Todo lo que pudieron hacer mal lo hicieron peor

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Los Hermanos Musulmanes dejaron Egipto quebrado, dividido y escéptico, porque…

 Por Jorge Ortiz

             El grito de “¡yihad, yihad!” retumbó, amenazante, durante toda la manifestación, que fue larga y trepidante. Era un clamor ronco y constante, lleno de ira y de malos augurios. Pero no fueron solamente las turbas, reunidas en la mezquita para la oración del viernes, las que reclamaban el exterminio sin piedad y sin demoras de los ‘infieles’. También los clérigos, que citaron una y otra vez a Mahoma, hicieron llamados vibrantes a proseguir la guerra santa hasta la victoria, “como nos enseñó el Profeta”.

            La ceremonia de respaldo a la oposición siria, que desde marzo de 2011 lucha contra la dictadura de la familia Al Asad, se repitió ese día, con pequeñas variantes, en decenas de ciudades árabes del Oriente Medio. Pero la de El Cairo tuvo un toque especial: a ella asistió, como uno más de los fieles piadosos y enardecidos, el presidente de Egipto, Mohamed Morsi. Junto a él estaban, exaltados y vociferantes, varios de sus ministros. Al fin y al cabo, los Hermanos Musulmanes habían sido una inspiración para la rebelión sunnita contra la dictadura siria de la minoría chiita alauí. Era el 7 de junio de 2013. Ese día, según se supo después, el general Abdel Fatá al Sisi, un oficial prestigioso de la inteligencia militar, sintió que había llegado el momento de pasar a la acción.

            Al Sisi, con su fama de musulmán piadoso y de militar apolítico, había sido promovido a la comandancia de las fuerzas armadas pocas semanas después de que Morsi ganara las elecciones y asumiera la presidencia de Egipto. Con esa designación, que significó el desplazamiento de toda la cúpula militar presuntamente cercana al expresidente Hosni Mubarak, Morsi creyó que había eliminado cualquier riesgo de un golpe militar. Y es que Al Sisi incluso era considerado un simpatizante firme de los Hermanos Musulmanes.

            Los Hermanos Musulmanes no tenían, ni habían tenido nunca, muchas simpatías en las fuerzas armadas: se los veía como hombres radicales y fanáticos, con propensión a la intransigencia y la clandestinidad. En junio de 2012, cuando ganaron las elecciones con Mohamed Morsi como su candidato presidencial, hicieron el ofrecimiento reiterado y solemne de que su gobierno sería democrático y tolerante, respetuoso de la división de poderes, de la prensa independiente y de las opiniones ajenas. Los militares decidieron esperar y observar.

            El general Al Sisi hizo exactamente eso: esperar y observar. Su lealtad inicial al gobierno, expresada incluso en una carta pomposa y empalagosa (“las fuerzas armadas le garantizan a su excelencia su absoluta fidelidad, situándose tras sus líderes como guardianes de la responsabilidad patriótica…”), fue resquebrajándose con el pasar de los meses y con la acumulación de los excesos. Y así llegó ese tormentoso 7 de junio, durante la oración del viernes, cuando Al Sisi sintió colmada su paciencia. Pocos días más tarde, el 3 de julio, Morsi había sido derrocado y los Hermanos Musulmanes estaban perseguidos, asustados y escondidos.

La ‘ijwanización’ de Egipto

            Cuando asumió el poder, el 30 de junio de 2012, Morsi se comprometió a ser “el presidente de todos los egipcios” y, por lo tanto, a no tratar de imponer una agenda islamista. Más aún, una y otra vez destacó que había sido una “conjunción de todos los sectores y todas las visiones” la que había conseguido, en febrero de 2011, terminar los 30 años del régimen de Hosni Mubarak. Su gobierno respondería, entonces, a esa conjunción de sectores y visiones. “Así será”, aseguró. Pero en los siguientes 368 días hizo exactamente lo contrario.

            Después de unas pocas semanas de equilibrio y moderación, Morsi se dedicó —como hacen todos los aspirantes al despotismo— a concentrar el poder, poner a los jueces bajo su control, dividir a las organizaciones políticas y sociales, perseguir al periodismo independiente y, para consolidar una estructura estatal autoritaria, preparar una nueva constitución y hacerla aprobar mediante plebiscito. Como parte de ese proyecto, Morsi puso al frente del ejército a quienes consideraba hombres dóciles y confiables, empezando por el general Al Sisi.

            El proceso en marcha fue rápidamente calificado de ‘ijwanización’ (del árabe ‘ijwan’, ‘hermanos’): detrás de cada decisión del gobierno de Morsi, incluida la preparación de la nueva constitución, aparecían los Hermanos Musulmanes y su lema de “Islam, religión, Estado”. La ley islámica, la ‘sharía’, se convirtió en la norma suprema de Egipto, a la vez que el presidente se arrogaba el derecho de adoptar las medidas que considerara necesarias para “proteger al país y los objetivos de la revolución”. Pero los objetivos de la revolución que había terminado con la ‘era Mubarak’ cada día fueron pareciéndose menos a los que proclamaba Morsi.

            En efecto, a medida que consolidaba su control sobre todos los ámbitos del poder, Morsi se volvió más y más intolerante. Los postulados de la “primavera árabe”, en la que Egipto había protagonizado un papel estelar, fueron desechados con rapidez y casi sin disimulo. Más aún, el régimen de los Hermanos Musulmanes no solamente hizo retroceder las libertades democráticas (de asociación, de expresión, de prensa…), sino que incluso varios de sus portavoces proclamaron que la democracia no es compatible con los principios fundacionales del islam (recuadro).

            Con la intransigencia política llegó también la intransigencia religiosa, alentada por líderes visibles de los Hermanos Musulmanes. Fue así que, entre julio de 2012 y junio de 2013, fueron denunciados al menos 40 linchamientos de cristianos coptos, e incluso de musulmanes chiitas, atacados en sus templos por turbas de la mayoría musulmana sunnita. De los 82,5 millones de egipcios, se calcula que 87 por ciento son musulmanes, aunque menos de un cuarto de millón son chiitas, 12 por ciento son coptos y uno por ciento son católicos (romanos, ortodoxos, maronitas).

            Mientras esto ocurría, la economía —que ya estaba mal al asumir Morsi— terminó de desplomarse: frente al 5,1 por ciento de promedio entre 2006 y 2011, la economía egipcia creció en 2012 solamente 1,8 por ciento, al mismo tiempo que el déficit fiscal se duplicaba y llegaba al 11,1 y la deuda pública se elevaba hasta el 85 por ciento del producto interno bruto. Para colmo, la importación de productos de primera necesidad, incluidos alimentos, creció 25 por ciento, la moneda local, la libra, se depreció 15 por ciento, la inflación llegó a 11,4 puntos anuales, el desempleo llegó al 13 por ciento, el porcentaje de la población que vive con menos de dos dólares diarios subió a 49 por ciento y los servicios públicos se deterioraron hasta bordear el colapso. Todo lo que los Hermanos Musulmanes pudieron hacer mal lo hicieron peor…

Una cofradía obscura y persistente

            La creciente islamización, sumada al fracaso económico, hizo que a comienzos de 2013 la oposición se uniera en el llamado Frente de Salvación Nacional, inicialmente formado por los partidos políticos (o lo que estaba quedando de ellos), pero al que con rapidez se unieron movimientos juveniles, organizaciones sociales y sindicatos obreros. El gobierno reaccionó con campañas de desprestigio de sus críticos, procesos judiciales contra opositores y periodistas, acciones callejeras de amedrentamiento y la radicalización del proceso de imposición de la ley islámica. Los militares, entretanto, seguían esperando y observando. La sociedad, por su parte, también esperaba y observaba a los militares.

            Y es que al empezar 2013, como ha sucedido desde 1928, cuando fue fundada la Hermandad Musulmana, las dos únicas fuerzas capaces de controlar el poder en Egipto eran los militares y los islamistas. Esos fueron los bandos en disputa en 1954, por ejemplo, cuando Gamal Abdel Nasser tomó el poder, declaró a su país socialista, laico y no alineado y, durante los siguientes 26 años, reprimió con dureza a los Hermanos Musulmanes. Y esos fueron, también, los bandos en disputa entre 1970 y 2011, cuando los gobiernos sucesivos de Anwar el Sadat y Hosni Mubarak fueron duros —aunque con ciclos de cierta tolerancia— con los Hermanos Musulmanes.

            En todos esos años, la Hermandad aprendió a moverse con habilidad en la clandestinidad: se volvió una cofradía obscura y persistente que, además de extenderse por todo Egipto, difundió su modelo por gran parte del mundo árabe. Su red de ayuda sanitaria, educativa y social, con una prédica basada en la caridad y en la filosofía del desierto, logró que millones de personas se volvieran militantes, o al menos simpatizantes, de los Hermanos Musulmanes y, según la descripción de su líder, Mohamed Badie (actualmente preso y enjuiciado), “aprendieran a vivir bajo los principios del Corán y el ejemplo del Profeta”.

            Su declaración de principios nunca dejó dudas de su alcance y sus intenciones: “Alá es nuestro objetivo, el Profeta es nuestro líder, el Corán es nuestra ley, la ‘yihad’ es nuestro camino y el martirio en el nombre de Alá es nuestro mayor anhelo…”. Su propósito, compartido con una serie de organizaciones islamistas armadas, es convertir a los países musulmanes en califatos islámicos, en que el Corán y la Sunna sean “el único punto de referencia para ordenar la vida de la familia, del individuo, de la comunidad y del Estado”.

            Durante el gobierno de Morsi, los Hermanos Musulmanes llegaron a tener decenas de mezquitas, más de veinte hospitales, cerca de mil escuelas y cientos de centros de asistencia social. Según decía Badie, “no nos dedicamos a la política sino a impulsar el cambio social por medio de actividades de ayuda y caridad”. No siempre fue así, pues en la década de los años treinta, aparecieron como una milicia secreta que decía luchar contra el éxodo —por entonces caudaloso— de judíos hacia Palestina, pero que se involucró en una serie de actos de violencia extrema, como asesinatos políticos, entre ellos el del primer ministro egipcio Mahmud al-Nuqrashi, en 1948.

            Por entonces, el fundador de la Hermandad, Hasan al-Banna, exhortaba a los Hermanos Musulmanes a “considerarse en guerra contra cada líder, cada partido y cada organización que no trabaje para la victoria del islam”. Esa convocatoria a la violencia sedujo a miles de jóvenes idealistas aunque radicales, como Ayman al Zawahiri, por entonces un estudiante de Medicina en El Cairo, quien con el tiempo y tras la muerte de Osama bin Laden llegaría a ser el jefe de la red terrorista Al Qaeda. Sin embargo, tras el asesinato de Nuqrashi, Al-Banna trató de detener la creciente radicalización de su cofradía haciendo un llamado a dejar la violencia: “quienes cometen atentados no pueden ser considerados ni hermanos ni musulmanes”. Su exhortación resultó tardía: fue asesinado dos meses más tarde, en febrero de 1949.

            Trabajando en secreto y bajo asedio, haciendo lo que el Estado había descuidado, los Hermanos Musulmanes crearon estructuras de organización muy verticales y eficientes, que les permitieron hacer durante décadas una labor muy intensa de asistencia social, al mismo tiempo que difundían su llamado a un “renacimiento armado del islam” y a la ‘yihad’, la guerra santa, contra la “regresión indecente y la amoralidad” del Occidente cristiano. Y, así, tras la caída del gobierno de Mubarak y la convocatoria a las elecciones de junio de 2011, fue el candidato de la Hermandad, Mohamed Morsi, quien ganó la presidencia.

La gente se cansa, la oposición se une

            En los primeros meses de su presidencia, cuando aparecía como un político conciliador, democrático y respetuoso de las opiniones ajenas, Morsi llegó a tener una aceptación del 77 por ciento. Pero, a lomos de su popularidad y bajo la presión de los Hermanos Musulmanes, Morsi empezó a copar los espacios de poder, perseguir a sus críticos y convertir al islam en la religión del Estado. El “insulto a los profetas” fue convertido en delito penal. Y mientras más incompetente y excluyente se volvía su gobierno, más autoritario se ponía Morsi. El descontento brotó pronto y creció con rapidez.

            Por su ubicación estratégica, sus fronteras estables, sus 82,5 millones de habitantes, sus universidades de prestigio y su historia milenaria, Egipto es la potencia mayor del mundo árabe. Dispone de una vasta clase media, educada, liberal, occidentalizada y con amplia capacidad adquisitiva, que no se demoró en inquietarse por el rumbo radical y autoritario del gobierno de los Hermanos Musulmanes. Al llamado ‘islam nacional’ fueron sumándose resueltamente los trabajadores y los campesinos, cuya situación económica no dejaba de deteriorarse, e incluso los islamistas más radicales, los salafistas, que acusaron a Morsi de haberse erigido en un obstáculo para el triunfo del ‘verdadero islam’.

            Así, con el gobierno cada vez más aislado y desprestigiado, llegó el 7 de junio, cuando, durante el acto de apoyo a la oposición siria, el general Abdel Fatá al Sisi habría llegado a la conclusión de que una intervención militar no podía esperar más. Con 462.000 soldados y un millón de reservistas, el ejército egipcio es el mayor de África, con empresas que controlan 40 por ciento del producto interno bruto del país. Tienen, además, larga experiencia de poder: a través de presidentes sostenidos por ellos, los militares han dirigido Egipto desde 1952. Hasta que llegaron los Hermanos Musulmanes.

            Pero la Hermandad, muy hábil para moverse en las tinieblas, fracasó a la hora de dejar de ser una sociedad secreta y convertirse de una organización capaz de gobernar un país complejo y dividido. Millones de personas (hasta veintisiete, según estimaciones de la oposición) salieron a las calles durante los días finales de junio de 2013 para pedir la salida de Morsi. Los únicos que, por organización y apoyo, podían reemplazarlo eran los militares. Y el 3 de julio, justificándose en el “clamor nacional” y en el “mandato de las multitudes”, los militares asumieron el poder.

            Fue un clásico golpe de Estado: un general que da por terminado el mandato del presidente, deroga la constitución y pone a un civil (en este caso, al presidente del tribunal constitucional, Adli Mansur) como cabeza de un nuevo gobierno, con el encargo de convocar, primero, un referéndum de reformas constitucionales y, después, elecciones legislativas. El proceso debería terminar a principios de 2014, con la elección de un nuevo presidente. Mientras tanto, a nadie le caben dudas de que quien manda es, en definitiva, el general Al Sisi.

            Con el derrocamiento de Morsi se abrieron en Egipto varios escenarios. El primero es, claro, la prolongación de los regímenes de forma civil y fondo militar, vigentes, casi sin interrupciones, desde 1952 y que actualmente están encarnados en el gobierno del juez Mansur. El segundo es la dictadura militar directa y sin disimulos, si el gobierno actual no logra rescatar la economía del pozo profundo en que la dejaron los Hermanos Musulmanes. Y el tercero es el estallido de una guerra civil (como ocurrió en Argelia en 1991, con unos doscientos mil muertos), si los islamistas deciden tratar de retomar por las armas el poder arrebatado.

            Lo que está claro, por ahora, es que los Hermanos Musulmanes están de regreso en la resistencia y la clandestinidad, después de su paso corto y fallido por el poder. Los primeros intentos por sacar sus huestes a las calles terminaron en enfrentamientos y matanzas, con sus líderes presos y sus bases atemorizadas, perseguidas y escondidas. ¿Están en desbandada, curados de espanto, o están en un repliegue táctico para reagruparse y contraatacar? Difícil saberlo. Lo que parece obvio es que si la Hermandad decide entrar al combate, Al Qaeda acudirá en su ayuda. Y, entonces, cualquier cosa podría pasar.

¿Nunca habrá democracia?

            El drama de los países musulmanes, en especial de los que protagonizaron la corta y fallida ‘primavera árabe’, es que intentaron transiciones democráticas sin tener demócratas. Y, claro, fracasaron. Eso sucedió en Túnez, en Libia y, sobre todo, en Egipto: los gobiernos que surgieron de las revueltas populares iniciadas en enero de 2011 terminaron siendo tan o más autoritarios que las dictaduras precedentes. Con lo cual una pregunta se volvió inevitable: ¿es compatible la democracia con el islam?

            El islam es, ante todo, una religión, con sus dioses, sus profetas, sus dogmas y sus ritos. La prédica de Mahoma, del año 612 al 632, se convirtió en 114 suras, cuya recopilación es el Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Pero el Corán es, además, un código civil, penal, de salud, de educación, de comportamiento. Al Corán se remiten las legislaciones de los países musulmanes, para regular prácticamente todos los ámbitos de la vida.

            Tal vez sea por esa visión totalizadora (como lo fue el dogma marxista, mientras sobrevivió) que el islam tiene éxito en las sociedades sin instituciones sólidas, poco estructuradas, donde la fe suele suplantar a la razón. Los ejemplos abundan en Oriente Medio y en África.

Las sociedades occidentales, de raíz cristiana, tienen estructuras políticas más complejas y sofisticadas, por la paulatina incorporación de una serie de instituciones que han llegado a ser elementos fundamentales de la democracia contemporánea: división de poderes, libertad de cultos, pluripartidismo, prensa independiente, derechos humanos, igualdad de géneros…

            Parecería, entonces, que la democracia no tiene futuro en el mundo islámico y, más aún, que está inevitablemente reducida a Occidente. Es posible que así sea. No obstante, en varios países musulmanes (los petroleros, sobre todo, pero también Egipto, Turquía, Siria, Jordania, los territorios palestinos…) hay clases medias educadas y laicas, además de legiones de jóvenes nacidos en la era de la globalización y de Internet, con valores democráticos y afanes de libertad, que podrían influir, algún día, en el surgimiento de sociedades abiertas, distintas de las teocracias actuales. Y, así, quizá para la próxima transición democrática los países del islam ya tengan demócratas…


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