Lewis Carroll: La mejor caída de nuestras vidas

Por Paulina Gordillo

 Un conejo que corre con demasiada prisa hacia el agujero de una madriguera. Una niña que lo ve y que, cómo no, lo sigue. Una caída. Larguísima. Y unos lectores que, excitados como la niña por el disparatado encuentro con un roedor bípedo y parlanchín, deciden ir detrás de ambos, sin saber lo que les espera. Éramos niños. Alguien nos había regalado aquel libro de título sugerente, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, y poco nos importaba lo que pudiera ocurrir al saltar dentro de sus páginas.

A pesar de los años que nos separan de aquella experiencia, muchos aún no nos hemos recuperado de la caída y de vez en cuando nos ausentamos del casillero en el que nos encerramos conforme fuimos creciendo, para despeñarnos por el agujero y probar de nuevo la galleta o el contenido de la botella solo porque llevan un cartel que ordena ‘cómeme’ o ‘bébeme’; e intentar alcanzar inútilmente al Conejo Blanco, tomar el té con el Sombrerero Loco, charlar con el Gato de Cheshire antes de nos abandone dejándonos a solas con su sonrisa, plantarle cara a la Reina de Corazones, y dar la orden de que le corten la cabeza.

“La heroína pasa una hora bajo tierra, donde encuentra a varios pájaros y bestias dotados de lenguaje. Toda la trama es un sueño, pero que yo no deseo revelar hasta el final”. Estas fueron las palabras que el escritor inglés, Charles Dodgson, mejor conocido por el alias de Lewis Carroll, utilizó en una carta fechada el 10 de junio 1864, para describir el argumento de la que sería la obra de su vida.

El manuscrito original, dedicado a su musa, una niña de diez años llamada Alice Liddell, se titulaba Las aventuras subterráneas de Alicia. Desechado este primer título, Las aventuras Alicia en el país de las maravillas vería la luz el 4 de julio de 1865, con ilustraciones de John Tenniel y una tirada de dos mil ejemplares, publicados bajo del sello editorial Macmillan de Londres.

Una historia que dice: “Cuéntame”

Charles Dodgson fue, durante años, profesor de lógica matemática en el Christ Church College de la Universidad de Oxford. Allí mantuvo una estrecha relación con el decano Henry Liddell, de manera que era habitual verlo de paseo con sus hijas pequeñas. Alicia en el país de las maravillas surgió una tarde del verano de 1862, navegando sobre el Támesis en compañía de Lori, Edith y Alice Liddell. Fue en esa barca donde Dodgson descubrió a la heroína que le haría hilar sobre la marcha, una de las fábulas más sobresalientes de la historia de la literatura.

El cuento es un canto al disparate. Pero un disparate con su lógica particular. En él, tanto los personajes como las situaciones a las que se enfrenta la pequeña rompen las fronteras del mundo real, para enmarcarse en límites oníricos regidos por las emociones y las transgresiones: los animales hablan, los cuerpos pierden la forma, los alimentos poseen propiedades extrañas e, incluso, las palabras adquieren nuevos significados.

En la obra de Carroll no existen las pretensiones didácticas, ni las moralejas ni los finales felices de los cuentos tradicionales. Aquí se trata de diversión por diversión, de reírse sin otro fin más que el de la risa. Carroll no solo no tenía problema en mofarse de sus propios defectos —creó al personaje del Dodo en honor a su tartamudez: Do-Do-Dodgson—, sino que también se atrevía a caricaturizar a sus amigos y a satirizar la educación inglesa, las preocupaciones políticas y científicas de la época —empleó más de una metáfora para poner en duda las teorías de Darwin— y a la mismísima Reina Victoria —personificada en la Reina de Corazones—, quien, en contra de lo que podría pensarse, se declaró fiel lectora de sus obras.

Con Alicia, el escritor irrumpe de manera violenta en lo que hasta entonces se había conocido como literatura infantil y se convierte en uno de los íconos del género literario del nonsense o sinsentido. Más adelante, Carroll perfeccionaría este estilo con el poema titulado Jabberwocky, incluido en otro de sus célebres cuentos, Alicia a través del espejo (1871). El poema es un auténtico desafío para los traductores, pues sus versos son una serie de juegos semánticos y léxicos que intercalan palabras inventadas por el autor.

Drogas, matemáticas y sueños

A pesar de la evidencia de que la grandeza de sus obras es fruto de una mente genial, hay quien se ha atrevido a conjeturar que muchas de las ideas de sus cuentos surgieron bajo el efecto de sustancias psicotrópicas. Carroll consumía láudano, un preparado a base de opio, vino blanco y azafrán, que le ayudaba a aliviar las migrañas.

Conjeturas o verdades, lo que sí es cierto es que el padre de Alicia experimentaba con sus sueños. Para ello ideó el nictógrafo, un dispositivo que le permitía transcribir sus pensamientos nocturnos lo más rápidamente posible sin tener que encender la luz. Se trataba de un rectángulo de cartón con dieciséis casillas recortadas en el interior, dentro de las cuales garabateaba unos símbolos similares a los de la taquigrafía.

Su álter ego matemático hizo también de las suyas. En la versión que publicó en 1865, introdujo una serie de acertijos y problemas lógicos que no aparecían en el primer manuscrito. Uno de los juegos más recordados es aquel palíndromo —una frase que se lee igual al derecho y al revés— que sale de la boca de Alicia cuando, impresionada ante la inaudita aparición del Gato de Cheshire, se pregunta: “Was it a cat I saw?” (“¿Es un gato lo que vi?”).

Alicia vs. Alicia, Dodgson vs. Carroll

A Alicia, como relata el cuento, “le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a la vez”. Con Charles Dodgson sucedía algo parecido. Por un lado estaba el diácono —hubo una época en la quiso ser vicario como su padre—, el matemático, el hombre correcto, tímido y conservador. Por otro, el artista mordaz que, escudado por su seudónimo, no se achicaba a la hora de poner patas arriba las tradiciones literarias, ni se cohibía de hacer guiños poco solemnes a la solemnísima Corona británica y tampoco se contenía cuando de perseguir sus pasiones se trataba. Una de ellas, la más grande quizá: las niñas.

La fascinación que este hombre sentía por las pequeñas era bastante conocida. La explicación que más a mano tienen los biógrafos, para intentar comprenderla, se remonta a su infancia. Charles Dodgson, nacido en Daresbury, Chesire, en 1832, fue uno de los dos hermanos varones de una familia colmada de mujeres. Ocho para ser exactos. La importante presencia femenina en la vida del pequeño Charles se traduciría en la madurez en una devoción que rayaba en lo místico. Se relacionaba con familias que tuvieran hijas pequeñas y se ganaba la confianza de sus padres para retratarlas. Como retratista Carroll fue también un adelantado en su tiempo.

Roger Taylor, autor de un libro llamado Lewis Carroll, fotógrafo (2002), recoge una buena parte de estas imágenes: niñas de entre cuatro y dieciséis años posan sin reparos ante su cámara. Entre los cerca de mil retratos que se conservan en varias colecciones, seis corresponden a desnudos. Estos últimos se salvaron de la destrucción, pues Carroll manifestó su voluntad de eliminarlos en el testamento que redactó poco antes de morir, hacia finales de 1898.

Las sospechas de pedofilia que le valieron sus extrañas aficiones le hicieron despreciar la fama y desear no haber escrito jamás Alicia en el país de las maravillas. Alice Liddell, la niña más querida —¿el amor de su vida?—, fue, asimismo, la más retratada. Carroll la fotografió hasta la adolescencia, época en la que rompieron relaciones, ya que la madre de la joven no descansó hasta que pudo alejar al extraño hombre de su hija.

El genio entre los genios

Puede que su reputación se haya visto salpicada por el escándalo, pero nada, ni siquiera sus debilidades, podrían deslucir el sitial que Lewis Carroll ocupa como uno de los genios creadores más brillantes de las letras universales. Borges le profesaba una profunda admiración: su poema La moneda de hierro fue escrito con la mente puesta en los laberintos carrollianos. Dalí le rindió homenaje con una serie de magníficas ilustraciones que se publicaron en una edición de Alicia de 1969. Buñuel, por su parte, presentó su particular tributo introduciendo, en su película Ese oscuro objeto del deseo, un episodio del cuento en el que un recién nacido —el hijo de la duquesa— se convierte en un cerdito.

Walt Disney, como solía hacer con las obras literarias que admiraba, rodó en 1951 su propia versión animada de Alice in Wonderland. En 2010 Tim Burton arrasó en las salas de cine con un filme basado en la obra, pero con su individualísimo sello, y de la cual se espera una segunda parte, bajo la dirección de James Bobin.

Los saltos que Alicia ha dado del papel al celuloide le ha costado varias transformaciones. En las últimas versiones cinematográficas, Alicia apenas se parece a la niña que tanto quisimos en la infancia. Por suerte, nos quedan sus libros: esos ‘agujeros encuadernados’ que tanto veneramos, puesto que no solo nos transportan a los mundos imaginados por Carroll, sino que nos devuelven a nuestra época más feliz, donde una ‘simple’ caída podía convertirse en la mejor aventura de nuestras recién estrenadas vidas.


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