En el Guasmo suena Mozart.

El Centro de Expresión Musical de la Fundación Huancavilca cumplirá 10 años, allí se forman los integrantes de la Sinfónica Juvenil del Guasmo.

Por Ileana Matamoros

En el Guasmo suena

Fotos María Grazia Goya

Eduardo tenía seis años cuando su joven madre se enamoró de nuevo y se fue definitivamente de aquella pequeña casa del Guasmo Central, en el extremo sur de Guayaquil. Él quedó al cuidado de su abuela, Daisy Lino, a quien ahora llama mamá. Fue ella quien por esos días se enteró de que una fundación estaba abriendo un curso vacacional de música, y lo llevó “para que se entretenga, para no esté aquí en la casa llorando, extrañándola”. Eduardo ahora tiene 16 años, toca el clarinete en la Orquesta Juvenil del Guasmo y es uno de los solistas. El adolescente es de poco hablar, tímido con los extraños. Su hermana mayor, María Fernanda, cuenta como quien explica: “Él es así. Imagínense, no le gusta bailar, ni la salsa, ni el merengue, ¡no le gusta ni el reguetón! Pasa en su cuarto, leyendo sus cosas, tocando o escuchando su música. Ah, y viendo las caricaturas, eso le encanta”. Logramos que Eduardo se sienta cómodo preguntándole sobre el clarinete. Nos habla de las partes que lo componen, de su geometría, de la función que cumple en una orquesta sinfónica, de la sonata 120 de Brahms… y cuando es evidente que la información supera el entendimiento de sus interlocutores, concluye sonriente: “es el instrumento que toca Calamardo, el vecino de Bob Esponja”.

En febrero se cumplirán diez años de aquel día en que su abuela lo llevó al naciente Centro de Expresión Musical de la Fundación Huancavilca. “Nos pusieron frente a una mesa larga. Era como un bufet, allí estaban todos los instrumentos y del otro lado de la mesa los profesores. No sé por qué fue, pero apenas vi el clarinete me gustó”, recuerda Eduardo.

Hoy, 190 niños y jóvenes estudian en el CEM. Cuando adquieren la destreza suficiente pasan a formar parte de la orquesta más conocida como La Sinfónica del Guasmo, aunque desde hace año y medio se abrió la sede de La Prosperina (otro gran barrio popular, al norte de la ciudad), y el nombre oficial de todo el conjunto se haya ampliado a Orquesta Sinfónica Infanto-Juvenil del Guasmo-Prosperina.

Vivianne Almeida, directora ejecutiva de la Fundación Huancavilca, recuerda que cuando el proyecto empezaba la agencia de publicidad les recomendó buscar otro nombre. “Nos dijeron que sería mejor si no se posicionaba su relación con un sector marginal. ¡No entendieron que eso era justamente lo que queríamos!, que se sepa que es una orquesta sinfónica formada con niños y jóvenes de este barrio, del Guasmo”, dice Almeida.

Para ubicarse en el Guasmo desde cualquier parte del mundo —estimado lector— vaya a Googlemaps: hacia el sur de Guayaquil encontrará fácilmente el Parque Forestal, la última gran área verde de la ciudad en esa dirección. Conservando la escala haga el ejercicio de desplazarse abajo, hacia el Puerto Marítimo. Notará que en cada clic los árboles van desapareciendo, hasta que lo único que registra la foto satelital son los reflejos de los techos de zinc sobre pequeñas y humildes casas. El Guasmo le debe su nombre a que en el sector abundaban esos árboles, paradójicamente hoy, allí, prácticamente no existen espacios verdes. En los años cincuenta, el Guasmo, que había sido una gran hacienda propiedad de acaudaladas familias, empezó a ser “invadido”, ocupado informalmente por migrantes del interior del país, sobre todo de la Sierra. Fue territorio de caudillos, líderes barriales, traficantes de tierras que parcelaron los terrenos sin consideraciones urbanísticas y muchas veces a punta de bala. Cientos de miles de familias se formaron en este barrio que nació de la necesidad y la falta de recursos. Con el pasar de las décadas llegaron el asfalto y los servicios públicos, incluso la Metrovía. Pero para solucionar los problemas sociales de las zonas urbano-marginales más densamente pobladas de Guayaquil, no es suficiente.

Según la Dirección Nacional de Policía Especializada para Niños y Adolescentes (Dinapen), El Guasmo y La Prosperina son los sectores donde más se registran robos y asaltos perpetrados por menores de edad. Daisy no necesita leer las estadísticas que publican los diarios para saber que “en este barrio no abundan los buenos ejemplos… Por eso es que yo a Eduardito no lo suelto, quizá por eso es tan tímido, pero tengo que ser dura, porque si él se me tuerce, entonces sí van a aparecer mamá y papá a reclamarme. Por eso es que yo lo apoyo con su música, eso es lo que le gusta, lo único que le gusta”.

El talento no discrimina

El propósito del CEM es la inclusión, generar en los jóvenes un sentido de pertenencia a través de la oportunidad, rompiendo el mito que la educación musical es un privilegio de las élites económicas. “Una o dos veces al mes tenemos presentaciones públicas o privadas: conciertos didácticos, actividades de promoción cultural. Visitamos escuelas para enseñar qué es una orquesta sinfónica o la historia de los instrumentos”, explica Jorge Layana, concertista de oboe y maestro de música graduado en el Conservatorio P. I. Tchaikovsky de Moscú; él es el actual director del CEM. Según Layana, el mayor logro de la Sinfónica del Guasmo es haber demolido un prejuicio implícito: “Antes ni se consideraba que un chico de barrio marginal podía ser un músico académico. Claro, la música sinfónica es históricamente elitista, se empezó a tocar en los palacios. Mozart, Haydn componían música para la corte… pero la verdad es que el talento no discrimina clases sociales”.

Además de las obras de autores clásicos, la orquesta incluye en su repertorio temas de música popular y contemporánea. Para la foto Eduardo se arrima en una pared de su cuadra y empieza a tocar el famoso tema de La Pantera Rosa. Algunos vecinos que pasan se detienen para escucharlo desde la vereda de enfrente.

A Daisy se le humedecen los ojos de emoción cuando habla de su nieto y su vocación por la música. Recuerda que cuando Eduardo era chiquito un buen día se empezó a colgar con insistencia de los pasamanos de los parques, le habían dicho que tenían que crecerle los dedos para poder alcanzar las últimas clavijas del clarinete, pero Eduardo no quería esperar. “Tomaba leche y se estiraba los deditos”, cuenta Daisy con ternura.

El CEM no es el único espacio para el desarrollo de la comunidad que tiene la Fundación Huancavilca, hay un centro de estimulación temprana, escuela de fútbol, de danza, un centro de desarrollo microempresarial… “Pero sin duda la orquesta es la que más trasciende —acepta Vivianne Almeida, la directora ejecutiva de la Fundación— y es también lo que mayor inversión necesita”, añade con cierta preocupación. Los instrumentos y su mantenimiento son costosos (un violín puede llegar a costar $ 350, las trompetas $ 800, un clarinete $ 800, un contrabajo $ 1 100…), y se requiere un profesor para cada instrumento. Otra necesidad urgente es adquirir instrumentos especiales para los más pequeños, a los que, como le sucedía a Eduardo, no les alcanzan los deditos para tocar. A inicios de año, el CEM atravesó una crisis financiera que puso en jaque su gratuidad y ocasionó que decenas de niños abandonaran su educación musical.

Estudiar

Daisy ha acompañado a su nieto en cada viaje con la orquesta. A excepción de aquella vez que se fue a un encuentro de sinfónicas juveniles en Mar del Plata, Argentina. “Fue una lucha conseguir que los padres le den permiso de salida. Al final hasta yo dudaba. Pero mi comadre me convenció, me dijo: ‘déjelo, déjelo ir, si no se va ahora, ¿cuándo lo va a poder mandar usted a un viaje así?’ Y tenía razón. Me puse a sacar cuentas y ni ahorrando cuatro años alcanzaría a pagar el pasaje”. La Fundación se ocupó hasta del costo del pasaporte.

Desde hace tres años Eduardo no va al colegio, un bus lo atropelló y perdió el año por faltas. Los gastos médicos del accidente se sumaron a los de la diabetes de Daisy y su frágil economía se vino a pique. Ahora él trabaja como ayudante en un taller de carpintería, pues los ingresos que recibe su abuela como empleada doméstica ya no alcanzan. Por la noche estudia mecánica a distancia. Pero está decidido que el año que viene volverá al colegio. “Un músico analfabeto no sirve para mucho, él no puede andar por el mundo ignorando tanta cosa”, dice Daisy. Eduardo Camina 25 cuadras hasta la Fundación para sus clases, “llueva o haga sol”, como dice su abuela, 50 centavos de bus resultan un lujo para esta familia. Eduardo señala que sus amigos Pedro y Carmen Guamán, compañeros clarinetistas desde el comienzo viven en Durán y atraviesan la ciudad para ir a sus clases.

Ni la carpintería ni la mecánica ni regresar al colegio parecen entusiasmar a Eduardo; su única ilusión es llegar, algún día, a formar parte de la Sinfónica de Guayaquil. El maestro Layana cuenta con orgullo, pero con cierta pena, que muchos de los alumnos más sobresalientes, cuando llegan a los 20 y pico, se unen a otras orquestas, o se convierten en profesores particulares, algunos incluso forman sus propios grupos musicales. No niega que quisiera que todos se quedaran en el CEM. “Pero justamente ese es nuestro propósito: formar instrumentistas con la experiencia necesaria en el ámbito académico para que puedan aplicarla en futuras actividades profesionales. Darles la oportunidad para que vuelen por sí solos”.

Recuadro

Pequeñas historias musicales

Kerly Veloz Cortez tiene 11 años y toca el contrabajo desde hace un año y medio. A veces se cansa de cargarlo y le duelen las ampollas que se le forman en los dedos, pero no se arrepiente de haber escogido este instrumento: “Son pocas las mujeres que tocan contrabajo, de ley que me gusta”, dice. No ha descuidado los estudios, tuvo las mejores notas este año y siempre ha estado en el cuadro de oro en la escuela.

Las hermanas Salazar Paris-Moreno son de La Prosperina. Las gemelas Kerly y Allison tienen seis años y tocan la trompeta.

Lisbeth de 11 años y Marjorie de 20 tocan el trombón. Les gusta la salsa, el merengue y, en general, la música bailable. “Me encanta cómo tocan los salseros, yo también quiero ser famosa”, dice la mayor, sus preferidos son Héctor Lavoe y Joe Arroyo.

Pie de foto

Eduardo Loja tiene 16 años, toca el clarinete desde los seis. Forma parte de la Orquesta Sinfónica Juvenil del Guasmo.


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