Juan Cordero. El historiador que se enamoró del futuro

Juan Cordero

Por Thalía Flores y Flores

Fotos de Juan Reyes

 La casa solariega de Juan Cordero Íñiguez huele a arte y a frutas. Apenas entro en ella, Anita, su esposa, nos ofrece un jugo de mora, mientras muestra los últimos detalles que se han incorporado. En el enorme patio, su hija Carmen Lucía ha instalado un comedor para atender a grupos de extranjeros que visitan Cuenca y que quieren sentir la tradición y la historia de la ciudad patrimonial.

En los salones de la enorme casa, hay pinturas, esculturas y piezas primorosas. Gradas abajo, una biblioteca extraordinaria y arte colonial. Al otro extremo, en el segundo piso, el amplio Museo de las Culturas Aborígenes, forjado pieza a pieza, que muestra, con orgullo, el abolengo del Ecuador, pero que bien podría ser también el símbolo del amor de toda la vida del historiador. Antes de comenzar la entrevista, Juan Cordero Íñiguez hace de guía para mostrarnos su museo.

 

—¿Cuándo obtuvo la primera pieza arqueológica?

—La primera pieza la trajimos en junio de 1970 y fue dentro de nuestra luna de miel. Sumamos nuestros esfuerzos y, desde allí, tenemos este museo.

—¿Cuántas piezas hay aquí?

—Son cerca de cinco mil, que han sido seleccionadas cada vez de manera más rigurosa, y hay una reserva de 15 000 más. Hemos llegado a reunir 20 000 piezas.

—¿Fueron de luna de miel y comenzaron a coleccionar piezas arqueológicas?

—Conocí a Anita en un hogar en el que vivía rodeada de piezas arqueológicas, porque su papá, el coronel Miguel Ángel López Herman, era coleccionista. Yo, a su vez, estudié Arqueología en la Universidad de Cuenca y había venido de hacer estudios de Arqueología en España. Se sumaron dos corrientes y ha sido una suma muy próspera.

—¿Cómo seleccionaron la primera pieza?

—Más que seleccionar, nos ofrecieron algunas piezas. Fue en La Tola, frente a La Tolita (Esmeraldas). La verdad es que no podíamos seleccionar las mejores porque eran unas esmeraldas perforadas, pero no había dinero ese momento. Compramos unas piezas de cerámica y, luego, cada año, aprovechando nuestras vacaciones, íbamos a diferentes partes del Ecuador con ánimo de pasar un mes y cada vez nos quedábamos menos, porque siempre se gastaba el dinero en piezas arqueológicas.

—¿Cómo nació su gusto personal por la arqueología? ¿Por qué estudió esa asignatura?

—Estaba estudiando Derecho porque, según mi rector y amigo, doctor Gabriel Cevallos, el derecho me iba a dar para vivir económicamente. Pero me dijo: “Estudia Filosofía, porque eso te va a enriquecer espiritualmente”. Así es que, al año de estudiar Derecho, pasé a estudiar Filosofía. Él fue un gran protector mío. Cuando terminé la carrera (entre paréntesis, gané el Premio Benigno Malo), me consiguió una beca y estudié en España en la Facultad de Filosofía la carrera de Historia de América. Cuando regresé, me dijo: “Juan, mis cátedras son tuyas”. Y comencé a ser profesor de la universidad. Entonces, me dije: “¿Por qué dar solo clases teóricas? Voy a hacerlas también prácticas”, y comencé con mi pequeña colección de arqueología. Eso fue una gran motivación. Hice la primera colección en una casita vieja que tenía en la calle Vásquez de Noboa; luego creció y cambiamos, y el museo como tal prosperó donde estamos ahora: Calle Larga 524, y lo inauguramos, solemnemente, con la presencia de mi presidente, doctor Gustavo Noboa Bejarano, cuando fui su ministro de Educación, Cultura y Deportes.

—¿Dónde estudió la escuela Juan Cordero?

—En el Asilo de Los Ángeles hasta el tercer año. Era una escuelita que tenían las madres catalinas, muy cerca de mi casa; luego, en la escuela San José de los hermanos Cristianos, y, finalmente, en el Borja. Pasé allá aunque no teníamos plata, porque estábamos huérfanos de padre, pero mi mamá dijo que lo mejor que podía hacer era gastar bien en educarnos. El Borja era el mejor colegio, tenía extraordinarios profesores jesuitas. Ella hizo un gran esfuerzo; hacía ofrendas florales para sustentarnos.

—¿A qué edad se quedó huérfano?

—A los nueve años, en junio de 1950. Desde allí ha sido mi madre la que ha impulsado toda mi vida.

—¿Qué recuerdos tiene de su padre?

—Mi padre fue un poeta muy sentimental y, probablemente, por ese romanticismo se afectó del corazón. Dejó solo un libro, que se llama Remanso azul, un libro hermoso, sencillito, en el que hay poesías bellas. A veces, yo recuerdo una estrofa que dice: “Señor, cuando veas en mi alma luz de aurora,/ acelera el minuto/ o menos tiempo en la hora/ y llévame en un viaje de estrellas a gozar”.

—A más de la poesía, ¿a qué se dedicaba su padre?

—Era empleado público. Tenía y no tenía trabajo. Trabajó en el Municipio y, al final, tuvo que dejar sus trabajos: la enfermedad al corazón era bastante grave.

—Y de su abuelo, del padre de su padre, ¿recuerda algo?

—Absolutamente nada. De lo que sé, en mis ancestros hay muy buenos historiadores e intelectuales, como el doctor Octavio Cordero Palacios, que estaba entre los más importantes pensadores, historiadores y poetas de la primera mitad del siglo XX. El murió en 1930. Está también Alfonso Cordero Palacios, que fue otro gran intelectual.

—¿Cómo enfrentó su madre la viudez?

—Fue una mujer muy bonita, como has podido ver en las fotos. Creo que enamoró a muchos poetas. Uno le dijo una vez: “Mi única dicha es mirarte y los párpados cerrar/ y en el alma aprisionarte/ para verte sin cesar”.

            Ella nos contaba todo eso y lo que hizo es encontrar un camino: trabajar manualmente. Aunque en aquella época no era muy válido hacer ofrendas florales, lo hizo, incluso en los momentos difíciles, cuando moría alguien. Recuerdo más o menos a los once o doce años, ayudándole a hacer las ofrendas florales. El día que había trabajo, había una comida especial, porque había plata. Esa plata era también para educarnos y para ayudar a la gente, porque mi madre fue muy generosa.

—¿Cómo fue la vida entre los hermanos?

—Tengo tres hermanos; yo soy el último. La primera es sor Cecilia Cordero Íñiguez, muy conocida porque se entregó al servicio de los enfermos y de los indígenas en la provincia del Cañar. Creo que en algún momento fue la líder más importante de los indígenas no solo de pensamiento, sino también de obra, sirviéndoles en el hospital. Tuve otra hermana, Rosita, que murió, cuya pasión fue la música; uno de sus hijos le heredó y es uno de los grandes intérpretes musicales que vive en Guayaquil. Y Raúl, que se dedicó al estudio del Derecho, y su vida ha estado en el campo jurídico.

            Una anécdota: Raúl nació en 1937 y yo en 1940, y para ahorrar un poco y para que nos acompañemos, hicieron que él se atrasara un año y a mí me adelantaron uno, y fuimos compañeros desde el jardín de infantes, la escuela, el colegio y hasta la universidad.

—¿Cómo era el ambiente de Cuenca cuando iba a la escuela en esa época?

—Muy tranquilo. Yo fui a la escuela desde 1946. Podría decir que Cuenca no llegaba a tener ni 50 000 habitantes, porque el censo de 1950 nos dio 49 000 y pico. Una ciudad pequeñita, en la que nos conocíamos todos. Una ciudad en la que había también un machismo excesivo.

—¿Cómo se manifestaba el machismo?

—Una agresión de los antiguos morlacos, que eran groseros. Muchas veces, con mi hermano, para ir a la escuela teníamos que darnos las vueltas porque había una familia y, sobre todo, uno de sus miembros que amenazaba con pegarnos. Alguna vez en la escuela me hicieron pelear a puñetes con mi hermano para ver quién era mejor. Ya en el colegio Borja hicimos una pequeña jorga, nos integramos y empezamos a descubrir la vocación por la cultura.

Recuerdo un padre jesuita, Francisco Miranda Ribadeneira, que nos encaminó hacia el amor a la cultura, y otro, el padre Jorge Villalba, que nos encausó hacia la historia. El primero nos llevó a Quito a visitar a los más prestigiosos intelectuales.

—¿A quiénes conoció?

—En esa época, el más querido por los jesuitas era don Gonzalo Zaldumbide, que tenía un gran estilo y la Égloga trágica, que era la mejor novela para los jesuitas. Pero yo dije alguna vez que el Messi de los jesuitas era el padre Aurelio Espinosa Pólit, la figura que ha mostrado siempre, y a él le visitamos, al igual que a nuestro querido y humilde padre José María Vargas, un dominico que era el mayor especialista en arte colonial. Todo eso nos motivó a ir por la cultura.

—Con todo ese bagaje, ¿cómo no se decidió por la poesía y se fue por la arqueología, un poquito menos cálida que la poesía?

—Nunca he dejado de gustar de la poesía y sé muchos poemas. Cuando fui profesor en el colegio Garaicoa, lo fui de Literatura y enseñaba poesía. Alguna vez también he escrito, pero no se ha publicado. Me fui enrumbando más a la historia. Quizá por influjo de mis maestros Gabriel Cevallos, el padre Jorge Villalba y el padre Proaño.

—¿Cómo ha sido el tránsito suyo en una ciudad que pasó de 50 000 habitantes a una de 500 000 como ahora?

—No ha habido muchas sorpresas. A mí, la vida me ha dado oportunidades para servirle. En 1967 me eligieron concejal y me hicieron presidir la Comisión de Cultura. Hice que el Municipio compre obras de arte para el museo y libros para la biblioteca. Así, poco a poco me he ido especializando en museos y bibliotecas. También llegué poco a poco, accidentalmente, a sustituir a un profesor vago, que no iba a clases. Empecé a dictar Historia del Arte; luego fui miembro del Consejo Directivo, decano de la Facultad de Filosofía y, después, fui rector de la Universidad del Azuay.

—¿Concejal por qué partido?

—Fui elegido por el Partido Conservador, aunque nunca me he afiliado. Siempre he estado identificado con la línea de la democracia cristiana. Luego, en 1982, me invitó a ser gobernador el presidente Osvaldo Hurtado. Sustituí a Pepe Cordero. En Guayaquil era gobernador mi amigo Gustavo Noboa, y siempre he contado que me decía.: “Juan, hagamos un cambio: yo me voy de gobernador al Azuay, yo quiero descansar; tú, ven a ser gobernador, a que veas lo que es ser gobernador del Guayas”. Años después, cuando me posesionaba como ministro de Educación ante su gabinete, le dije que, si ese momento me ofrecía cambiar nuestras funciones, ahora sí le aceptaba que él se fuera al ministerio.

—Como gobernador, ¿afrontó paros, movilizaciones? ¿Cómo un hombre de cultura decidía las cosas de la política?

—Al principio, los guardias de seguridad querían acompañarme a la universidad. Yo les decía que no. Ahora, sí tuvimos un problema: en una manifestación murió un muchacho; fue un gran escándalo, hasta que se descubrió que la bala que lo mató no fue directa, sino que rebotó de un alero y se pudo solventar el problema, que fue muy triste y doloroso. Como gobernador no tuve muchos paros; como ministro de Educación tuve un paro de 48 horas, y, al final, la UNE me despidió con un cebiche; fue muy especial, porque la UNE no ha hacía eso con los ministros.

—¿Volvería ser ministro?

—Ya no. Yo ya colgué los guantes… Los guantes políticos, porque los culturales los tengo puestos.

—¿Cómo fue su estancia en España, primero como estudiante muy joven y luego en el Archivo de Indias?

—La primera vez que estuve en España fue en 1965, estudiando Historia de América, en la Universidad Complutense. De allí traje aprobaciones de algunas materias, que son las que más me gustaban, con sobresaliente. Siempre me gustó estudiar.

—¿Era lo que antes llamaban un “matón” y ahora un nerd?

—Sí, un matoncito. La segunda vez en España estuve en 1979, cuando se nos encargó ir a estudiar en el Archivos de Indias y seleccionar documentos de la sección Audiencia de Quito. Fueron unos 607 o 608 legajos. De cada legajo sacamos fotocopias, en aquella época microfilmes y entregamos al Archivo del Banco Central; pero pienso que no se ha motivado la investigación histórica a través de esos documentos. Y la tercera vez fui a España para obtener un PhD.

—¿Cómo se decidió ir a estudiar luego de haber sido ministro?

—En 2004 pasó por aquí un amigo historiador español que se llama Juan Marchena. Él me dijo: “Juan, vente a hacer un doctorado en España”. Yo le dije: “Con mucho gusto”. Entonces, luego de que en 2003 saliera del Ministerio de Educación, viajé, ya en 2005, a hacer mi doctorado. Terminé la tesis en 2006. Era una historia de la región austral del Ecuador, desde sus orígenes hasta el siglo XV. Luego añadí el siglo XVI, porque Cuenca estaba preparándose para celebrar sus 450 años en 2007. Los tres tomos, en edición de lujo, los publicó el alcalde Marcelo Cabrera. Fue una publicación oportunísima. Circuló un lunes de Semana Santa, como fue la fecha de la fundación de Cuenca.

Yo tuve miedo de que ese doctorado fuera de difícil realización, porque yo estaba ya de 65 años. Tuve miedo de que la edad pesara en mi rendimiento, pero fue satisfactorio aprobar con la máxima calificación: summa qum laude, por unanimidad. Esto lo digo más como un testimonio para otros de que se puede estudiar y se puede rendir a esa edad.

—¿Qué distingue a este Museo de las Culturales Aborígenes?

—Es un museo nacional de carácter didáctico de la historia de la cultura ecuatoriana. Se diferencia, por ejemplo, del Museo del Alabado, de Quito, que es un museo del arte prehispánico. El mío es un museo de la cultura prehispánica. Cada pieza tiene un valor cultural, un papel en la sociedad. La cultura es eso: una respuesta humana a las necesidades individuales y colectivas. Lo interesante es que hay que ir armonizando, sistematizando y completando cada época, cada región. Tenemos el Precerámico, el Formativo, el de Desarrollo Regional, el de Integración, el Período Inca… y en cada uno hay detalles de cada cultura. Para que sea un museo armónico hay que ir completando y mostrando las diversas facetas.

Una vez dije en público que la exhibición de la cultura Panzaleo en mi museo estaba muy floja. A los pocos días, mucha gente me ofrecía varias piezas de esa cultura. También hemos hecho un gran esfuerzo para que la Sección del Azuay tenga una buena exhibición con la cultura Tacalshapa. Lamentablemente, en los otros museos del Ecuador, no se la muestra. Aquí está con alta dignidad. Aún se sigue encontrando. Si hay algo bueno y una pieza llega acá, ya no sale. Se hace un gran esfuerzo y, en último caso, llamo al Banco Pichincha, que siempre me atiende, y le pido un sobregiro. Pero llega una buena pieza y no sale.

—¿Todo su patrimonio está aquí?

—Todo mi patrimonio. Te cuento: en 1998 me jubilé porque me eligieron diputado. Yo tenía 58 años, pero 40 de haber trabajado, y podía jubilarme. La cesantía fue extraordinaria: 320 millones de sucres. Con mi mujer, con Anita, pasamos por una calle y vimos un letrero: “Se vende”. Era una casita chiquita, más bien ruinosa, pero nos llamó la atención. Era colonial. Entramos y vimos una amplitud enorme. Decidimos invertir los 320 millones de sucres en este espacio. Incluso añadimos unos 40 millones más. Unos 360 millones, que era como unos $ 40 mil. Y todo lo que iba ganando como diputado y como profesor cesante invertimos aquí. De modo que aquí hay un gran trabajo y una buena inversión. También mucho esfuerzo. Mientras desarrollaba mi trabajo en Quito, la impulsora era mi esposa, a la que buscan quienes visitan el museo para que sea guía, porque dicen que sabe mucho y que explica bien. Inauguramos el museo para el público en 2002, y creo que fue muy justa la premiación que nos dio el municipio al matrimonio, a la mujer y el esposo: el Premio Municipalidad de Cuenca, porque lo hicimos los dos.

—En la luna de miel consiguieron la primera pieza. Como matrimonio, ¿qué más han forjado juntos?

—Una gran familia con tres hijos, todos muy bien preparados, bondadosos, con sentido social y trabajadores, que nos han dado seis bellísimos nietos. Uno de ellos, de diez años, está triunfando en del deporte, tiene varias medallas en natación. Nuestro primer hijo, Juan Francisco, ganó una beca Fulbrigth y está sacando un doctorado en EEUU. El segundo, Javier, ganó un concurso y ahora es ministro juez de la Corte. Y Carmen Lucía se fue a vivir en Quito, para organizar un museo, y se fue con su hija, a la que extrañamos mucho y que estudia en La Condamine.

—¿Cómo es su estancia en Quito, donde está de presidente de la Academia Nacional de Historia?

—Estoy preparando mi informe, porque ya he cumplido cuatro años. A veces, cuando me despierto y me levanto a trabajar antes de las seis de la mañana, reflexiono que mi Everest en el mundo cultural ha sido la Academia Nacional de Historia. He tenido la suerte de llegar a notables cimas, desde concejal, gobernador, diputado, rector de la universidad y hasta ministro; son cimas importantes, pero dentro de mi vocación y mi gusto, lo mayor ha sido la Academia Nacional de Historia, a la que me entregué con pasión y con una singularidad: después de los primeros 100 años de vida de la institución, el presidente y director de los primeros cuatro años es cuencano; antes no había habido un cuencano.

            Los cuencanos sabemos decir presente y queremos que nuestra presencia sea valiosa. Pienso, como he puesto en mi informe, que lo he hecho por una lección que aprendí y que nunca la he olvidado: cuando uno actúa en la vida, puede hacerlo por el honor que es el prestigio ante uno mismo, o por la fama, que es el prestigio ante los demás. Yo he actuado con el primer valor: el honor y con humildad.

—¿Cuándo deja la Academia?

—Presenté mi informe el 17 de octubre. Las elecciones fueron el 22 de octubre.

—Va a extrañarla, supongo.

—Cuando me jubilé a los 58 años, me preparé espiritualmente. Ahora tengo muchas tareas. Soy el cronista vitalicio de Cuenca y tengo que aportar con libros sobre Cuenca. Tengo proyectos de trabajo para una, quizá para dos o para tres vidas.

—¿Qué implica ser cronista vitalicio de Cuenca?

—Es un nombramiento que se da honoríficamente. Sé que en otras provincias es remunerado En 2008 el Cabildo, por unanimidad, me eligió. El cronista se dedica a investigar, a difundir y a proteger los valores culturales de la ciudad. Mi aporte, hasta ahora, ha sido un libro que se llama Signos de identidad cuencana, que es una biografía de los cuencanos y de las cuencanas a través de la historia, con todos los rasgos que nos caracterizan. La gente sabe que cantamos, y ¿por qué cantamos?; la gente sabe que nos llama morlacos, ¿por qué nos llaman así?; que nos gusta la poesía mariana, y, así, todos los rasgos. Yo demuestro que la cuencana ha sido gente emprendedora y también cómo los cañaris fueron comerciantes con el Spondylus y cómo a fines del siglo XVIII, después de la quiebra en Quito de los grandes telares, nosotros producíamos un textil muy sencillo que se llamaba tocuyo y que se exportaba a Perú. Lo hacíamos con base en materia prima que venía de Piura. En el siglo XIX, trayendo paja toquilla de la Costa, se tejían los sombreros y se exportaban.

Siempre ha habido en Cuenca una gran capacidad de respuesta para salir de una situación difícil. Un gran esfuerzo de su gente. Para los cuencanos la pobreza ha sido motivadora, porque la cultura es hija de las necesidades y las necesidades exigen respuestas y, cuando son buenas, allí está lo que hemos hecho.

—¿Y por qué cantan los cuencanos?

—Hay muchas hipótesis pero, al final, nos quedamos en que es el sustrato lingüístico cañari el determinante.

—¿Azuay y Cañar eran una sola provincia?

—En mis libros dejo claro que el Ecuador es una unidad fundamental hecha a partir de tres grandes unidades: la norte, de Quito; la de la Costa, con Guayaquil, y la del centro con Azuay. El Departamento del Azuay era el más grande del Ecuador, duplicaba a los otros dos, porque llegábamos a tener límites con Jaén, Bracamoros y la Región Oriental, y hasta con Venezuela. Eso nadie quiere creer si no se ven los mapas. Limitábamos con Venezuela y con Brasil. Lamentablemente, Perú, desde 1821 y 1822, empezó a posesionarse de la Amazonía. Allí hubo la libre determinación de los pueblos y algunos decidieron irse al Perú. En la Ley de División Territorial de 1824, el Departamento de Azuay, que incluía Cañar, era uno de los más grandes. Azuay y Cañar tienen una historia difícil de separar: son las mismas familias, los mismos paisajes, las mismas tradiciones, y estamos debajo de lo que se conoce como el nudo del Azuay.

            La división del Azuay se hizo en 1880 por razones políticas, para tener más diputados y senadores. Sin embargo, la división política de las tres grandes regiones se ha convertido ahora en 24 provincias. Es natural. El crecimiento de cada ciudad exige mayor atención. Azogues, posiblemente, si estaba como cantón, no habría tenido el desarrollo que ahora tiene.

—Y ahora, ¿a qué más se va a dedicar?

—Quiero concretarme en la historia. Escribí el primer volumen de Las culturas aborígenes en el Austro, el segundo El incario en el Austro, el tercero La fundación de Cuenca en el siglo XVI, pero faltan los siglos XVII, XVIII, XIX y XX; es decir, muchos volúmenes para completar, y estoy trabajando en ello.

—Con tanto que ha mirado hacia al pasado, ¿cómo se lleva con la tecnología?

—La computadora es un milagro para los escritores: la uso para todo. Internet uso también, pero no todo el tiempo. Con las redes sociales, menos. Para cuando necesito están mis hijos y mis nietos.

—¿Cómo se siente en el ambiente crispado que vive el Ecuador?

—Me he dedicado totalmente a la vida académica. Me apena la poca sensibilidad de la gente por los valores heredados. Ahora tienen otros valores que están tratando de imponer en el mundo de la cultura y hay un menosprecio para los valores de antes y para quienes estamos en la tercera edad. La llegada de las nuevas generaciones es muy buena, porque hay renovación, pero no se debe hacer con menosprecio por los demás.

—¿Cómo mira el manejo cultural en el Ecuador?

—El Ecuador tuvo sus momentos de brillantez para recuperar su patrimonio con un gran mecenas como fue el Banco Central, y aún no veo, honradamente, que quien le sustituyó esté preparado en condiciones económicas y académicas para seguir el buen trabajo que se hizo. Hay un gran vacío.

            En cuanto a la educación, igual, hay un ingreso a los nuevos valores, pero los valores del civismo y la misma historia están menospreciados.

—De todo lo que ha planeado hacer y escribir, ¿qué es lo que más le ilusiona hacer?

—Lo que más me gustaría es terminar la historia de la región austral del Ecuador, que tengo planificada en 12 volúmenes. Tengo tres que están trabajados en un 60 o 70 por ciento; otros tres están en casi la mitad. La segunda tanda cubre los siglos XVII y XVIII y el movimiento independentista. También tengo una antología, que es de unos 100 y más elogios a Cuenca en prosa y otro centenar, en verso. Eso quiero que sea el colofón de mis aportaciones.

—¿Recuerda cuál fue el primer trabajo que hizo Juan Cordero?

—En 1958, a los 18 años: fui librero. Me lo encargó el padre Miranda. Los jesuitas tenían la librería Canisio, en homenaje al alemán San Pedro Canisio. Yo vendía los libros, importaba los libros, barría el local y sacaba las vitrinas. Tenía a veces un poco de vergüenza por las chicas que me veían en tantas tareas, pero aprendí e hice los mejores amigos. Los mejores intelectuales iban a parar allí, compraban libros, conversábamos y me daban enseñanza.

—¿Cómo siente la Cuenca del siglo XXI?

—La veo muy bonita y prosperando. Cada alcalde se pone muy empeñoso en retocarla y embellecerla. Creo que se toma en serio el que se le hubiera declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad y creo que todos los cuencanos, o la mayor parte, sentimos eso y cada uno de nosotros trata de aportar en su campo. El Museo de las Culturas Aborígenes, que se inauguró oficialmente en este local en 2002, es un añadido más a la imagen cultural de Cuenca, así como la biblioteca que tengo y que cuenta con más de 42 000 volúmenes: la biblioteca particular más amplia de Cuenca, y presta servicio a los estudiantes y a quienes investigan y hacen tesis. Tengo también un archivo histórico que se llama Luis Cordero, que tiene mucha documentación del presidente Luis Cordero, aunque no soy su descendiente directo, y una documentación que estaba por perecer de una notaría de Loja y que la rescaté. Estoy hablando con el alcalde de Loja para devolvérsela, pero siempre que pongan empeño en preservarla.

—Ahora sí, cuente, ¿cómo conoció a Anita, su esposa, que está en todo lo que me ha contado?

—Es una muy simpática anécdota: era muy amigo y compañero de Juan Valdano, que se casó con una hermana de Anita, y cuando lo iba a visitar llegaba una niña de unos once años, de la escuela de las salesianas, muy simpática. Alguna vez, en broma le dije: “Yo contigo me he de casar”. Ella tenía once años y yo, veintidós. Pasaron los años, y cuando ella estaba en tercer curso, nos enamoramos. Era mi alumna en el colegio Garaicoa. En aquella época no había la predisposición a decir “acoso sexual”; más vale, era una especie de mérito del maestro que conquistara una alumna. En el quinto año, dejó el colegio, y nos casamos. Nos acompañaron todas las compañeras de ella, que tenía un curso muy numeroso. Ella tuvo que terminar en un colegio nocturno, en el Octavio Cordero, y luego fue a la universidad y se graduó de licenciada.

—¿Se considera un hombre feliz?

—Como profesor de Historia he podido leer mucho y valorar lo que ha ocurrido en el pasado. Alguna vez leía que hay que saber pedir a Dios pocas cosas pero bien pedidas: que el rey Midas pidió que todo se convirtiera en oro y le fue muy mal; que Salomón pidió tener talento y le fue muy bien. Yo pedí tener una buena esposa y me ha ido muy bien.


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