Lo que puede pasar si vas a Chicago

Hay muchas formas de viajar. Unos hacen listas, recorren las paradas turísticas obligatorias y se toman fotos para el recuerdo. Otros, como nuestro cronista, avanzan dando tropiezos en ciudades desconocidas hasta encontrar eso que no fueron a buscar, pero que los atrapó.

 Por Juan Fernando Andrade

Ciertas cosas se olvidan a propósito. El artista norteamericano Paul Sietsema, por ejemplo, olvida prendas en los roperos de los museos que visita alrededor del mundo, y lo hace a propósito. Antes de entrar a ver las exhibiciones, deja algo, una bufanda, un suéter, un sombrero, en el clóset de las galerías, algo que no volverá a ver. A cambio, Sietsema recibe una ficha. Una ficha de cierto color, de cierto tamaño, de cierta forma. Una ficha con un número que ya no le servirá a nadie más porque él la llevará a su casa y la pondrá dentro de un marco, junto a las otras. Así, su serie de cuadros compuestos por fichas de roperos del mundo seguirá aumentando. Así, su ropa olvidada a propósito será parte de la colección permanente de todos los museos del mundo.

Descubro a Paul Sietsema y a su colección de fichas de roperos en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, a pocas cuadras del lago Michigan. Y me parece genial. De nuevo, compruebo una ley que la gente, sobre todo los artistas, suele violar para luego esconderse detrás de semejante crimen: el arte es cualquier cosa si puedes salirte con la tuya. Sietsema lo hizo, se salió con la suya, se la robó y ahora le pertenece. Me tiene mirando las fichas de los roperos del museo Whitney de Nueva York, del Reina Sofía de Madrid, del Louvre de París, como si fueran piedras preciosas o restos arqueológicos capaces de explicar el origen y el destino de la humanidad. En este museo, enmarcadas, esas fichas de ropero significan, y son, otra cosa. Me hacen pensar que Sietsema quiere estar en todas partes al mismo tiempo. Quedarse en esas partes. Formar parte de la eternidad prohibida. Me hace pensar en las razones por las que viajo y es ahí cuando conecto con la obra, cuando la obra define o enfoca algo de mi personalidad: yo también quiero estar en todas partes.

Una cosa es llegar a una ciudad y otra, muy distinta, es llegar a una locación. Las ciudades, al menos la primera vez, cuando recién las conoces, son todo futuro, algo que todavía no te pasó o que apenas te está comenzando a pasar. Las locaciones, los sitios donde se ha filmado eso que consideras —a veces con derecho y a veces no tanto— parte de tu vida, son el lugar de los hechos, por donde ya pasaste aunque no hayas pasado, donde ocurrieron cosas que te atravesaron: donde una película te hizo estar. Llegar a una locación es volver.

Llego a Chicago a finales de octubre, cerca del día de brujas. Hace frío pero los vientos que empujan la reputación de la ciudad aún me dejan caminar. ¿Por dónde comenzar? ¿Dónde comienza una ciudad? Me queda claro que esa es una decisión personal, que las ciudades son o también son reflejos de tus deseos, de las esperanzas que pones en los lugares que no conoces; que estar en otro lugar te puede transformar en otra persona y quizás, con suerte, ese otro te caiga bien y te aclare un par de cosas. A mí esta ciudad me hace pensar en música, me suena. Tiene, claro, un pasado de blues y jazz que está por todas partes, promocionándose en la calle como si fuera el pasado de cualquiera. Pero eso, en principio, no me llama ni me parece urgente. Pienso en High Fidelity, una película que he visto demasiadas veces, una cinta a la que le creí todo y en cuya moral he confiado incluso cuando me ha traicionado: eso de que la vida no es como en las películas se entiende, en ciertos casos, a la fuerza. High Fidelity se filmó en Chicago y mucho de lo que sucede en ella sucede dentro de una tienda de discos. Entonces tengo la impresión de que algo de lo que me sucederá en esta ciudad debe por obligación suceder entre vinilos.

En Chicago hay una cadena de tiendas llamada Reckless Records, tiene tres locales, pero el más emblemático, visitado y hacinado de mercancía está en el norte, sobre la avenida Milwaukee. Estar ahí es lo más High Fidelity que me ha pasado en la vida. En la cinta, el personaje principal llega en metro, en la línea azul, a una tienda exactamente como esta; camina por el barrio de casas bajas mientras nos cuenta algo de su historia y se reconoce como parte de una especie, después de todo, no tan extraña. El monólogo va así (la traducción es mía): “Sobrevivo por la gente que hace un esfuerzo especial para comprar aquí —casi todos hombres jóvenes— y gasta su tiempo buscando singles de los Smiths que hayan salido de circulación y discos originales, no relanzados, de Frank Zappa. Los objetos fetiche son como el porno. Me sentiría culpable tomando su dinero si yo no fuera, bueno, medio que uno de ellos”. Ellos. Nosotros. Ustedes. ¿No somos todos los mismos? No, claro que no. Gracias a Dios, no. Llego a Reckless Records de la misma forma, en metro, escuchando You’re Gonna Miss Me, la canción de 13th Floor Elevators con que abre la película en mi iPod. Aunque no estoy buscando nada de los Smiths o Frank Zappa, me siento personaje, el producto de la imaginación de alguien más. Dentro de una escena de High Fidelity me siento en casa, buscando música entre esa gente solitaria que solo puede hablarse a través de canciones; en rigor, a través de las palabras que otros escribieron y que ellos eligieron como representantes. El arte sabe lo que sentimos y, a diferencia nuestra, lo dice.

Ahora quiero hablarles de la noche en que conozco a Bill Cosby. Sí, Bill Cosby. Bill fucking Cosby. El mismo Dr. Huxtable que durante ocho años, desde 1984 hasta 1992, fue el padre de América en su programa de televisión. Conversando con gente que nació el siglo pasado pero evidentemente pertenece a este, capto que muchos jóvenes con teras de música en sus discos duros y películas en Netflix no saben quién es este hombre, este gran hombre, y van por la vida como huérfanos. Al parecer, criarse con Internet no es lo mismo que criarse con la tele. La tele, mal que mal, fortalecía tus lazos con la gente al otro lado de la pantalla, te regalaba figuras paternas, amigos y hermanos a los que podías confiarles tus secretos, porque sabías que jamás hablarías con ellos, pero que esa era la gente que podía entenderte: en esa distancia estaba nuestra unión. Yo nunca le mandé una solicitud de amistad a Bill Cosby ni me convertí en su seguidor, pero, cuando era pequeño e incluso ya en la adolescencia, lo escuché y le puse quizás más atención de la que le puse a mi padre, lo escuché y le hice caso, aprendí cosas de él. Por eso cuando lo veo caminar hacia el centro del escenario del Chicago Theatre, en la calle North State, pleno downtown, siento que lo estoy volviendo a ver por primera vez.

En el escenario no hay más que una alfombra, una silla, una mesa y, sobre esta, unas botellas con agua, una caja de pañuelos de papel, una pequeña lámpara y un tacho de basura debajo. El resto es Bill Cosby contando chistes. Y eso es mucho. Es todo. El hombre tiene 76 años a cuestas, la reputación de ser el mejor comediante de stand up y un show que dura casi tres horas ininterrumpidas. De un lado está él hablando, avalado por su ingenio, sus muecas y sus horas de vuelo, y del otro estamos nosotros, más de 3 000 personas que vinimos a verlo como quien visita al padre, al abuelo, a ese hombre que en algún momento de nuestras vidas fue todos los hombres.

Bill Cosby habla de muchas cosas. Dice, por ejemplo, que durante un viaje al África le pidió a su guía que buscara a Tarzán y el pobre hombre pasó diez días preguntando en los alrededores si alguien conocía a un anciano blanco que ahora tendría 80 o 90 años y se había criado con monos en la selva; dice que el amor es un tipo de demencia y que por eso la gente dice cosas como “estoy loco por ti”. Y habla. Y toma agua. Y habla. Y se limpia la nariz con los pañuelos de papel. Y habla. Y hace bolitas con los pañuelos que lanza al tacho de basura. Y al final, mejor dicho, antes del gran final, pide un aplauso para su esposa, que tiene 60 años y según él a estas alturas controla todos los aspectos de su vida. Este es el momento en que Bill Cosby comparte con nosotros su sabiduría más reciente.

Según el Dr. Huxtable: a) tu esposa no es tu amiga, esa era tu novia, pero la perdiste cuando te casaste; b) cuando tus hijos se fueron de la casa, tu esposa ya se libró de todos los chicos, ahora solo faltas tú; c) todas las cosas que hay en tu casa son de tu esposa porque esa es su casa; incluso las cosas que le regalaste, ella las quiere en cierto lugar y de cierta manera; d) cuando eres viejo, tu mujer es tu dueña, te posee, ya ni siquiera vas a necesitar un cerebro porque ella decidirá todo por ti. Y más de 3 000 personas ríen a la vez y es como estar alrededor de una mesa, digamos, en el día del padre, con el gran Cosby sentado a la cabeza, cortando rebanadas de queso y rebanando también su vida para entregárnosla en trocitos. Las relaciones humanas, qué duda cabe, aún lo deslumbran. La última historia de la noche es un cuento sobre el odio después de la muerte porque, según el Dr. Huxtable, las mujeres pueden odiar a un hombre hasta luego de haberlo enterrado. La historia es esta (la traducción es mía y los nombres han sido alterados para proteger a los inocentes). “Mi tío John y mi tía Mary estuvieron casados más de 50 años. Una vez, él la traicionó con otra mujer y mi tía Mary nunca se lo perdonó. ¿Saben cómo lo castigó?, jamás le dio el divorcio. Estuvieron juntos hasta que él murió y ella se mudó a una casa de retiro. Años después, fui a verla un día, mi tía Mary estaba sentada en la cama y frente a ella había dos sillas vacías. Me senté en una de las sillas y ella me dijo: ‘tu tío John está sentado ahí’. Tuve que ponerme de pie y sentarme en la silla del al lado. Cuando le pregunté por qué el tío John no se sentaba a su lado, en la cama, ella dijo, ‘porque él sabe lo que hizo’. Y esa, dice Bill Cosby al final de su show en el Chicago Theatre, es la cantidad de odio que una mujer puede sentir por un hombre”.

Cuando se retira, los más de 3 000 miembros de la familia Huxtable lo aplaudimos de pie. Algunos aplauden este momento, eso de lo que hablarán durante la cena. Yo aplaudo toda su carrera, los años que me dio, nuestra época juntos en inglés y en español, acá y allá. Varias veces, en varios países, ver los capítulos viejos de su programa en el cable me ha producido nostalgia, como ver las fotos de la familia cuando has estado lejos mucho tiempo. Y no. La vida no era ni es ni será como lo que pasa en la casa de los Huxtable, en Brooklyn, es mucho peor y no hay nadie que te comprenda tanto. Hasta podríamos decir que nos estafó. Pero no. Bill Cosby no nos vendió una mentira, porque lo que él decía, eso de lo que él estaba hablando, era esto: criar una familia puede ser difícil, pero también puede ser divertido.

*

El fin de semana antes del día de brujas, un viernes por la noche, veo a la gata más bella que jamás haya visto entrar al Green Mill, el bar donde tomaba Al Capone. Tiene zapatos negros de tacón alto, medias blancas con encajes, minifalda y corsé apretado. Tiene unos guantes de box, también blancos, colgando de la cintura. Tiene el rostro pálido y la nariz pintada de negro.

Estoy en la barra, junto a una joven aspirante a escritora llamada Kathryn que se me acercó cuando me vio tomando notas en mi libreta, al lado de una cerveza. ¿Eres escritor? Escribo para vivir, que no es lo mismo. De pronto está sentada a mi lado, tomando su propia cerveza y dictándome una lista de sitios que debo visitar en Chicago. Kathryn es muy alta y muy flaca y súper anémica y uno de sus ojos te mira desde más abajo que el otro. Quizás por eso es más fácil escucharla que verla, prestarle atención hasta que la gata de nariz negra se detiene a pocos metros de nosotros y las partes del Green Mill se alinean perfectas. El bar abrió en 1907 con el nombre Pop Morse’s Roadhouse, pero unos años más tarde se cambió a Green Mill en honor al Moulin Rouge parisino y más de dos décadas después, durante la prohibición, Al Capone fue uno de sus dueños y lo usó como centro de operaciones y patio de juegos. La estética de los muebles quizás no esté intacta, pero conserva esa onda Dick Tracy y esa iluminación El Padrino que te hace sentir a un lado del tiempo, no exactamente en el pasado, sino a un costado.

Esta noche podría ser en blanco y negro, y sonar desde una vitrola, de esas en las que la aguja lijando el vinilo suena harto más que la misma música. En este lugar lo saben y por eso lo que estamos viendo es un no-talk show, lo que quiere decir que nadie, nadie, puede hablar mientras los artistas estén tocando: es como si todos los que estamos en el bar estuviésemos dentro de un mismo cerebro, escuchando música con audífonos. Los artistas son dos, un contrabajista llamado Dave al que se le notan los calendarios y la cantante Sheyla Jordan, una mujer de 85 años recién cumplidos, como anuncia orgullosa entre canción y canción con la voz arrugada y su peluca de cine mudo: color negro petróleo y con las puntas hacia adentro a la altura de las orejas. Nunca había escuchado esa combinación, solo voz y contrabajo, solo jazz, y aunque es lenta y clásica tiene su lado dañado, la garganta de Sheyla te hace pensar que algo está a punto de suceder, algo que podría ser muy malo. Miro hacia el fondo y ubico la cabina donde se sentaba Al Capone, justo en el sitio que permite ver ambas entradas del local. Es un destino fácil, lo sé, pero no puedo evitarlo. Dicen que debajo de esa cabina hay una pequeña compuerta que lleva al túnel que Capone usaba para huir de la ley o escaparse con una chica en las narices de otra. ¿Qué nos atrae tanto de los tipos malos? Que ellos lo hacen, nosotros no. Hay gente a la que queremos matar, bancos que queremos robar, mujeres que queremos tener, pero después de todo, afrontémoslo, somos gente buena, gente decente. Por eso en los comedores de nuestras casas no son necesarios los túneles, si es que eso les sirve de consuelo.

Kathryn, la joven aspirante a escritora, me mira mirar a la gata de rostro pálido y nariz negra. Es linda, me dice, y siento algo de su cabreo. Pero Kathryn ha leído mucho y es inteligente, bien informada, y al contrario de la gente que ha leído mucho, puede relacionarse con otra gente sin problemas. Es más, se acerca a la gata sin previo aviso, habla con ella un rato y al volver a la barra me transmite la siguiente información: cuando los tiene puestos, los guantes de box que le cuelgan de la cintura son sus garras, ah, y el tipo que está a su lado es su novio. Kathryn me hace reír, me intuye y me pone de vuelta a los pies de su conversación. Quiere escribir y ha conseguido un trabajo raro en San Francisco que le permitirá hacerlo: será ama de llaves de una hermosa casa, propiedad de una pareja gay que tiene dinero de sobra y busca gente como ella, que tiene título universitario y maestría para hacerse cargo de los quehaceres domésticos. Tendrá, me cuenta, su propio estudio, un mejor sueldo del que tendría, I don’t know, enseñando literatura en un colegio público y las horas suficientes para trabajar en una novela. Apunto su nombre y su apellido en mi libreta y le digo: algún día te voy a googlear.

A las tres de la mañana, luego del no-talk show, hay una banda de jazz cruzando la clase de jam sessions que el Green Mill sostiene hasta que el cuerpo aguante. Eric Snider, el saxofonista, ha tomado varios tragos con Kathryn y conmigo. Dice que le gusta el Mill porque lo tratan mejor que en los otros bares y con esto quiere decir que no le cobran los tragos. Eric quiere conquistar a Kathryn, algo a lo que no me opongo, pero ella sí. Cuando le toca volver al escenario, Eric le pregunta a la joven aspirante a escritora qué canción le gustaría escuchar, ella le dice algo al oído. Aprovecho para ir al baño y, cuando regreso, Eric Snider y su banda están tocando Confirmation de Charlie Parker. Miro a Kathryn profundamente conmovido. Hacía un rato habíamos estado hablando de literatura argentina, ella me dijo que todavía le encanta —una apuesta demasiado segura cuando quieres caerle bien a un escritor que recién conoces— Rayuela, la famosa novela de Cortázar, y desde esa memoria compartida yo le dije que El perseguidor, el cuento de Cortázar sobre Charlie Parker, me había hecho descubrir el jazz y que mi canción favorita de Parker era, sin duda, Confirmation. Bailamos un poco. Somos un poco felices. Yo, la verdad, lo soy totalmente, nunca había escuchado Confirmation en vivo. Y luego ella me dijo, ¿quieres ver algo que nunca has visto?

El auto de Kathryn es un Honda noventero que en algún momento fue rojo. Por dentro está lleno de basura, huele a comida y uno de los espejos retrovisores está pegado a la ventana con cinta adhesiva tipo gaffer. Rodamos durante veinte minutos, rumbo al norte, y llegamos a Wilmette, un pequeño village a unas pocas millas de Chicago. Kathryn da vueltas en los alrededores repitiendo la misma pregunta, ¿dónde está?, ¿dónde está?, ¿dónde está? ¿Dónde está qué?, pregunto yo. Y ella se detiene. Esto, dice, vamos. Son las cinco de la mañana, el cielo empieza a mostrarse. Hace un frío terrible cuando la joven aspirante a escritora me guía por entre unos jardines verdes y perfectos adornados con piletas de aguas cristalinas y perfectas. Mira, me dice.

Estamos en el único templo de la fe bahá’í que existe en Estados Unidos, uno de los cinco que existen en el mundo. Y la primera luz del día hace que lo descubra de a poco, como si se estuviera corriendo el telón que lo protege por las noches. El templo es precioso y me niego a describirlo porque no encuentro y espero nunca encontrar las palabras que correspondan a tal belleza. Yo no tengo religión, dice Kathryn, pero los bahá’í creen que hay un solo Dios, que todos somos, básicamente, un mismo espíritu, que en realidad no hay diferencia ni de razas ni de dogmas ni de nada, que la humanidad está al servicio de la humanidad, por eso me caen bien.

Me gusta lo que escucho. El frío nos obliga a sentarnos muy juntos en las gradas de mármol del templo. Kathryn me mira con esos ojos que están uno más abajo que el otro en su cara huesuda, anémica, me mira con sus brazos largos y sus piernas largas de caricatura que recogidas la hacen parecer un insecto. Y termina de amanecer.

Salgo de la ciudad un lunes por la mañana, demasiado temprano para mi gusto. Tomo el metro en la estación de la calle Fullerton, cambio de línea en la estación Jackson y me acomodo en un asiento camino al aeropuerto O’Hare. Así es como me alejo de un lugar al que siento cerca: es lo que pasa cuando tratas de estar en todas partes. Antes de bajarme, saco una moneda de mi bolsillo y la dejo en el asiento del tren. Eso ya no es una moneda, pienso, es la parte de mí que siempre estará en Chicago.

 


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