Cien años después del inicio de la Primera Guerra Mundial, los conflictos armados crecen en número e intensidad

Y, de pronto, se abrió la caja de los truenos…

Por Jorge Ortiz

 De pronto, al llegar marzo, el mundo se alborotó: tropas rusas, con armas pero sin insignias, cruzaron la frontera de Ucrania y, tras un despliegue eficaz y sigiloso, ocuparon la península de Crimea, controlaron puertos, aeropuertos y carreteras, asumieron el manejo de los servicios públicos y de los medios de comunicación, tomaron las mayores ciudades y, en menos de 48 horas, se convirtieron en las autoridades políticas y administrativas únicas de un territorio de 26.000 kilómetros cuadrados ubicado a orillas del mar Negro, habitado por dos millones de personas y considerado “estratégicamente vital” para Rusia desde los tiempos de Catalina la Grande, a finales del siglo XVIII.

El gobierno de Ucrania, surgido dos semanas antes a partir de una comuna callejera que hizo huir al presidente Viktor Yanukóvich, reaccionó con indignación y, a pesar de la inmensa disparidad de fuerzas, le plantó cara al presidente ruso Vladímir Putin: “los ucranianos lucharemos con determinación y valor”. La Unión Europea, que había jugado sin astucia su ‘carta ucraniana’, se enredó en consultas apuradas y declaraciones tibias, mientras los Estados Unidos volvían a caer en las indecisiones características de la política exterior del presidente Barack Obama. Y, así, en los días siguientes al despliegue militar ruso, el mundo quedó con la respiración contenida ante la posibilidad de una guerra en el corazón de Europa.

Y si bien 2013 no había sido un año de paz y sosiego (había sido, por el contrario, un período de muchos conflictos, algunos muy crueles, repartidos por medio planeta), nadie —o casi nadie— esperaba que el hacha de la guerra fuera desenterrada en 2014 en preparación para lo que podría ser un conflicto extendido y de alta intensidad, incluso con la participación directa de potencias globales poseedoras de arsenales atómicos. Y tampoco esperaba nadie —o casi nadie— que el equilibrio estratégico, claramente favorable a las potencias occidentales, pudiera ser alterado tan súbita y profundamente por un simple golpe de mano, como el que Rusia dio en Ucrania a principios de marzo.

Así, de un día para el otro, al empezar 2014, las tensiones internacionales se expandieron de la periferia al centro de la política y la economía globales, como había ocurrido un siglo antes, en 1914, cuando el asesinato del heredero del imperio austro-húngaro le dio al golpe de gracia a la estructura del poder internacional que por entonces existía, que había surgido en 1815 al término de las guerras napoleónicas. Y es que la muerte en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando activó una compleja red de alianzas que desencadenó la Primera Guerra Mundial, con la que, en términos históricos, empezó el siglo XX, que llegó a ser el más sangriento, cambiante e intenso de los doce mil años de historia de la especie humana.

Pero, ¿al empezar 2014 la situación internacional estaba tan crispada como lo estuvo en 1914 y, por consiguiente, puede temerse una escalada de las tensiones que degenere en un conflicto global, o la crisis de Ucrania es, a pesar de su gravedad y de su posible prolongación en el tiempo, nada más que un episodio menor de la incesante lucha por el poder entre las grandes potencias? El tiempo lo dirá. Por ahora, parece claro que, más allá del resultado final del ‘pulso ucraniano’, el empeño del presidente Vladímir Putin por rearmar el imperio ruso (lo que implicaría un cambio de fondo en la estructura del poder mundial) derivará en cada vez más pruebas de fuerza entre los Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y, por supuesto, China, todos tratando de expandir —o, al menos, mantener— sus áreas de influencia, en detrimento de los demás. Sí, la caja de los truenos está abierta y en cualquier momento podrían escaparse rayos y centellas.

 

Los puntos de conflicto

Según la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, que suele ser una fuente de referencia muy fidedigna sobre la situación mundial, 65 países presentan, para 2014, un “riesgo alto o muy alto” de conflictividad social. Los de “mayor peligro”, además de Ucrania, serían 19: Argentina, Bahréin, Bangladesh, Bolivia, Bosnia, Egipto, Grecia, Guinea, Iraq, Líbano, Libia, Nigeria, Sudán, Suazilandia, Siria, Uzbekistán, Venezuela, Yemen y Zimbabue. Sin embargo, la mayoría de esos ‘puntos calientes’ no podrían derivar, en ningún caso, en algún tipo de conflicto armado, ya sea local, regional o mundial. Pero hay siete lugares donde ya se oye el redoblar de los tambores o, incluso, el tronar de los cañones.

El primero de esos lugares es, por supuesto, Siria y, más extendidamente el Oriente Medio, donde al ancestral conflicto entre árabes y judíos (que ya causó cuatro guerras, todas ganadas por Israel), se sumó en los últimos años, en especial desde la guerra Irán-Iraq iniciada en 1980, la creciente y cada vez más beligerante rivalidad entre las dos ramas del islam, chiitas y sunnitas. La guerra civil que estalló en Siria en marzo de 2011 y que ya mató a unas ciento cincuenta mil personas tiene, sin duda, el trasfondo de esa rivalidad religiosa, exacerbada por la lucha por la supremacía geopolítica regional entre Irán y Arabia Saudita.

Esa guerra, que tiene la crueldad atroz que solamente suelen tener los conflictos civiles, parece haber quedado atrapada en un callejón sin salida, pues la dictadura hereditaria y feroz de la familia El Asad perdió todo vestigio de legitimidad, pero los rebeles carecen de las armas, la unidad y el apoyo internacional suficientes para derrotarla. En 2013, cuando se supo que el régimen de la minoría alauí (que es un desprendimiento del islam chiita) había usado armas químicas contra los insurgentes, pareció que las potencias occidentales respaldarían decisivamente a la oposición (que es fundamentalmente sunnita). Pero la Unión Europea, con la única excepción de Francia, se lavó las manos displicentemente, a la vez que los Estados Unidos se quedaron atrapados, una vez más, en las indecisiones del presidente Obama.

Para colmo, ante la desunión de la Coalición Nacional Siria y la debilidad del Ejército Libre Sirio, que son respectivamente la organización política y la rama militar de la oposición, el liderazgo de la lucha contra la dictadura ha sido gradual pero decisivamente asumido por la facción local de Al Qaeda, el llamado Estado Islámico de Iraq y el Levante, con lo que se ha difundido por el mundo la sospecha de que, si Bachar el Asad fuera derrocado por los integristas islámicos, el remedio terminaría siendo peor que la enfermedad. Así, la guerra civil no tiene salida a la vista y, para terminar de obscurecer el panorama, el conflicto sirio está expandiéndose con rapidez hacia el Líbano.

 

Más tambores de guerra

En Irán, cuyo régimen de clérigos revolucionarios lleva el estandarte político del islam chiita, está ubicado el segundo de los lugares de conflictos potencialmente extendidos. Y es que, a pesar del compromiso iraní —alcanzado a finales de noviembre de 2013— de detener el procesamiento de uranio enriquecido apto para usos militares, sería ingenuo suponer sin reservas que está definitivamente cancelado el programa de construcción de armas atómicas. No se puede olvidar, al respecto, que si bien los ‘moderados’ tienen ahora la presidencia, desde que Hassán Rohaní substituyó a Mahmud Ahmadineyad, son los radicales los que siguen teniendo el poder. Y quieren ejercerlo.

El siguiente punto de conflicto está en Afganistán, donde el final de una guerra, la iniciada en octubre de 2001 con la invasión estadounidense, podría convertirse —y casi con seguridad lo hará— en el comienzo de otra guerra. Y es que cuando los Estados Unidos terminen de retirar sus tropas, lo que debe suceder a finales de 2014, previsiblemente nada impedirá que los talibanes —que gobernaron a sangre y fuego de 1996 a 2001— reanuden su ofensiva armada en busca de retomar el poder. Esa ofensiva coincidirá con el retiro del presidente Harmid Karzai (que no puede presentarse a otra reelección ni cambiará la constitución para perpetuarse), lo que acrecentará la sensación de vacío de poder. El ataque talibán no solamente será masivo y feroz, sino que podría dirigirse también contra el vecino Paquistán, un país que parece estar en un proceso vertiginoso de disolución.

En Iraq, mientras tanto, después de un 2013 extremadamente violento, con cifras oficiales de 8.868 víctimas en atentados terroristas y 3.102 en enfrentamientos entre grupos rivales, la situación política quedó muy revuelta, lejos del control del gobierno minoritario chiita, en un país de mayoría poblacional sunnita. La filial local de Al Qaeda está muy activa y, según parece, su capacidad de reclutar y entrenar combatientes crece con celeridad. La intervención de tropas estadounidenses, iniciada en marzo de 2003 en busca de armas de destrucción masiva que nunca encontraron, si bien libró a los iraquíes de la dictadura de Saddam Hussein, también dejó una sucesión de gobiernos débiles, incapaces de enfrentar a células armadas cada vez más activas y mejor armadas, por lo que allí, en la cuna de la civilización, a orillas de los ríos Tigris y Éufrates, está el cuarto punto de conflicto potencial.

Hay, claro, otros países del Oriente Medio y de África del Norte con altos índices de inestabilidad y radicalismo, en los que un estallido social violento es una posibilidad muy cercana. Ese es el caso de Egipto, donde es difícil creer que la Hermandad Musulmana no intentará algún contragolpe después de haber sido sacada del poder y proscrita en 2013. Es, también, el caso de Libia, donde el gobierno de coalición surgido de la guerra civil y el derrocamiento de Mohamar Gadafi no logra consolidarse. Y es, además, el caso de Bahréin, Argelia y Yemen, con conflictos latentes que la fallida ‘Primavera Árabe’ los evidenció, pero no los remedió. Tal vez, incluso, los agravó.

 

En África, en Asia…

En Sudán del Sur, el país del mundo de más reciente creación (julio de 2011), el estallido de una guerra civil abierta parece inevitable, y a corto plazo, después de dos años de enfrentamientos aislados pero en aumento entre dos etnias históricamente en conflicto, ambas pertenecientes a la cuenca del río Nilo, los dinka y los nuer. Tampoco puede descartarse una guerra contra su vecino del norte, Sudán, el país del que se desprendieron y que, mediante oleoductos y refinerías, controla la mayor parte de la riqueza petrolera, cuyos pozos, sin embargo, están en Sudán del Sur. Otros dos países subsaharianos en los que, al igual que Sudán del Sur, se habla de estados fallidos son Malí y la República Centroafricana, en los que la intervención de tropas francesas ha impedido circunstancialmente el estallido de guerra civiles, un peligro que, no obstante, sigue latente dadas la inestabilidad política crónica, la pobreza, la falta de instituciones, la presencia de mercenarios extranjeros y la rivalidad insalvable entre las diferentes etnias.

Sin embargo, en medio de guerras civiles, golpes de estado, terrorismo, insurgencia del radicalismo islámico y expansión de los desiertos, en el África Subsahariana está ocurriendo un fenómeno admirable: tasas de crecimiento en varios países que están entre las más altas del mundo, con lo que millones de personas que parecían condenadas a la pobreza más cruel, como la padecida por muchas generaciones de sus antepasados, están incorporándose vigorosamente a una clase media con importante capacidad adquisitiva. En efecto, en 2014, por primera vez en toda su historia, el conjunto de la comunidad africana lograría un crecimiento económico efectivo, pues la expansión de los productos internos brutos nacionales superaría a la inflación. Los casos más destacados son los de Angola, Etiopía, Mozambique, Tanzania, Nigeria, Congo, Ghana y Zambia, donde la apertura de los mercados y el abandono de los modelos económicos centralizados están consiguiendo mejores resultados cada año.

En el Asia, mientras tanto, hay tres conflictos latentes, uno de ellos extremadamente explosivo. El primero se refiere a la disputa territorial entre Japón y China, que reclaman la soberanía de cinco islotes deshabitados y tres rocas inhóspitas, aunque rodeados de aguas con abundante pesca, ubicados en el mar de la China Oriental y por cuya posesión han llegado a amenazas desentonadas y compras de armas. El segundo conflicto proviene de otra disputa por la soberanía de unos islotes, esta vez entre Corea del Sur y Japón, referida a las llamadas rocas de Liancourt, ubicadas en el mar del Japón, que además de su pequeña relevancia estratégica serían ricas en yacimientos de gas natural. El riesgo, en ambos casos, es que un roce accidental derive en una escalada militar de alcance incalculable.

El tercer conflicto, que es el más inmediato y peligroso, proviene de Corea del Norte, donde la dictadura hereditaria y socialista de la familia Kim está provocando una sucesión cada vez más intensa de incidentes internacionales, para tratar de ocultar, con fines de política interna, el evidente fracaso de un régimen causante de unas hambrunas de espanto, en que han muerto cientos de miles de personas y tres generaciones de personas han sido condenadas a la subalimentación, la opresión y el miedo. El actual ‘Gran Líder y Brillante Camarada’, Kim Jong-un, resultó incluso más sanguinario y osado que su padre y su abuelo, por lo que es sensato temer que, en algún momento de ofuscación especial, pueda cumplir sus amenazas de desencadenar una guerra con armas atómicas.

Hay, por cierto, otros países con conflictos internos duraderos y dolorosos, en los que no se vislumbran soluciones rápidas, pero tampoco derivaciones dramáticas. Somalia, por ejemplo, donde los piratas que controlan el acceso al golfo de Adén y gran parte de la costa oriental africana han llegado a ser la mayor fuente de ingresos de su país sumido en la violencia tribal. O Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo (¡trescientos mil millones de barriles…!) y, sin embargo, sumido en la escasez, la inflación, la violencia callejera y el radicalismo político, por la aplicación de un modelo, el ‘socialismo del siglo XXI’, cuya inviabilidad a mediano plazo está quedando demostrada. O México, donde los carteles del narcotráfico han acumulado riquezas, arsenales e influencias políticas tan grandes que han desbordado al estado, al gobierno y a todas sus instituciones, incluidos el ejército y la policía. Globalmente, entonces, el planeta está en paz un siglo después del estallido de la Primera Guerra Mundial, pero los focos de conflictos, tensión y peligro aparecen por todas partes. La caja de los truenos está abierta.

A Rusia, ¿le importa Ucrania?

Unos pocos gobernantes rusos (Pedro el Grande, Catalina la Grande, Alejandro I, Lenin, Stalin…) tuvieron una visión estratégica de largo plazo, que los llevó a pensar en la expansión de su imperio no simplemente con afanes de ampliación territorial, sino de reforzamiento del poder y la influencia nacionales. Para lograrlo, recurrieron a reubicaciones poblacionales, difusión de la lengua y la cultura, consolidación de la identidad y, por supuesto, creación de ‘cinturones de seguridad’ que mantuvieran alejados a todos los potenciales enemigos. Algunos de ellos fueron muy crueles, como Pedro y Lenin, o incluso genocidas despiadados, como Stalin, pero todos ellos supieron con claridad lo que querían. Vladímir Putin parece estar recorriendo el mismo sendero.

Es que, terminada la Guerra Fría con la derrota y disolución de la Unión Soviética y el colapso del sistema socialista, Rusia —ya sin las otras catorce repúblicas que anexionó a su imperio y que, en cuanto pudieron, recuperaron su independencia— se convirtió en un protagonista irrelevante, de tercera fila, de la política internacional. Nadie la tomaba en cuenta, a pesar de que seguía siendo una potencia militar, con tecnología muy anticuada pero todavía con arsenales atómicos. Su economía era tercermundista, su corrupción alcanzó alturas histéricas y políticamente era un país caótico, violento y sin rumbo.

Cuando Putin llegó al poder, el 31 de diciembre de 1999 como heredero designado del presidente Boris Yeltsin, empezó un proceso para cambiar el caos previo por un autoritarismo duro y creciente, que hizo retroceder Rusia a los tiempos del zarismo y de los bolcheviques. Las libertades individuales y las garantías ciudadanas, que empezaban a florecer una década después del final del socialismo, fueron aplastadas con rudeza y sin piedad. Pero, como había hecho Hitler desde 1933, Putin hizo de la recuperación del orgullo nacional su bandera de lucha contra todos sus adversarios.

En su empeño por rearmar el imperio ruso y devolverlo al primer plano de la escena mundial, Putin jugó la ‘carta ucraniana’ con destreza y audacia: sedujo al presidente Víktor Yanukóvich con ofertas urgentes y, así, logró que rompiera su compromiso con la Unión Europea y se adscribiera a la unión aduanera que aspira ser el núcleo de la alianza política y económica con que Rusia aspira a hacerles el contrapeso a las potencias occidentales. Lo que ocurrió después es muy reciente: Yanukóvich fue depuesto por legiones de ciudadanos indignados, Ucrania recompuso su compromiso con la Unión Europea y la península de Crimea decidió pedir la anexión a Rusia.

A pesar de la caída y fuga de su aliado ucraniano, Putin resultó más fuerte que nunca y con un protagonismo internacional inaudito: todas las capitales occidentales, de Washington a Berlín y de Londres a París, miran a Moscú con inmensa atención, para ver qué hace el líder ruso, nuevo dueño de la iniciativa política mundial. Putin, enigmático, habla lo menos posible. Pero mueve sus fichas. Lo que sabe, aunque no lo diga, es que Ucrania es vital en la estrategia rusa de los ‘cinturones de seguridad’. Al fin y al cabo, fue a través de Ucrania que Napoleón invadió Rusia en 1812. Y fue a través de Ucrania que Hitler invadió Rusia en 1941…


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