Síndrome de abstinencia

 

Por Ana Cristina Francofranco-final

Ya no cancelaré mis planes de viernes. Ya no les mentiré a mis amigos. Ya no compraré lencería cara ni me pondré minifalda en plena lluvia ni mis tacos altos ni mi short negro. Ya no me pintaré los labios de rojo. Ya no me alisaré el pelo en un gabinete barato, no me depilaré, no meteré una botella de vino en la cartera ni viajaré en un taxi a medianoche a riesgo de ser secuestrada. Ya no recorreré los hoteles más lúgubres pensando que nosotros los volvíamos sagrados. Ya no colgaré las llamadas de los chicos de mi edad. Ya no me dejaré raptar de las fiestas. Ya no caminaré por el filo. Ya no me sentiré la protagonista de una novela erótica barata. Y no creeré que esa novela es la historia más hermosa del mundo.

No llegaré a tu casa a las seis de la mañana. No te llamaré borracha. No te llamaré sobria. Ya no jugaré a ser la detective salvaje que espía la vida por una hendija, asqueada y excitada a la vez, impactada de lo que ve, pero incapaz de cerrar los ojos, tomando notas antropológicas de cada movimiento, sin saber que su objeto de estudio también es ella, y que si en algún punto ella sufre, la que escribe también lo hará. La vida no solo es inventar historias. Cuando inventas demasiadas historias terminas creyéndotelas y las historias te comen. Ves que te perdías del sol, de los hombres reales, del mundo, y sientes que ya no quieres escribir sobre esa historia porque entiendes que ha llegado a su fin, se está mordiendo la cola, y quizá sea tiempo de tomar (alguna vez en tu vida) una decisión.

Quizá así se abra una puerta, o se cierre, pero que, por favor, pase algo parecido a una guillotina, algo de verdad, algo que te remueva de este limbo en el que nos mentimos diciendo que somos amigos y yo me desgasto escribiendo monólogos en tu ventana de chat. Me imagino que tú no tendrás fiebre, que no tendrás que crearte un nuevo vicio para no morir de pena, que no tendrás que buscarme en otros cuerpos ni refugiarte en salas de cine para no pensar. Ya no ignoraré tus verdades ni te diré más mentiras. No te diré que esta sí es la verdadera despedida, que me río de tus chistes porque son chistosos, que no tengo hambre, que me encanta dormir sola, que me da igual si llegaste bien, que sí he tenido otros orgasmos así, que ya no tengo insomnio, que también me acuesto con otros, que no fumo veinte cigarrillos cuando no estás, que no miro el techo imaginando suicidios, que soy fuerte, que solo estoy jugando, que estaba borracha, que se me metió una basura al ojo. Que este texto no es para ti.

Me enamoré de ti para olvidarme de la muerte y ahora me enamoraré de otro para olvidarme de ti. Tomaré alcohol para olvidar a ese otro y tomaré pastillas para olvidar el alcohol. Compraré ropa que no necesito. Saldré a caminar sin saber dónde ir. Escucharé audiolibros de autoayuda. Llamaré a un psicólogo y después cancelaré la cita, porque a quién engaño, esto no es recuperación, es abstinencia. Todos mis mecanismos de sanación en el fondo son estrategias. Iré a una agencia de viajes, preguntaré por pasajes a India, a las Bahamas, a Guayaquil, y no compraré ninguno. Le responderé el mensaje a ese chico del Tinder. Aceparé salir con él y beberé compulsivamente para evitar el momento incómodo en el que él es tan Club y yo tan Pilsener, él tan frío y yo tan calor, él tan Madrid y yo tan Barcelona, él tan Ronaldo y yo tan Messi… Pero igual me enamoraré de él, como quien se pincha con una aguja en el dedo para distraerse de un dolor mayor. Le sacaré la ropa por venganza. Cada caricia será contra ti. Y jugaré a quererle hasta quererle. Y a ti no te escribiré una carta. Nunca más.


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