Miguel Varea: el valor de lo intrascendente

Miguel Varea

A los dos años de edad, Miguel Varea se cayó de un segundo piso, se golpeó en la cabeza y nunca volvió a ser igual. El impacto contra el suelo lo condujo a una vida en llamas de la que ha podido sobrevivir a pesar de sí mismo. Desde el taller donde pinta, traza con palabras su autorretrato.

  Endo presented FDA data collected from a continuous epidemiology study that indicate that per , prescriptions dispensed, the past -day abuse rate of crush-resistant OPANA ER was percent lower than the abuse rate of generic versions of 20mg cialis Erectile Dysfunctionhow here click. Grapefruit and grapefruit juice can react adversely craigs list prescribed drugs viagra shitësit për and shba në katalogjet cialis online e.

Por Francisco Febres Cordero

Fotos Juan Reyes

Su casa está en Sangolquí. Y en ella (con un jardín en el que se nota el amor por las plantas y una decoración interior cuidada al detalle, en que se mezclan piezas arqueológicas con coloniales y con muebles de una madera pesada, antigua) tiene Miguel Varea su taller y, sobre él, por una entrada independiente, se accede al de su mujer, Dayuma Guayasamín, también pintora y, además, diseñadora. Los dos espacios destinados al trabajo creativo de cada uno son amplios, generosos en luz… y desordenados, como corresponde.

Conozco a Miguel desde siempre, porque somos contemporáneos, aunque él, que nació en 1948, es dos largos años mayor que yo. La primera visión que tengo de él data de finales de los años sesenta, cuando, a la distancia, contemplé a un muchacho con apariencia de hippie (delgado, pero rubio tan largo que le llegaba hasta los hombros, barba, pantalón acampanado, chompa de cuero y un cigarrillo en los labios) caminando por la avenida Amazonas con una enorme carpeta bajo el brazo, en que tal vez llevaba a alguna galería sus primera obras. Después, muchos encuentros y una admiración creciente por su talento, su mordacidad, su ironía pero, sobre todo, por su incesante, febril creación, su trazo exacto, su alfabeto casi indescifrable y su insobornable autenticidad humana y artística. Y su poética.

Porque Miguel es un poeta. Poeta de la vida y de la línea. ¿Un poeta maldito? Quizás el último que queda.

—Por Varea y por Maldonado tus orígenes son latacungueños, ¿no?

—Sí, mis abuelos, mis papás.

—¿Viviste tu infancia en Latacunga?

—Nunca. Solo sufrí el avasallamiento en la escuela por ser latacungueño.

—¿Por qué salieron tus padres de Latacunga?

—Porque creo que ahí no había nada que hacer.

—¿Qué profesión tenía tu padre?

—Quiso ser músico, pero no le dejaron estudiar música, porque eso no era bien visto. Tenía que ser médico, abogado… Entonces se fue por las leyes.

—¿En Quito?

—Sí.

—¿Dónde se conocieron tus padres?

—Tiene que haber sido en Latacunga, pero yo y mi hermano menor nacimos en Quito.

—¿Cuántos hermanos?

—Éramos seis, dos han muerto: mi hermana María, a los 12 años, y Jorge, a los 37.

—¿Dónde vivían?

—En una casa de la calle Manuel Larrea de la cual a los dos años me caí desde el segundo piso. Me contaban que estaban pintando la fachada y yo había agarrado el corral donde dormía, que tenía unas paredes sacables, como escalera. Me subí a la escalera, se viró y me fui abajo.

—¿Qué te pasó?

—Que había estado muerto dos meses, en el Hospital Militar. Solo dizque movía el pie, nada más.

—¿Quién te salvó?

—El doctor Augusto Bonilla.

—¿Cómo quedaste?

—Rayado nomás. Y mi hermano Jorge, el que murió a los 37 años, se cayó de un tapial a los 12 y se fracturó el cráneo. Eso me acuerdo clarito porque yo ahí tenía 15.

—Volvamos a tu papá. ¿Esa vocación musical le duró toda la vida?

—Sí, él tocaba todos los instrumentos, todos. Pero era fanático del piano. En toda mi infancia está presente el piano de mi papá.

—¿Cómo era su carácter?

—Fuerte. Yo le entiendo porque él perdió a sus padres cuando tenía 16 años. A mi abuelo le dio embolia cerebral y a mi abuela cáncer al estómago. Entonces, mi papá se hizo cargo de su hermano Pepe y de Eugenia, la hermana menor de mi mamá. Mi papá era el duro. Era tenaz. Pero, más que rígido, muy cerebral, muy inteligente. Le encontraba solución a todo.

—¿Y tu mamá?

—Ella la creadora, la luchadora. Cuando ya pasaba lo peor, decía “como quiera hemos de hacer”. Y salía adelante. Mi mamá era un personaje. Era la que socapaba a toda la familia, la comprensiva, con una mente abierta.

—¿Qué recuerdo tienes de tu infancia?

—Una época feliz, hasta que entré a la escuela.

—¿Qué escuela?

—El Pensionado Borja Nº 2. Yo odiaba la escuela. Creí que iba a ser un espacio luminoso y resultó tétrico. Los profesores eran unos normalistas amargados, pero como mi papá era jeque, los profesores eran esbirros míos.

—¿Por qué jeque?

—Porque era alto funcionario del Seguro Social y los profesores creo que querían préstamos y, entonces, a mí me hacían regalos.

—¿Eras buen alumno?

—¡Qué va! ¡Vaguísimo! Pero me hice estrella por torero.

—¿Por torero?

—En sexto grado hubo una corrida de becerritos. Los matadores eran el Alejandro Maldonado, el Javier Ponce (ministro del actual Gobierno), el Byron García y el Alberto Acosta. Yo era banderillero nomás. Pero el rato que salió el becerro, los matadores se ahuevaron y mi papá, que era bravísimo, de un carajazo me hizo salir a torear. Y ahí quedé de estrella.

—A más de torear, ¿ya dibujabas?

—No. Recién en el segundo curso del colegio San Gabriel tuve un profesor, el padre Mendoza, que me metió el vicio de pintar, porque él era profesor de acuarela. A mí no me gustaban las materias, nada. A mí me gustó pintar. Y entonces, como era torero, pintaba toreros. En tercer curso fui compañero del Santiago Iturralde, hijo de Ernesto Iturralde que, además de médico, era un gran pintor. Y todos sus hijos pintaban. Entonces, con ellos nos reuníamos a pintar en la casa de mis papás; también iban el Byron García y otro chamo que después se suicidó por desencantos amorosos, cuando estaba en quinto curso del colegio.

—Entonces, ¿tenían un taller?

—Claro. Yo pintaba como bestia.

—¿Y leías?

—No tanto. Empecé a leer después, en quinto curso. Antes solo pintaba e hicimos varias exposiciones. Expusimos en el Museo de Arte Colonial, cuando teníamos 14 o 15 años.

—¿Cómo te formaste en el arte?

—Solito.

—¿Te graduaste en el San Gabriel?

—No, en el Gonzaga porque me expulsaron del San Gabriel, noticia que recibí cuando regresé de un intercambio estudiantil en la Yoni. Estuve en Nueva York durante unos meses.

—Te graduaste, ¿y…?

—Entré a estudiar Derecho, porque mi papá jodía. Hice solo un año en la Católica.

—¿Mucho conflicto con tu papá?

—Bueno, me puteaba y todo, pero al mismo tiempo me daba materiales para que pintara. Viajaba bastante y de sus viajes me traía óleos, cartulinas, todo. Después, en 1970, entré a la Facultad de Artes durante dos años, hasta que Velasco Ibarra clausuró la universidad y sacaron a todos los profesores. Cuando regresé encontré que los nuevos profesores eran pésimos, a excepción de Edmundo Ribadeneira y del maestro Leonardo Tejada, que era mucho lote; ambos nos daban Teoría del Arte.

—¿Para entonces ya le conocías a la Dayuma?

—No. A ella le conocí en 1974.

—¿Cómo así?

—Por el Iván Cruz, que quería presentarme a Luce DePeron, de quien estaba enamorado. Me llevó a la galería Artes, de la que era dueña Luce, y ahí conocí a su hija Dayuma, que era guagüita, diez años menor que yo: tenía 14.

—¿Se enamoraron y huyeron?

—Claro, nos fuimos a Atacames, pero me acusaron de estupro y nos llevaron presos a los dos. De ahí la Dayuma salió a su casa y yo al siquiátrico.

—¿Para entonces ya fumabas marihuana?

—Claro, ya tiempos. Yo me casé en el 74 y con la marihuana empecé en el 68.

—¿Cómo así?

—Buscábamos nuevas experiencias, éramos fanáticos de Los Beatles y todo eso. Tenía el pelo largo, pelucón me dirían ahora. Pero era difícil conseguir marihuana. Por suerte el Iván Cruz tenía un compañero de la universidad que era policía, del departamento de antinarcóticos, y él tenía en su oficina así los costales de la droga capturada, de donde Iván se robó un puñado. Esa fue la primera vez que probé.

—Volviendo a la pintura, ¿cuándo pasaste de la acuarela al lápiz?

—Después de la acuarela, me dediqué al óleo. Ahí hice un retrato de mi hermana que se murió y le mandé a enmarcar donde Alfonso Montahuano y él comenzó a enseñarnos la obra de otros pintores que también le mandaban a enmarcar. Me dijo que tenía que dibujar y me dediqué a dibujar solo en blanco y negro.

—¿Cuándo volviste a incorporar el color?

—Cuando me casé ha de haber sido. Ahí hice unos tremendos murales en la casa en que vivíamos. En todo lado donde vivo hago murales. A los 15 años llené un cuarto con murales pintados con atomix, lindísimos. Otro cuarto pinté, techo, paredes, todo, en la casa del actual vicealcalde de Quito, el Jorge Albán, que ya ha de haber dañado esa obra. Él quería tener un cuartito hippie, y yo le hice por hacer. No me ha movido nunca la ilusión económica. Rara vez me sonríe la fortuna (risas).

—¿De qué vivías?

—Era hijito de papá.

—¿Y cuando te casaste?

—También de mi papá. Mi papá tenía un departamento que nos dio para que viviéramos. Después arrendamos una casita en Los Chillos, hasta que el Guayas (así nombra Miguel regularmente a Oswaldo Guayasamín) nos dio esta casa, en 1978.

—¿Tenías buenas relación con tu suegro?

—No. Solo después de tres años de matrimonio fui donde el Guayas. Yo no le soportaba. La Dayuma sí iba a los toros con su papá y cuando salían de la plaza él le dejaba a tres cuadras de la casa, para ni verme. Una vez, ya casado, tenía que hablar con el Guayas y le llamé al teléfono. Contestó su mujer de entonces, Elena, que era francesa. Dice: aló. Yo le digo: por favor, ¿estará Oswaldo? Ella dice: ¿de pagte de quién? Y yo le digo de parte del doctor Carlos de la Torre Reyes. Se acerca el Guayas y dice: aló Carlitos, y yo le digo: cuál Carlitos, pues longo hijueputa, hablas con Miguel Varea, y le mando a la mierda, hasta que él cerró el teléfono. Después, cuando ya me llevaba bien con él, le pedí disculpas, aunque él dijo que no se acordaba de esa conversación.

—¿Hiciste, entonces, una buena amistad?

—Sí, me llevaba bien. Tanto que él, que nunca salía, vino a almorzar a esta casa unas dos veces.

—¿Pero se bronqueaban también?

—Bronqueábamos en todos los almuerzos porque él era un comunista compulsivo. No aceptaba nada contra Cuba, nada. Eran broncas políticas. Necio era el Guayas, cuadrado. A mí me mandaron a exponer en Cuba, me quedé un mes, pude ver la realidad desde todos los ángulos y regresé hablando pestes de la revolución. La Habana es un chiste cruel, francamente. La gente vive en las condiciones más precarias dentro de esa revolución socialista en que los líderes se dan vida de pashás, ¡qué banquetes!, ¡qué lujo! Y el pueblo, jodido. A nivel oficial era la bonanza y la gente en la mierda, algo atroz. Pero el difunto Oswaldo no era malintencionado. Él creía firmemente en su cuento.

—¿Y qué decía sobre tu pintura?

—Era fanático, fanático. El man, cuando iba a ver mis exposiciones, decía si Miguel hubiera expuesto en la Fundación le compraba todo, todo. Pero como exponía ahí, no me compraba (risas).

—¿Cuál fue tu primera exposición?

—En 1970, en la Casa de la Cultura. Se llamaba Hace poco la realidad se me escapaba de la punta de los dedos. Eran siquiera unos 300 trabajos los que mostré. Tremenda exposición. Puro dibujo a plumilla.

—¿Por qué la plumilla?

—Porque nadie hacía eso. Me venía tal vez de las clases de caligrafía con pluma, que nos daban en la escuela. Quizás ahí me entró la gracia de la tinta.

—¿Tenías buena caligrafía?

—Malísima, pero en el colegio empecé a reencontrarme con la tinta. Me fui haciendo a punte camello, porque no tenía referentes. Lo único que había en plumilla era lo de Roura Oxandaberro. También Viteri, pero él no hacía trama sino solo línea. Yo era fanático de los libros y me llegaba una revista de Margareth Randall que se llamaba El corno emplumado, que era una maravilla. El papá de un amigo, Fabián Sandoval, era de la librería Cima y de ahí también era el señor Carrerita, un sabio de los libros. Como mi papá se desesperaba por el hecho de que yo me dedicara a las plumas y no tuviera de qué vivir y como, además, él era un gran lector, con el Javier Ponce, el Iván Cruz, el Fabián Sandoval, íbamos a poner una librería en la Amazonas, pero fracasamos al final.

—¿Nunca pensaste salir del país?

—Me mandaron con una beca del Instituto de Cultura Hispánica, en 1977, a Madrid. Nos fuimos con la Dayuma y nuestro hijo Jerónimo, que era chiquito. Estuvimos un año entre Madrid y París, donde vivía la hermana de la Dayuma, la Shirma. Pero en realidad nunca me ha gustado viajar. Odio los aeropuertos, los aviones, las azafatas.

—¿Cuándo comenzaste a incorporar las letras en los dibujos?

—De joven.

—¿Por qué?

—O sea, a mí, por drogo, me guardaban mis papás. Entonces, después que salía del guarde me daba una vergüenza social atroz. Me encerraba, no salía nunca. En uno de esos encierros, por ocupar el tiempo, me dediqué a sacar textos de los libros que leía, y después ya escribí mis propias huevadas.

—¿Cómo te marcaron esas experiencias en los sanatorios?

—O sea, cuando ocurrían eran traumáticas, uno salía de ahí con unas depres tremendas, pero ya a largo plazo es una maravilla de experiencia, porque uno estaba ahí con gente rayada, políticos, curas alcohólicos, ancianos a los que les iban a botar ahí… Personajes.

—¿Y los tratamientos eran muy duros?

—¡Uta, hermano! Te llevaban ahí KO, con una inyección a la vena que te ponían, y te despertabas en medio de los rayados. ¿Dónde sería? Yo me despertaba en El Inca, en Parcayacu. Así. Y ahí era donde estabas “guardado”.

—¿Siempre tuviste un temperamento adictivo?

—Creo que sí. Después de lo que me caí, cuando tenía dos años, cuentan que yo era bien inquieto, me subía a la terraza de la casa de mis papás, agarraba un galón de gasolina que había y empezaba a aspirar eso hasta que veía estrellitas. ¡Qué bestia! Y yo no tenía más de tres años, pero de eso me acuerdo clarito.

—¿Eso ha influenciado en tu arte?

—Sí creo. Tengo camellos que son de eso, obras que vienen de allí, de esas alucinaciones.

—Pero, al mismo tiempo, ¿eras organizado para trabajar?

—Pero ya después. Y en eso la Dayuma es todo. Ella es una persona muy metódica y, si ella no hubiera guardado, clasificado mi obra, yo no tendría nada, nada. Ella es la que ha valorado las obras. Antes, yo guardaba mis trabajos en cajas y se comían las ratas. La labor de la Dayuma es increíble.

—¿Cómo fue el proceso de reconocimiento de tu obra, cómo la valoraron?

—Creo que desde el comienzo, desde que hice mi primera exposición tuve buena acogida de la crítica en Guayaquil, en Quito.

—¿Siempre fuiste un artista contestatario?

—Sí. O sea, desde la escuela fui berreado. Ir contra todo siempre me gustó.

—¿Tuviste alguna vez militancia política?

—Nunca, ¡qué va! Ni cuando estuve en la Facultad de Artes. Ahí les mandaba a la mierda a los chinos y a los cabezones. Es que era tremenda la dictadura de los políticos en la U.

—¿Lees mucho?

—Sí, bastante. También literatura, pero más filosofía, historia, arte. Ahora estoy leyendo la Historia de la fealdad, de Humberto Eco. Una belleza de libro que me regaló mi segundo hijo, Martín.

—¿Cómo ha sido tu relación con las galerías?

—Siempre fue buena, pero las galerías no perduraron.

—¿Y te has hecho un mercado que te permite vivir del arte?

—No, tiempos que no. Una época, claro, había gente que venía acá al taller permanentemente, pero ya no asoman. Desde hace rato, desde que a la Dayuma le sonríe la fortuna (se refiere a la herencia de Guayasamín, cuyo litigio terminó), ya no hace falta lo mío. La herencia de Guayasamín ha sido muy tormentosa. Imagínate, 13 años de juicio. Yo, a la Dayuma, le profeticé que si se acababa la bronca ella iba a entrar en un vacío existencial. Ha sido tremendo.

—¿Cómo trabajas?

—Por la noche. Me encanta la noche, cuando no hay interferencias. Me despierto tipo dos de la mañana y vengo al taller. ¡Qué lindo! Y ahí me quedo de largo. Trabajo, trabajo, permanentemente estoy camellando.

—¿La intencionalidad política siempre ha estado presente en tu obra?

—Claro. Es que la política es lo básico. La política es la que configura todo. Lo que no avanzo a ver es la diferencia entre lo que llaman la dictadura y la democracia. ¡La misma huevada!

—Por tu posición, ¿alguna vez has sufrido carcelazos?

—Solo por la droga nomás. No por política. A mí me fascina el mundo de la droga, ese hecho de ir a conseguirla, esa marginalidad, esos barrios, esa gente, ese secreto, ese misterio, esos mundos del centro de Quito, San Roque, San Marcos, Santo Domingo. Esa gente donde voy a cargarme me abre un mundo alucinante.

—¿No te preocupa el desgaste que te produce la droga?

—No. Además, el tabaco ya me tiene hecho mierda, pero no lo voy a dejar.

—¿Das valor a lo material?

—Mi papá ya me decía: “Este muchacho tiene atrofiado el sentido de lo económico”.

—¿Y las amistades?

—Eso es bien jodido. Con la gente que me llevaba antes, ya no me llevo. Me topo, conversamos y nada más. Tengo otras relaciones porque vivo consiguiendo droga y ahí también conoces gente, aunque no llegas a tener amigos, por más que creas que sí.

—¿Cómo es la relación con tus hijos?

—Mis dos hijos, Jerónimo y Martín, son panísimas. Converso mucho con ellos, tengo una gran relación, me llevo bien. Son chéveres los pelados.

—¿Comprenden tu adicción?

—¿O sea mi faceta drogodependiente? Son súper acolitadores. No le acolitan a la Dayuma, que quiere meterme al orden.

—¿Cuántos nietos?

—Dos, los dos del Martín.

—¿Cuál es la expectativa frente a tu obra?

—No tengo ninguna. Uno trabaja para uno mismo y para unos cuantos amigos. No pasa nada. Yo trabajo porque esa es mi vida. Tengo que hacer algo, ¿no?

—¿Y la muerte?

—Bueno, a mí desde hace años me vienen diciendo que ya me muero. Me llevan de los pelos a la clínica; pero si es de morir, ha de ser de morir; no me preocupa.

—¿La formación cristiana que tuviste no te dejó huellas?

—Claro, yo soy religiosísimo. Me santiguo. Yo sí creo. Pero a la formación cristiana le tengo aclimatada a mi forma de ser. Yo sí tengo una actitud de ecobeata (risas). Rezo lo que me acuerdo, pero soy fanático de Pitágoras.

—¿Qué te ha dado Pitágoras?

—Una conciencia sobre el ser humano. El ser humano en su relación con el cosmos. La escuela que tenían ellos era tenaz, ese nivel de reflexión ha perdido la humanidad. Esa formación integral del ser humano se ha perdido con las especializaciones, con las carreras académicas. Pitágoras no es solo el teorema, ¡qué va! Es muchísimo más.

—¿Tienes altibajos en tu carácter?

—Soy depresivo. Es muy jodido eso. No haces nada, no quieres hacer nada. Te viene de pronto. Amaneces y ya no quieres saber nada de nada. A mí me dio la primera vez cuando me guardaron en la clínica. O sea un rato cobras conciencia de que has estado guardado y te da tanta vergüenza que no quieres saber nada. Por suerte, ya tiempos que no me ha dado. Me duraba años. Es una sensación de vergüenza metafísica. Te escondes. No te soportas a vos mismo.

—¿Has pensado en el suicidio?

—No, no tengo esa tendencia. Y cuando estás con la depre, ni fuerza tienes para matarte.

—¿Y la música?

—Me encanta el rock. Solo oigo eso. Y un mismo disco repito y repito hasta que la Dayuma me odia.

Ahora Miguel prepara su cuarto libro: A la luz de una esperma nuevecita. En él recoge, con su singular caligrafía, algunos de los textos que acompañan sus dibujos y, entre otros, este:

Un día intrascendente

Igual ke el día de ayer

ke o komo será un día trascendente

los días trascendentales

pasan desapercibidos para alguien

intrascendente

komo yo


Pin It