César Paz y Miño: “Ya se puede clonar a un ser humano”

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Por Pablo Cuvi

Fotos Juan Reyes y archivo CPM

 A este genetista estrella lo de profesor e izquierdista le viene en los genes, qué duda cabe. Su padre, un periodista destacado, fue socialista y normalista del Juan Montalvo y daba clases en el Manuela Cañizares. Su madre, también maestra, aplicó una visión laica a la crianza de sus seis hijos. César pasó por la escuela Espejo y el colegio Benalcázar, ambos municipales y con mucho prestigio académico.

Lo que pasó luego nos va a contar aquí, aquí en estas páginas y aquí en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UDLA, donde hemos iniciado esta charla que continuará en su departamento de la González Suárez, en pleno Viernes Santo, aunque su visión del mundo se halle en las antípodas de los cucuruchos y otros penitentes que se flagelan por las calles quiteñas y creen en un diseño divino. Plástico contraste entre un ritual medieval y la ciencia de la genética que literalmente está creando al hombre del futuro, pero que también puede revivir a mamuts que palmaron hace diez mil años.

Pequeño, blanco, de ojos claros y sonrisa amable, César arranca el recorrido diciendo que el colegio era muy disciplinado, pero que él era rebelde.

—¿Rebelde pero estudioso?

—Tenía zonas de estudio buenas y malas; las buenas eran las relacionadas justamente a la parte biológica, química, el tema social me encantaba. Las flojas eran Matemáticas y Física todo el tiempo. Eso me producía un conflicto incluso familiar porque todas las vacaciones me quedaba suspenso o aplazado, pero reconozco que la formación académica del colegio era buenísima, con criterios, con estudio fuerte, disciplinado, eso me sirvió luego para la carrera de Medicina.

—Tú decías que ya en el colegio habías descubierto que “la explicación del mundo estaba en las ciencias básicas, en la biología y en la medicina”. ¿Así tanto?

—Sí, porque tuve una buena formación incluso en cuestiones filosóficas. Me fascinó, por ejemplo, de Federico Engels, la Dialéctica de la naturaleza. Y un trabajo importantísimo que hasta ahora sigo usando: Función del trabajo en la transformación del mono en hombre. Yo tenía una fuerte orientación por el tema ideológico. Luego voy construyendo con muchos más argumentos mi ateísmo, mucho más fuerte.

—En primer curso de Medicina, ¿quiénes eran tus principales profesores?

—Uno de los más duros era el doctor Cifuentes, nos daba anatomía. Yo tenía gran afición por el estudio de la anatomía, pasaba horas de horas en el anfiteatro viendo los músculos, los órganos, quería saberlo todo, todo.

—Era cuestión de mucha memoria.

—Claro, me fue bien y eso me sirvió toda mi carrera. Me fascinaba también la cirugía, me metía en todas las cirugías con los residentes que ahora son excelentes cirujanos. En primer año Fernando Sempértegui me dio cuestiones de ciencia y sociedad. Teníamos que ir a recibir clases en el barrio de San Juan, haciendo trabajo de salud, después en La Ferroviaria. Otro que organizaba esto, pero ya en tercer año, con psicología médica, era el Eduardo Estrella.

—El creador del Museo de la Medicina…

—Ajá. Fui su ayudante de cátedra de psicología y trabajé en el grupo de salud mental de Luluncoto que formó con psicólogos, trabajadores sociales y dos o tres estudiantes escogidos.

—¿Qué problemas enfrentaban allí?

—Varias cosas: el tema de violencia intrafamiliar era tremendo, el consumo de drogas, los embarazos de las chicas. Se daban charlas de educación sexual a los chicos, pasábamos películas, llevábamos estadísticas de todos los problemas.

—¿Qué pasaba con los embarazos adolescentes y los abortos?

—El tema del aborto ilegal era clarísimo, había varios métodos, además tremendos: usaban el jabón negro, les ponían las agujetas en el útero las comadronas o las señoras que sabían del tema, venían con infecciones las chicas, nunca vi una muerte pero sí infecciones tremendas de las chicas de quince o dieciséis años. Entonces se trabajaba el tema de uso de condón, el tema de enfermedades de transmisión sexual.

—¿No había roces con los conservadores?

—Sabes que no. Este país es curioso porque las acciones de salud siempre son bien vistas y la gente no se pone a pensar mucho si está en contra o no de algo, sino si es necesario o no y punto. Como era una acción necesaria, nunca hubo ningún problema. Además de que la ley era mucho más permisiva porque tenías la opción de hacer un aborto clínicamente aceptado y con todas las condiciones si dos médicos firmaban. Eso se pierde con la nueva ley. Antes era más moderna porque la Federación Médica protegió la acción médica. Cuando yo hacía genética no tenía ningún problema en firmar cuando había un diagnóstico prenatal de un niño con problemas malformativos: yo firmaba y firmaba el ginecólogo, y se interrumpía un embarazo. Ahora no puedes hacerlo y punto.

—Es una barbaridad.

—Es una barbaridad, claro. Por eso, he mantenido hasta ahora el tema de pelear por la legalización del aborto terapéutico.

—¿Cuán importante es el tema mental en el desarrollo de muchas enfermedades?

—Mucho. Y me interesó tanto el tema psicosomático que la primera vez que escribí algo académico fue sobre medicina psicosomática, y se usó el texto para la formación de los estudiantes. ¿Qué era en definitiva? Que una idea-conflicto produce trastornos de funcionamiento porque hay un sistema neurológico especial que produce una hormona que estimula, por ejemplo, la frecuencia cardíaca, la producción de ácido gástrico, incluso problemas de constricción de arterias, de hipertensión.

—¿Por qué no seguiste Psiquiatría si hasta ahora hablas de eso con tanto entusiasmo?

—Esa es una buena pregunta. Estaba totalmente orientado al tema psiquiátrico, me fascinaba, pero tenía un pero: no me explicaba todo. Yo decía: algo más debe haber atrás que me explique por qué los cambios, y veía dos opciones: el cambio bioquímico o el genético…

 

La forja de un genetista

—¿Dónde haces el internado?

—En el Hospital General de Santo Domingo. Se llamaba prerural y había tanta demanda de atención que tenía pacientes todo el tiempo, día y noche, cosas extrañísimas. Ahí me intereso por las enfermedades tropicales y pido hacer la rural en un área tropical, que fue Atacames, donde había dos plazas, así que me fui con mi ahora ex. Ahí hago prácticas de todo: anestesia, cirugías, pediatría, emergencias, hacíamos turnos, entrábamos a las ocho de la mañana, salíamos a las dos de la tarde del siguiente día.

Fue una experiencia buenaza en un área de medicina tropical y con una población negra, ahora es afro, yo siempre digo negro porque aprendí con ellos a decirles negros, el vínculo con una población así es gratificante porque aprendes tantas cosas, te vinculas con los chamanes, con las parteras. Hicimos un trabajo importante sobre cómo se comporta la malaria dependiendo de la zona geográfica, la selva tenía el parásito más benigno, el Plasmodium vivax, mientras que en la ciudad había el parásito más agresivo, el Plasmodium falciparum, que produce malaria cerebral, con muerte y todo.

—¿La malaria permanece latente muchos años?

—Hay un tipo de malaria que puede permanecer años. Incluso yo fui paciente de malaria porque atendía las noches y los mosquitos pican las noches; me dio con falciparum, agresivísima, y como no era de la zona los síntomas fueron mucho más graves, con fiebre alta y escalofríos, fue terrible.

—¿Con qué te curaste?

—Con Fansidar, una sulfa específica para falciparum que me dejó dañado el riñón. A raíz de eso empecé a hacer cálculos renales. Ese fue el costo de mi rural, dañarme el riñón. Justo durante la rural se realiza un curso de genética en Quito y me vengo, sigo el curso y le entrego una carta diciendo que quería hacer genética al jefe del Departamento de Genética de la Fundación Jiménez Díaz en Madrid, que vino a dar un curso. Pocas semanas después responden que sí, que me aceptan.

—¿Estaba eso avanzado en España o no mucho?

—Arrancaba por la presión europea, con un montón de dinero, programas adaptados de Europa. Ahí aprendí todo, desde cómo se preparaba el material, a quién debía comprar reactivos, cómo tenía que hacer las preparaciones de los reactivos porque no te venían como ahora en kits, de modo que cuando regresé al Ecuador monté todo como había aprendido.

—¿Cuál era exactamente tu especialización?

—Genética médica, veía pacientes con problemas genéticos, malformativos, hereditarios, y hacía también la parte de laboratorio.

—¿Cómo era el estudio del cáncer?

—Lo primero que se hacía allá era diagnóstico de leucemia, yo me pego al tutor, Javier Benítez, que ahora es director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid, y con él aprendo qué alteraciones genéticas había, que pruebas diagnósticas se hacían. El boom de la genética eran los estudios cromosómicos en todo, tumores sólidos, leucemias.

Cuando regreso al Ecuador ya estaba aquí la doctora Rosario Paredes, que empezó a hacer genética en el Hospital Militar. Yo vengo con una fuerza tremenda a inventar el mundo, joven, con tecnología nueva, con una especialidad nueva, me meto a hacer un montón de cosas.

—Tengo un dato de tu hoja de vida: “En 1987 inicia estudios cromosómicos en cáncer y realiza la primera biopsia para el diagnóstico prenatal”.

—Yo venía aprendiendo una técnica que nadie la había desarrollado aquí en el Ecuador y que era el boom en Europa, que era el diagnóstico por vía vaginal: sin pinchar entras al útero y sacas una muestra del embrión, de lo que va a ser el embrión para diagnóstico prenatal, para ver si el niño viene bien o viene mal cromosómicamente.

—¿Cómo haces para no dañar a una cosa tan delicada?

—Con control ecosonográfico sabes exactamente dónde pinchas, nunca le topas al embrión, pinchas lo que va a ser la placenta, en realidad. La placenta está lejos del embrión y tú puedes hacer un diagnóstico del embrión con las células de lo que va a ser la placenta. Empecé con esa técnica aquí hasta que dejé el estudio del prenatal para trabajar en la Universidad Católica, donde me montaron un laboratorio.

 

El ejemplo de Angelina

—¿Tú afirmas que la ciencia es el único camino a la verdad y te defines como evolucionista, materialista extremo?

—Pienso que la única manera de llegar al conocimiento de la naturaleza, de los fenómenos, de forma profunda, es la ciencia. La ciencia detecta, descubre leyes y como tiene un método muy prolijo y riguroso hace que lo que conocemos del mundo de los fenómenos, del comportamiento humano, de la biología, etc., sea lo más preciso posible en medio del movimiento y del cambio. Por eso es que el tema evolutivo siempre está presente. Y el fundamento del universo, de la vida, es la materia por sí misma, una materia organizada que tiene la capacidad de modificarse, de moldearse.

—¿Por qué y para qué?

—No hay un propósito real de la materia por sí misma, el propósito le ponemos los humanos a través de la autoconciencia, que es un proceso evolutivo también. El cerebro es solo una manifestación de una materia súper organizada que tiene propiedades tan complejas como la abstracción.

—Desde el libro de divulgación El gen egoísta de Richard Dawkins, se tiene la idea de que el sentido de la vida está determinado por estos genes que tienen que reproducirse y multiplicarse. ¿Es eso así?

—Lo interesante de Dawkins es por qué habla de un gen egoísta. Él dice que el gen tiene un propósito por sí mismo que es manifestarse y se manifiesta para reproducirse. Pone una serie de ejemplos de cómo el gen trata de sobrevivir y usa mecanismos incluso absurdos para sobrevivir. Eso es lo controversial de él: dice que el gen es la esencia de la evolución con estas alternativas.

—Pasando al cáncer, dame una definición lo más sucinta…

—El cáncer es un trastorno del material genético. El resultado es la reproducción exagerada, ilimitada y desfasada de las otras células, por eso se llama malignidad. Hay un grupo de genes que parece que son los disparadores del cáncer, pero no sabemos bien por qué se produce; tenemos evidencias de que hay mutaciones específicas de estos genes que está influido por el ambiente, por las contaminaciones a los que estás expuesto, porque hay otros genes que mutan a estos genes.

—Pero antes de que se desate ese proceso, se puede leer, como hace Angelina Jolie, y descubrir que en estas células que yo tengo es altamente probable o no que se desarrolle un cáncer, ¿así es?

—Exactamente. Ahora tenemos una metodología espectacular que hace que tú puedas analizar todo tu genoma.

—¿Cuánto cuesta eso? ¿Cuánto tarda?

—Ahora está más o menos en 1.000 dólares y tarda entre tres y cuatro días. Lo hacen en laboratorios en Europa, en Estados Unidos. El tema de Angelina Jolie es curioso porque hay cáncer de ovario y de mama de origen familiar, hereditario; ella se hace la prueba, le detectan que tiene la mutación y el riesgo de que padezca llega hasta casi el 85% y decide operarse.

—¿Cuál fue el impacto de la genética en el medio quiteño?

—Fue una dura experiencia, más bien desalentadora porque pese a ser una ciencia tan moderna, con tantas herramientas buenas, la aceptación aquí era complicada, no se le entendía bien, no había gente formada. Ahora hemos mejorado un poco pero no como debería ser. Muchas de las cosas que hacemos ahora son vinculadas; por ejemplo, los antígenos antitumorales para saber si te va a dar cáncer de próstata, se hacen pruebas del PSA de cáncer de próstata. Eso sí ha impactado, los estudios de cáncer de estos simples: el Papanicolaou, el PSA, el antígeno carcino-embrionario, se meten en la práctica médica porque son herramientas que dan la presunción de un diagnóstico. Pero nos hemos quedado ahí.

—¿Y cómo anda el diagnóstico prenatal?

—Cada vez está menos popular por una cuestión legal, moral, religiosa. Hago un diagnóstico prenatal y ¿qué pasa cuando determino una enfermedad catastrófica en un embrión, en un feto? No pasa nada.

—Sí pasa, porque le avisas a la mamá y ella se puede hacer un aborto.

—¿En dónde? Si está prohibido por la ley.

—Por la ley pero no por la costumbre.

—Exactamente, pero ese es un problema social tremendo, la tasa de mortalidad de este país es tan alta por abortos mal llevados, que se convierte en un problema de salud pública no enfrentado por este Gobierno…

—No solo no enfrentado sino agravado.

—Agravado, porque tienes una ley mucho más peligrosa, punitiva contra la mujer que se practique un aborto. No está permitido el aborto por violación ni por detección de problemas malformativos, excepto por peligro para la vida de la madre. Hemos retrocedido tanto que la ley te dice que un médico tiene la obligación de denunciar a la mujer que se practique un aborto ilegal; estás atado de manos. Solo la gente que tiene posibilidades de irse a otra parte para que le hagan bien un aborto se hace un diagnóstico; si no, no se hace casi nadie.

 

La clonación y los transgénicos

—¿Cómo ha avanzado la clonación desde Dolly?

—Dolly demostró que podemos clonar lo que queramos.

—¿Lo que queramos? Coges una célula del ser humano y…

—Ya se puede hacer eso: a una célula adulta puedes transformarla en una célula embrionaria que te puede producir un individuo completo.

—¿O sea que pueden hacer otro Pablo Cuvi chiquito?

—Al menos físicamente sí.

—Ok. ¿Pero si quiero uno mejorado, que no tenga las enfermedades que he tenido?

—Cada vez tenemos más herramientas para saber qué pasa. Incluso ahora apareció una técnica que se llama Crisp, con la que puedes modular e interferir genes dañados, puedes decir: voy a curar o transformar este gen dañado. Pero ahí viene otro tema de discusión ética: ¿cómo así te clono? ¿O quién se merece ser clonado?

—Bueno, cada uno cree que se merece otra oportunidad, y si vas a salir mejorado, tanto mejor. ¿Se puede clonar al Solitario George o a algún dinosaurio, como en Parque Jurásico, de células que están muertas?

—El ADN puede mantenerse miles de años, congelado es la mejor condición. Una de las cosas que se ha hablado últimamente es de clonar un mamut. Se quiere encontrar un mamut macho que tenga congeladas las células germinales masculinas, para fecundar una elefanta y luego volver a hacer un cruce, retrocruce se llama, volver a cruzar, hasta purificar lo más posible y sacar esa información.

—¿Le puedes poner en una elefanta y eso sería un transgénico?

—Sí, exactamente.

—Ya que llegamos a los transgénicos, una definición sucinta.

—El transgénico es un organismo al cual se ha transportado o inyectado un gen de otra especie para producir en este primer organismo una característica nueva. Por ejemplo, yo puedo meter el gen de la lactosa en una bacteria y la bacteria produce lactosa, o el gen de la leche humana en una vaca para que produzca leche humana.

—¡Guau! ¿Cuándo llega lo transgénico a la agricultura?

—En 1994 creo que es la primera vez que se crean los transgénicos de uso agrícola. Fue un boom, un tipo de soya que podía reproducirse más, más rápido, resistente a plagas.

—¿Y qué le pusieron a la soya?

—Un gen de una bacteria que combatía una plaga, y le metieron otro gen para que a esa soya pueda aplicarse determinado herbicida y no se muera, que se mueran todas las otras hierbas malas y la soya sobreviva. La queja contra la transgénesis es, para mí, por una cuestión de orden financiero comercial: tú me compras a mí los productos, me compras el pesticida, yo lo tengo patentado, tú no puedes hacer nada y dependes de mí.

—Esa es la Monsanto.

—Exacto, y es legítimo el movimiento en contra de depender solo de una transnacional. Pero hay la transgénesis vista como una necesidad desde la salud, desde la propia agricultura, y para resolver problemas del hambre: por eso estoy de acuerdo con desarrollar esta tecnología.

—¿No hay ningún estudio que diga que algún tipo de alimento transgénico puede afectar a la salud?

—Ningún concluyente, se han hecho varias pruebas que siempre han sido cuestionadas con otras que demuestran lo contrario y queda un dilema de si son buenos o malos. De hecho, en los últimos veinte años todos hemos consumido transgénicos. Yo estoy a favor del tema de transgénesis desvinculado del tema comercial financiero.

 

Secretos del calzoncillo

—¿Qué estudios se ha hecho de cómo afecta el glifosato al ADN?

—Hay varios estudios, nosotros también hicimos algunos, en los que se demuestra que el glifosato rompe el ADN y esa ruptura tiene vínculo casi, casi, con cáncer y malformaciones. Eso se viene denunciando hace años. La OMS acaba de decir que el glifosato está recategorizado como cancerígeno; entonces, teníamos la razón, simplemente nunca se manejó bien y la Monsanto desconoce la evaluación de la OMS.

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Recibiendo el premio Jóvenes Sobresalientes del Ecuador

—A propósito de estudios, ¿con cuáles de tus libros ganaste el premio Enrique Garcés?

—Una vez fue por el libro de genotoxicología, en el que se analizaba cómo actúan tóxicos como los pesticidas y los hidrocarburos con relación a los genes; lo hicimos con un grupo español, parte de una Red Hispano Latinoamericana de Genotóxicos. El otro premio fue por un trabajo sobre el glifosato, más actual por la demanda del Ecuador ante La Haya y eso.

—¿Cuál es patrimonio genético del Yasuní, por ejemplo?

—Hay algunas cuestiones. Somos biodiversos ricos pero no solo en plantas y animales, también en humano: tenemos 21 grupos étnicos con comportamientos diferentes con relación a su patología, incluso a sus enfermedades.

—Con la genética se desmitifica toda esta cuestión de la pureza racial y la superioridad, ¿no?

—Somos una sola raza, la humana. Eso significa que tenemos todas las características y cualidades de lo que representa una raza, somos iguales, tenemos las mismas funciones, las mismas potencialidades, podemos cruzarnos entre nosotros. Lo que ocurre es que hay grupos poblacionales dentro de esta única raza que acumulan información genética especial y por eso se llaman etnias. La etnia tiene un concepto también cultural. Como etnia tenemos características especiales: si comparo un pigmeo con un escandinavo, por supuesto que hay diferencias, pero en esencia los genes son los mismos.

—¿Qué se ha encontrado en la población ecuatoriana, en los estudios genéticos?

—Genéticamente ya sabemos que la teoría del origen por el estrecho de Bering es válida. Además, que la población amerindia tiene unas características genéticas que son propias de América, de toda América y dices: aquí hubo un aislamiento geográfico, que se rompe con la venida de los europeos. Poblacionalmente, ahora sabemos que venimos del centro de África y que tenemos genes de Asia. Además, la población negra ecuatoriana tiene genes del Congo.

—Eso directamente, por el tráfico de esclavos.

—Claro. Otra cosa curiosa que encontramos fue que la población de la Costa tenía genes de todos, pero una carga importante de genes de Arabia, de toda esta zona de Jordania. Ahí dices qué curioso, cuántos genes han dejado aquí los libaneses.

—Los españoles que vinieron probablemente tenían genes árabes. Y muchas cocineras que trajeron los españoles a Lima en los primeros años de la Colonia eran árabes. Bueno, estas mujeres tuvieron hijos. La sabiduría popular decía: “El que no tiene de inga, tiene de mandinga”.

—Exactamente. Hay un estudio lindísimo en Costa Rica, relacionado al tema de casta social. Con genes que demuestran lo mismo: ustedes que pensaron que eran superiores, pues no, tienen genes de indígenas, de población negra.

—¿Y cómo se relaciona el conocimiento de la genética con el lenguaje de las computadoras?

—Hay una aplicación muy atractiva: ante este movimiento de no experimentación con animales, las computadoras han logrado reemplazar con modelos; en vez de usar animales usas modelos matemáticos y computacionales. Por ejemplo, en farmagenética y quimio-informática, que serían las dos aplicaciones interesantes, se pueden diseñar moléculas por computador y probar una molécula. Eso ha abaratado costos, aunque al final, para sacar al mercado un producto, tienes que probarlo en animales, pero te has ahorrado un proceso complejo que es la síntesis de químicos.

—¿Es posible guardar la información genética o todo el genoma de una persona en la computadora y reproducirla después de unos veinte o treinta años?

—Teóricamente, pero todavía no se ha logrado eso. Reproducir igual toda la secuencia de una bacteria, eso sí puedes. Ahí viene algo que ya habíamos hablado, la discusión de la esencia de la vida: yo puedo tener toda la secuencia genética que me produzca vida, y de hecho la tenemos de bacterias, pero no hemos logrado obtener la vida.

—¿Pero no hicieron ya una bacteria?

—Artificial sí, es como un chaquiñán para llegar, no es que creas la bacteria, lo que se hizo fue sacar el ADN de la bacteria y poner un ADN artificial. Todavía no se ha logrado hacer el resto. Hay algo más que todavía no entendemos.

—Eso me recuerda algo anecdótico: que el ADN puede ser afectado por el uso de calzoncillos apretados. Suena chistoso, con tanta tecnología, tanta precisión, que unos calzoncillos apretados puedan joder los genomas.

—Un estudio hecho por los suecos relacionaba la temperatura con el aumento de las mutaciones de los espermatozoides; ellos encontraban una como explicación biológica al naturismo, decían: “Al usar ropa apretada estamos subiendo la temperatura de las gónadas y la tasa de mutación de los espermatozoides aumenta”. Tiene lógica, probaron que el humano, al desarrollar y tener vestimenta, creó un problema extra que era el aumento de la tasa de mutación. Y eso se puede transmitir a la descendencia. Hoy sabemos también que el tema del calentamiento global induce a un aumento de mutaciones.

(Regreso caminando a casa mientras en el centro se despliega un ritual milenario que renueva la fe en el Creador. ¿Qué pasará cuando la genética domine definitivamente la creación de la vida humana?).


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