Un desastre llamado “Primavera Árabe”

Un desastre

Guerras en Malí y Siria, terrorismo en Argelia, caos en Libia, violencia en Egipto, crisis en Túnez…

 Por Jorge Ortiz

A principios de febrero, con tumultos callejeros y enfrentamientos armados estallando a diario en todo el Oriente Medio y el norte de África, las potencias occidentales exhortaron a sus ciudadanos a salir cuanto antes de “los lugares con peligro inminente de atentados”, repartidos por todo el mundo árabe, ante la evidencia de que Al Qaeda en el Magreb Islámico —convertido en el grupo combatiente mejor armado y más resuelto— había empezado 2013 con una capacidad operativa mayor que nunca antes y, según parece, con la decisión de aprovechar el desplome de los sistemas de seguridad ocurrido durante los dos últimos años.

Precisamente unos días antes, el 16 de enero, el grupo radical islámico ‘Muthalimin’, ‘Los que Firman con su Sangre’, afín a Al Qaeda aunque escindido en diciembre, había tomado por la fuerza una planta de gas en el sureste de Argelia, una operación que terminó con un asalto militar, masivo y bastante torpe, en el que murieron al menos 75 personas, entre rehenes y terroristas. El líder de la brigada, llamado Mojtar Belmojtar pero conocido como “El Tuerto”, o “Mister Marlboro”, había dicho, falsamente, que la operación era una retaliación por la intervención militar francesa en Malí, emprendida el 11 de enero y pedida con desesperación por el gobierno maliense cuando tenía perdido el control del país.

Y es que la “Primavera Árabe”, iniciada en enero de 2011 con expectativas inmensas de que llevaría la democracia y la libertad a países sometidos durante decenios a caudillos feroces e inamovibles, está derivando, y cada día más, en un desastre de dimensiones colosales, con terrorismo creciente, radicalización política, fanatismo religioso, violencia tribal, rupturas de países y, finalmente, una guerra civil que se convirtió ya en un conflicto internacional —por la intervención francesa—, cuya duración es muy difícil de anticipar. Y, al ritmo al que están sucediendo los hechos, todas esas calamidades no tienden a atenuarse, sino a agudizarse.

Sí, en tan sólo veinticinco meses estallaron guerras civiles en Siria y Malí, el terrorismo resurgió volcánicamente en Argelia y todo el Sahel, Libia se convirtió en tierra de nadie, Egipto se convulsionó hasta hundirse en el caos y Túnez (donde empezó la Primavera Árabe con una inmolación al estilo bonzo en diciembre de 2010) se precipitó en una crisis política que se profundiza con cada día que pasa. Y, por cierto, en los demás países árabes tampoco reinan la prosperidad y la calma.

Este desastre no empezó, claro, con la Primavera Árabe. Sus raíces son bastante más profundas y se hunden en las entrañas de unas sociedades agitadas por seis siglos de contiendas religiosas, por las tensiones que causan unas fronteras trazadas arbitrariamente y sin cuidado, por la falta de una tradición de tolerancia política, por el irrespeto histórico de las libertades civiles, por la ausencia de una cultura de producción y consumo y, en fin, por la injerencia constante de potencias extranjeras dispuestas —en varios casos con buenas intenciones— a imponer sus criterios y formas de vida a pueblos con otros usos y costumbres.

Pero fue la Primavera Árabe la que creó la ilusión, muy engañosa, de que con derrocar a los tiranos más apoltronados (Ben Alí en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia…) bastaría para que surgieran sistemas políticos modernos, con pluripartidismo, división de funciones, prensa libre, mercados abiertos, alternabilidad en el ejercicio del poder, vigencia de derechos civiles, tolerancia religiosa y, en general, las características de las sociedades prósperas y pacíficas. Eso no podía ocurrir, evidentemente. Pero que la situación involucionara hasta el desastre actual era un vaticinio casi imposible de realizar.

“Después de mí, los barbudos…”

El vaticinio que sí fue realizado y que se cumplió lo hizo el dictador libio Muhamar Gadafi, unos días antes de su muerte, ocurrida el 20 de octubre de 2011. “Si yo caigo, vendrán los barbudos de Bin Laden”, dijo Gadafi, quien sabía que miles de mercenarios, llegados de los lugares más dispares, estuvieron a su servicio desde principios de este siglo. Y, en efecto, cuando su régimen cayó, gracias a la aviación de las potencias occidentales, combatientes bien pagados, fuertemente armados, endurecidos en el combate y sin otro oficio que el de matar, se desperdigaron por el Sahel, en busca de una causa.

A los pocos días de la muerte de Gadafi, los tuareg (esos misteriosos nómadas del desierto, de piel blanca curtida por el sol, largas túnicas obscuras y, lo más característico, unos infaltables velos azules que les cubren la cara y que les dan el nombre por el que se los conoce en las dunas y los oasis: los ‘hombres azules’) exigieron al gobierno de Malí que terminara “la ilegal ocupación de nuestro suelo”, a lo que siguió, dos meses más tarde, el inicio de una ofensiva militar en la que su conocimiento de la zona, su familiaridad con el desierto y la potencia de fuego de las armas obtenidas en Libia les facilitaron la rápida ocupación de todo el norte de Malí, donde estaban dispuestos a establecer el Sultanato de Azawad.

Pero no solamente los tuareg se habían llevado las armas con que combatieron en Libia. Lo hicieron también miles de mercenarios más, que con rapidez se agruparon en una serie de milicias que, casi de inmediato, empezaron a operar en todo el norte africano. Los más beneficiados fueron, precisamente, los seguidores de Osama bin Laden, pues cientos de combatientes se adhirieron a Al Qaeda en el Magreb Islámico, la célula que sobrevivió a la derrota militar en Afganistán del núcleo original de Al Qaeda y a la crisis política causada por los años en que su líder permaneció huido y escondido. Finalmente, Bin Laden fue liquidado en Pakistán, en mayo de 2011, por un comando de élite de la marina estadounidense. Pero, entretanto, la célula magrebí de Al Qaeda ya estaba formada y operando (recuadro).

Con Malí partido en dos (el norte en poder de los tuareg y el sur en las manos débiles del gobierno), en marzo de 2012, el ejército dio un golpe de Estado, depuso al presidente Amadou Toumani Touré y emprendió una contraofensiva para recuperar el norte. Pero fracasó. Los que no fracasaron fueron dos grupos radicales vinculados a Al Qaeda en el Magreb Islámico, ‘Ansar Din’ y ‘ Mujao’, que a cañonazo limpio desplazaron a los tuareg y asumieron el control de los 830.000 kilómetros cuadrados, en su mayoría de desierto inhóspito, del norte de Malí.

Con el poder en sus manos, Al Qaeda en el Magreb Islámico impuso la ley coránica, la ‘sharia’, que incluyó los latigazos y las amputaciones para castigar el robo o la fornicación, y después emprendió una cruzada contra la idolatría para que —según proclamó Mahoma— “los hombres no veneren las imágenes como si fueran Dios”. Fue así que tras ocupar Tombuctú, la ya milenaria ciudad que fue la puerta de entraba del Islam al África y donde existen monumentos funerarios que pertenecen al patrimonio cultural de la humanidad, los milicianos barbudos empezaron a arrasar estatuas y mausoleos, incluida una puerta de seis siglos de antigüedad que, de acuerdo con la leyenda, “solamente debía abrirse el último día del final de los tiempos”.

Francia al rescate

La presencia dominante del integrismo islámico en el inmenso territorio del norte de Malí volvió inminente el peligro de que surgiera un eje terrorista desde el corazón africano hasta las orillas del mar Mediterráneo, a las puertas de Europa, por la unión de las células magrebíes de Al Qaeda con los grupos equivalentes que operan en Mauritania, al oeste, en Níger, al este, en Nigeria, al sur, y en Argelia, Túnez y Libia, al norte. Sería, según lo describieron analistas franceses, un “agujero negro de cuatro millones de kilómetros cuadrados”, convertido en refugio no solamente de combatientes musulmanes, sino también de maleantes, contrabandistas y traficantes de armas y drogas.

Fue entonces, en los días finales de 2012, que el consejo de seguridad de las Naciones Unidas aprobó una resolución autorizando la intervención internacional en Malí, intervención que fue oficialmente pedida por el gobierno maliense el 10 de enero. Al día siguiente, Francia envió tropas que, con un despliegue rápido y eficaz, detuvieron el avance hacia el sur de los combatientes de Al Qaeda y, a continuación, emprendieron una contraofensiva que logró desalojar a los barbudos de las ciudades principales y establecer un anillo de seguridad en torno a la capital, Bamako, donde los franceses fueron recibidos como héroes.

Pero la duración y la intensidad del conflicto aún son inciertas. Y es que muchos de los combatientes islámicos son viejos guerreros, conocidos en el desierto como los “afganos”, que en los años noventa del siglo anterior lucharon como mujaidines contra los invasores soviéticos de Afganistán, y al volver a sus países, principalmente a Argelia, formaron el Grupo Salafista para la Predicación y el Rescate, que con el tiempo, ya en este siglo, devendría en Al Qaeda en el Magreb Islámico.

A esos combatientes duros y curtidos tendrán que enfrentarse los franceses. Y tendrán que hacerlo bajo el clima aplastante de un desierto abrumador, repartido entre diez países de Estados mayoritariamente fallidos, donde cunden la miseria, el hambre y todas las formas de violencia. Miles de milicianos armados y de jóvenes radicales, reclutados por todos los grupos que operan en el Oriente Medio y el norte de África, se aprestan ya —según ha informado la prensa occidental— a sumarse al combate, en una nueva guerra santa, potencialmente larga y sangrienta.

A favor de Francia estarán la legitimidad proveniente del mandato de las Naciones Unidas, el apoyo —tibio y exclusivamente logístico— de las potencias occidentales y la gratitud de los gobiernos de los países del África Occidental, temerosos de que la situación de Malí se propague y pueda llegar hasta a la disolución de los Estados de toda la región. Y es que a todo lo ancho del Sahel, traspasando fronteras nacionales y tribales, operan redes de contrabando y bandas del crimen organizado, que disponen de arsenales que con frecuencia superan en poder de fuego a los ejércitos regulares.

Y llegó el dinero…

Los primeros grupos criminales organizados aparecieron en el desierto en los años ochenta, cuando comerciantes saharahuíes se instalaron en el sur de Argelia para traficar con excedentes de la ayuda humanitaria proveniente de los ricos países capitalistas del norte de Europa, que enviaban alimentos, medicinas y ropa para los campamentos de refugiados del Frente Polisario. Después, ya en los noventa, comerciantes mauritanos empezaron a traficar azúcar, café, cigarrillos y licores, a través del norte de Malí. Pero fue a comienzos de este siglo cuando la situación sufrió un cambio decisivo, con la llegada al desierto de los carteles de la droga.

Esos carteles, predominantemente latinoamericanos, inundaron el Sahel con un elemento que antes de ellos era codiciado, pero muy escaso: el dinero. Cifras enormes, previamente inimaginables, empezaron a ser manejadas por caciques políticos y jefes guerrilleros que, con su nueva riqueza, se lanzaron a competir por poderes e influencias, mientras tribus enteras que durante siglos vivieron en la estrechez económica del desierto se incorporaron al circuito de la nueva economía. Con eso, toda la región del Sahel había cambiado para siempre.

Mientras eso ocurría en el desierto, la guerra contra los combatientes radicales islámicos se acrecentaba en varios países, desde Somalia hasta Argelia, por lo que cientos de hombres armados buscaron refugio en el norte de Malí, aprovechando la desidia del gobierno central, que desde la independencia nacional, en 1960, nunca atendió con prolijidad a esa región, lo que la volvió inconforme y rebelde. Fue así que, en los años noventa, surgió el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, que se dedicó a ganar adhesiones populares prestando a los paupérrimos habitantes de la región unos servicios elementales de educación y salud que el gobierno nunca les había dado.

Para financiarse y armarse, los salafistas se dedicaron desde principios de este siglo a una actividad que les ha resultado sumamente rentable y, de paso, compatible con su militancia antioccidental: los secuestros. De acuerdo con estimaciones periodísticas, esa actividad les ha reportado unos setenta millones de dólares en rescates, además de que les ha dado un aura de luchadores valerosos con la que han reclutado las legiones de jóvenes que después de haber sido contratados por Gadafi y de haber combatido en Libia regresaron a Malí bien apertrechados, para emprender en enero de 2012 la ofensiva que trece meses más tarde, en febrero de 2013, fue detenida por la intervención militar francesa. Pero el conflicto armado no ha terminado.

Otros países, otras crisis

Por esos mismos días, comienzos de febrero de 2013, la guerra civil en Siria se aprestaba a cumplir dos años, con un saldo aterrador de sesenta mil muertos y sin que el régimen hereditario de la familia El Asad hubiera cedido ni un ápice del poder que ostenta desde su golpe de Estado de 1970. Al mismo tiempo, en los países donde las rebeliones de la Primavera Árabe sí fueron exitosas —al menos para derribar a los tiranos— las convulsiones políticas y sociales iban en aumento y sin atisbos de una pronta solución.

En Egipto, ni la elección del presidente Mohamed Morsi ni la aprobación en referéndum de una nueva constitución sirvieron para aplacar el ambiente de agitación y algazara que empezó en enero de 2011 y cuyo aparente desenlace era el derrocamiento del inacabable gobierno de Hosni Mubarak. Al contrario, el triunfo electoral de los Hermanos Musulmanes solamente logró exaltar aún más los ánimos y ahondar la división, con el consiguiente estallido de actos violentos de intensidad creciente. La formación de un gobierno “de salvación nacional”, propuesta por la oposición, ha sido rechazada una y otra vez por Morsi, quien cada día aparece más sitiado y sin respuestas.

En Libia la situación es aún peor, pues el gobierno formado tras la caída y muerte del coronel Gadafi no ha logrado controlar a las milicias, de toda especie y color, formadas durante la guerra contra la dictadura. Las milicias, todas ellas, están fuertemente armadas, las más radical de las cuales es ‘Ansar Sharia’, ‘Partidarios de la Ley Islámica’, cuyos combatientes (que habrían tenido un papel protagónico en el asesinato del embajador estadounidense, en septiembre de 2012) se exhiben sin disimulo en el desierto, donde controlan a su gusto amplias zonas. Además, la división del país en sus dos grandes regiones, la Cirenaica y la Tripolitana, se está volviendo más áspera y agresiva.

En Túnez, mientras tanto, a la falta de acuerdo para expedir una nueva constitución y a la actividad cada vez más desembozada de los grupos armados salafistas se sumó, a comienzos de febrero, el asesinato de un dirigente de izquierda, conocido por su oposición abierta al islamismo radical. El crimen desencadenó otra ola de desórdenes callejeros, masivos y vociferantes, que amenaza con romper todo diálogo político y con volver a sumir al país en el caos y el alboroto, lo que beneficiaría a los milicianos que aspiran a implantar un régimen teocrático.

En Argelia, por último, el terrorismo islamista que empezó hace dos décadas y que desde allí se expandió por el norte africano está volviendo con rapidez, aunque todavía no con la intensidad que tuvo en los años noventa, cuando prácticamente ocurrió una guerra civil, en la que murieron unas doscientas mil personas. Sin embargo, en la última década Argelia sufrió 938 atentados, el más reciente de los cuales fue la toma por la fuerza, el 16 de enero de 2013, de la planta de gas de Tigantourine, con un saldo de 75 muertos, protagonizada por un grupo escindido de Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Precisamente la multiplicación de células terroristas, que fue posible por el desmantelamiento durante las rebeliones de la Primavera Árabe de los aparatos de inteligencia y seguridad estatales, podría llevar a la escalada, a muy corto plazo, de la violencia militante en todo el norte africano. Y es que, según ya empieza a verse, cada grupo está tratando de ganar adhesión y respaldo en las masas desencantadas mediante actos de fuerza de espectacularidad y agresividad crecientes. Peor aún, la huida de Malí de cientos de milicianos a raíz de la intervención francesa podría diseminar terroristas por todo el Magreb, que era, precisamente, lo que siempre quiso Osama bin Laden que sucediera.

Recuadro

El sueño de Osama bin Laden

Combatientes islámicos de muchas proveniencias (argelinos, tunecinos, libios, egipcios, mauritanos…) participaron el 16 de enero en la ocupación por asalto de una planta de gas en el sureste de Argelia. Eran miembros de la brigada Muthalimin, un grupo radical escindido de Al Qaeda en el Magreb Islámico y dirigido por un viejo contrabandista de tabaco, Mojtar Belmojtar, que en los años noventa aprendió en Afganistán, luchando contra los soviéticos, a armar explosivos, montar atentados, deslizarse por los senderos de montaña más apartados y vivir siempre oculto y en peligro.

Allí, en Afganistán, perdió un ojo, se curtió en el combate y adquirió las habilidades que le permitieron, cuando volvió al norte africano, integrarse y destacarse en el Grupo Islámico Armado, la organización de combatientes del Frente Islámico de Salvación. Más tarde, con su prestigio consolidado y su liderazgo afinado, fue uno de los creadores del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, al mismo tiempo que se enriquecía como próspero comerciante de cigarrillos. Sus amigos empezaron a llamarle “El Tuerto”. Sus adversarios, “Mister Marlboro”.

En 2006, ya en plena actividad armada en el desierto del Sahel, hizo un anuncio impactante: “hemos decidido prometer fidelidad a Abu Abd Allah Osama bin Laden”. El trato, según informó, fue cerrado con un apretón de manos y “ofreciéndole el fruto de nuestros corazones”. “No encontrará en nosotros —añadió— nada más que oído y obediencia”. Con esa adhesión, Bin Laden había realizado su sueño de unir en una misma organización y bajo un liderazgo único a todos los grupos combatientes del norte de África.

Esa organización aglutinante es Al Qaeda en el Magreb Islámico, la más vigente y la única activa de las células de la red terrorista que armó Bin Laden cuando se aprestaba a irrumpir en el mundo con una guerra santa cuya primera batalla serían los ataques suicidas en Nueva York y Washington, en septiembre de 2001. Y aunque la célula matriz de la red, que tenía la sede en las áreas de alta montaña de Afganistán y Pakistán, prácticamente se evaporó por sus errores políticos y sus fracasos militares, la sucursal magrebí ha seguido ganando en notoriedad y operatividad.

No son más de mil combatientes, según fuentes occidentales de defensa citadas por la prensa, pertenecientes a una docena de nacionalidades. Pero todos ellos son seres fanatizados y sin temor a la muerte, que están dispuestos a inmolarse cualquier día, en un ataque suicida “que golpee a los infieles en el corazón”. Están divididos en cuatro brigadas que, además de ejecutar operaciones específicas (especialmente la toma de rehenes, para exigir rescates), entrenan nuevos combatientes en toda el África y el Oriente Medio y realizan labores de infiltración e influencia. Que es, ni más ni menos, lo que Bin Laden siempre quiso que hiciera Al Qaeda.

Belmujtar, “El Tuerto”, dirigía una de esas cuatro brigadas, la de la región sur. Pero, por motivos aún desconocidos, a finales de 2012, fue separado de la organización. “Mister Marlboro” no se dejó abatir y, en un golpe de mano que nadie esperaba, formó su propia brigada, los ‘Muthalimin’, ‘Los que Firman con su Sangre’, y asaltó la planta de gas argelina. Su lugarteniente, Abu el Baraa, murió en el contraataque lanzado por el ejército de Argelia para recuperar la planta. De Belmujtar no se sabe nada. Su paradero es una incógnita. También sus intenciones. Pero a nadie le caben dudas: pronto reaparecerá. Y, al reaparecer, hará correr sangre. Mucha sangre.


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