Epidemias: El mapa de la muerte

Más que las guerras, las epidemias diezmaron

la población mundial a lo largo de la historia

 

Apertura-Plagas

Por Jorge Ortiz

 

Después de deliberaciones intensas y un sinfín de consultas, “porque es evidente que algo no se hizo bien”, la Organización Mundial de la Salud (OMS) tuvo que reconocer, a principios de mayo de 2015, que la respuesta internacional a la epidemia de ébola había sido lenta, insuficiente y, además, “poco agresiva a la hora de alertar al mundo”, lo que facilitó que la enfermedad se propagara con rapidez y creara una sensación de indefensión y miedo. Para entonces, la epidemia estaba por cumplir un año y medio (el primer caso fue detectado en diciembre de 2013) y había matado ya a 10.704 personas, de un total de 25.826 contagiadas.

“Este brote de ébola —agregó la Organización en un ejercicio de autocrítica poco frecuente en la burocracia internacional— ha demostrado que el mundo está mal preparado, la OMS incluida, para una epidemia de larga duración…”. Y es que después de que la epidemia fuera reconocida el 21 de marzo de 2014 por el gobierno de Guinea, donde se presentaron los primeros contagios, las Naciones Unidas todavía se demoraron cuatro meses y medio, hasta el 8 de agosto, para declarar al mundo en emergencia sanitaria y, al hacerlo, poder movilizar hacia África Occidental los medios humanos y técnicos indispensables para detener el avance de la epidemia. El tiempo perdido fue excesivo y muy costoso.

Hoy se sabe, por las revelaciones del New England Journal of Medicine, que un niño de dos años fue el ‘paciente cero’ del ébola. Ocurrió el 2 de diciembre de 2014. Dos días más tarde murió él, siete días después su madre, el 19 de diciembre su abuela y el 1° de enero su hermana. Era obvio que algo extraño estaba ocurriendo. Casi toda la aldea se contagió y muchos murieron entre enero y febrero, mientras la enfermedad —cualquiera que fuera— llegaba a aldeas vecinas e incluso a ciudades cercanas. De Guinea el virus pasó a Sierra Leona. Y de ahí a Liberia, Nigeria, Senegal y Malí. Recién a finales de marzo se supo, con certeza absoluta, que se trataba de ébola, un virus de alta letalidad que se contagia por el contacto con fluidos corporales de personas infectadas y que termina matando por fallos hepáticos y renales.

Tras la declaración de la ‘emergencia sanitaria internacional’, la movilización fue masiva (Médicos sin Fronteras, la Cruz Roja, la Organización Mundial de la Salud) y, después de unos casos aislados llegados a Europa, la epidemia fue detenida casi por completo, aunque subsisten focos de contagio en África Occidental. Pero para entonces había quedado claro que, a pesar de los enormes avances realizados en materia sanitaria, “el mundo está mal preparado para una epidemia de larga duración”, como lo admitió la OMS. Y eso es muy grave, porque, como agregó la Organización, “no sabemos cuándo ni cuál será la próxima epidemia, pero la historia nos dice que la habrá…”.

La historia, en efecto, está repleta de mortandades inmensas causadas por enfermedades que, cuando aparecieron, eran “insidiosas y terribles”, como fueron descritas las fiebres que durante la Guerra del Peloponeso, 430 años antes de Cristo, diezmaron a la población de la Grecia Antigua. Esa fue la primera epidemia de la que existan registros. Desde entonces, y ya han transcurrido veinticinco siglos, con cierta periodicidad brotan males nunca antes conocidos, que, hasta ser controlados, dejan unas cifras espantosas de víctimas. Eso ocurrió con el ébola este siglo. Y con el sida en el tramo final del siglo anterior. Y puede volver a ocurrir cualquier día.

 

La Peste de Atenas

                “Jamás se vio en lugar alguno azote semejante”, escribió Tucídides, el gran historiador griego, en sus relatos sobre la Guerra del Peloponeso. Era el siglo V antes de Cristo y Atenas estaba enfrascada en una guerra larga y cruel con Esparta, que duraría veintisiete años, por el control del mar Mediterráneo. Por entonces, Atenas era una gran potencia naval, pero era, también, una ciudad compleja y abarrotada, adonde había llegado mucha gente del campo, porque la estrategia militar del líder de los atenienses, el célebre Pericles, era cortar las líneas de suministro de los espartanos (que eran los grandes rivales de Atenas por la supremacía del mundo griego) para así mantenerlos bajo control.

Pero al dificultar los suministros, en especial de alimentos, gente de toda Grecia se trasladó a Atenas, lo que causó dentro de las murallas de la ciudad-Estado un hacinamiento propicio para el contagio de enfermedades. En algún momento del verano del año 430, estalló una epidemia —llegada, según parece, desde Etiopía a través del puerto de El Pireo— que se propagó con una rapidez asombrosa y que en menos de un año mató a la tercera parte de la población ateniense, entre ellos a Pericles y a gran parte de los soldados y marinos. Atenas quedó sumida en el abatimiento y el caos ante la fuerza arrasadora de un mal que les era por completo desconocido y que, según estudios modernos, se trataba de la fiebre tifoidea.

La derrota ateniense en la Guerra del Peloponeso, en lo que influyó poderosamente la que desde entonces fue conocida como la ‘Peste de Atenas’, alteró para siempre las relaciones de poder en la Grecia Antigua, con Esparta erigida en la potencia dominante, mientras Atenas era reducida a una condición cercana al sometimiento. En ese cambio político también tuvo mucho que ver la sucesión de gobernantes débiles e incompetentes que sucedieron a Pericles, por lo que la democracia ateniense se derrumbó y, al hacerlo, abrió en todo el mundo griego un período de inestabilidad y conflicto, que derivó en una cadena de guerras civiles.

Después del primer brote, que duró hasta mediados del año 429, la epidemia reapareció por un corto tiempo en 426. Y, tan misteriosamente como había llegado, se fue. No está claro cuánta gente mató, pues de Atenas se propagó por varios lugares de Grecia e incluso llegó a Esparta. Según los historiadores, pudieron ser hasta 250.000 los muertos, una cifra aplastante en una época en que la población de todo el planeta no llegaba a los cien millones. Fue la magnitud de la mortandad, agravada por la visión terrible de unas inmensas y diarias piras funerarias dentro de los muros de la ciudad, lo que hizo que Tucídides escribiera aquello de que “jamás se vio en lugar alguno azote semejante” al referirse a la Peste de Atenas.

 

La Peste Negra

                Siete siglos más tarde, cuando Roma ya había reemplazado a Atenas como el centro de la civilización occidental, estalló en la capital del imperio una epidemia, aparentemente de viruela, contagiada por soldados que volvían de expediciones por Mesopotamia y el Oriente Medio. Era el año 165 de la era cristiana, duró hasta 180, mató a “varios miles de personas”, según los relatos del célebre médico Claudio Galeno, entre ellas al emperador Marco Antonio, por lo que la epidemia fue llamada ‘Peste Antonina’. Después, en el siglo VI, en la época del emperador Justiniano, llegó a Constantinopla, procedente del Alto Egipto, una enfermedad que se extendió por todo el Imperio Bizantino y de la que los registros históricos son vagos, pero que habría matado a 15 millones de personas. Fue la ‘Plaga Justiniana’ que, de acuerdo con estudios modernos, marcó la primera aparición masiva de la peste bubónica, que ocho siglos más tarde reaparecería con una fuerza aún más devastadora.

Fue la ‘Peste Negra’, la epidemia más mortífera jamás conocida, que apareció en Europa en 1346, después de haber brotado alrededor del año 1320, posiblemente en la frontera entre China y Mongolia, y a través de territorio chino se habría difundido hacia Birmania y la India. Más tarde, en 1338, habría llegado a Rusia, desde donde habría pasado a Europa Occidental por la península de Crimea. Otra ruta posible, mencionada por los historiadores, es de la India directamente a Italia, en concreto a Venecia, llevada por viajeros y mercaderes. Sea como fuere, para entonces, la peste bubónica habría matado ya a unos veinticinco millones de personas. Pero fue en Europa, un continente con ciudades prósperas y pobladas, donde la epidemia fue más brutal: habría exterminado (las versiones son muy variadas e incluso contradictorias) hasta al sesenta por ciento de la población, es decir unos 50 de sus 80 millones de habitantes.

Donde existen rastros claros de la peste bubónica es en Teodosia, una ciudad de origen griego y después colonia genovesa, también llamada Caffa, ubicada a orillas del mar Negro. Los ejércitos mongoles la sitiaron desde finales de 1346, sin haber podido tomarla a lo largo de varios meses, por lo que a principios de 1347, cuando entre sus tropas se presentaron casos de peste, los cadáveres de los infectados fueron lanzados con catapultas por encima de las murallas de la ciudad. La epidemia se difundió con rapidez y todo indica que cuando los soldados genoveses volvieron a Italia introdujeron el virus, que, transmitido por las pulgas de las ratas, se propagó sin freno. Ese mismo año, 1347, la Peste Negra empezó a matar cada día a miles de personas.

Los relatos sobre lo ocurrido entre 1347 y 1352 abundan: pueblos enteros despoblados, barcos a la deriva en el mar Mediterráneo con todos sus ocupantes muertos, castillos con sus puentes levadizos subidos para que no entrara ni saliera nadie, ciudades grandes (como Florencia) con cuatro de cada cinco habitantes exterminados por la peste… En definitiva, cuando la epidemia terminó la dimensión, composición y ubicación de la población europea había sufrido una transformación tan brusca que todas las relaciones del poder político y económico también cambiaron. Esos cambios fueron decisivos, a mediano plazo, para el final de la Edad Media y el inicio del Renacimiento. Nada menos.

 

La Gripe Española

                Los estudios más recientes aseguran que, pese a ser poco conocida, fue la epidemia más mortífera de la historia de la especie humana, con una cifra de muertos que pudo haber llegado hasta a cien millones. Ocurrió hace menos de un siglo, desde 1918, cuando la Primera Guerra Mundial terminaba, al cabo de cuatro años de batallas sangrientas en las trincheras, y las estructuras sanitarias de las grandes potencias mundiales todavía estaban integradas a los ejércitos. Había millones (entre dieciocho y veintiuno, según los historiadores) de heridos y mutilados, que requerían atención urgente y que abarrotaban los hospitales de medio mundo. Además, de acuerdo con las versiones actuales, los sistemas inmunológicos de cientos de millones de personas en todo el planeta estaban muy afectados por tan largo tiempo de tensión, incertidumbre y pesar.

No está claro, como suele suceder en estos temas, con la reciente excepción del brote de ébola, dónde y cuándo apareció el primer caso. Lo que sí se sabe es que entre abril y agosto de 1918 el virus de la gripe mutó, es posible que más de una vez, hasta convertirse en letal. Después, con la prensa censurada por motivos de seguridad durante la guerra, la gente no se enteró de la epidemia que se estaba propagando con una rapidez inaudita, ni de cómo protegerse. España, que no participó en la guerra y tenía una prensa libre, fue el único país central donde la información fluyó sin obstáculos. Por ella el mundo se enteró de la epidemia. Y la llamó ‘Gripe Española’.

No está claro dónde estuvieron los principales focos de propagación de la enfermedad. No se descarta que pudieron ser dos: China, donde se estima que murieron hasta veinticinco millones de personas, y Francia, donde había la mayor concentración de soldados de la guerra, que al ser desmovilizados y llevados de regreso a sus países transportaron el virus a toda Europa, el norte africano, el Asia Menor y Australia. Así, mientras los gobiernos estaban dedicados a organizar el mundo de la posguerra (y lo hicieron tan mal que la Segunda Guerra Mundial estalló menos de veintiún años después), la epidemia se extendió por los cinco continentes, con una tasa de mortalidad que se calcula en quince por ciento de los contagiados. Después de dos años, a mediados de 1920, la epidemia se fue —como sucedió con la tifoidea de la Peste de Atenas— tan misteriosamente como había llegado.

Por entonces se dijo que la Gripe Española había matado 50 millones de personas, es decir seis veces más que la Primera Guerra Mundial. Entre sus víctimas estuvieron Max Weber, Gustav Klimt, Egon Schiele, Guillaume Apollinaire y el autor de Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand. También Jacinta y Francisco Marto, a quienes se les había aparecido la Virgen de Fátima. Y Mark Sykes, firmante del tratado (‘Sykes-Georges Picot’) por el que en 1916 Gran Bretaña y Francia se repartieron el Oriente Medio y Asia. Y el primer ministro de Sudáfrica Louis Botha. Pero los estudios más recientes duplican el número de víctimas: fueron hasta cien millones de muertos, una cifra que en su momento no se supo —dicen los expertos— por la convulsión de esos años, la falta de información libre y la precariedad de los sistemas estadísticos. De lo que no cabe duda es de que nunca hubo una epidemia más atroz que la Gripe Española de 1918.

En todo caso, el ‘mapa de la muerte’ todavía está en elaboración: ¿cuándo y cómo aparecieron las grandes enfermedades, por dónde se propagaron y cuántos millones mató cada una a lo largo de la historia humana? Ya se sabe, por ejemplo, que la viruela apareció 1.600 años antes de Cristo, 400 antes de Cristo las paperas, 200 antes de Cristo la lepra, la poliomielitis en 1840 y el sida en 1959. Pero no se sabe con certeza qué porcentaje de la población originaria del continente americano sucumbió a las enfermedades (viruela, sarampión, gripe, tifus…) cuyos gérmenes fueron traídos por los conquistadores españoles y contra los cuales los indios no tenían ninguna inmunidad. Fueron, de cualquier manera, muchos millones de personas, tal vez tantos como las que mataron la Peste Negra y la Gripe Española. Nunca se sabrá.


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