Manuel Chiriboga: entre el sueño revolucionario y la realidad

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Por:  Francisco Febres Cordero

*Este tema se publicó en la edición 325 en junio de 2009.

Manuel Chiriboga Vega tiene la apariencia de un hombretón en plenitud de facultades. Al verlo, uno no imagina que él sigue dando una pelea tan larga como valiente al cáncer. Conserva, además, su proverbial buen talante, su agudo sentido del humor, una risa fresca, ingenua, como de niño, y una lúcida manera de enfocar los problemas. A la sala de su departamento donde nos recibe, la empleada trae un charol con una jarra de café y otra de té, que deposita sobre la mesa central. Cuando la charla está bien avanzada, Manuel recuerda que nos había ofrecido algo de beber y, recién entonces, cae en cuenta que las pócimas que reposan ahí, enfriándose. Entonces suspende la entrevista, se burla de su descuido, y sirve.

—¿De dónde nace, Manuel, tu vocación por lo social?

—Creo que la influencia nace de mi abuelo, Angel Isaac Chiriboga, quien fue el primero que me acercó a los libros, que me enseñó historia y me habló sobre ciertos personajes como Bolívar.

—¿Tenías una muy buena relación con él?

—Sí, aunque yo era muy niño. Él murió cuando yo tenía diez años, pero siempre estaba rebuscando sus cosas, conversando con él.

—¿En su casa?

—Su casa quedaba en la 6 de Diciembre y Orellana. Ya mis abuelos se habían separado; mi abuela vivía en la casa grande, que quedaba en la parte de adelante, y mi abuelo en la casa chiquita, situada atrás. Los dos eran Chiriboga. La abuela venía de los Chiriboga más encumbrados y el Chiriboga de mi abuelo tiene un origen mucho más modesto. Eran dos Chiriboga distintos: el abuelo era quiteño y la abuela de Riobamba.

—¿Qué ideas tenía tu abuelo?

—Él se codeaba con la política regional de esa época. Estuvo en la reforma agraria boliviana de Paz Estensoro, en el año 52, y allí pronunció un discurso. Lo más gracioso fue que en el año 82 u 83 yo estuve en el lugar en que se proclamó la reforma agraria boliviana y los viejos campesinos todavía recordaban a mi abuelo, el embajador Chiriboga que había dado el discurso.

—¿Tú eras el nieto preferido?

—Sí. Tanto es así que el abuelo, con el consenso de mis tíos, me dejó en herencia su biblioteca. La abuela era más conservadora pero siempre andaba en medio de las letras, muy leída, muy culta, le encantaba la poesía. Era un ambiente muy especial el que se vivía en su casa y eso tuvo una influencia muy grande en mí.

—¿Tu padre siguió los pasos de tu abuelo?

—Mi padre no era un intelectual. Él trataba de hacer negocios. Hizo de todo, porque no era hombre de fortuna. Vivió también de los puestos políticos que le daba Velasco Ibarra. Cada vez que Velasco subía al poder, salíamos disparados a algún cargo diplomático en el extranjero. Estuvimos en San Francisco, cuando yo tenía cinco años; luego en Holanda, a los 11; a los 14, en Los Ángeles. Pero esos cargos duraban lo que el Gobierno: poquísimo. Cada vez que Velasco caía, regresábamos. Pero eso resultó muy importante para mí, porque aprendí otro idioma, tuve amigos de otras partes, conocí el mundo.

—¿Cómo estaba integrada tu familia?

—Éramos siete hermanos, tres hombres y cuatro mujeres. Mi mamá, Eulalia Vega, es cuencana, de familia numerosa: somos 64 primos hermanos. ¡Todo un pueblo!

—¿Y el colegio?

—Entré a primer grado el año que se fundó el Spellman. Ahí estudié los doce años, con los paréntesis de mis estadías en el exterior. El quinto y el sexto cursos resultaron para mí determinantes porque tuvimos relación con los barrios populares, trabajamos con la gente pobre, con los enfermos del leprocomio, nos sensibilizamos y tuvimos muchas conversaciones sobre temas sociales. Durante los retiros espirituales a los que nos llevaban, se armaban grandes discusiones entre bandos opuestos. En esa época tenía una enorme admiración por la Revolución Cubana y por figuras como la del Che Guevara.

—¿Cuándo te graduaste?

—En 1969. Cuando estaba en sexto curso me acuerdo haber participado en las primeras manifestaciones políticas, curiosamente contra Velasco Ibarra.

—¿Pero tu familia no era velasquista?

—Sí, totalmente.

—¿También tu abuelo?

—No, mi abuelo era liberal. Él fue uno de los oficiales a quien Alfaro envió a formarse en Francia, en la academia de Saint Cyr. Era un historiador, un escritor, que se retiró de la actividad militar en el año 34, a raíz de la guerra de los cuatro días. Fue también ministro de Relaciones Exteriores. Era como el intelectual de los militares, dirigía la revista El Libertador, que publicaba el Ejército, era miembro de la Academia Nacional de Historia, de las distintas academias bolivarianas de América, un personaje de ideas liberales muy fuertes, pero al mismo tiempo alguien que nunca vinculó la carrera militar con la política, no aprovechó su prestigio militar con fines políticos y quizás por eso hasta se burlaban de él. Era muy institucionalista. En los años cincuenta, ocupó cargos diplomáticos muy importantes, estuvo en la Argentina de Perón, en Bolivia, en Chile. Y antes fue jefe de la legación ecuatoriana en Francia.

—Volvamos a Velasco.

—Su figura gravitaba en mi casa. Lo chistoso era que yo, cuando apenas comenzaba a hablar, le llamaba tío ashete, que quería decir tío presidente. Sin embargo, el personaje central era Inés Ibarra, prima del doctor Velasco y casada con un hermano de mi abuelo, que jugaba un rol de matrona en la relación de mis papás con Velasco. En su hacienda El Cortijo, siempre pasábamos las vacaciones. De hecho cuando mi papá pudo se compró una quintita que limitaba con El Cortijo. Cuando venía Velasco a mi casa siempre nos dejaba que rebuscáramos su maleta, donde traía escondidos caramelos y nos permitía que los cogiéramos. Sin embargo, mis primeras acciones políticas en el colegio fueron contra Velasco.

—Y a propósito del colegio, ¿qué tal alumno eras?

—No el más aplicado de la clase, pero estaba entre los primeros.

—¿Deportista?

—Basquetbolista y, sobre todo, voleibolista. Y, además, andinista.

—¿Qué pasó cuando te graduaste?

—Velasco había cerrado la Universidad Central y, al mismo tiempo, Jaime Acosta Espinosa, nuestro profesor en el Spellman, nos había hablado de la universidad de Lovaina, donde él había estudiado. Explorando, opté por ir allá junto con mi compañero y amigote Mariano Bustamante. Fueron también a Lovaina Santiago y Juan Sebastián Kingman, Diego Falconí, Lautaro Ojeda, Pepe Laso. Éramos treinta y tantos ecuatorianos. Conseguí una buena beca, que ascendía a 120 dólares mensuales.

—¿Llegaste a estudiar qué?

—Inicialmente Ingeniería agronómica, que era la carrera que quería mi padre que siguiera. Intenté durante el primer año convertirme en agrónomo, pero definitivamente no sentía atracción ni por la tierra ni por las plantas y, por eso, entré a Sociología.

—¿Qué recuerdos tienes de tu paso por Lovaina?

—Fue una época fascinante. Era la Lovaina inmediatamente posterior a Mayo del 68, con una izquierda en ebullición. Allí, casi recién llegado, hice mi primera (y única) huelga de hambre, que duró once días, para protestar por la política del Gobierno de Bélgica que intentaba expulsar a los trabajadores extranjeros (españoles, turcos, árabes, portugueses) que, a su juicio, quitaban mano de obra a los belgas durante una de las crisis económicas. Hubo un gran movimiento de estudiantes, hasta que finalmente conseguimos que el Gobierno diera pie atrás. Ése era el ambiente: mucho activismo político, mucha discusión. Y, al mismo tiempo, una formación muy exigente, nos sacábamos el aire estudiando.

—¿E hiciste buenas amistades también?

—Armé una red enorme de amigos latinoamericanos con quienes, de alguna manera, mantengo contacto hasta ahora. Eso me obligó a preocuparme por todo lo que pasaba en el continente y a pensarme latinoamericano. Durante la época de la represión y el militarismo, armamos ahí comités de recepción para los refugiados, por ejemplo, y también nos manifestamos contra de la guerra de Vietnam. Era un ambiente de efervescencia política.

—¿En Lovaina también te graduaste en el amor?

—Encontré a Amarilis, una chica dominicana que llegó un poco después que yo, en 1970. Por esas coincidencias de la vida, hizo amistad con algunas ecuatorianas y así la conocí. Después de un año comenzamos a salir, nos enamoramos y nos casamos en 1974, jovencitos los dos: 23 años.

—¿Cuántos hijos?

—Dos gemelas que nacieron en Bélgica y un hombre, Ángel Isaac, que nació aquí.

—¿Qué estudiaba Amarilis?

—Pedagogía.

—¿Terminaste la carrera en Bélgica?

—Me quedé seis años y no solamente me gradué de sociólogo, sino que también hice un posgrado en Desarrollo económico. No sé cómo hice todo, con dos gemelas en mi casa y una intensa actividad política afuera. En medio de tanta bulla estudiaba como loco y terminé graduándome “con distinción”.

—¿Cuándo regresaste?

—En septiembre de 1975. Pasamos primero por Dominicana, donde nos quedamos un mes para conocer al resto de la familia de Amarilis; a su madre ya la conocía, ya que ella fue a nuestro matrimonio y también al nacimiento de las gemelas.

—¿Qué hiciste cuando aterrizaste en Quito?

—Comencé a buscar trabajo. Lautaro Ojeda, que tenía un puesto en el Ministerio de Trabajo y Bienestar Social, consiguió que me nombraran promotor social en Loja, y allá fui con la familia. ¡Qué cambio! Con decirte que el periódico llegaba el día siguiente y por eso vivíamos con las noticias de ayer. Pero al mismo tiempo fue una inmersión directa en el mundo rural, me pasaba recorriendo los cantones y eso fue bueno para aterrizar en el país. Un año después Lautaro me pidió que le acompañara en una unidad de planificación en el ministerio y, ya en Quito, me conecté con gente interesante como Francisco Rohn, Fernando Velasco, Diego Cornejo, y con ellos soñábamos en la revolución y hacíamos mucho trabajo sindical. Armamos un par de instituciones para apoyar el trabajo que efectuábamos, el CAAP y el Ciese.

—¿Cómo se financiaban?

—Conseguíamos donaciones de la cooperación internacional, norteamericana, canadiense, europea. Yo hacía investigaciones en el Ciese y también activismo, trabajo de campo, daba charlas en casi todo el país. Íbamos mucho a Zhumiral, un pueblito que está localizado en el límite entre Azuay, El Oro y Guayas, en las afueras de la famosa hacienda Tenguel. Ahí teníamos un grupo de organizaciones con las que trabajábamos, lo mismo que en Vinces, Baba y Cotacachi. Durante todo ese período, me dediqué también a estudiar la época cacaotera, de donde salió el libro Jornaleros y gran propietarios en 135 años de exportación cacaotera.

—¿Tu vocación por la escritura fue temprana?

—Sí. En 1978 ya comencé a publicar regularmente en revistas de Latinoamérica y el Ecuador. Aquí sacábamos una revista que se llamaba Boletín Agrario.

—¿Tu escritura siempre estuvo relacionada con temas sociales?

—Sí, con temas de investigación. He publicado algo así como diez libros y no sé cuántos artículos en revistas. También en esa época comencé a ser parte de redes andinas y latinoamericanas de ciencias sociales, aunque tuve un paréntesis provocado por la línea activista: haber trabajado con Jaime Roldós.

—¿Cómo se dio eso?

—A través de amigos comunes: Cornelio Marchán, Horacio Sevilla y César Verduga, que eran asesores de Roldós. Luis Verdesoto y yo fuimos invitados por ellos para formar parte de una comisión que organizaba Roldós, a fin de introducir las reformas que él había prometido. Como nosotros queríamos hacer la revolución, dudamos, pero finalmente aceptamos. Luego pasé a la Secretaría de Desarrollo Rural, hasta que murió Roldós y regresé a lo académico. Los años 80 fueron los de mi mayor producción académica tanto en la CAAP como en la Flacso. Ahí publiqué mucho y viajé asiduamente a los países andinos, porque fui elegido coordinador de la Comisión de Estudios Rurales del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, que agrupaba a todos los agraristas de América Latina. Ahí hicimos también un curso para estudiantes africanos y latinoamericanos y fui coordinador de ese programa.

—¿Tu militancia de izquierda no te llevó a afiliarte a algún partido político?

—Con el Conejo Velasco soñábamos en armar un partido político que era el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, pero yo no era un activista a tiempo completo. Estaba interesado en la política, pero sentía también el llamado de la investigación, de lo académico.

—Que, a la final, terminó ganando…

—Claro. En los noventa, me invitaron a dirigir uno de los cinco programas en el Instituto de Cooperación para la Agricultura, donde estuve cuatro años. Ahí también escribí mucho, a pesar de que era un organismo de cooperación. Y desde el 94 hasta 2002 dirigí una red de ONG de América Latina, con sede en Costa Rica. Eso me alejó un poco de los temas rurales, pero me introdujo en otros, como el comercio, en los inicios de la globalización, de participación de la sociedad civil. Claro que eso tuvo un alto costo personal y familiar, porque yo me pasaba viajando.

—¿Y luego fuiste subsecretario?

—Sí, con el Lucho Macas de ministro, en el Gobierno de Lucio, mientras duró la alianza con Pachakutik. Fue un nuevo aterrizaje en el país, porque, de una u otra manera, había estado ausente 12 años.

—¿Cómo fue esa experiencia en el ministerio?

—Muy interesante. Discutir para ver cuál era un proyecto alternativo para la agricultura, negociar con diversos sectores empresariales, bananeros, industriales, que hasta ese momento eran muy extraños para nosotros. Eso terminó el 7 de agosto de 2003 y en septiembre entré a una ONG con sede en Chile, dedicada a la investigación agraria y rural.

—¿Fue Alarcón el que te nombró ministro pero no te posesionó?

—Él fue. Una cosa muy rara. Yo aterricé en Quito en uno de mis viajes y, cuando se produjo la caída de Bucaram, la Conaie sugirió mi nombre para ministro de Agricultura. Eso duró hasta que Febres Cordero y Laniado vetaron mi nombre, cuando ya me iba a posesionar, lo cual fue muy incómodo. En el trayecto de mi casa al Palacio, ya me había caído. A la larga, me alegré muchísimo, fue una bendición no haber entrado a ese Gobierno. Al día siguiente fui a Etiopía para participar en una reunión internacional y cuando regresé al Ecuador, quince días más tarde, Alberto Acosta y algunos amigos más me habían organizado una recepción con mariachis en el aeropuerto. ¡Imagínate!

—¿Después te metes en el TLC?

—En determinado momento parece que la negociación sobre los temas de agricultura no iba bien y el equipo negociador, los empresarios, los ministros, hicieron presión para que yo encabezara la negociación en la parte agrícola. Ésa fue una de las decisiones más difíciles de mi vida.

—¿Por qué?

—Porque yo, en general, había sido crítico a ese proceso, a ese tipo de negociaciones comerciales, a lo que eso implicaba, pero, al mismo tiempo, tenía la impresión de que había la decisión de llevar adelante esa negociación y me daba pavor de lo que podía pasar si eso se dejaba así nomás. Fueron unas noches de desvelo, hasta que decidí aceptar, luego de consultar con mi familia y algunos amigos.

—¿Te arrepientes de haber aceptado?

—… me arrepiento en el sentido de que creo que no medí suficientemente la fortaleza del país y del Gobierno para hacer una negociación de ese tipo. Creo que sobreestimé la voluntad, la capacidad y la fortaleza para concretar eso, en un esfuerzo que finalmente fue inútil. Ahora, en términos de la negociación, de lo que aprendí sobre el país, de lo que logramos, fue una experiencia riquísima. Ahí aprendí a conocer el país real, con sus limitaciones y sus fortalezas, de la pugna por los intereses particulares, de la dificultad porque se impusieran los intereses generales. Ése fue el período más duro de mi vida, sin duda alguna. Eran días de 18 horas. Una negociación con los gringos, que no son precisamente unas peras en dulce. Negociación también con los andinos, para concertar posiciones. Negociar con el Gobierno, para asegurar que estuviera convencido: ahí comencé a darme cuenta de que esa fortaleza fallaba. No había convicción y había grupos dentro del Gobierno que no estaban de acuerdo con el tratado, había dudas. También negociación con quienes participaban en las diversas mesas, en los cuartos de al lado y con la sociedad en general. Ahí aprendí a relacionarme con los medios, tratar de comunicar lo que iba a hacer.

—En todo caso tú, personalmente, saliste fortalecido.

—Difícil que uno mismo se juzgue. Hubo, sí, un buen reconocimiento de muchos sectores sobre lo que se hizo. Hubo reconocimiento de los sectores cercanos a mí, de las ONG, de los académicos, pero enfriamiento sobre todo con los movimientos sociales.

—¿Fue en esa etapa en que hizo su aparición el cáncer?

—Claro. Me acuerdo que el 6 de junio de 2006 dejé el ministerio; el 29 me fui a Guayaquil a dar una charla en la Espol y, a mi regreso, sentí un dolor muy persistente en la espalda. Fui al médico y me mandó a hacer una tomografía. Allí apareció un tumor en el pulmón, que resultó ser una metástasis de un tumor en el colon. Así comenzó todo. Tres operaciones, doce ciclos de quimioterapia.

—¡Qué duro!

—Es duro cuando te avisan que tienes cáncer, es como si te dieran una fecha de expiración. Te asusta. Pero resolví que, si bien tenía cáncer, mi vida no era solo el cáncer. Cuando estaba en el hospital recibí la propuesta de escribir una columna en El Universo y eso hizo que me aferrara a ese proceso de escritura con una fuerza tremenda. Poco a poco recobré mi vida, esa que está fuera del cáncer.

—¿Haces una vida normal?

—He sufrido recaídas. Pero en febrero de 2008 pude subir al Pichincha, lo cual me puso feliz. Pero en mayo me hicieron otra endoscopia y encontraron que el tumor se había reproducido en otra parte del colon y de ahí he tenido cuatro operaciones más.

—Lo maravilloso es tu estado de ánimo, algo realmente ejemplar.

Lo que trato es de no hacerle caso a la enfermedad. Cuando me toca, soy muy disciplinado en hacer los tratamientos y esas cosas. Leo, me informo por mí mismo sobre el cáncer y, por ejemplo, he variado mi alimentación en función de lo que he leído.

—¿Cómo te sientes ahora?

—Desde hace cuatro o cinco semanas ando muy bien. Me he ido a Guatemala, a Chile, y aquí hago mis cosas normales. Claro que quien me ayuda a mantener la disciplina es Amarilis, porque a veces tiendo a permitirme más libertades de las que debería. Ya las carnes rojas no me tientan, pero en cambio, los chocolates…

—¿Cuál es tu actitud frente a la muerte?

—La impresión que tengo es que la muerte es una transición normal, que no debe ser traumática, no debe asustarme. No es que no piense en la muerte, pero creo que uno tiene que seguir viviendo, porque uno no sabe cuándo es la fecha de expiración, tengas o no una enfermedad.

—¿Eres creyente?

Sí, aunque no practicante. Tengo muchas dudas sobre la iglesia como institución, pero soy creyente.

—¿Cuáles son tus pasatiempos?

—Creo que soy un trabajador compulsivo. Mi pelea en este período ha sido tratar de bajar el ritmo de trabajo. Era un gran lector y he retomado esa costumbre. Fuera de las horas de trabajo, solamente leo literatura y, con preferencia, novelas policíacas. Soy ordenado y cuando me acerco a un autor leo sistemáticamente sus obras. He perdido un poco el gusto por el cine. Soy casero, me gusta la vida en familia. Hago ejercicio: camino. También me gusta cocinar, soy un buen cocinero.

—¿Qué significan para ti los homenajes que has recibido?

—El premio Pío Jaramillo Alvarado me llenó, eso no lo puedo desconocer. Me sentí doblemente agradado por el reconocimiento de lo que había producido, de lo que había hecho académicamente, y por el cariño, por la amistad que me demostró muchísima gente. Eso fue maravilloso y, además, importante para sentirme bien, lo cual es bueno.


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