El resurgimiento del pueblo indígena

Por Silvana Larrea y Ernesto Trujillo

¿Qué ha pasado con el movimiento indígena para que haya adquirido tanta fuerza y organización? Para el antropólogo Diego Iturralde, existe un proceso reciente de revitalización étnica. Cree que los indígenas en estos últimos veinte años no se daban a conocer, pero ubica algunos elementos a través de los cuales “se hacen visibles”.

            La territorialización es el primero de ellos. Hasta los años 60, los indígenas estaban en las haciendas y no tenían espacio propio. Pero la Reforma Agraria les abrió un espacio al producirse la adjudicación de tierras.

            Definiendo el territorio marcaron una frontera, proceso que fue evidente en la Amazonía frente al avance de la colonización y a la presencia de las petroleras. A la territorialización le acompañó un proceso de organización con formas nuevas, en que las comunidades ya no sólo se relacionaban por parentesco sino que debían establecer puentes con varias organizaciones del Estado, porque la misma Reforma Agraria obligaba a un proceso de organización para obtener tierra, agua, etc. De allí irían naciendo formas de organización que culminarían en la Conaie.

            Otro elemento clave que ubica Iturralde es el ejercicio de la autoridad autonómica relacionada con el espacio-territorio y las nacionalidades. Justamente a partir de aquí se desarrolla el concepto de nacionalidad que dará más sustento a la Conaie, organización que conseguirá las reformas constitucionales que plasman la visión indígena de nacionalidad.

 Organización in crescendo

En 1945 se fundó la Federación Ecuatoriana de Indios, FEI, brazo indígena del Partido Comunista, que sonaba mucho en esa época.

En 1973 se organizó la Ecuarunari, que agrupa a los indígenas de la Sierra, la mayoría en el Ecuador.

En 1979, el presidente Jaime Roldós es el primero de los mandatarios que habla en quichua al asumir el mandato, lo que parecía delinear una nueva política hacia este sector rezagado históricamente.

En 1980 se crean nuevas organizaciones en la Amazonía: la Confederación Amazónica (Confeniae) y la Confederación Nacional de Indios del Ecuador (Conacnie).

Paralelamente, surge la Federación Ecuatoriana de Indígenas Evangélicos, Feine, que con el tiempo se convertirá en la segunda más importante después de la Conaie por su número: agrupa al 25 por ciento de indígenas.

Recién en 1986 la Conacnie se convierte en la Confederación Nacional de Indios del Ecuador, Conaie, que luego transformaría su denominación a Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador.

Al incluir el concepto de nacionalidad se instaura una nueva etapa en la lucha indígena. Se reconocen entonces doce nacionalidades, con su territorio y su lengua propia. Dentro de la Conaie, que agrupa a más del 60 por ciento de los indios del Ecuador, hay tantas organizaciones cuantas nacionalidades, que participan en igualdad de condiciones en las decisiones, sin importar su número de integrantes.

La lucha reivindicativa y coyuntural tomó un giro político cuando, en 1993, en Puyo, se formó Pachakutik. Tres años más tarde, logró su primer éxito: ocho legisladores (10 por ciento del Congreso). El número decreció a seis en las elecciones de 1998, pero ostenta la segunda vicepresidencia, con Nina Pacari.

Un ejemplo en América Latina

Ni en Bolivia ni en México existe una organización indígena tan fuerte como la Conaie, ninguna que haya crecido en tan poco tiempo y que sea tan poderosa. Esto ha marcado una huella en el Ecuador y en el exterior y se empieza a poner más atención en estos procesos de rebelión popular y de desencanto con la democracia.

¿A qué se debe su éxito? Encuestas recientes establecen un alto apoyo a las acciones indígenas, a pesar de que algunas de ellas se dirigen contra la mayoría mestiza. Algunos analistas piensan que ello responde a la ausencia de otra organización que le haga contrapeso en el país. A eso se suma el desprestigio de los partidos políticos.

Por eso, en los años noventas la red de la Conaie se amplía y adhieren a ella sectores no indígenas, pero que tienen en común elementos agrarios y rurales que pierden su espacio de relación con el Estado. La organización indígena se vuelve la de todos los perjudicados y afectados por la crisis, que no tienen expresión política en la arena nacional.

Así, los primeros en plegar son los usuarios del Seguro Social Campesino, donde 1’250.000 personas se sienten amenazadas. Los siguientes serán los campesinos de la Costa que formaron el Movimiento Campesino Solidaridad. Son usuarios del Banco de Fomento que no pueden pagar sus deudas y en este proceso empiezan a descubrir sus orígenes indígenas en los Manta-Wancavilka.

Luego vendrá la organización Movimientos Sociales, en la que se ubica la burocracia dorada en riesgo de perder sus privilegios. Los perjudicados por el manejo de la banca se suman también…

Con tales adherentes, la Conaie debe ampliar y elevar la demanda. Desde entonces enfrentaría el riesgo de perder de vista las reivindicaciones indígenas y hacer, por otro lado, demandas inviables en la práctica, que la deslegitimarían socialmente.

Iturralde precisa que, por ejemplo, mantener las empresas públicas como tales es poco viable, como es económicamente irrealizable devolver todo el dinero e inmediatamente a los clientes de los bancos cerrados. Los ejes de la pelea (ya no se habla de educación bilingüe o de adjudicación de tierras) son hoy contra la corrupción, la modernización y la privatización, sin mayores alternativas. El riesgo es que la organización, presionada por sus adherentes no indígenas, empiece a pedir imposibles y llegue a un callejón sin salida.

Una organización diferente

La organización de la Conaie no se debe entender con la lógica occidental de una pirámide. En ella no existe esa jerarquización, sino que está dentro de una perspectiva diferente en la que cada organización se rige por sí misma y de este modo, en tanto autónomas, adhieren a la Conaie y a sus decisiones. Así logra la Confederación su representatividad y legitimidad ante cada uno de los indígenas que la constituyen.

Historia de levantamientos:

Presionar y negociar es la forma de lucha

Los indígenas optaron desde 1990 por una forma de lucha que les ha resultado muy eficaz: presionar y luego negociar. Así se han resuelto sus cuatro levantamientos, salvo que en el último, que concluyó el pasado 21 de enero, no fueron los líderes de la Conaie los que se sentaron a negociar sino los militares. Esto puede ser también un síntoma de cómo el movimiento ha ido perdiendo su configuración original.

Los indígenas, en diversas declaraciones recogidas por los medios de comunicación, aseguran que los levantamientos no son medidas que se planean de un día para el otro, sino que “recogen la tradición cultural milenaria de las nacionalidades ecuatorianas”. Involucra, según explican, un proceso de conocimiento de demandas locales, de agrupamiento de necesidades comunes y la organización logística en que participan desde los más viejos hasta los menores. La más absoluta reserva es la norma de estas acciones, a pesar de que el debate y la toma de decisiones se realizan a todo nivel.

*          En junio de 1990, el Ecuador asistió al primer levantamiento indígena de la Conaie. Fue un hecho sin precedentes en el continente y con él despegó esta organización que hoy es vista como ejemplo en América Latina. Sucedió bajo el gobierno de Rodrigo Borja y pedían la solución de conflictos de tierras, la plurinacionalidad, la educación intercultural bilingüe y la baja de impuestos.

*          En 1994 ocurrió el segundo levantamiento. No tuvo el revuelo del anterior, pero logró que los indios fueran incluidos en las mesas de negociación de la nueva Reforma Agraria, a las que estaban convocados Gobierno y hacendados.

*          En julio de 1999 se produjo el tercer levantamiento, denominado “Por la vida y contra el hambre”. Mahuad aceptó no elevar el precio de los combustibles y apurar el descongelamiento de los clientes del sistema bancario.

*          El 15 de enero del 2000 se inició un levantamiento que tenía como objetivo principal que el presidente Mahuad abandonara el poder. Lo logró, pero el episodio no concluyó como los indígenas esperaban. Paralelamente al levantamiento, se instauró el Parlamento Indígena-Popular en el que participaron los llamados movimientos sociales. Las reivindicaciones pendientes pasaron al temario de la consulta popular que se plantea actualmente.

ENTRESACADOS

“El instaurar una nueva forma de vida, de convivencia entre los ecuatorianos, eso debe seguir en nuestra lucha y en la construcción de un Estado distinto y de un sistema distinto de vida, pero basado en el proyecto político que la Conaie ha puesto en manos de los ecuatorianos”, Luis Macas.

“Natural es como hebra de poncho que fácilmente se rompe. A naturales unidos, como poncho tejido, nadie podrá doblegar”, Dolores Cacuango.

Nacionalidades Indígenas (según la Conaie): Pueblo conjunto de pueblos milenarios anteriores y constitutivos del Estado ecuatoriano, que se autodefinen como tales, que viven en un territorio determinado, mediante sus instituciones y formas tradicionales de organización social, económica, jurídica, política y ejercicio de autoridad propia.

“Nuestro idioma, vestimenta, formas de pensar y de vivir que constituyen la identidad cultural de los pueblos y nacionalidades no han sido respetados como tales” Conaie.

Lourdes Alta Lima: ciudadana indígena ecuatoriana

            Contraria a cualquier forma de racismo y partidaria de la igualdad de todos como ciudadanos, sin embargo, Lourdes Alta Lima, indígena de 18 años, se siente un poco diferente de las otras mujeres de su comunidad. Lo normal sería que a esa edad estuviera casada y con hijos, pero, en lugar de eso, ella vino a Quito hace dos años para estudiar leyes. Cuando se gradúe volverá a Cotacachi para ejercer el derecho penal y civil.

Ese será su aporte a la sociedad, aunque también está en su mira llegar a algún puesto dirigente entre los indígenas. “Cuando una mujer es capaz y lo demuestra, siempre puede sobresalir”, sostiene esta joven que es la última de tres hermanos, que también son universitarios.

Su madre es ama de casa y su padre agricultor, y ambos inculcaron a sus hijos el afán de superación y los valores morales y éticos que ahora Lourdes proclama. Cree que entre los indígenas hay mucho machismo, pero también lo ve en la sociedad mestiza, donde la mujer empieza a abrirse paso a pulso. “La mujer se ha impuesto para participar, no ha sido una cosa espontánea”, declara, orgullosa de que en la Conaie empiecen a aparecer caras nuevas y femeninas en la dirigencia.

Constitucionalista y legalista al máximo, plantea que los problemas que existen en la sociedad actual se deben a la no aplicación de las leyes. Por eso destaca que una gran diferencia entre los indígenas y los mestizos es que los primeros crecen dentro de las leyes, les son inculcadas desde pequeños; en cambio para los mestizos sólo están escritas en libros, alejadas de su realidad y cotidianidad.

Insiste, entonces, en que no hay cómo pensar que una raza es superior, sino que se debe reconocer al Ecuador como a un país multiétnico “en el que luchamos por sacar adelante a todo el pueblo y no sólo a una raza”.

Sin embargo, reconoce que ha habido manifestaciones racistas de los indígenas hacia los mestizos, que no comparte pero que entiende, ya que se deben a un momento crucial de la organización de su pueblo, el cual ha sido relegado por más de quinientos años.

“Estamos hoy en la cúspide pero esa lucha puede desmoronarse si los líderes empiezan a ver por sus intereses personales, como ha ocurrido con los políticos mestizos; ese es el riesgo”, sostiene Lourdes, quien confiesa su orgullo al haber visto a Antonio Vargas dentro del triunvirato que iba a gobernar al Ecuador.

Ella tiene la certeza de que hay el resurgimiento de su pueblo, y que más que el número importa su capacidad de organización. Y para que esa organización sea óptima es partidaria de que el gobierno atienda las necesidades “urgentes y sin posibilidad de prórroga” de los indígenas; sobre todo las de educación, “que nos permitirán competir en cualquier campo”.

“A veces, la participación en la organización de la comunidad está restringida porque la mayoría son analfabetos”, confiesa Lourdes, quien se siente una indígena-ecuatoriana, ninguno de los dos elementos más que el otro, y porque es “una ciudadana con derecho a vivir en igualdad de condiciones que el resto de la sociedad, y con sus mismos deberes”.

MARIANO CURICAMA: EL ALCALDE INDIO DE GUAMOTE

Cuando desayunamos en Riobamba con Mariano Curicama (1961), alcalde de Guamote desde 1992, viste un pantalón azul marino impecable y un poncho rojo. Usa celular. Se siente muy molesto por una versión periodística que informó que él no aceptaría a blancos y mestizos en las próximas elecciones.

“Es falso, se trata de una maniobra política”, dice, mientras vamos hacia Guamote en el vehículo de la alcaldía. Y añade que al principio de su gestión había pasado varios meses viajando en buses, porque “no había absolutamente nada, ni siquiera un teléfono”.

Don Mariano es uno de los alcaldes indígenas más prestigiosos del país. Cumplirá su segundo período y no quiere la reelección. Trabaja dieciséis horas diarias. Ya en sus oficinas, donde la mayor parte de los funcionarios son mestizos, habla telefónicamente sobre un próximo viaje: tiene una invitación de la Fundación Interamericana, con sede en Washington, para ir a Suecia como expositor de un seminario. Irá también a España para tramitar un convenio de cooperación.

Las bases de la organización

Guamote (3.200 mts. de altura, 35.000 habitantes, 97% indígenas) es uno de los cinco cantones más pobres del país. Paralelamente al Municipio funcionan el Parlamento Indígena –formado por líderes de 150 comunidades, que toma las principales decisiones– y el Comité de Desarrollo Local, que controla la ejecución de los diversos programas. Técnicos de algunas ONG, aceptados por los indígenas, colaboran con la organización. Luchan contra la pobreza y el abandono a través de sus formas ancestrales de conducta e identidad, y bajo un esquema autónomo, concertado, participativo y autogestionado. Disponen de un plan hasta el 2012.

¿Quién es Mariano Curicama?

“No es bueno definirse a sí mismo –responde–, pero soy un indígena, ahora un líder y autoridad, conocedor en carne propia de lo que es la marginación, el cargar el barril de agua por dos o tres horas…”.

Se identifica sobre todo como ecuatoriano, “de un solo país con maravillosas etnias que no están copiando lo que hacen los otros”.

No tuvo oportunidad de realizar estudios superiores, pero ha asistido a muchos cursos dentro y fuera del país. Se ha preparado solo, ha leído y se ha informado. Ha asistido a la mejor universidad del mundo: la del dolor y la vida.

El movimiento indígena

Desde el levantamiento indígena de los noventas, “ha habido logros pero también fracasos, aunque los éxitos son mayores porque los indígenas estamos organizados y hemos demostrado honestidad y capacidad de gestión”.

Conversamos sobre el contraste entre el “mundo oficial”, donde la concertación y la gobernabilidad son casi imposibles, y el universo indígena, en el cual ponerse de acuerdo en metas comunes es más fácil. Recuerda la tradición solidaria a través de ejemplos como los ayllus, los cabildos y las mingas. “Ahora no esperamos que los gobiernos hagan; todo se realiza con participación comunitaria. Sin la contraparte indígena no se efectúan programas de ninguna índole”.

Para Mariano Curicama, la época paternalista acabó. “Nosotros podemos sobrevivir, sólo nos hace falta la sal y la panela, todo lo demás lo tenemos aquí. Los que más sufren son las gentes de la parte urbana”. Cree que el sector oficial trata de “seguir utilizándolos como objeto”. Piensa que municipios como el de Guamote son un “ejemplo para América, y así se ha reconocido en otros países. A veces nos minimizan; dicen que no pensaron que llegaríamos a donde hemos llegado”.

Para seguir avanzando, la educación y formación de la juventud, especialmente en las áreas técnicas propias de su esquema de desarrollo, tiene total prioridad. Anhelan prepararse y quieren “que la riqueza del país sea compartida en forma igualitaria”.

Los resultados

El alcalde piensa que el petróleo se acabará y hay que volver los ojos al campo. Inclusive el agua está por terminarse en el mundo, opina. Han reforestado 7.000 hectáreas y tienen planes para llegar a 20.000; disponen de una instalación que produce 60.000 truchas por año, de una planta de humus orgánico que genera 700 quintales cada tres meses y piensan llegar a l.400; en la hacienda Totorillas hay granjas que producen hortalizas sin químicos; han construido canales de riego, centros de acopio, centros comunitarios, de deportes, vías de agua entubada, caminos vecinales, escuelas, parte de la vía Guamote-Macas…

Son los “sueños de los pobres” realizándose con un esquema de desarrollo, sin duda eficiente, que viene desde abajo. Sin embargo, la capacidad de generar recursos para invertir en las obras básicas de infraestructura es muy limitada. El dinero viene del gobierno central, de las ONG o de organismos internacionales, pero “aquí los proyectos son bien pensados y sabemos responder a la confianza”. El presupuesto anual de 1991 equivalía a US$ 120.000; en 1999 fue diez veces mayor y el 85% va a inversión social.

Al salir hablo con el chofer de una volqueta municipal, quien recuerda que antes no tenían nada de maquinaria. Ahora sí. Por todo ello, concluye que el alcalde es un “hombre trabajador y capaz, con sentido de la justicia”.

Para entresacado

“Ahora no esperamos que los gobiernos hagan; todo se realiza con participación comunitaria. Sin la contraparte indígena no se efectúan programas de ninguna índole”.

Aproximaciones demográficas: ¿Cuántos son?

La cuantificación de la población indígena del Ecuador es todavía una interrogante sin respuestas definidas. Ninguno de los censos llevados a cabo han considerado explícita y directamente la pertenencia étnica.

José Juncosa, de Abya Yala –la principal editora de temas antropológicos e indígenas–, dice que el censo de 1950, y el último de 1990, permiten una aproximación a partir de los datos que dan cuenta de las familias que hablan algún idioma indígena. A ellos se añaden otros datos censales de organizaciones rurales (comunas, cooperativas y asociaciones), población rural y población urbana, etc.

Entre muchas razones que dificultan la cuantificación, cabe mencionar el carácter fluido, variable y no totalmente objetivable de la condición india, empezando por el hecho de que no todos los indígenas usan poncho o hablan quichua. Además, los indígenas, quienes no han sido tomados en cuenta como actores ni para la planificación ni ejecución de los censos, los han considerado tradicionalmente como un instrumento indeseable de control en manos de los poderes locales y el Estado.

Por otra parte, la imposición de la identidad mestiza como un “ideal” que supone la superación de lo indio provocó que muchos nieguen en público el reconocimiento de su indianidad. Hoy, este proceso parece invertirse: e inclusive algunos “mestizos”, debido al actual prestigio y vigencia del movimiento indígena, recuperan su identidad y autoreconocimiento como indios, como está sucediendo entre indígenas migrados a la ciudad y en los enclaves suburbanos tradicionales de, por ejemplo, el norte de Quito (Nayón, Calderón, San Antonio, etc.). Dicha pertenencia les otorga un poder de negociación impensable para otras instancias de poder político, como los gremios, sindicatos y partidos políticos”.

Desde el punto de vista del Estado, se puede suponer desde las dificultades técnicas hasta una política explícita de ocultamiento de una realidad que se supone muy poco gratificante y conflictiva. Los censos prefieren hablar de comuneros o incluir la variable lingüística de “quienes hablan idiomas indígenas” antes que la identificación como indígena.

Las organizaciones indígenas se ubican en un rango de cálculo maximalista determinando que “las nacionalidades indígenas constituyen más del 40% de la población ecuatoriana”. Otras fuentes, provenientes de las ciencias sociales, aportan cifras más modestas, situadas entre el 7 y el 25 % de población total.

Grupos Etnicos de Ecuador

(Fuente: Población y pueblos indígenas de las Américas, José Matos Mar, Washington, documento de trabajo de la OPS, OMS, 1993. Cita al Banco de Datos del Instituto Indigenista Interamericano, al Dr. Segundo Moreno de la PUCE-Q y a la Secretaría Nacional de Asuntos Indígenas y Minorías Etnicas, Quito)

 

Nombre   Población

Interandinos

1. Quichuas de la Sierra

Quichuas de Otavalo

Quichuas de Otavalo

Quichuas de Salasaca

Quichuas de Saraguro

Quichuas campesinos

  2’500.000,oo

Indios de la costa

2. Awa-Coauiquer

3. Chachi/Cayapa

4. Tsáchila/Colorado

5. Huancavilca

 

1.000

1.500

1.394

500

4.394

   

Indios de la Amazonía

  1. Cofán
  2. Secoya
  3. Siona
  4. Huaorani/Aishiri
  5. Quichua del Oriente
  6. Shuar
  7. Achuar

 

 

 

800

300

500

1.500

80.000

40.000

7.000

130.100
    2.634.494 (24.85 % del total de la población ecuatoriana)

 

José Sánchez Parga (“La población indígena del Ecuador: entre censos y estimaciones”. En: Estudios sociodemográficos de pueblos indígenas, CELADE, Santiago, 1994, p. 91 ss.) cuestiona en cierta manera los porcentajes excesivos que las organizaciones indígenas y los organismos internacionales atribuyen al número de indígenas con respecto a la población nacional, cercanos al 40 y 45%, como resultado, entre otras causas, de un cálculo maximalista. Basado en una aproximación cuantitativa a los datos de población rural, cuyo punto de partida son las comunidades, y en los datos de idiomas indígenas hablados según el censo de 1990, las cifras, en síntesis, son las siguientes:

 

Población indígena de la Sierra:                     575.681

Población indígena de la Costa:                      33.646

Población indigena de la Amazonía:   61.718

 

Total                                                               670.045

 

Esta cifra es el 7,2% de la población total. Y según estimación del autor, solo la mitad de la población indígena habla un idioma nativo.

 


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