“Un pastor con olor a oveja”

papa francisco

Francisco, el papa jesuita y del tercer mundo, quiere una Iglesia nueva y sencilla. ¿Podrá?

 Por Jorge Ortiz

 Un terremoto había sacudido la región de los Abruzos, en Italia central, a orillas del mar Adriático, y había dejado una secuela de desolación y tristeza. Era abril de 2009. El día 28, el papa Benedicto XVI visitó a los afectados y les llevó ayuda y consuelo. Por la tarde, sin aviso previo, fue a L’Aquila, la capital regional, una pequeña ciudad rodeada de muros medievales, y, con una determinación que demostraba un plan bien definido, se dirigió a la basílica de Santa María de Collemagio, donde, sin decir una sola palabra, hizo un gesto que sería comprendido solamente cuatro años después.

            Fue así que allí, en la basílica, ante la tumba del papa Celestino V, Benedicto meditó y oró durante unos minutos largos y conmovedores. Después, tan resuelto como había estado desde su entrada al templo, retiró de sus hombros el grueso palio de lana de cordero —símbolo del peso de la misión de los pontífices romanos— y lo depósito sobre la urna donde yacen los restos de Celestino. Y, a paso lento, salió de la basílica. Dos horas más tarde estaba de regreso en el Vaticano.

                        Celestino V, el ‘papa monje’, había sido elegido pontífice en julio del año 1294, cuando la Iglesia católica se debatía en una lucha despiadada entre dos facciones, cuya falta de acuerdos tenía vacante el trono de san Pedro desde hacía más de dos años. Pero Celestino, un monje benedictino con una vocación tan marcada por el ascetismo que en su juventud había vivido largos períodos en cuevas, como ermitaño, no estaba preparado para las tareas y los fastos del pontificado, cuya sede la estableció en Nápoles.

Abrumado por una responsabilidad que nunca buscó y para la que no tenía vocación, Celestino V permaneció tan sólo cinco meses como papa: renunció a mediados de diciembre, argumentando su propósito de “pasar el resto de mi vida en la vida monástica”, en su ermita, “lejos de los ojos del mundo”. Desde entonces, 1294, ningún otro pontífice romano dejó voluntariamente el trono de san Pedro. Ninguno. Hasta febrero de 2013, cuando Benedicto XVI decidió —como Celestino V en 1294— que, ya sin fuerzas, había llegado la hora de volver a su vocación, es decir al estudio, la reflexión y la oración, para que la Iglesia católica eligiera otro pontífice.

Además de ese gesto tan revelador ante la tumba de Celestino V, Benedicto XVI —según ahora se sabe— había consultado a dos expertos en el derecho canónico, los cardenales Gaetani y Bianchi, sobre la posibilidad de renunciar y sobre las implicaciones legales de su potencial alejamiento del papado. Y, con la anuencia de los dos juristas, Joseph Ratzinger decidió concretar lo que había estado pensando largo tiempo: renunciar. Y el 28 de febrero de 2013, a las ocho de la noche, hora romana, terminó el papado de Benedicto XVI.

El papa párroco y pastor

Dos semanas más tarde, en la lluviosa noche del 13 de marzo, la Iglesia católica pasó, tras un cónclave corto y sosegado, de un papa intelectual y profundo, con un vuelo teológico muy alto, a un papa párroco y pastor, “llegado del fin del mundo”, dispuesto a sacar a los sacerdotes de sus templos para llevarles a las calles e involucrarles con la gente común, en especial con los pobres, en una actitud de solidaridad genuina y de piedad sencilla y, así, tratar de revertir la tendencia actual a la indiferencia religiosa y al relativismo moral.

Precisamente esos males, evidentes y masivos en Europa pero ya crecientes en el resto del mundo, habían sido denunciados con pasión y constancia por Benedicto XVI: “el intento de dar otra vez un sentido claro al concepto del cristianismo como ‘religio vera’, en medio de esta crisis de la humanidad, debe basarse por igual en el recto obrar, es decir en la ortopraxis, y en el recto creer, es decir en la ortodoxia”, según escribió en su ensayo La pretensión de la verdad puesta en duda, publicado en 2008.

Pero, “sin fuerzas físicas ni espirituales” y sintiéndose “un pastor rodeado de lobos”, Benedicto no pudo avanzar significativamente en el cumplimiento de algunas de las metas que se había fijado, como las de limpiar la Iglesia del lastre de la pedofilia, transparentar el manejo de las finanzas vaticanas y renovar las estructuras eclesiales sin afectar la pureza doctrinaria. Y es que este tema, el de la doctrina, fue siempre fundamental para el teólogo Ratzinger, convencido como estaba de que si la Iglesia se abría indiscriminadamente a la modernidad su desintegración sería irreversible y, en vez de adaptarse a los nuevos tiempos, entraría en un proceso dramático de dislocación y anarquía.

Y, así, al ser elegido, el nuevo papa, Francisco, se encontró con una Iglesia cuya imagen —y por lo tanto su credibilidad— está vulnerada por una serie de escándalos cuyo alcance ha sido magnificado por sus enemigos, precisamente cuando la humanidad vive una época de secularización, materialismo y hedonismo, ante la cual la jerarquía católica no ha sabido o no ha podido reaccionar con oportunidad y eficacia. Y esa, nada menos, es la tarea que le espera al nuevo pontífice.

Para lograrlo, Francisco empezó, desde la noche misma de su elección, a acercarse a la gente, a ser “un pastor con olor a oveja”, que se mezcla con su grey y siente sus angustias, sus frustraciones y, también, sus anhelos. Al fin y al cabo, él fue elegido —contra todo pronóstico— para cumplir dos misiones básicas: recuperar la porción perdida de la autoridad moral de la Iglesia y terminar la limpieza de las estructuras de la curia que inició, sin grandes resultados, su predecesor en el trono de san Pedro.

Y Francisco no solamente decidió dejar las alturas y solemnidades vaticanas para mezclarse con la gente, sino que llamó a sus obispos y sacerdotes a “salir a la periferia” y convertirse en “instigadores y agitadores”, porque, según dijo, “¡cuánta necesidad hay, hoy más que nunca, de llevar a todos la presencia viva de Jesús, saliendo al encuentro de los más alejados, de los olvidados, de quienes requieren comprensión, ayuda y consuelo…!”.

Gestos que dicen mucho

Claro que al nuevo pontífice no le será fácil cumplir sus propósitos. Es que la Iglesia católica, con sus casi dos mil años de vida (fue fundada alrededor del año 36 por el apóstol Pedro), sus mil doscientos millones de fieles, sus cinco mil obispos y sus setecientos mil sacerdotes, es una estructura enorme y compleja, con una burocracia difícil y una diversidad de formas de ver el mundo y de entender sus principios que va desde los tradicionalistas más severos, incluso partidarios de la liturgia anterior al segundo Concilio Vaticano, hasta los radicales más militantes, propulsores de una iglesia obrera aferrada a la teología de la liberación.

Desde 1978, durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, la corriente predominante fue la conservadora, fundamentada en una visión ortodoxa de la doctrina y una defensa sin fisuras de la tradición y el dogma. Los dos papas, el uno polaco y el otro alemán, estaban convencidos de que esa es la mejor manera, tal vez la única, de impedir que se pierda o se vulgarice la herencia magnífica de la alta cultura clásica y renacentista, que la Iglesia católica representó, preservó y enriqueció en sus monasterios, bibliotecas y claustros.

La elección del nuevo pontífice pudo haber marcado el final de la época conservadora y el inicio de una era de adaptación y reforma. No sería extraño que así fuera: Francisco (previamente el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio) proviene de la región del mundo, América Latina, donde vive la mayor cantidad de católicos, con quinientos noventa millones de fieles, de los que al menos tres de cada diez son practicantes habituales, frente a menos de uno de cada diez en Europa. La única región con cifras mayores de asistencia a los oficios religiosos dominicales es la América angloparlante, en especial los Estados Unidos, donde la concurrencia semanal a las iglesias es de cuatro de cada diez fieles.

Tal vez precisamente por provenir del tercer mundo, el nuevo papa renunció sin vacilaciones a muchas de las solemnidades propias del papado, que es, en definitiva, una jefatura de Estado. Y, así, en vez del ceremonial vistoso que imperó en el Vaticano durante los ocho años de Benedicto, Francisco optó desde el primer día por la sencillez, la naturalidad y la austeridad: nada de tocados de oro, zapatos rojos, mucetas de armiño ni un protocolo rígido y asfixiante, que mantenía a las ovejas lejos de su pastor.

La decisión de Francisco, confirmada con una serie de gestos que dicen mucho, es estar junto a los fieles, cerca del “santo pueblo de Dios”, como él lo definió en los primeros días de su gestión. Probablemente el gesto más significativo fue la elección de su nombre, en honor de san Francisco de Asís, quien en los albores del siglo XIII renunció a todos los bienes materiales y se dedicó a la predicación exhortativa y a dar un ejemplo diario de humildad. Es célebre la frase que se le atribuye y que el nuevo papa habría citado: “necesito pocas cosas, y las pocas que necesito las necesito poco”.

Cambios rápidos, pontificados cortos

Además, de acuerdo con las palabras del nuevo papa ante los representantes de los ciento ochenta países acreditados ante la Santa Sede, es indispensable combatir “tanto la pobreza espiritual como la material”. Y si bien esa expresión sonó a una de las tantas buenas intenciones que llenan el mundo, la Iglesia católica tiene una ya larga historia de cambios hondos que se hacen con rapidez y en pontificados cortos. Y, por su edad (76 años), Francisco previsiblemente será un papa que tendrá que trabajar sin perder ni un solo día.

Por lo pronto, el nuevo papa está dedicado, en jornadas largas y sin tregua, a escoger a quienes serán sus colaboradores más cercanos, que, en lo inmediato, se dedicarán a renovar la curia romana para ganar en eficacia en el tratamiento de los dos temas que, por su repercusión entre los fieles, son de urgencia mayor: la erradicación en todo lo que sea posible de la pederastia y la recuperación de la limpieza en el manejo de la banca vaticana, que gestiona unos nueve mil millones de dólares en treinta y tres mil cuentas, en su mayoría pertenecientes a instituciones religiosas. Las dos tareas las empezó ya Benedicto XVI, con firmeza pero sin grandes resultados. A Francisco le corresponde terminar la labor.

Pero a su empeño no le faltarán adversarios. No es descartable, incluso, que provengan de los dos extremos del espectro doctrinario: los de la izquierda, acusándolo de que a sus reformas —sea cuales fueren— les faltan profundidad y urgencia, y los de la derecha, temerosos de que una ruptura con el pasado pueda significar la hipoteca del futuro. Y es que en temas como la anticoncepción, la eutanasia, el matrimonio homosexual, el sacerdocio de las mujeres, la investigación con células madre y el celibato sacerdotal lo que haga o deje de hacer el papa Francisco generará, además de muchas adhesiones, una ola estruendosa de críticas y descontento. Y en ninguno de esos temas hay posiciones intermedias: es todo o nada.

Por lo demás, ¿qué decisión en cualquiera de esos temas, en una dirección o en otra, sería capaz de detener la sangría incesante de fieles, que es otro de los dramas contemporáneos de la Iglesia católica? Ni siquiera Juan Pablo II, con su peregrinar infatigable y su encanto sin par, pudo evitar que el mundo siguiera moviéndose hacia el relativismo moral y la indiferencia religiosa. Tampoco, por cierto, Benedicto XVI, con su inteligencia fría y su sabiduría teológica. ¿Lo conseguirá Francisco con su sencillez, su bondad y su condición de “pastor con olor a oveja”?

Francisco sabe que el apoyo y la fidelidad de su rebaño serán imprescindibles para cumplir sus metas. “¡No os dejéis robar la esperanza!”, clamó, en su visita a un centro de detención de jóvenes delincuentes. Fue, en realidad, una exhortación dirigida a todos los católicos del mundo, que esperan —cada uno con su propia visión— una revitalización de la Iglesia. El nuevo pontífice quiere hacerlo, tomando para sí el mandato que, de acuerdo con la tradición, le dio Dios al santo de Asís: “¡repara mi iglesia, Francisco, que está en peligro de desplomarse…!”.

Recuadro

Guiar la barca en medio de la tormenta…

“Donde quiera que ha habido o hay confrontaciones, incluso en los cruces de ideologías y en las trincheras sociales, en las encrucijadas entre las necesidades del hombre y el mensaje cristiano, allí han estado y están los jesuitas”. Allá por 1971, el papa Pablo VI describió así la labor de la Compañía de Jesús, la orden fundada por dos santos, Ignacio de Loyola y Francisco Javier, y que por entonces era frecuentemente denunciada como una especie de logia elitista y privilegiada, que tenía sus propios fines y métodos dentro de la Iglesia católica.

Dos años antes, en 1969, Jorge Mario Bergoglio había ingresado a la Compañía mediante la aceptación de los tres votos característicos del sacerdocio (pobreza, castidad y obediencia), a los que, como jesuita, había agregado un cuarto: sumisión al papa. Y, también como jesuita, desde entonces nunca rehuyó las confrontaciones, “incluso en los cruces de ideologías y en las trincheras sociales”.

Como sacerdote joven, Bergoglio vivió con intensidad la década terrible de los años setenta, cuando su país, Argentina, se fue a los extremos, lo que derivó en una guerra despiadada, con insurrección, represión, asesinatos y desapariciones. La Iglesia católica —y con ella el flamante jesuita— quedó atrapada en el fuego cruzado de dos visiones del mundo que se enfrentaron con una ferocidad sin límites.

Se decía por entonces que Bergoglio tenía vínculos, o al menos afinidades, con una agrupación peronista de derecha, Guardia de Hierro, que se presentaba como alternativa y adversaria de los Montoneros, la guerrilla, también peronista, pero de izquierda. Verdad o no, lo cierto es que Bergoglio nunca ocultó su interés por la política y su compromiso con el rumbo de su país.

De esa época le quedaron a Bergoglio diferencias profundas con el ala radical y populista del peronismo, la que desde hace un decenio encarna la familia Kirchner. Decenio en el que las relaciones entre el gobierno y el ya desde entonces arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, fueron difíciles, recurrentemente tensas, al extremo de que Néstor y Cristina Kirchner llegaron a efectuar el tedeum anual en otros templos, para no tener que entrar en la catedral.

Pero la antipatía del gobierno no era compartida por la feligresía católica, que siempre vio en su cardenal a un hombre sencillo y afable, que compartía su mesa con quien quisiera acompañarle y que visitaba a los enfermos, inválidos y desamparados, llevándoles la imagen de la Virgen María, una devoción que siempre fue entrañable para Bergoglio.

En 2005, cuando el cardenal Ratzinger fue elegido papa, una parte del colegio cardenalicio apoyó, según después de supo, al cardenal Bergoglio, de quien se dijo que no había sido escogido, entre otros motivos, por su pertenencia a la Compañía de Jesús, orden que desde su fundación, en 1540, jamás había tenido un pontífice romano. Pero en 2013 su elección fue rápida y, según parece, por amplio consenso.

La solidez teológica del nuevo papa es indudable: los jesuitas siguen teniendo una formación rigurosa, aunque ya no se los vea como una logia elitista y privilegiada, sino más bien como una especie de aristocracia en decadencia, que ya no tiene más de dieciocho mil integrantes, aunque muchos de ellos en posiciones clave. En efecto, la Compañía de Jesús controla la Radio Vaticana y algunas de las universidades católicas de mayor prestigio mundial, como la Gregoriana de Roma y la Georgetown de Washington.

Y a pesar de solamente tener cinco cardenales y sesenta y siete obispos, los jesuitas siguen cumpliendo la exhortación de san Ignacio a estar atentos a “los signos de los tiempos”. Tal vez por esa sintonía con su época, incluso en estos años de alejamiento y escepticismo, los cardenales decidieron que sea un jesuita el encargado de guiar la barca en medio de la tormenta. Una misión ardua y sin éxito asegurado, a pesar de que, en su despedida, Benedicto XVI proclamó que “la Iglesia no es nuestra barca, sino la del Señor, y Él no la dejará hundirse”.


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