Rusia rearma su imperio

Ucrania, una pieza clave en la geopolítica euroasiática, cayó ya en las manos de Putin

Por Jorge Ortiz

            Un cuarto de millón de personas, sobreponiéndose al frío, la nieve, el viento y el acoso de la policía, protestaron día tras días, a principios de diciembre de 2013, por lo que describieron como “el sometimiento del presidente Víctor Yanukóvich al chantaje ruso”. Después, ante la evidencia de los hechos consumados, arrearon las banderas de su país y de la Unión Europea y se replegaron, resignados e indignados. Y es que, para entonces, Ucrania había sucumbido ya a los proyectos imperiales de Vladímir Putin, quien, a punta de astucia y de chequera, le había arrebatado a Europa una pieza muy codiciada.

Ocurrió en Vilna, la capital de Lituania, el 29 de noviembre, cuando los gobernantes de la Europa de los Veintiocho descubrieron, con sorpresa y desconcierto, que Ucrania había decidido no firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea y, en su reemplazo, empezar su proceso de adhesión a la Unión Aduanera, prácticamente en los términos y con las condiciones planteadas por Rusia. Las celebraciones en Moscú fueron inmediatas y jubilosas, mientras la cumbre europea, llamada a ser una fiesta, concluía con ánimos de velorio. Las protestas en Kiev, la capital de Ucrania, fueron masivas y ruidosas, pero infructuosas.

Las celebraciones rusas eran comprensibles: Putin —un enconado combatiente de la Guerra Fría, como oficial de primera línea de la KGB— anhela restaurar el espacio geopolítico que tuvo la Unión Soviética hasta su colapso y disolución en 1991 y, al hacerlo, darle a Rusia un papel de potencia mundial. Para lograrlo, el primer paso es la consolidación de su Unión Aduanera, en la que ya están Bielorrusia y Kazajistán, que a mediano plazo se convertiría en la Unión Euroasiática. Debido a su tamaño, población y ubicación, Ucrania ha sido siempre indispensable para los planes de Rusia. Fue por eso que Putin forzó la decisión de Yanukóvich ofreciéndole grandes ventajas comerciales y, sobre todo, precios de oferta en la provisión de gas.

Para la oposición ucraniana, cuya cabeza visible es ahora el campeón mundial de boxeo Vitali Klitschko (recuadro), Yanukóvich se doblegó ante las “presiones duras y humillantes” que le aplicó Putin, cuyas concesiones aliviarán en el corto plazo la situación de Ucrania (y, de paso, podrían facilitar la reelección del presidente en 2015), pero la condenarán a permanecer en la órbita económica rusa, como en los años soviéticos, con lo que perderá la posibilidad de integrarse a Europa Occidental y, eventualmente, de alcanzar sus altos niveles de vida y su solidez democrática. Aunque, según los opositores, “la partida todavía no ha terminado”.

 

La Europa dividida

            Cuando desapareció la Unión Soviética, por el fracaso del sistema socialista y su derrota en la Guerra Fría, la lucha por la supremacía en Europa pasó a una nueva etapa. Y es que, al independizarse las quince repúblicas de la fallida URSS, quedaron vacantes grandes espacios políticos y económicos. Como era obvio, por la posición dominante en que quedaron las democracias capitalistas, la iniciativa la tomó la Unión Europea, que atrajo hacia su ámbito de influencia a los países que, sin haber sido soviéticos, estuvieron en la esfera socialista: Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Polonia, República Checa, Rumania…

Rusia, entretanto, se llenaba de impaciencia y de coraje, mientras refundaba sus instituciones y relanzaba su economía a partir de su inmenso territorio, repleto de recursos naturales variados y valiosos. Vladímir Putin, convertido en un gobernante intolerante y sin contrapesos, se dedicó a exacerbar el nacionalismo de un país que desde los tiempos del zar Iván el Terrible, a mediados del siglo XVI, había tenido designios imperiales. Ese nacionalismo ruso, ya fastidiado por la expansión de la Unión Europea, hirvió de indignación cuando ya no fueron solamente sus viejos socios los que se adherían al bloque occidental, sino también tres de las repúblicas (Estonia, Letonia y Lituania) que hasta 1991 habían sido integrantes de la Unión Soviética. Perder también Ucrania hubiera sido intolerable.

El tema no era tan sólo de orgullo. Para Rusia, tanto en los tiempos zaristas como en los soviéticos, tener en su torno un ‘cinturón de seguridad’ que mantenga lejos de sus fronteras a sus potenciales enemigos ha sido siempre una prioridad fundamental en su estrategia de defensa. Cuando caducó el Pacto de Varsovia, como parte del derrumbe del imperio socialista, Rusia se sintió desguarnecida, con sus adversarios acampando en sus murallas. Algo había que hacer. Putin se encontró, entonces, con dos gobernantes intolerantes como él, dispuestos a convertirse en sus aliados a cambio del apoyo político necesario para mantener sus regímenes autoritarios: el kazajo Nursultán Nazarbáyev y el bielorruso Aleksandr Lukashenko. El ucraniano Víctor Yanukóvich era el tercer candidato. Había que tentarlo.

Y, claro, Yanukóvich se dejó tentar: negoció largamente con la Unión Europea, pero a la hora de firmar se fue a Moscú, obtuvo préstamos cuantiosos e inmediatos, puertas abiertas al creciente mercado ruso y precios cómodos para sus compras de gas. Y, a pesar de que había comprometido su palabra con sus pares occidentales, anunció de urgencia su ingreso a la Unión Aduanera, precisamente cuando era esperado en Vilna, Lituania, para que firmara los documentos tan largamente negociados. Putin había sido más sagaz que los líderes de la Unión Europea, pues comprendió mejor que ellos el carácter estratégico que, en esta Europa dividida, tenía la ‘batalla por Ucrania’. Y, por supuesto, procedió en consecuencia.

Para Putin la adhesión de Ucrania a su Unión Aduanera fue una victoria apoteósica, pues además de su carga simbólica inmensa y de su oportunidad política perfecta, con ella Rusia se aseguró un espacio económico de 75 millones de personas (45 millones de ellas ucranianas), pertenecientes a seis países importantes para el suministro energético: Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania. Yanukóvich, a su vez, se libró de una crisis que muy pronto le habría estallado en las manos, porque en una economía de poca producción, mucho consumo y altos subsidios, sin los fondos rusos una mora de pagos —con los consiguientes dramas de desempleo, efervescencia social y movilización política— hubiera sido inevitable. Queda, sin embargo, una pregunta decisiva: a mediano y largo plazos, ¿a Ucrania le convendrá mantenerse atada a Rusia, o será mejor unir su futuro a los países prósperos y democráticos de Europa Occidental?

 

“La Perla del Este”

            No es exagerado decir que Rusia ‘nació’ en Ucrania. O, mejor, en Kiev. La historia es así: a finales del siglo VIII o principios del IX, vikingos suecos cruzaron el mar Báltico, atravesaron Polonia, se asentaron a orillas del río Dnieper y fundaron la ciudad de Kiev. Esas comarcas eran conocidas como “rus”, una denominación que con el tiempo se generalizó y dio el nombre a un país. Los suecos, más comerciantes que agricultores, buscaban abrir una ruta mercantil segura hacia Bizancio y el Oriente Medio. Por entonces, las inmensas estepas del norte, de población eslava, permanecían casi deshabitadas por la fertilidad escasa de sus suelos y la dureza extrema de sus inviernos. Kiev fue la primera de las ciudades-fortaleza en que eran almacenadas mercancías que, al llegar la primavera, partían hacia Constantinopla, Bagdad, Damasco y otras grandes ciudades del Oriente.

Paulatinamente, los eslavos originarios y los escandinavos inmigrantes establecieron un régimen político de pequeños principados rotatorios, encabezados por el Gran Príncipe de Kiev, cuyas mayores fuentes de ingresos eran los tributos que recaudaban del comercio, pues el interés por la tierra y su aprovechamiento seguían siendo limitados. La situación cambió entre los siglos XIII y XIV, cuando los guerreros mongoles de Gengis Khan invadieron Europa y cortaron las rutas comerciales hacia el Oriente. Las comarcas, o ‘rus’, quedaron desmembradas y convertidas en una provincia del reino mongol, conocido como La Horda Dorada. Kiev, entretanto, había sido atacada y destruida por los invasores, por lo que su predominio fue asumido por el Gran Principado de Moscú.

Solamente a finales del siglo XV, cuando Iván III de Moscú se proclamó Gran Príncipe de todas las Rusias, la nación que había surgido en torno a Kiev se convirtió en un solo país, cuyo elemento unificador fue el cristianismo ortodoxo, que diferenciaba a los rusos del animismo de los mongoles, el islamismo de los otomanos (que por entonces se aprestaban a atacar y destruir el Imperio bizantino) y el catolicismo de los occidentales. Más tarde, ya a mediados del siglo XVI, el zar Iván IV, el Terrible, emprendió una política de expansión y sometimiento que desde entonces caracterizaría al Imperio ruso.

El ‘Rus de Kiev’ devino, con el paso de los siglos, en Ucrania, país que fue sucesivamente ocupado por polacos, lituanos, austriacos, mongoles, cosacos, tártaros… Pero en su historia de borrascas y perturbaciones, fueron los rusos los mayores causantes de sobresaltos para Ucrania, el mayor de los cuales ocurrió en diciembre de 1922, cuando Lenin formó la Unión Soviética e incluyó a la “Perla del Este” entre las seis repúblicas fundadoras. Su independencia la recobró en diciembre de 1991, cuando la quiebra del socialismo desintegró el imperio soviético y las quince repúblicas que había llegado a tener la URSS recuperaron su personería. Pero ciertos nexos jamás se rompieron.

Es así que las economías rusa y ucraniana están todavía muy entrelazadas, pues no solamente el oleoducto que lleva el gas de Rusia a Europa parte en dos los más de seiscientos mil kilómetros cuadrados del territorio de Ucrania, sino que además su comercio bilateral es muy activo: 35.000 millones de dólares de exportaciones rusas, contra 22.000 millones de exportaciones ucranianas. Pero tal vez lo que más le preocupaba a Vladímir Putin del acercamiento de Ucrania a la Unión Europea era el tema militar, porque la flota rusa del mar Negro tiene su base en Sebastopol, ciudad ucraniana en la península de Crimea, y en suelo ucraniano los soviéticos construyeron dos plantas nucleares, la de Zaporiyia y la tristemente recordada de Chernóbil.

En todo caso y a pesar de los hechos consumados, la Unión Europea no pierde las esperanzas de que, a mediano plazo, Ucrania vuelva a mirar hacia el Occidente. Al fin y al cabo, a pesar de sus dificultades actuales, del lado occidental están la libertad y la prosperidad, como a finales de 2013 —tras la cumbre de Vilna— lo recordó la canciller alemana Ángela Merkel, quien por haber vivido gran parte de su vida (desde que nació, en 1954, hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989) en un país socialista conoce bien las diferencias entre los dos grandes sistemas políticos. Para el giro de Ucrania es probable que sea requisito previo un cambio de su gobierno, para lo que la oposición tiene ya dos candidatos: Yulia Timoshenko, actualmente presa tras un juicio muy dudoso por presunta corrupción, y, claro, Vitali Klitschko, a quien se refiere el recuadro que viene a continuación.

Peleando, nadie le ganó…

Sus compatriotas ucranianos, que primero lo admiraron y después lo veneraron, lo consideran mucho más que un atleta de élite y un deportista cabal. Lo consideran un héroe nacional, que desde 1996, cuando empezó su carrera boxística, les ha dado —como nadie— satisfacciones y motivos de orgullo.

Es, claro, Vitali Klitschko, campeón mundial de peso pesado hasta diciembre de 2013, cuando anunció que se retiraba del deporte para dedicarse a la política. La bandera deportiva ucraniana estaría, en lo sucesivo, en las manos de su hermano menor, Vladímir, quien ya es el campeón para cinco de las seis organizaciones que dirigen el boxeo.

Hasta septiembre de 2012, cuando hizo su última pelea, Vitali Klitschko había ganado 45 peleas —41 de ellas por K.O.— y había perdido dos. Pero sus dos derrotas fueron por lesiones (herida en un ojo, ante Lennox Lewis, y dislocación de un hombro, ante Chris Byrd), cuando iba por delante en las puntuaciones de todos los jueces. Es decir que, peleando, nadie le ganó.

Pero mucho más que por sus puños de hierro, los ucranianos lo admiran por su voluntad de acero: Klitschko ha proclamado siempre que sus victorias provienen mucho más de su empeño y convicción que de su fortaleza física. Para demostrarlo, se entrenó siempre siete días a la semana, incluso los feriados, jamás subió ni un gramo de su peso de 110 kilos y, además, supo combinar el deporte con estudios y lecturas.

En 2004, cuando su carrera deportiva estaba en su cénit, Klitschko dejó el gimnasio y salió a las calles para participar en la ahora legendaria ‘Revolución Naranja’, el levantamiento popular contra el fraude electoral que llevó a la presidencia a Víctor Yanukóvich. Esa incursión en la política marcó para siempre al campeón.

Ahora, tras la decisión de Yanukóvich de volver a poner a Ucrania en la órbita rusa, desviándola del rumbo que llevaba hacia Europa Occidental, Klitschko tiene claro su próximo paso: ser candidato a la presidencia en las elecciones de 2015 y, si ganara, hacer de Ucrania una democracia auténtica, sin manipulaciones electorales, propaganda asfixiante, prensa amordazada, intolerancia política ni persecución a opositores.

¿Podrá? Vladímir Putin apuesta que no, Ángela Merkel apuesta que sí. Por ahora, Klitschko tiene a su favor el mayoritario rechazo popular —medido en encuestas— a la política prorrusa de Víctor Yanukóvich: 57 por ciento de los ucranianos querían la integración con la Unión Europea, frente a 38 por ciento que respaldaban la opción rusa. ¿Bastarán esas cifras y una voluntad de acero para que la admiración de los ucranianos por su ídolo deportivo se convierta en apoyo político y votos? En 2015 se sabrá.


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