Prohibido prohibir lo Kitschpe

Prohibido prohibir

Por Huilo Ruales Hualca

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¿Pero qué le pasó al último vástago de la familia Quishpe, aquella de San Antonio de Encalado, terruño ubicado al fondo, a mano izquierda de Guamote, donde el frío del Chimborazo no besa sino que muerde? ¿Qué ocurrió con el sobrino de los Apugllón que tienen su chacra bien sembrada, un digno elenco de animales, incluido un cuarteto de vacas lecheras, una casa a colores con pinta de barco de medio calado, dada la conjunción y yuxtaposición de mediaguas? ¿Pero qué pito le tocó a este muchacho que en su etapa imberbe vendía ajos y más tarde billeteras, gafas y correas y, más tarde, zapatos ambateños en las ferias de los pueblos aledaños? ¿Qué vuelco sufrió su espíritu para que un día cualquiera, sin avisar ni pedir permiso a nadie, por las puras y santas, como llevado por el mal, como aupado por el diablo, se le ocurriera estrellarse contra los cristales?


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Pero vamos por partes, como dicen que decía Jack el destripador. Cabe reconocer que este muchacho fue vacunado con aguja de vitrola, razón por la que tenía el gusano de la música desde que era un escolar ecuatoriano. Su familia y sus allegados recuerdan que los fines de semana y los días festivos se desataba como un trompo a punte canto y baile, y amorío prematuro. Ya para la edad de la conscripción era pato de toda boda o bautizo o festividad, puesto que era músico y cantante, y hasta se le había dado por hacerse un nombre con algunas piezas musicales brotadas de su puño y letra, dedicadas a las gracias y desgracias materiales o amatorias del terruño. Todo eso, claro, con la infaltable alusión a la bebida, aguabendita para las penas y las alegrías del corazón. Tecnofolkloreandino, en suma.

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Qué es eso de tecno-folklore-andino, pregunta la damita. Pues, señorita, es lo mismo que la tecnochicha o la tecnocumbia o, como yo lo bautizo en este momento para no complicarme la vida, tecnoandina. Música chola posmoderna. Música andina underground. Melaza de música que no es solamente para el oído sino para el cuerpo entero y de carambola para el alma. Nada que ver con la música rokolera, tan tristona, tan para cantina, tan recontraespecializada en asuntos amatorios, tan directa a la vena entre amigos y tan llena de infidelidades sobre todo femeninas, ya que los varoncitos siempre han sido unos santos. En cambio, la tecnochicha o tecnocumbia o tecnoandina es música que se te pega empezando por los ojos. Música que necesita de tarima bien holgada, a fin de que las chicas de la coreografía bailen a gusto, sin codearse ni ponerse el pie, sin escatimar movimientos impúdicos ni dejar de exhibir sus encantos gracias a la mezquindad generosa de sus minifaldas y minichalecos y minitodo. Alegría erótica tan saludable en los pueblitos andinos tan dedicados al rito, al viento, a la zozobra. No se diga cuando el campesino, porque así de dura es la vida, se desprende de la tierra y termina perdido en el cemento, la estridencia y el espanto de ese monstruo comegente que se llama ciudad. ¿Qué otra música alcanza y sobra para cantar y bailar —puesto que hay que sacudir el cuerpo— el sufrimiento ante la pobreza o la nostalgia ante la familia fragmentada a causa de la migración?

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Claro que muy poco de eso lograría la tecnoandina si no estuviera navegando a sus anchas en el siglo 21. Cada pieza se empapa, se baña y por poco se ahoga en música electrónica, desde luego andina —lo que antes brotaba de la magia de pingullos y zampoñas—, intercalando como hebritas de arcoíris un sinfín de melodías latinoamericanas y, por qué no, ciertas chispas, que a veces tienen más de burbujas, del mero rock. Neta evidencia de que la globalización se ha tomado no solamente el esmog metropolitano sino también el aire puro del páramo. Además, como toda música que se precie de actual, la tecnoandina no estaría satisfecha ni completa si careciera del videoclip. O, dicho en otras palabras, videokitsch. Así es que no te lo pierdas, si quieres ver una cuajada muestra del barroco andino posmoderno, allí tienes los videos tecnoandinos: textos tan de la tierra, como decir de la mata a la boca, bailarinas frescas y carishinas, íconos religiosos lentejuelados, animales propios en paisaje propio y efectos especiales que convierten la realidad en un sueño tipo algodón de azúcar a colores.

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Pero volvamos al último de los vástagos de la familia Quishpe Apugllón. Su nombre ya sonaba en Guamote, en las otras parroquias de Chimborazo, y un trío de sus piezas musicales se oían en ferias y fiestas de otros puntos del callejón andino. Dicho en otras palabras, todo iba bien para el muchacho con nombre de pez inteligente. Incluso disfrutaba ya la satisfacción de haber creado, y con su respectivo videoclip, La oveja, El gallito bandido, El delfincito, Cuando me vaya, Cuaya huay, piezas que evidencian su fidelidad al terruño. Piezas salpicadas de tristura, humor y vitalidad, un ejemplo de constancia creativa y buen encaminamiento de sus ambiciones artísticas. A decir verdad, ninguna de estas modestas piezas tenía las agallas requeridas para convertirse en hit. Tampoco el muchacho, que a esas horas aún estaba en sus cabales, no tenía para nada tales pretensiones. Pero, así es la vida, el 13 de diciembre de 2006, sin pedir permiso a nadie y casi sin saberlo, amaneció en YouTube.

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Nata, Tuli, Kris, vengan a ver esto, putakénota. Karkajadotas. No puede ser, karkajadotas colectivas, de dónde salió esta güebada, karkajadotas. Repítele, repítele, loko. Karkajadotas. Aló, kefué Nuti, entra en el yutube, ya te puse el link. Hola, Kata, mira lo que te puse en el link. Kiubo Sebas, métete en el yutube. Las karkajadotas se multiplican. Las entradas se multiplican, se expanden, salen del país y dos meses más tarde, aupado sobre todo por sus mismos detractores, el video termina siendo visto por más de un millón de personas.

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Después del caguederisa, cada karkajiento se encierra en su habitación, se clava ante la compu y se repite el videoclip Torres gemelas, sin carcajada alguna, sin la menor sonrisa. Después, doblándose como jockey en la última vuelta, abre el espacio Comentarios, se apropia del teclado cual novelista en trance o, más bien, cual enajenado con metralla en el estreno de El caballero de las tinieblas.

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“… Engendro mal formado, tienes una mierda de voz, no sabes bailar, eres ridículo, tus canciones son una porquería, no sabes rimar, cantas a las desgracias, te vistes como pordiosero, en vez de música haces comedia, haces quedar mal al país. Jajaja, todos se burlan de este cholo miserable/ Patético, semejante grado de bestialidad no tiene comparación, esto solo puede ser producto de la ignorancia y la imbecilidad/ Andate a ser albañil, mitayo cara de verga/ Alguien me dice por qué permitimos que esta gente siga respirando/ Yo soy tu patrón, tú eres el indio/ Maten a este indio payaso hijoeputa/ Maldita sea, por culpa de Delfín Quishpe todo mundo cree que la gente del Ecuador somos así/ Desde mi concepto antropológico del hombre, puedo decir con claridad que… maten a este hijo de puta antes de que tenga alguna cría/ Por culpa de indios como vos piensan que este país esta lleno de indios/ ¿Te demandaron por escándalo público en la prisión de maricones que estabas?/ Hasta tu apellido lo dice todo, eres indio…”

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El odio es la otra cara del miedo. ¿Miedo a qué? ¿Al espejo? ¿A la oscuridad? ¿Al exceso de luz, esa que se filtra en nuestros intersticios y camina debajo de nuestros zapatos y se encarama en nuestras uñas azules? ¿Miedo a que, en efecto, todo sea cierto dentro de nosotros? ¿Miedo a que no seamos ciertos de tan ciertos que somos? ¿Miedo del secreto a voces? ¿O dolor del dedo con el que solemos tapar el sol?

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La globalización está en todas partes y sí se la puede ver y hasta tocar. Ella nos ha dotado de alas y, a su vez, nos ha atado la pata a la pata del diablo. Entre paréntesis, damita, caballero, no deje de viajar por la Sierra ecuatoriana. Así tendrá la ocasión de ver, en el tramo Riobamba-Azogues, la belleza del paisaje andino salpicado de suntuosas casas, todas muertas, abandonadas, desoladas, picoteadas por las gallinas y mordidas por la mala yerba. Mansiones inverosímiles que no son sino el símbolo del sueño imposible: el retorno del héroe que las ha financiado. El retorno triunfal de los migrantes campesinos. El feliz cabo de la madeja que empezó con una punta envenenada: el viaje clandestino a manos de la mafia, a través de Centroamérica, hasta ingresar en el callejón del terror mexicano, que es la travesía en tren rumbo a Estados Unidos. Ruleta rusa que dura semanas, de la que uno que otro campesino sale vivo y entra indocumentado a Estados Unidos. Eso significa que el Sueño Americano se halla más allá de la Muerte. Que, precisamente, para los campesinos es el Más Allá.

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En cuanto a alas, la globalización nos ha acercado el mundo hasta tal punto que por fin en algo nos parecemos a Dios: ahora gozamos, aunque también sufrimos, de ubicuidad. A través de Internet por poco ya podemos, cuerpo a cuerpo, amarnos o matarnos. Ahora, todos podemos estar al mismo tiempo en el mismo sitio. Por eso, también en Guamote y sus contornos, se pudo ver en vivo y en directo, al igual que en París o Teherán o Bangladesh, la hecatombe lenta, apocalíptica, supraperfecta como una sinfonía del terror, de las Torres Gemelas disolviéndose igual que dos cubos de azúcar en unas gotas de agua.

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Total, el Delfín hasta el Fin, con su Torres Gemelas, topó el cielo nunca imaginado ni soñado y hasta el sol de hoy su videoclip ha sido visitado por más de nueve millones de internautas. Todo un milagro que más o menos nació así: Delfín Quishpe, músico campesino inquieto, singular, atrevido, con olfato, a la manera de los poetas, más que ver, intuyó en esa catástrofe mundial una alucinante metáfora del mal contemporáneo que aqueja a su pueblo: el éxodo hacia las metrópolis, causa directa de la fragmentación irreversible de la familia y la comunidad. De allí que, en la canción, las torres del mito occidental se convierten en polvo, llevando en su vientre al ser amado. Metáfora del sistema depredatorio inherente a la migración.

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Nada hubiese sucedido con la canción y videoclip —muestra excelsa del kitsch tecnoandino— si aquel acontecimiento que sacudió al planeta, del que también forma el mundo campesino, no fuese narrado desde su prisma cultural: 1. Lenguaje español gestado desde el quichua. 2. Alusión y cuestionamiento a Dios por haber permitido tal tragedia en la que perece el ser amado. 3. Vestimenta campesina —sombrero, botas, zamarro— globalizada y singularizada en su propio concepto kitsch. 4. Como fondo e ineludible cosmos la presencia del campo. 5. Uso explícito del orgullo identitario ecuatoriano. 6. Ocupación del espacio estético y comunicacional propio del mundo campesino: abierto, dadivoso, ilimitado, barroco, yuxtapuesto, ritualístico. Para contratos llamar al 032952680 o al 0993148076, sobre fondo de hecatombe. Y, para cerrar, el eslogan de oro: Delfín hasta el Fin.

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Así como entró de pronto en el escenario yutubesco, el inquieto y anacobero Delfín Quishpe entrará de pronto en el olvido. Sin embargo, quedará como una leyenda, para nada musical, por haber tocado el nervio preciso. Por haber pulsado accidentalmente la tecla que abre el cofre en el que duermen plácidamente los reptiles identitarios. Pues ha bastado que un campesino se arrogue el derecho de usar con sus códigos propios un acontecimiento mundial, para suscitar una estremecedora reacción de racismo, xenofobia, odio capaz de encender sentimientos genocidas, complejos peludos como tarántulas, fragilidad identitaria, miedo, mucho miedo. Y, por otra parte, más bien en el ámbito internacional, un sentimiento de burla y desprecio —racismo bonachón, a la final, que suele ser el más execrable— hasta en el ámbito televisivo y de grandes festivales. Como si Delfín Quishpe y su cultura campesina, a través de su música tecnoandina, fuese la expresión de un mundo sumido en la ridiculez, la torpeza, la inferioridad.

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Pero Delfín Kitschpe no se arredra por nada. Su ímpetu de cholo underground, halagado por su rotunda fama y robustecido por su alegre inocencia, más bien le ha conducido hacia adelante, aunque implementando una fórmula demasiado simple: tomar otros acontecimientos mediáticos del mundo para convertirlos, por arte de su magia, en éxitos. Por ahora le funciona la elemental trampa. Pero pronto ocurrirá lo que es inevitable: dejará de producir el efecto excepcional, tremebundo, humorístico que ha suscitado, sin habérselo propuesto, con su tema Torres Gemelas. Lo demás es autoplagio. A su vez, la conmoción racista, violenta, denigrante y triste se irá flaqueando y flaqueando. Quién sabe, el cofre de los reptiles no vuelve a ser clausurado y nuevos delfines nos van enseñando lo que la enseñanza y la sociedad nos han soslayado: que lo maravilloso de este horrible mundo es su incontenible mestizaje. Que la mezcla de culturas y razas enriquecen y otorgan mayor belleza a la especie humana. Que lo mejor de nosotros proviene precisamente de nuestro mestizaje. Ha sido buena cosa, en suma, que nos haya ocurrido el Delfín hasta el Fin. A la final, su singularidad, su humor y su inocencia muestran la fuerza de nuestro campesino: su autenticidad.


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