bibliotecaria me dice que puedo revisar el Espólio Pessoa digitalizado. Apenas hay una máquina al fondo, es muy antigua. Me da un par de indicaciones, pero no resultan tan útiles en tanto que la máquina se cuelga varias veces mientras me explica. Le agradezco, pero le digo que prefiero revisarlo sola. Doy clic y se abren 758 carpetas. Me doy cuenta de que revisarlo entero llevaría años, décadas, toda una vida. Solo la primera contiene 181 archivos. Voy directo a la última carpeta (94 ítems), en su mayoría reflexiones astrológicas y cartas astrales hechas por el mismo Pessoa para cada uno de sus heterónimos. Números, ecuaciones, círculos, planetas. Escojo una carpeta del medio. Se abre un poema; un poema largo que data de 18-7-1921, en una hoja ligeramente lineada. Al margen izquierdo un pequeño dibujo. Empieza así: “La noche es calma/ el aire es grave”. Más abajo, un papel infiltrado: “propuesta en blanco para hipoteca”.

*

Cualquiera de los documentos digitales del Espólio Pessoa puede imprimirse, pero no tengo dinero suficiente, así que decido transcribir algunos fragmentos en mi diario. Me centro en las reflexiones de Pessoa sobre el poeta persa Omar Jayam, incluidas en el Libro del desasosiego, firmado por Bernardo Soares; y algunos textos sobre su amigo, el célebre ocultista Aleister Crowley, a quien Pessoa le ayudó, en 1930, a redactar la nota de su falso suicidio.

Pasan dos horas.

De repente escucho a uno de los investigadores de la mesa contigua —el especialista en Pessoa según la bibliotecaria— decir algunas palabras en español, y en seguida reconozco su acento colombiano. No deja de ser curioso, pienso, que dos vecinos latinoamericanos seamos casi los únicos consultando en esta sala los archivos de  Pessoa, al otro lado del mundo. Ya casi de salida, se acerca y me pregunta si puede tomar el inventario que estaba utilizando, le digo que sí; y acabamos hablando, inevitablemente, de Pessoa. Sigo curiosa por aquellos documentos sobre su mesa, pero me limito a preguntarle sobre qué aspecto de la obra pessoana anda trabajando. “Por ahora en su teatro”, dice. Y luego me recomienda un libro: Teatro estático (Tinta da China, 2017), que recopila toda su dramaturgia. Su sugerencia resulta toda una revelación, pues si hay un aspecto de Pessoa, muy poco conocido, es ese.

Intercambiamos contactos, dejando abierta la posibilidad de una entrevista y un trueque de libros. Salgo de la biblioteca y, mientras atravieso el jardín, pienso en que un día como hoy, hace más de un siglo, nació Ofelia Queiroz, posiblemente la única mujer a la que Pessoa amó, y que no deja de ser curioso que esta madrugada lo haya soñado; y que quizá todo eso fue lo que me impulsó a venir hasta aquí, por primera vez, en más de tres años.

*

Llego a casa y veo el nombre que el investigador colombiano escribió en mi cuaderno: Jerónimo Pizarro. Apenas lo conozco pero su nombre me resulta familiar. Cuando eso sucede suelo activar mi memoria gráfica, intentando recordar alguna pista. Esta vez no es la excepción. De pronto consigo ver algo en mi mente. Entre la incredulidad y la expectativa de lo que podría ser una gran coincidencia, busco en Internet el título de un libro: Escritos sobre genio y locura (Acantilado, 2013); se trata de una obra que recoge los fragmentos que Pessoa dedicó al genio, la locura, la degeneración y la psicopatología. Aparece la portada: el rostro de Pessoa, casi de perfil, y, bajo el título: “Edición, introducción y traducción de Jerónimo Pizarro”. Me quedo helada, ese libro tiene gran importancia para mí. Lo leí hace algunos años, durante un período de crisis, y más tarde incluso llegué a escribir algo sobre él. Abro mi archivo y leo uno de los párrafos del libro:

“¿Qué constituye el pensamiento poético?: El amor a la belleza. (…) Poetas: incluso los más primitivos deben de haber poseído una hiperexcitabilidad del sistema nervioso. Ahora bien, un cerebro hiperexcitable es un cerebro anormal. (Fisiología de la inspiración). Metafísicos afectados por la manía de la duda”.

No paro de reír. Es como si él mismo se encargara de mover los hilos, mientras uno explora su universo. En todo caso, queda muy claro que, si uno va tras los pasos de Pessoa en Lisboa, comprobará, tarde o temprano, que todos los caminos desembocan en él.

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Estatua de Pessoa frente la casa donde nació.

Ver también el artículo Universo Pessoa (o el hombre que se multiplicaba en la escritura). Publicado en la edición 448 – septiembre 2019.

En este portal web: http://www.revistamundodiners.com/?p=12550

 


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