Porque así lo quiere nuestro amado líder

Mundo 371            

El razonamiento es lineal y sin desvíos: si aquí todos somos iguales, sin ricos ni pobres, sin opresores ni oprimidos, sin explotadores ni explotados, todos iguales gracias al deslumbrante sistema socialista y la infalibilidad de nuestro líder, ¿por qué habríamos de diferenciarnos en nuestra apariencia? ¿Por qué habríamos de ser distintos por nuestra ropa? ¿O por nuestro peinado?

Con esa lógica aplastante, el tercer monarca de la dinastía Kim, el joven Kim Jong-un, que en diciembre de 2011 heredó el trono de Corea del Norte a la muerte de su padre, decidió que sus súbditos (25 millones de personas misteriosas y silenciosas) deben llevar peinados acordes con su condición proletaria, tan ajena a las vanidades y veleidades de esos seres individualistas y banales que son los habitantes de los países capitalistas. Peinados discretos, sin desvaríos ni extravagancias.

Fue así que, hace pocos días (mediados de marzo de 2013), el gobierno socialista de Corea del Norte difundió la lista —con las respectivas ilustraciones— de los diez peinados masculinos y dieciocho femeninos que en lo sucesivo deberán lucir los norcoreanos, sin excepciones. Para los hombres la longitud máxima del pelo es de cinco centímetros, pero quienes tengan canas podrán dejarlo crecer dos centímetros más.

Las mujeres, por su parte, deberán llevar unas melenas recatadas y redondeadas, pero entre flequillos y colitas podrán elegir entre dieciocho estilos, con pequeñas variaciones entre unos y otros. Pero, para garantizar que las solteras sean discretas y modositas, cuatro de los dieciocho peinados están reservados para las mujeres casadas.

En el Occidente democrático y capitalista, donde el derecho a que cada ser humano viva a su manera es una conquista sin retroceso, esa “lista de peinados permitidos” parece inaudita: una imposición ridícula e inaceptable, que nadie acataría. Pero en Corea del Norte nadie protestará y todos la acogerán, callados y sonrientes, como corresponde a los súbditos del ‘Amado Líder’, ‘Brillante Camarada’, ‘Secretario General del Partido de los Trabajadores’, ‘Mariscal de la República’ y ‘Comandante Supremo del Ejército Popular de Corea del Norte’.

Y es que, en su propósito loable por alcanzar la justicia, los regímenes socialistas, a lo largo de su historia de casi un siglo (empezó en 1917, con la Revolución Soviética), una y otra vez han confundido justicia con igualdad. Y en su empeño por igualar a todos los miembros de la sociedad, por encima de particularidades y méritos, han terminado por imponer una uniformidad tosca y hasta brutal, que lleva a la despersonalización y la vida gris.

Pero con su ropa idéntica y sus peinados oficiales, sin esas inútiles libertades burguesas (de prensa, de asociación, de reunión, de disidencia…) tan ajenas a las prácticas socialistas, los habitantes de Corea del Norte serán felices y agradecidos, porque así lo quiere el amado líder… (Jorge Ortiz) 


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