En tiempos de Velasco los periodistas recibían admoniciones en vivo y en directo

en tiempos de Velasco

Por Benjamín Ortiz Brennan

El automóvil del comandante general de Policía era un súper patrullero. Seguro que se trataba de un Chevrolet Impala o algo parecido. Ese autazo representaba el supremo lujo policial al comenzar los años setenta del siglo pasado. Solo comparable a los veloces autos que persiguen sin descaso a los gánsteres en la películas norteamericanas.

En semejante maravilla me embarqué temprano en la mañana del miércoles 8 de septiembre de 1971, en mi condición de periodista y articulista principiante del diario El Tiempo de Quito, rumbo al Palacio de Gobierno, donde mandaba con plenos poderes —o sea dictador— el Dr. José María Velasco Ibarra, en su quinta y última presidencia.

La subida al auto fue voluntaria aunque desconocida por mi familia y amigos. En las primeras horas del día había sonado el timbre en la casa de mis padres, ubicada en la calle Checa, mientras yo salía de la ducha. Un señor que dice ser comandante de Policía le busca, me dijo incrédula de su propio mensaje la empleada de la casa. Apuré cuanto pude el acicalamiento y bajé en busca del inesperado personaje que estaba con todos los símbolos y brillos de su investidura afuera del patrullero.

Tras los saludos de rigor en plena calle, el jefe policial con suavidad y firmeza me advirtió: —Tengo el encargo del señor presidente de la República de invitarle para que me acompañe a una reunión en el Palacio de Gobierno, porque quiere hablar de un artículo suyo que ha salido en el periódico. —Está bien —respondí y me embarqué con algunas dudas, para ir al encuentro de una figura histórica que era leyenda desde antes que yo naciera.

Cuando estaba en pleno viaje me arrepentí de no haber avisado en mi casa hacia dónde iba ni en qué circunstancias. Quizá temí preocupar a mis padres que pensaban que el oficio de periodista era a ratos tan peligroso como el de torero, porque siempre hay fieras que quieren embestir a la mala, cuando son citadas con algún pase que no les gusta. Pero a lo hecho pecho. Más bien me entretuve admirando la cantidad de radios y conexiones con lucecitas del auto del jefe policial, quien intentaba tranquilizarme en el camino —o quería apaciguar su conciencia—, insistiendo en que solo se trata de un diálogo. Él ya había realizado el mismo viaje con otros periodistas, a los que también había llamado el señor presidente tempranito, como le gusta.

EN EL PALACIO DE CARONDELET

No recuerdo si entramos por la puerta principal o por la cochera del Palacio de Carondelet, lo cierto es que a eso de las siete de la mañana estaba con el comandante a mi lado, de pie ante las grandes puertas del despacho presidencial que se abrieron de par en par. De allí salieron unos hombres de rasgos orientales, vestidos de negro, que deben haber sido parte de alguna misión comercial o diplomática. —Qué bestia —pensé—, Velasco parece que concede citas desde la madrugada.

Un asistente apareció de pronto y con apuro nos dijo: —Pasen señores. En el interior del despacho estaba el doctor José María Velasco Ibarra de pie, erguido y huesudo, detrás del escritorio presidencial. En las cercanías le acompañaban sentados el canciller Rafael García Velasco —quien tal vez era parte de la reunión anterior y quedó atrapado en la mía—, Jorge Rodríguez Noboa, secretario de información y buen amigo, y el comandante con quien había viajado e ingresado al despacho.

—Usted es el señor Burma… Brema —me encaró Velasco con tono desdeñoso. —Soy Benjamín Ortiz Brennan, señor Presidente —le respondí. De seguro que Velasco Ibarra, famoso por “olvidar” los nombres de los que malquería, había decidido olvidarse mi primer apellido y deformar un poco grotescamente el segundo. Entonces ordenó a un paje, vestido de impecable chaqueta blanca y corbatín, que trajera el periódico El Tiempo. Tomó el diario, lo sacudió con firmeza y comenzó a leer el artículo que esa mañana había aparecido con mi firma en la página editorial bajo el título de “Los perdonados”.

La misma voz sonora que había estremecido a las multitudes en calles y plazas retumbaba ahora con irritación al pronunciar las palabras que yo había escrito, mientras lanzaba destellos de ira desde sus grandes lentes de miope.

“Los delitos que cometieron los presos liberados por el Jefe de Estado en la Penitenciaría del Litoral son como para poner los pelos de punta al más pintado”, repasaba Velasco Ibarra y seguía: “Quedaron libres una dama acusada de vender marihuana; un caballero que admitió haber matado a su esposa por infiel; otra señora que mató a su conviviente a garrotazos y escondió el cadáver bajo el entablado de la casa… Resulta en extremo sorprendente el repentino ablandamiento del corazón del dictador para consagrar la impunidad de los acusados de tan graves delitos”.

No debe haber seguido más allá de esta frase la lectura de artículo, cuando me señaló con su dedo histórico y exclamó:

—Usted es un miserable calumniador.

VISITA PRESIDENCIAL A LA CÁRCEL DE GUAYAQUIL

Dos días antes de este episodio, el cinco veces presidente había visitado la cárcel de Guayaquil, habiendo quedado horrorizado de las deplorables condiciones de hacinamiento y de las historias de presos sin esperanza de obtener sentencia. Escuchó con su impaciencia habitual las quejas de hombres y mujeres que le exponían el dolor de sus pobres existencias en la cárcel.

Velasco, sin duda, conmovido, decidió entonces ejercer los plenos poderes de los cuales se había investido a sí mismo unos meses atrás, y ordenó dejar en libertad a quienes, a su entender, sufrían las mayores injusticias. Todos ellos alegaban ser víctimas inocentes de falsas inculpaciones, negando el espanto de los crímenes por los cuales estaban tras las rejas.

Los periódicos, que seguían al jefe de Estado a sol y sombra, registraron prolijamente la visita, incluido el discurso con severas críticas a los jueces y las cortes; la orden de formar una comisión para que mejoren las condiciones infrahumanas de la penitenciaría y una asignación de medio millón de sucres (algo así como 50 mil dólares actuales que muestran la pobreza del Ecuador de entonces). Publicaron, además, como corresponde en tales casos, la lista de los nombres de los presos dejados en libertad condicional, así como los delitos de los que habían sido acusados.

Las noticias sobre el tema no merecieron rectificación ni aclaración alguna de parte de la Presidencia o del Gobierno. Sin embargo, cuando los mismos datos fueron expuestos en el artículo “Los perdonados” se armó la trifulca y el consecuente viaje matinal en patrullero al Palacio.

El artículo fue como la presencia repentina de un espejo incómodo en la que apareció en otra dimensión la misericordiosa orden presidencial de libertad de los presos.

EL JEFE SUPREMO Y EL PERIODISTA

Ante la figura magnificente de Velasco, resultaba difícil repetir los argumentos del artículo que criticaba los gestos sentimentales y pedía decisiones de fondo. Mantener la presencia de ánimo era ya bastante ante la arremetida del poder en persona.

Entonces argüí: —Señor presidente, yo le he criticado pero nunca le he ofendido. —Velasco Ibarra me miró, oyó mal mi expresión o hizo como si hubiera oído otra cosa: —¿Nunca le he defendido? —retumbó—. ¡Acaso yo necesito que usted me defienda! ¡Yo he sido cinco veces presidente de la República sin que usted me defienda! ¡Usted cree que aquí puede decir lo que le viene en gana porque tiene el apellido alemán!

El diálogo se volvió surrealista. Traté de aclarar al presidente que mi apellido no era alemán. Es de Ambato, señor presidente, dije intentando nacionalizar la crítica al poder del artículo “Los perdonados”. Tampoco hubo oportunidad de explicar que mi abuelo materno fue un irlandés que había venido con los hermanos Hermann, constructores del ferrocarril, y se había casado con mi abuela ambateña. Así quedó el apellido Brennan convertido en alemán, sin posibilidad alguna de rectificación ni aclaración.

El vendaval siguió soplando del lado del presidente, con admoniciones y amenazas que sonaban como rayos y truenos. Mi explicación de que los datos del artículo están publicados en los periódicos solo sirvió para que derivara a que antes de escribir debía haber comprobado esos mismo datos, uno por uno, más perteneciendo a un periódico cuyo lema es “La verdad os hará libres”.

Agregó que en Colombia y Perú ya me habrían mandado un par de meses a la cárcel por las calumnias publicadas, pero que no quería mandarme a la cárcel porque me convertirían en héroe. Sin embargo, señaló, dirigiéndose al comandante de Policía que asistía inmóvil al drama: —¡La próxima vez que yo mencione a este señor de apellido alemán, usted, señor comandante, le toma preso!

UN POCO DE SARCASMO

En algún momento del monólogo, dio paso al sarcasmo. La burla dicha con el rostro rígido de filósofo era destructiva cuando venía del caudillo. —Véale, señor canciller —dijo dirigiéndose con una especie de sonrisa a García Velasco—, véale, esta es la oposición, esta es la oposición —repitió. Pero de pronto quizá me vio joven y añadió—: Joven, ¿por qué no usa su talento?… —Sin embargo, antes de caer en un posible consejo se corrigió y concluyó—: ¡Usted no tiene talento, qué va a tener talento, usted es un miserable calumniador!

Así terminó el encuentro, sin despedidas y menos con estrechones de mano. Jorge Rodríguez Noboa, el secretario de prensa, más tarde me consolaba diciendo que no había ido tan mal y citaba varios ejemplos. Al Chino Yulee, director de un diario de Guayaquil, le había dicho: “He conocido chinos inteligentes, chinos creativos, chinos maravillosos, pero usted encarna toda la perversidad de la raza amarilla”.

RUEDA DE PRENSA Y VERSOS

El presidente Velasco Ibarra convocó más tarde a una rueda de prensa en la que volvió sobre los argumentos de la situación de la cárcel de Guayaquil. Entonces añadió que “si no fuera por las consideraciones personales que guardo para el director (Carlos de la Torre Reyes) del periódico, ese hombre (el articulista) habría ido a la penitenciaría un par de meses. Ya que me dicen dictador, tengo derecho a defenderme de los calumniadores”. También anunció investigaciones sobre la situación de los presos cuya liberación había anunciado antes.

El diario El Tiempo fue un periódico que mantuvo todos los días la célebre columna de humor “Los Picapiedra”, cuya función era mortificar al poder y también servía para darle un quite a los conflictos. El epílogo del caso del artículo “Los perdonados” fue un poema que puso la culpa de los equívocos en Jorge Rodríguez Noboa, con quien mantengo una invariable amistad, a la que no pretendo perturbar citando algunas de las estrofas que le dedicaron Los Picapiedra en aquel lejano septiembre:

Excelencia que acusáis

a Don Ortiz, sin razón,

pensad quien fue la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si aparece una noticia

que os compromete, Señor,

¿quién saldrá por vuestro honor

a destrozar la estulticia?

No podéis ser “vois” doctor

que tenéis que trabajar

y, de paso, discursear

ante todo el Ecuador.

Ni tampoco un Secretario

de Estado, al que no le veis,

porque para eso tenéis

a Radragaz “er plumario”.

Un plumario que no escribe,

que nunca hace propaganda

y que solamente manda

los avisos que recibe.

¿No veis que no fue desliz,

ni gesto estrafalario,

ni gesto de cavernario,

el del “alemán” Ortiz?


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