El mapa cambiará profundamente…

 Los kurdos se aprestan a crear su propio país, Kurdistán, gracias a la inminente disolución y desaparición de Irak.

 Por Jorge Ortiz

            El martes 10 de junio de 2014, cuando miles de soldados iraquíes arrojaron sus armas a la vera de los caminos sin haber disparado ni un solo tiro y se desbandaron pálidos y al apuro ante el avance trepidante de los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, no sólo se estaban rindiendo los cuerpos de élite de un ejército inmenso y bien armado, en cuyo entrenamiento los Estados Unidos gastaron 25.000 millones de dólares, sino que todo un país, Irak, estaba admitiendo que su disolución es inminente y que, si todo sigue por donde va, desaparecerá pronto como unidad política y su territorio será dividido en tres partes. Tal vez en cuatro.

            La desbandada del ejército fue tan tosca y desprolija que dos días más tarde, el jueves 12, las fuerzas de seguridad kurdas, los ‘peshmergas’, tuvieron que intervenir por iniciativa propia para resguardar la ciudad de Kirkuk y su área de influencia, donde está la segunda mayor reserva de petróleo de Irak, de unos diez mil millones de barriles (cuarenta mil millones, según las autoridades kurdas). Para entonces, tanto el norte como el oeste iraquíes estaban ya en manos de los milicianos, que partiendo de Siria habían avanzado hacia el este, hasta tomar Mosul, la segunda ciudad del país, y Tikrit, la capital de la emblemática provincia de Saladino, mientras en Bagdad el gobierno iraquí se limitaba, como toda reacción, a pedir que la aviación estadounidense interviniera para detener el avance de los rebeldes. Obama, por supuesto, dijo que no.

            La intervención de los peshmergas (unos cincuenta mil soldados resueltos, bien entrenados y con experiencia en combate, que responden al gobierno regional kurdo, cuya sede es la ciudad de Erbil) no fue, por cierto, un gesto de buena voluntad hacia el gobierno de Bagdad. Todo lo contrario. Al constatar que el ejército iraquí huía despavorido, los kurdos vieron que, de pronto, se les presentaba la oportunidad perfecta, tal vez única, para hacer lo que siempre habían anhelado pero que parecía imposible: asumir el control exclusivo de un territorio y, en él, proclamar un país independiente, el Kurdistán, su primer estado propio en los tres mil años de historia del pueblo kurdo. Nada menos.

Nómadas y sin patria

            Hace tres mil años, en efecto, en ese ir y venir de pueblos por la Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, los guerreros medas, ancestros de los kurdos, ocuparon algunos de los más importantes cruces de caminos y, después de haber consolidado su dominio, en el año 612 antes de Cristo fundaron un imperio que, sin embargo, fue efímero: sobrevivió tan sólo 62 años. Desplazados por los persas y ocupados después, sucesivamente, por macedonios, romanos, armenios, bizantinos, árabes y turcos, los kurdos se dispersaron por el Asia Menor y el Oriente Medio, en una vida de nómadas, repartidos en clanes y bajo el liderazgo de sus propios señores feudales, dedicados siempre a negociar con la respectiva potencia dominante la preservación de algún nivel de autonomía que les permitiera conservar sus hábitos y su cultura. Lo lograron, por lo general, pero jamás crearon su país propio.

            Tal como ocurrió con los otros dos grandes pueblos que siguen sin tener su estado, que son los palestinos y los gitanos, en la inexistencia del país de los kurdos influyó decisivamente su origen en regiones disputadas y estratégicas, escenarios de las mayores guerras de la Antigüedad. Y en los tres casos también incidió su condición de pueblos errantes, sin apegos entrañables por la tierra y, por lo tanto, sin raíces profundas en ninguna parte. Cuando los kurdos quisieron reaccionar, sojuzgados y hasta lanzados a éxodos atroces, ya fue siempre demasiado tarde.

            Incluso su expansión, que aunque fue luminosa fue también efímera, no ocurrió a título propio: cuando las legiones kurdas, antecesoras de los peshmergas actuales, se desplegaron lo hicieron en el nombre de la religión musulmana y del califato abasí, que más que al pueblo kurdo representaba a Egipto y Siria. Más aún, la cumbre de su poder militar fue la victoria sobre las legiones del Sacro Imperio Romano Germánico, durante la Tercera Cruzada, lanzada en 1188 por el papa Gregorio VIII para tratar de recuperar para la cristiandad la Tierra Santa, que un año antes, en 1187, había caído en manos del más grande de los príncipes kurdos, Salah ad-Din Yusuf, Saladino.

            Pero Saladino, el vencedor de todos los reyes francos, desde Federico Barbarroja hasta Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto de Francia, murió pronto, en 1193. Nueve años más tarde, en 1202, con el mundo musulmán enfrascado en sus disputas interminables entre sunnitas y chiitas y ya sin un liderazgo inspirador, las huestes kurdas se fragmentaron y dispersaron, incluidas la caballería ligera y los arqueros sarracenos, superadas por las legiones de la Cuarta Cruzada. Los kurdos nunca más volvieron a tener un líder como Saladino ni los cruzados un adversario como él, implacable en la batalla, magnánimo en la victoria y magnífico en el ejercicio del poder.

            Tres siglos después, con el surgimiento del Imperio Otomano, el territorio kurdo fue repartido entre turcos y persas. Un siglo más tarde, en 1639, toda la región fue asimilada al Imperio, donde permaneció hasta el final de la Primera Guerra Mundial, ya en pleno siglo XX, cuando las potencias vencedoras se dedicaron a trazar nuevas fronteras e incluso a crear nuevos países. Y, así, en 1923, el Kurdistán quedó repartido entre Turquía (heredera del Imperio Otomano), Persia (que desde 1935 se llamó Irán), Siria, Irak y la Unión Soviética. Cuando en 1990 el mundo socialista se desplomó, por su fracaso económico, político y social, la porción soviética quedó en manos de Armenia, una de las quince repúblicas en que se fragmentó la agobiada y fallida URSS.

“Nuestro propio país…”

            Nómadas, viviendo en las montañas y disfrutando —casi siempre— de cierta autonomía, los kurdos nunca se organizaron para, juntos, tener el vigor suficiente para crear su propio país. No obstante, a lo largo de los siglos habían preservado los rasgos fundamentales de su cultura y su forma de vida. La imagen de Saladino cabalgando al frente de sus legiones por los campos de Anatolia, rumbo al sur, se volvió el símbolo mayor de la identidad nacional. Pero fue recién al desintegrarse el Imperio Otomano cuando la idea de la patria propia se volvió una necesidad urgente. Y es que, casi de un día para otro, los treinta millones de kurdos quedaron separados por fronteras infranqueables: 45 por ciento en Turquía, 25 en Irán, 20 en Irak, 5 en Siria y 5 en Armenia. Pero para entonces la idea del país propio, el Kurdistán independiente gobernado por las leyes del islam, se había vuelto irrealizable.

            Desde ese día, los levantamientos kurdos (en demanda de independencia, algunos, y reclamando autonomía, la mayoría) casi siempre terminaron en masacres. Eso fue lo que ocurrió en Anfal, Irak, en 1988, donde miles de kurdos —nunca se supo con precisión cuántos— fueron asesinados con armas tóxicas por orden directa de Saddam Hussein. Irán, a su vez, les declaró la guerra santa a los kurdos sunnitas tras la revolución de 1979 de los ayatolás chiitas. Y en Turquía, donde a los kurdos ni siquiera se les reconoce una identidad nacional y se los considera nada más que ‘turcos de las montañas’, medio siglo de sublevaciones recurrentes han causado cerca de cuarenta mil muertos. Con ese panorama, las posibilidades de crear el país de los kurdos, propio e independiente, eran mínimas, casi nulas.

            Casi nulas, sí, hasta el martes 10 de junio de 2014, cuando miles de soldados iraquíes arrojaron sus armas a la vera de los caminos sin haber disparado ni un solo tiro, en una huida vergonzosa ante el avance de los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante, que estaban capturando pueblo tras pueblo, en una ofensiva fragorosa y sangrienta en la que dejaron un relato abismal de incendios y decapitaciones. Con el camino abierto por la desbandada del ejército, los milicianos consolidaron sus posiciones (que abarcan, incluso, áreas del noreste sirio) y, en un gesto muy elocuente sobre la confianza en su poderío, el 29 de junio anunciaron la fundación de su propio califato, “cuya capital será Bagdad…” (Recuadro).

            Los kurdos comprendieron de inmediato que, como país, Irak había entrado en un proceso vertiginoso de disolución, acaso de corto plazo y en apariencia irreversible, a pesar de las exhortaciones estadounidenses (tibias y tardías, como todo en la política internacional del presidente Barack Obama) para que sea preservada la unidad iraquí mediante un gobierno de amplio espectro político y religioso y, en especial, de una reforma constitucional que convierta a Irak en un estado federal. Ese llamado a la federalización fue la admisión final de que el experimento del estado unitario, emprendido con la invasión americana de 2003, fue un fracaso rotundo y ya, ahora, insostenible.

El desplome incontenible

            La reacción del primer ministro iraquí, el chiita (y muy sectario) Nuri al-Maliki, fue una negativa tajante a cualquier reforma de su gobierno o de la constitución. Por ahora, entonces, se quedará en el poder, sustentado por Irán, la mayor potencia del islam chiita, y de Rusia, que expande cada día su protagonismo mundial aprovechando la inmovilidad de los Estados Unidos. Pero en el mediano y el largo plazos su estabilidad —y la consiguiente unidad de Irak— es bastante más dudosa. Y es que su ejército no sólo que fue incapaz de defender las regiones kurdas, que tuvieron que ser protegidas por los peshmergas, sino que, ante el avance de las milicias sunnitas radicales, los chiitas debieron movilizar a sus propias milicias informales para resguardar las ciudades santas de Kerbala y, sobre todo, Nayaf, donde, según la tradición, está enterrado Alí, el primo y yerno del profeta Mahoma, cuya proclamación como califa, en el año 656, confirmó la ruptura entre las dos ramas del islam.

            Esa ruptura jamás se subsanó, causó una sucesión de guerras y contiendas a lo largo de trece siglos y ahora, precisamente, está en uno de sus momentos de mayor crispación, tanto por la radicalización creciente del mundo musulmán, expresada en la militancia armada de decenas de grupos intransigentes, como por la presencia de dos países que, gracias a los altísimos precios del petróleo, están en plena etapa de expansión y poder: el Irán chiita y la Arabia Saudita sunnita. En el Irak actual los árabes chiitas son la mayoría, con 55 por ciento de sus 31,5 millones de habitantes, frente a 27 por ciento de árabes sunnitas y 18 por ciento de kurdos, que también son sunnitas. Su convivencia ha sido, hasta ahora, difícil pero posible. Pero todo cambió con la ofensiva del Estado Islámico y la proclamación del califato.

            Todo cambió, sin duda, porque al constatar la debilidad del estado iraquí, los kurdos se movieron con habilidad y rapidez: blindaron su territorio con el despliegue de los peshmergas, reforzaron su control sobre los campos petroleros de la región de Kirkuk y anunciaron la próxima realización de un referéndum para que los casi seis millones de kurdos iraquíes decidan si quieren un estado independiente. Ya en 2005, en un ‘plebiscito informal’, 98,8 por ciento de los votantes se decantaron a favor de la independencia. ¿Será posible, mediante la negociación o las armas, hacer que los kurdos vuelvan atrás y acepten reintegrarse en un Irak decadente?

            Posible, tal vez, pero muy poco probable. Y es que, un mes después de la desbandada del ejército iraquí, el presidente del gobierno regional kurdo, Masud Barzani, ya puso sus cartas sobre la mesa: “a partir de ahora no vamos a ocultar que el objetivo del Kurdistán es la independencia”, dijo en una entrevista con la BBC, un anuncio que pocas horas más tarde justificó ante las cámaras de la CNN destacando que “estamos frente a una nueva realidad, la de un Irak que está desintegrándose, con un gobierno central que ha perdido el control y con un ejército y una policía que se derrumban”. En esos días, segunda semana de julio, Al-Maliki emprendió un contraataque, con aviones rusos, contra los milicianos del Estado Islámico. Pero contra los peshmergas no se metió.

            La posición kurda, muy sólida en lo interno por la decadencia iraquí, fue fortalecida cuando su frente externo recibió noticias alentadoras e inesperadas: Turquía, un país siempre refractario a toda negociación paritaria con los kurdos iraquíes por temor al ‘efecto contagio’ entre su propia población kurda, de más de trece millones de personas, se convirtió de pronto en el más entusiasta comprador del petróleo de Kirkuk, a la vez que el gobierno de Israel declaraba —en palabras del primer ministro Benjamín Netanyahu— que “los kurdos se merecen su propio estado, porque son una nación de luchadores”. A Arabia Saudita, la mayor potencia sunnita, es posible que no le disguste la fragmentación de Irak, un país de mayoría chiita. Y si bien los Estados Unidos respaldan la unidad iraquí y la federalización, a la hora de las decisiones finales es casi seguro que recordarán que el gobierno kurdo ha sido uno de sus aliados más seguros en una región en que el antiamericanismo crece sin freno.

            A la cada día más probable secesión kurda podrían sumarse, para la disolución de Irak, la consolidación del califato proclamado el 29 de junio en la parte norte del territorio iraquí y, acaso, la supervivencia del gobierno actual en Bagdad y las zonas de mayoría chiita. Una cuarta unidad política podría surgir en las áreas de mayoría sunnita que, por recelo ante el radicalismo del Estado Islámico, no quieran integrarse en el califato. En fin, todo podría suceder. Pero tal vez lo más probable, de inmediato o a mediano plazo, es la creación del Kurdistán, un país que nacería sin costas, con una infraestructura muy básica y una economía demasiado dependiente del petróleo, pero que sería, y eso es lo fundamental, el primer estado propio en los tres mil años de historia del pueblo kurdo. Toda una hazaña.

 

Recuadro

El califa que mira hacia Bagdad

            Fue una puesta en escena magnífica, cuidada hasta en sus detalles mínimos: vestido de negro estricto, con túnica larga, turbante imponente y una espesa barba canosa, subió al majestuoso púlpito de la Gran Mezquita de Mosul, a la hora de la oración del viernes, y desde allí proclamó el nacimiento, “en cumplimiento de la voluntad de Dios”, de un califato llamado a abarcar algún día todo el mundo musulmán y que por ahora comprenderá los “territorios reconquistados” del noroeste de Irak y del noreste de Siria. Era el 4 de julio de 2014 y el protagonista único de ese atardecer repleto de presagios se hacía llamar, hasta la víspera, Abu Bakr el-Bagdadí.

            No era ese, en realidad, su nombre de origen. Era Ibrahim Awwad Ibrahim Alí al-Badri, pero, enlistado en una sucesión de grupos de combatientes islámicos sunnitas, adquirió el nombre de guerra de Abu Dua. Más adelante, cuando asumió como misión de vida la reimplantación del califato islámico (el último de los cuales fue el otomano, que duró de 1517 a 1924), adoptó como nombre el gentilicio árabe de la ciudad que aspira a que se convierta, muy pronto, en la capital del califato: al-Bagdadí. Y así se le conoció hasta el 3 de julio.

            Nacido en Samarra, aguas arriba de Bagdad por el río Tigris, cursó estudios de teología, se dedicó a la predicación y fue radicalizándose día tras día hasta que sintió que había que pasar de los dichos a los hechos. Su primera militancia armada habría sido en Al Qaeda en Mesopotamia, la rama iraquí de la red creada por Osama bin Laden, que en 2006 decidió llamarse Estado Islámico de Irak, para al final, en 2013, convertirse en el Estado Islámico de Irak y el Levante. Mientras la célula cambiaba sus denominaciones, Al-Bagdadí ascendía en la estructura de la organización, hasta llegar a ser el líder.

            Para entonces, los combatientes de Al-Bagdadí habían adquirido notoriedad por sus atentados terroristas, muy sangrientos, contra lugares emblemáticos de la mayoría chiita de Irak. Pero el renombre internacional lo adquirió a principios de 2013, cuando llevó a Siria a sus milicianos (que, según los analistas más versados, serían hasta diez mil), para unirse en la lucha contra la dictadura perpetua de la familia El Asad. En la guerra civil siria, el proceder de Al-Bagdadí y sus hombres habría sido de una brutalidad tan atroz que la red Al Qaeda les exigió que se retiraran y que limitaran sus operaciones al territorio iraquí, para que fuera su célula siria, Al Nusra, la única que llevara la bandera de Al Qaeda.

            Al-Bagdadí desobedeció, por lo que, en mayo de 2013, el líder de la red, Ayman al-Zawahiri, decidió desposeer al Estado Islámico de Irak y el Levante, ya entonces conocido por sus siglas de EIIL, de la condición de rama territorial de Al Qaeda. La disputa siguió agravándose a medida que los hombres de Al-Bagdadí proseguían su campaña de terror en Siria, hasta que, el 4 de enero de 2014, estalló una larga y cruenta batalla entre el EIIL y tres grupos de combatientes sunnitas: Al Nusra, el Ejército Libre Sirio y el Ejército de los Muyahidines. La guerra estaba perdida y, claro, los rebeldes terminaron peleando entre ellos.

            Desde ese día, reforzado con armas pesadas obtenidas en Siria, Al Bagdadí concentró sus ataques en el noroeste de Irak, en una campaña de enormes crueldad y eficacia, cuyo resultado logró resonancia mundial el martes 10 de junio, cuando miles de soldados del ejército iraquí arrojaron sus armas a la vera de los caminos, aterrorizados ante el avance trepidante de los combatientes del Estado Islámico de Irak y el Levante. Pocos días después, el 29, en Mosul, una de las ciudades conquistadas en ese avance irresistible, Al-Bagdadí proclamó el nacimiento del califato, con él como califa. Y, así, Abu Bakr el-Bagdadí es ahora, desde que dirigió la oración del viernes en el púlpito de la Gran Mezquita, el califa Ibrahim, sucesor del profeta Mahoma y, como tal, merecedor del respeto y la obediencia de los musulmanes del mundo entero.


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