Ese caballo viejo llamado corazón

Por Juan Carlos Moya

Caballo-Viejo

Escribamos sobre el amor desde la celebración y la libertad, inventemos una pareja, un hombre y una mujer, dos más que se encuentran y miran. Cualquiera sea su origen o circunstancia, educación u oficio, él y ella apenas alcanzan a descifrar con sus miradas esos nuevos continentes (zonas de deseo) o energías (centros magnéticos) que los atraen y desconciertan.

Un hombre y una mujer: no hay nada más diferente (y opuesto) que en la desnudez sea, paradójicamente, plenitud, armonía y exceso.

Inventemos que se sucede una sonrisa en ella y un estremecimiento en él. Asumamos que él cree (cándido) podrá resolver algún antiguo misterio en los ojos de la mujer.

Pongamos nombres. Él se llama Varguitas y ella Isabel. «El amor se sucede con calma, al despertar, al voltear la mirada. El amor siempre nace en una sola persona y la mentira más feliz del mundo es creer que es de dos», escribí hace algunos años en un libro de relatos.

Hay que decirlo: no hay nada más antiguo (y novelesco) que un hombre que pierde la cabeza por una mujer e ¿irresponsable? (adolescente) echa al traste todo, su nombre, su reputación, su familia e hijos.

Mirando el amor con un ojo de celebración: el gesto (el acto o destino) de Varguitas conmueve. Imaginemos: un viejo escritor de 79 años olvida sus trastos literarios, su tarima política, ¿y descubre que se ‘olvidó de vivir’ (como dice la canción de Iglesias)?

¿Atrás quedaron sus discursos panfletarios de tinte político? Al parecer, ya no le preocupa si Flaubert, Proust o Musil merecen espacio en el siglo XXI, ¿le dejó de importar su propia esposa que le dio 50 años inolvidables?

Pero no solo eran (son) 50 años de matrimonio los que le dio Patricia Llosa a Varguitas (el esposo descarriado). Le dio más que eso, le dio un apostolado, se convirtió en su secretaria, en esa mujer y amiga que le rascaba la cabeza cuando el Nobel se atascaba en la máquina de escribir, y le evitaba gastar tiempo en ocupaciones vulgares (facturas, pagos, papeles, etc) que los mortales acostumbran por las mañanas (o a cualquier hora laboral).

No quiero escribir una sola palabra pensando que el amor es injusto o genera pecado. Me resisto a pensar que quien se enamora merece el escarnio, el chisme insidioso o una mirilla mezquina.

Por el contrario, descubrir a Don Mario en la portada de la revista Hola, de mano de Isabel Preysler, me provocó una sonrisa, y también supe que el escritor la iba a tener difícil en casa. Pero eso es cosa suya: arreglar con la ex esposa sus papeles y bienes, explicar (como si hiciera falta) a los hijos que su corazón volvió a bombear sangre, y finalmente aguantar la arremetida de los envidiosos (sobre todo de los feos).

Ciertamente Mario se ha casado ya dos veces (y habrá tenido muchos romances). Y cuando vino a Quito, y lo conocí, le pregunté en qué rincón de Lima se enamoró por primera vez…

Vargas Llosa rejuveneció de golpe. Detrás de ese rostro de sacerdote apacible, emergió un Aries amoroso y seductor (se dice que este signo zodiacal dicta cátedra sobre seducción. Casanova y Marlon Brando eran arianos, por ejemplo). Continuando, su voz se insufló de una alegría primaveral y descubrí con esa pregunta (aparentemente trivial) al hombre profundo que habitaba al interior de ese monje ambicioso del Nobel y de la presidencia del Perú (a esa fecha aún no lo condecoraba la Academia).

«Yo me enamoré en Miraflores. Me enamoré en Miraflores cuando debía tener doce, quizás  trece años… de una chiquita miraflorina que se llamaba Teresa. ¡Je! Y que aparece muy disfrazada y transformada en mi primera novela, en La ciudad y los perros, y quizás en algún cuento de Los Jefes también», respondió Don Mario, desnudando sus dientes de conejo travieso.

He conocido hombres sentimentales y he leído sobre personajes enamoradizos. Yo mismo he visto en el espejo del baño de mi casa a uno muy romántico, escritor de novelas de amor y bosques. Todos ellos me parece que son los últimos apóstoles de la fe amorosa, los que creen que su vida se redime en un beso o con la compañía de ese ‘ángel’, repentino. «El amor hace sabio al tonto», dijo Knut Hamsun.

Que no se piense que la nota será Vargas Llosa como obsesión. Él me parece un pretexto para hablar del tema más importante de la escena sensible: el amor o las rupturas amorosas.

Ahora mismo, mientras escribo la nota, escucho la banda sonora de El último tango en París. Y pienso en Paul (Marlon Brando): un hombre que logra resucitar gracias al amor, pero primero debe transitar, errabundo, los páramos del sexo.

Recordemos a Davie Lurie, personaje de la alta novela Desgracia, de Coetzee. Lurie no ha sabido lidiar con el deseo (eterno verano que quema y tortura) y la compañía femenina. Si se quiere, se podría leer Desgracia como la historia de un cincuentón que no sosiega su deseo, su apetito carnal, y se ve obligado a repartir invitaciones con una venda en los ojos.

Las personas, que día a día sobreviven en las calles de la vida adulta, se sienten encantadas con una cita inusitada que surge al final de la tarde (promesa para soslayar la soledad o el tedio). También hay almas que deliran con los primeros orgasmos con alguien aún desconocido, pero ya en camino a ser querido. Y, más allá de la invención de las redes sociales, seguimos conmoviéndonos (eso habla bien de nosotros) con una flor que llega misteriosa por la mañana o con el abrazo que nos halaga y comprende.

Nuestra fragilidad y condena: queremos que nos quieran, amen y deseen. A la gente le gusta estar in the mood for love, «se te ve en la cara querida», le dicen sus amigas a la afortunada. Los terrícolas (hasta los más eremitas y escépticos) aman el amor y gozan saltar las olas del placer a plena desnudez y satisfacción, «mira que bien se te ha puesto la piel», «querida, el médico me ha dicho que este estado es bueno para mi biorritmo, combate el estrés, me alimento de endorfinas, rejuvenezco», «oh, Dios, me siento como una chiquilla de quince», «junto a él he descubierto sentimientos que jamás pensé albergar en mi interior, y que mi esposo no ha logrado despertar», «solo con pensar en ella se me vienen las lágrimas, no sé qué hacer», etc, etc.

No sé si Don Mario se sienta como una quinceañera enamorada. Y tampoco me parece justo hacer mofa de su estado de gracia. Solo Jaime Bayly, a quien ya se le conoce su hígado y su pico de cuervo, ha decidido escribir un chismorreo baladí sobre el ‘affaire Vargas Llosa’. La prensa desde luego alarga sus teleobjetivos para seguir de cerca los entretelones más nimios. Y en redes sociales (me he quedado patidifuso) aparecen comentarios de rígido moño conservador. Algunas personas lo tachan de irresponsable, de traidor, de ingrato, de ‘viejo aventurero’, como si la vida no fuera una aventura, y la edad solo una ilusión.

No participo de juzgar con esa severidad moral a nuestro escritor, a ese ser humano de 79 años que ha tomado una decisión en su vida: seguir a la sirena filipina, su canto, tomado de su mano.

A Patricia no creo que le quepan los apelativos de ‘la mujer abandonada’ o ‘traicionada’. Son palabras fuertes que no reconocen su inteligencia y dignidad. Patricia es el héroe literario, y Varguitas  ¿el antihéroe? Patricia es la lealtad, es el apoyo, es el hogar. Una mujer excepcional, con una personalidad generosa y tierna, que ya cualquier escritor joven quisiera contar como consorte.

Sin embargo, los círculos de la vida no admiten malos y buenos, buenos y malos, la vida es un constante fluir de energía que se acomoda, armoniza, libera. Si somos consecuentes, La tía Julia (primera relación de Varguitas), se dice que fue desplazada frontalmente (¿con alevosía?) por Patricia Llosa (la prima). Y además se comenta que el escritor peruano ha mostrado a lo largo de su vida una incorregible personalidad de  ‘simpático y atento’ con las damas, tergiversando los hechos a su conveniencia, y más de una vez faltando a su palabra de caballero (como nos lo cuenta la tía Julia Urquidi en Lo que Varguitas no dijo).

Hay una fortuna de 10 millones que entra a juicio entre marido y mujer. He leído que el primer fogonazo visual entre el esposo y la ‘otra’ surgió en febrero cuando Vargas se aventuraba en el teatro haciendo un papel en Los cuentos de la peste.

Se comenta que Preysler (viuda, 64 años de edad) y Marito saludaron en el camarín, luego de la obra. Y ahí se les cruzaron los cables de alto voltaje. Al parecer todo febrero fue de ellos, en tanto Patricia se encontraba lejos, en Lima.

«La vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana», ha dicho Vargas Llosa.

Patricia no ha pensado cederle el divorcio (hasta la fecha de escritura de esta nota) y ha comentado que sabe del carácter voluble y trotamundos de Mario. Su paciencia le dicta: es una cana más al aire de mi marido, y como él tiene muchas… ya volverá, cansado y vencido, es un escritor con un corazón demasiado joven…

La sabiduría de la esposa de Mario, que lo conoce mejor que doña Preysler, no obsta para que yo diga algo, a título personal: el amor a los 79 años no solo es amor, quizá allí, en ese risco empinado y lóbrego, sople un viento maluco, olor a muerte, olor a olvido. Es en ese risco, cerca del final, donde Mario (y algunos de nosotros) no toleramos vivir (ni residir). El amor a los 79 años no es solo amor, es una llamada de auxilio y ya de llamada le queda bien poco, porque resuena como un grito, porque cien años de soledad para Mario no dejan de ser una oración exagerada e injusta.

«Yo he cumplido, ahora me toca ser feliz. No me queda mucho tiempo», habrían sido las últimas palabras del novelista a su esposa (según la prensa), como despedida.

Y como dice la canción, antes de bajar las luces: cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta. El carutal reverdece y el guamachito florece, y las sogas se revientan. Caballo le dan sabana porque está viejo y cansa’o, pero no se dan ni cuenta que a un corazón amarra’o cuando le sueltan las riendas es caballo desboca’o. Caballo le dan sabana y tiene el tiempo conta’o, y se va por la mañana con su pasito apura’o a verse con su potranca que lo tiene embarbasca’o. El potro da tiempo al tiempo porque le sobra la edad, caballo viejo no puede perder la flor que le dan, porque después de esta vida no hay otra oportunidad.


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