Las nuevas tensiones en Asia y la rivalidad

Las nuevas tensiones

Por Jorge Ortiz

 

            “Tenemos que intensificar nuestra capacidad para el combate real”. Con esta exhortación, enérgica y vibrante, el nuevo gobernante chino, Xi Jinping, empezó –en los días finales de 2012- su primera reunión con los altos mandos militares de su país, cuyo ejército, de 2,3 millones de soldados, es el más grande del mundo. Más aún, dijo, “es indispensable mejorar la habilidad de luchar en guerras regionales”. Palabras inquietantes, por cierto, sobre todo si eran dichas al mismo tiempo que Japón y Corea del Sur, las otras dos grandes potencias económicas del noreste asiático, elegían nuevos gobiernos, alineados –en ambos casos- en la derecha nacionalista.

            Mientras eso ocurría, Corea del Norte ponía en órbita un satélite que, en definitiva, era un ensayo –exitoso, sin duda- de un misil de alcance intercontinental capaz de transportar bombas atómicas, como coronación de un programa armamentista que, por lo visto, es respaldado con fuerza por Kim Jong-un, el joven (29 ó 30 años, nadie lo sabe con certeza) heredero de la dictadura más fanática y hermética del planeta. Y, por si algo le faltara a esta mezcla explosiva de acontecimientos, en esos mismos días el reelegido presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, anunciaba que esa región del mundo sería, en lo sucesivo, la “prioridad máxima” de su política exterior.

            Con todos esos ingredientes no es aventurado temer, y ese temor ya está difundiéndose con velocidad de vértigo, que el mundo esté a las puertas de una segunda gran guerra fría, de alcance planetario, como la que libraron los Estados Unidos y la Unión Soviética durante cuarenta años, hasta 1989, cuando el imperio socialista, derrotado en lo político y en lo económico, se desplomó para siempre y toda su área de influencia se desintegró en decenas de países que anduvieron, desde entonces y hasta hace poco, sin encontrar su rumbo. Si eso es así, ¿cuándo estallará? Y si estalla, ¿cuánto durará? Y, peor todavía, ¿podría la segunda guerra fría terminar desencadenando la tercera guerra mundial?

            Lo que ya está claro, como lo confirman todas las cifras, es que el ascenso chino a la cúspide mundial no solamente es indetenible, sino inminente. Su economía, que desde que se libró de los disparates maoístas crece sin parar, pronto será mayor que la americana y la europea, lo que podría desatar sueños imperiales, como ha ocurrido en la historia detrás de cada gran proceso de expansión económica y política. La enérgica y vibrante exhortación de Xi Jinping a sus militares podría ser un indicio de que China ya se prepara para desafiar la hegemonía de los Estados Unidos. Y ese será, previsiblemente, el argumento central de la política mundial en este todavía flamante 2013.

Las tensiones del Japón

            Pero no fue el nuevo gobernante chino (que ya dirige el partido Comunista, aunque recién en marzo asumirá la presidencia de la república) el único en hacer que, con sus palabras, empezaran a sonar los tambores de la guerra. Shinzo Abe, el nuevo primer ministro de Japón, empezó su gobierno, a finales de diciembre, renovando su convencimiento de que las actuales ‘fuerzas de autodefensa’ deben convertirse en un ejército regular, como lo fueron hasta la derrota de su país en la segunda guerra mundial. Claro que, para eso, el requisito previo sería la reforma de la constitución japonesa.

            Y es que en 1946, con Japón devastado por la guerra y por dos bombas atómicas, los Estados Unidos, como potencia vencedora y ocupante, le impusieron una constitución que desacralizó a su emperador y neutralizó sus fuerzas armadas, otorgándoles exclusivamente –casi- atribuciones policiales. Pero dos tercios de siglo más tarde, debido al ascenso chino y la agresividad norcoreana, el presupuesto militar japonés ya es el sexto del mundo, de cerca de sesenta mil millones de dólares anuales. Aún así, sus limitaciones operativas siguen siendo significativas.

            Japón mantiene, además, dos litigios territoriales que cada cierto tiempo crispan toda la geopolítica regional. El primero es con China, por las islas Senkaku (o Diaoyu, para los chinos), un grupo de ocho islotes y peñascos deshabitados, que en conjunto no superan los diez kilómetros cuadrados de superficie, pero cuyas aguas son abundantes en pesca y, según parece, su subsuelo es rico en hidrocarburos. Allí, aparte del potencial valor económico, están de por medio los honores nacionales y, de paso, cierta importancia estratégica.

            “Las islas Senkaku son parte integral del territorio de Japón”, dijo Abe en el primer discurso tras su victoria electoral y, aunque resaltó que China es el primer socio comercial de su país, también le recordó al mundo (y, claro, al gobierno chino) que el pequeño archipiélago está bajo el amparo del tratado de defensa mutua que los Estados Unidos y Japón renovaron en 1971, cuando esas islas, y las de Okinawa, les fueron restituidas a los japoneses después de un cuarto de siglo de ocupación americana.

            El segundo litigio de Japón es con Corea del Sur, por las islas Takeshima (o Dokdo, para los coreanos), dos grupos de rocas ínfimas, de menos de medio kilómetro cuadrado en total, donde solamente viven dos ancianos y un pequeño destacamento policial surcoreano, pero que desde 1905 es el epicentro de las rivalidades y las desconfianzas milenarias entre japoneses y coreanos. Y es que ese año, al empezar la expansión imperial japonesa hacia la península coreana, que duró hasta 1945, la ocupación se inició, precisamente, en las islas Dokdo. Al terminar la guerra y restituir Japón los territorios ocupados, en el Tratado de San Francisco no constaron estas rocas, pues los japoneses, tanto como los coreanos, aseguran tener títulos que confirman su propiedad.

            Con esos dos litigios pendientes, la agresividad constante y creciente del régimen comunista norcoreano y la vecindad inquietante de China, los votantes japoneses decidieron, en las urnas, devolverle el poder al Partido Liberal Democrático y, en especial, a Shinzo Abe, quien logró retornar a la jefatura del gobierno (ya fue primer ministro, once meses, en 2007) con una propuesta que, en lo internacional, se basó en el nacionalismo duro, empezando por el reforzamiento de la capacidad militar de su país. Y aunque tiene una limitación constitucional severa para recuperar su ejército, el nuevo gobierno japonés parece dispuesto a intentarlo. Con lo cual 2013 se presenta como un año potencialmente perturbador.

China sigue avanzando

            Después de haber dejado atrás el tenebroso maoísmo (causante, entre otros males, de una hambruna que mató unos treinta millones de seres humanos) y de haber adoptado la premisa pragmática de que “no importa si el gato es negro o blanco, sino que cace ratones”, China no ha dejado ni un solo día de tener una economía en crecimiento arrollador, con la consiguiente salida de la pobreza de unos trescientos millones de personas. Y, por cierto, a medida que se convertía en una potencia económica planetaria, con el mismo ímpetu se erigía en una potencia militar.

            Fue así que en 2012 su presupuesto militar fue de más de cien mil millones de dólares, con una expansión del 11,2 por ciento con respecto a 2011, con lo que reforzó muy significativamente su capacidad marítima (pues, incluso, puso en servicio su primer portaaviones) y, según parece, modernizó su arsenal de armas atómicas. La premisa es obvia: si sus intereses ya son globales, su capacidad militar también tiene que ser global.

            Es por eso que, más allá de su litigio territorial con Japón, su expansión militar es, para sus dirigentes, un tema geopolítico de incidencia planetaria. Y aunque su primera área de influencia está en el mar de la China y, en general, en el Pacífico noroccidental, su presencia militar está -todavía con lentitud pero sostenidamente- entrando en competencia con la presencia americana. En ese sentido, la nueva estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidas es vista desde China como un intento poco disimulado por rodearla y, en definitiva, cercarla.

            Con ese propósito de rodear preventivamente a China, los Estados Unidos habrían dado tan notorio impulso a sus relaciones estratégicas con Japón y Corea del Sur, además de otros países ubicados en los alrededores del inmenso territorio chino, como Vietnam, Myanmar, Filipinas y, sobre todo, India. Más aún, el uso de procedimientos militares cada vez más sofisticados (robots, espionaje cibernético, aviones no tripulados de ataque) en países limítrofes con China, como Afganistán y Pakistán, es visto desde Pekín como una forma de intimidación o, al menos, de demostración de fuerza.

            Pero, a su vez, el galopante crecimiento del presupuesto militar chino, con expansiones superiores al diez por ciento anual, también es visto desde Washington como una forma de intimidación, dirigida, en este caso, contra algunos de los aliados más entrañables de los Estados Unidos. Además, el gobierno americano está visiblemente molesto con China por su actitud complaciente (o, por lo menos, pasiva) frente al vertiginoso armamentismo de Corea del Norte, un aliado al que el gobierno chino ha blindado contra el reforzamiento de las sanciones que han intentado las Naciones Unidas para tratar de detener la proliferación nuclear.

            Para las autoridades chinas (que, por cierto, tampoco se sienten muy cómodas con la dinastía norcoreana de los Kim y sus delirios de potencia militar mientras su población sufre hambrunas terribles), reforzar las sanciones internacionales aislaría aún más al ya pétreo y arisco gobierno de Corea del Norte y hasta le daría un pretexto adicional para ponerse más agresivo y belicoso. Sin embargo, en la visión americana, esa actitud china lo que realidad pretende es mantener una espada de Damocles sobre las cabezas de japoneses y surcoreanos, en cuyos territorios los estadounidenses tienen tropas y bases militares.

            Es evidente, por lo tanto, que las sensibilidades están a flor de piel y los nervios de punta en el centro gravitacional de la cuenca Asia-Pacífico que, si se mantienen las tendencias actuales, será –si no es ya- el corazón económico mundial en, por lo menos, la primera mitad del siglo XXI. Por lo que los cambios de gobierno en China y Japón ocurrieron en un momento singularmente tenso de la geopolítica mundial. A lo cual se suma, sin duda, otro cambio de gobierno, el de Corea del Sur. Pero ese es otro tema, que viene a continuación.

Recuadro

Le dicen la “princesa de hielo”

            Su victoria electoral, aunque apretada, había sido clara y, sobre todo, trabajada con visión y dedicación. Y esa noche, al celebrarla ante miles de sus seguidores, Park Geun-hye fue tan cortante y elocuente como ha sido desde que empezó su carrera política, casi cuarenta años antes. “Fue –dijo- un acto evidente de provocación”. Era el 19 de diciembre de 2012.

            Una semana antes, el 12 de diciembre, Corea del Norte había efectuado el disparo de un misil intercontinental de una dimensión y una potencia suficientes para portar una bomba atómica. Al hacerlo, las tensiones en la península coreana, que ya estaban altas, dieron un salto brusco hacia arriba, como preludio de un año 2013 que empezó con muy malos augurios. Y, claro, la flamante presidente de Corea del Sur tenía que reaccionar.

            Park, sin embargo, reaccionó con la frialdad que la ha caracterizado siempre. Y aunque reiteró, esa misma noche, su decisión de reforzar los vínculos políticos, económicos y militares con los Estados Unidos, fue enfática en destacar que su “mayor interés”, a pesar de la “provocación”, es bajar las tensiones intercoreanas. Claro que, teniendo al norte del paralelo 38 un gobierno de una ortodoxia marxista estridente, reanudar el diálogo no será fácil.

            Y es que las dos Coreas (la del Norte, socialista, dictatorial y pobre, y la del Sur, capitalista, democrática y próspera) siguen formalmente en guerra. Lo que está vigente es el alto al fuego, inestable y frágil, con que en julio de 1953 terminaron dos años de combates, en que participaron tropas de quince países y murieron cerca de dos millones de personas. Las alianzas militares que por entonces regían siguen siendo iguales, sesenta años después.

            En efecto, China y los Estados Unidos siguen estando detrás, respectivamente, de Corea del Norte y Corea del Sur. Pero ahora China y los Estados Unidos son las dos grandes potenciales mundiales, en competencia cada día más abierta. Y allí, en los cuatro kilómetros de franja desmilitarizada en el paralelo 38, está lo que, al anunciar el “choque de civilizaciones”, Samuel Huntington describió en general como las “líneas de fractura”, donde chocan dos visiones del mundo. Allí podría comenzar, algún día, la tercera guerra mundial. Y allí ya está empezando, sin duda, la segunda guerra fría.

            En diciembre de 2011, en Corea del Norte asumió un nuevo “amado líder y brillante camarada”, Kim Jong-un, quien heredó el poder total a la muerte de su padre, Kim Jong-il, quien a su vez había heredado la jefatura absoluta a la muerte de su padre, Kim Il-sung. Un año después, en diciembre de 2012, el mando también cambió de manos en Corea del Sur, con el triunfo electoral de Park Geun-hye.

            A la nueva presidente surcoreana le dicen la “princesa de hielo”, por su carácter frío, tenaz y distante, que en su país lo atribuyen a las vicisitudes de una vida difícil. Quería ser ingeniera eléctrica y eso estudió. Pero en 1974, cuando tenía 22 años de edad, en un atentado fallido contra su padre, el por entonces presidente Park Chung-hee, la que murió fue su madre. Y, forzada por las circunstancias, la joven Park Geun-hye tuvo que hacer las veces de ‘primera dama’. Y eso hizo hasta 1979, cuando, en otro atentado, su padre fue asesinado.

            Con la vocación política ya impregnada, Park emprendió una carrera con éxitos, pero también con nuevos dolores: en 2006, durante una campaña electoral, recibió una cuchillada en la cara, en un atentado que, además de herirla de gravedad, acentuó su personalidad silenciosa y taciturna. Pero cuando está en campaña, toda su pasión estalla en discursos fogosos y fragorosos.

            En su campaña presidencial, Park ofreció gobernar “en nombre de la gente común”, para lo cual se comprometió a superar la crisis (que se está sintiendo con fuerza en Corea del Sur, un país con una economía orientada a la exportación), a establecer un entorno empresarial más equitativo, a defender a las pequeñas y medianas empresas frente a la capacidad de absorción de los grandes conglomerados, a luchar contra la corrupción y, en definitiva, a detener el deterioro de la clase media.

            Pero es en lo internacional donde sus problemas son más inciertos. Y es que, con una plataforma política basada en la unidad nacional, se suponía que Park haría esfuerzos y concesiones para reabrir el diálogo con Corea del Norte. Pero su llegada al poder coincidió, desdichadamente, con la radicalización del régimen norcoreano (expresada, sobre todo, en ese misil disparado el 12 de diciembre) y, además, con el aumento de la rivalidad geopolítica entre los Estados Unidos y China. ¿Qué hará la “princesa de hielo”? Más aún, ¿podrá hacer algo o ya la desbordaron los acontecimientos? Sí: la segunda gran guerra fría está empezando ya.


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