YASUNÍ, UNA VISIÓN PERSONAL

Por Pete Oxford

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Fotorreportaje ganador del primer lugar del los premios de periodismo Jorge Mantilla Ortega XXIV edición

El Yasuní es un lugar sorprendente, uno de los más complejos y biodiversos del planeta. Un sitio donde uno debe esperar lo inesperado. Siendo una Reserva de la Biósfera y Patrimonio de la Humanidad, no solo pertenece a los ecuatorianos sino a todos los habitantes del mundo.

Cada día se presentan nuevos descubrimientos:

Se encontró un solo árbol que es el hogar de 43 especies de hormigas.

En una hectárea del bosque tropical se contaron 650 diferentes especies de árboles.

Han sido registradas aproximadamente 600 especies de pájaros.

En una hectárea se hallaron 87 especies de anfibios.

Se estima que en el Yasuní hay 100 000 especies de insectos por hectárea, la más alta registrada en el mundo.

Se cree que hay unas 100 especies de murciélagos.

El parque, además, se enrosca alrededor de una reserva waorani. Al sur, hay un área que ha sido declarada como Zona Intangible, hogar de dos tribus no contactadas, los tagaeri y los taromenane, y quizás también una tercera, los omaeri.

Sin embargo, el parque ha sido dividido por una poderosa industria petrolera. Para aquellos que trabajan o se benefician de ella, el Yasuní es simplemente un bloque de concesiones.

Para este libro hice un convenio con la Universidad San Francisco de Quito, a fin de visitar su Estación de Biodiversidad Tiputini (TBS), junto al Parque Nacional Yasuní. Quería fotografiar la mayor cantidad de megafauna en su ambiente natural.

En Pompeya nos condujeron, a mi esposa Renné y a mí, hasta el recinto de un campamento petrolero. Desde allí enfilamos por la vía Maxus hasta el río Tiputini, en un trayecto de 52 kilómetros. Esta ruta, construida a comienzos de los noventa a través del bosque, es ahora una arteria que sirve a la industria petrolera. Originalmente se había acordado que, luego de construir el camino, no se permitirían asentamientos a lo largo del mismo. Sin embargo, dentro de los linderos del parque nacional, pude observar abundantes viviendas kichwas, pequeñas áreas deforestadas y casas de concreto donde habitan waoranis reubicados. El camino sirve como para llevar al mercado carne de animales silvestres para la venta.

Aunque esta práctica esté fuera de la ley y las especies se hallen protegidas, hasta hace poco no existía ningún control en el transporte de carne de animales silvestres por vía terrestre o por la fluvial del río Napo hasta el mercado. Cuando ocasionalmente aparece un representante del Ministerio del Ambiente y logra atrapar a un comprador ilegal, le confisca la mercadería y ahí termina el asunto, ya que puede argüir que el vendedor era indígena y los indígenas gozan de privilegios, entre los cuales está el derecho a la caza.

Miles de animales salvajes han sido sacrificados y vendidos en el mercado de Pompeya: desde pacas hasta armadillos gigantes y tapires. Un amigo biólogo vio en una ocasión diez monos saki, ejemplares muy raros. Anacondas, pericos, ocelotes y bebé tapires vivos se han encontrado en el mercado, víctimas del comercio ilegal de mascotas.

Entre los proveedores de carne más regulares están los waorani, que ahora viven cerca del camino petrolero Maxus. Desde que se construyó el camino, algunos waoranis dejan sus casas de concreto que les construyó la empresa petrolera y suben a un vehículo también provisto por la petrolera y cazan en un área selvática a ambos lados del camino, que tiene una extensión de 180 kilómetros. Los “guardianes de la selva” son cazadores espectaculares. Su modo de vida tradicional ha sido destruido por la industria petrolera y por la cultura occidental. Ahora, provistos de armas de fuego, están depredando la megafauna a una velocidad sorprendente. Con los ingresos de la caza, compran atún, fideos, arroz, cerveza.

Una vez instalados en el TBS, durante 12 horas al día, Reneé y yo recorrimos el bosque, caminamos, sufrimos las picaduras de los insectos, nos mojamos hasta los huesos y nos sentamos a esperar, pacientemente. Muchas veces lo único que podíamos ver durante todo el día era insectos, principalmente hormigas y mosquitos con los cuales compartíamos el espacio.

Las estaciones que queman gas se encuentran espaciadas a través de la Amazonía ecuatoriana y son un imán para los insectos durante la noche. Cuando las llamas alcanzan varios metros de altura, las polillas esfinge, los escarabajos rinoceronte y un número infinito y variado de criaturas pequeñas y aladas acuden atraídas por la llama, y mueren calcinadas.

Luego de tres semanas de fuertes lluvias, el río finalmente comenzó a bajar. Decidí ir con José, un guía nativo, en canoa, río arriba para mirar a las tortugas que se asoleaban sobre los troncos. También quería fotografiar mariposas. Naturalmente también exploramos otras áreas, esperando encontrar un caimán, una anaconda, una capibara o un escurridizo jaguar.

Los grandes felinos siempre son muy difíciles de fotografiar en la selva ecuatoriana. Están reducidos en áreas donde cazan los waorani o los kichwa. Doblamos un recodo del río y, desde la lancha, un movimiento en la jungla me llamó la atención. Un animal negro, delgado y largo estaba recostado sobre un banco de arena muy pequeño. Levanté la cámara de fotos mientras nos acercábamos y empecé a tomar fotos. ¡Era una pantera negra! El animal se mostraba magnífico, majestuoso con su piel aterciopelada, sus ojos amarillos nos miraban fijamente. Y entonces, de improviso, se marchó.

José y yo no habíamos pronunciado una sola palabra. Le indiqué que llevara la canoa debajo de un árbol, por donde la pantera había desaparecido. Exploramos bajo el denso follaje. Volteé a mirar y allí estaba de nuevo el felino, como una esfinge, al borde del banco de arena, a no más de siete metros de nuestra canoa. La canoa se sacudió mientras José trataba de llevar la popa a través de la maraña y yo disparaba fotos como un poseso. La pantera no se mostraba nerviosa. Seguía con su mirada nuestros esfuerzos. Cuando la proa encalló en el barro, aseguré la cámara al trípode. Un minuto después la joven pantera macho se alejó unos 15 metros y se recostó para tomar una siesta. Durante 40 minutos no hizo otra cosa que un ocasional movimiento de la oreja o de la cola hasta que, finalmente, levantó su cabeza para mirarnos. “Esta vez se va a ir al bosque”, pensé. En su lugar, se levantó y caminó directamente hacia nosotros. Entonces, a una distancia de ocho metros, se sentó en la vegetación y comenzó a asearse, despreocupadamente. ¡Qué prodigio!, porque esa no es la conducta usual de una pantera negra ante los intrusos.

Sentí que había ganado el premio mayor de la lotería en fotografías de la vida salvaje. José y yo todavía no habíamos dicho una palabra. Nos quedamos sentados ahí, estupefactos. Luego de una hora y 20 minutos, la pantera se estiró, bostezó y, con pasos calmados, silenciosos se fundió en la oscuridad del bosque. Esta era, probablemente, la primera vez que una pantera negra era fotografiada en estado salvaje, sin necesidad de un cebo o una trampa fotográfica. ¡Y yo sabía que no volvería a tener otra oportunidad!

Regresamos a la estación para almorzar y contar nuestra experiencia a una audiencia incrédula de investigadores del bosque tropical.

Un proverbio guaraní dice: “La tala del primer árbol fue el comienzo de la civilización. La tala del último será su fin”.

¡Recuerden esto!*

* Extracto del nuevo libro de Pete Oxford, Reneé Bish y Kelly Swing; Yasuni, Tiputini and the Web of Life, Foreword E. O. Wilson.

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