Pedro Traversari Infante: el sueño de volar

Por Daniela Merino Traversari ///

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Se atrevió a volar. Literalmente.///

Crecí escuchando retazos de la historia de Pedro Traversari Infante, mi bisabuelo. Él fue el primer piloto ecuatoriano y el primer piloto militar que surcó los cielos de nuestras tierras y, sobre todo, fomentó la creación de la primera escuela de aviación del Ecuador. Ni más ni menos.

Hoy, volar sorprende poco. Que estas máquinas monumentales desafíen la ley de la gravedad ya no causa impresión. Pero imagino a un niño de comienzos del siglo pasado soñando con pilotear un avión, cuando en el cielo del país solo se veían pájaros…

Un viaje al pasado

Aunque crecí en una familia donde el nombre de mi bisabuelo siempre fue enaltecido, nunca supe con certeza cuál había sido su mayor contribución a la historia de la aviación en el Ecuador. Quizá la más común y la que más repetí a lo largo de mis años de escuela fue la de que Pedro Traversari Infante había sido el primer piloto del Ecuador. Ese dato me sobraba para sentirme orgullosa ante a mis compañeros. Sin embargo, me sentí confundida cuando vi el mural de Galo Galecio en el que aparece Elia Liut sobrevolando los Andes en el monoplano El Telégrafo, anunciándolo como el primer vuelo en la historia del Ecuador. Se supone que mi bisabuelo había sido el primero. Me sentí un tanto triste y engañada, pero fue fácil de solucionar: mi madre me enseñó el monumento en bronce de Pedro Traversari Infante en la antigua terminal internacional del aeropuerto Mariscal Sucre. Me explicó que mi bisabuelo había sido el primer piloto ecuatoriano (ya que Elia Liut era italiano) y, además, militar, y enfatizó que mi bisabuelo había sido el precursor de la aviación en el Ecuador. Volví a sentirme contenta como solo los niños se sienten cuando saben que hay alguien famoso o importante en su familia, aunque con mis cortos ocho años no supe bien lo que significaba la palabra “precursor”.

Sin embargo, no fue sino hasta hace poco que decidí hacer ese viaje al pasado para saber de una vez por todas quién fue Pedro Traversari Infante. Había llegado la hora de descubrir el legado de mi bisabuelo. En mis ansias de realizar ese vuelo hacia su historia, mi abuelo, Pedro Traversari Salvador, me regaló un tesoro: un archivo de recortes de periódicos, fotos, cartas y un libro. Un verdadero festín para la reconstrucción de una memoria tan importante para mí.

Los recortes de periódicos, meticulosamente guardados por mi abuelo (deseoso de preservar el legado histórico de su padre después de su muerte en 1952), responden a un acontecimiento particular: el homenaje que le hizo la Fuerza Aérea del Ecuador (FAE) el 25 de octubre de 1970 al mayor Pedro Traversari Infante, por su gran labor como precursor de la aviación militar ecuatoriana. Este consistía en la develación de un monumento de bronce que se levantaría en la antigua terminal internacional del aeropuerto Mariscal Sucre. La celebración conmemoraría los 50 años de la FAE, originada en la emisión del decreto bajo el Gobierno del doctor José Luis Tamayo que autorizaba la creación de la Escuela Militar de Aviación El Cóndor (27 de octubre de 1920), en la cual mi bisabuelo sería instructor y comandante de escuadrón hasta los años treinta. Y, además, el mayor Traversari también serviría a la patria como asesor de aviación en el Ministerio de la Defensa Nacional. Mi madre, Verónica, quien no conoció a mi bisabuelo, recuerda aquel día con mucha emoción, no solo por el gran homenaje que se le hacía a su abuelo, sino porque era la primera vez que mi abuela la dejaba usar medias nailon. Era un evento muy importante. Tenía quince años.

Descubro también entre los recortes de periódico que aquel día mi abuelo había dado un discurso en honor a su padre. Sus palabras me hicieron pensar en el calibre del sueño de aquel niño aviador. En palabras de mi abuelo Pedro:

“El 19 de octubre de 1919, el primer piloto militar ecuatoriano, Pedro Traversari Infante, cuyo busto se levanta hoy, señero, en el sitio desde el cual los aviones se remontan al azul del cielo, realizó su primer vuelo. Cuántos riesgos entrañaba en aquella época una hazaña así, era una verdadera aventura: y, quien se atrevía a remontar la inmensidad del espacio, en una frágil nave, que no poseía los instrumentos y los recursos de hoy en día, debía ser un hombre con una vocación increíble, dispuesto a cualquier sacrificio por lo que consideraba la razón misma de su existencia, mi padre fue un hombre de ese temple…”

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El calibre de un sueño

Y qué verdadera aventura debía ser para un niño de doce años dejar su hogar para ir a otro país a empezar, de alguna manera, ese sueño de volar. En 1910 mi bisabuelo fue a Chile a estudiar en la Escuela Militar, mientras se hospedaba en la casa de unos familiares. A sus escasos doce años, no le eran ajenas las travesías del firmamento. En sus cuadernos o en papeles sueltos, boceteaba todo tipo de naves aerodinámicas, diseñando muchas veces modelos que se adelantaban a su tiempo. Aves que daban la sensación de una gran fluidez y velocidad. Verdaderas águilas que dominaban el cielo. Y en sus días de salida, el cadete Traversari, “Pedrito de Quito”, como lo llamaban sus condiscípulos, permanecía largas horas en su habitación, creando pequeños modelos aerodinámicos al dar forma a pequeños trozos de madera con un cortaplumas y otras herramientas. Así iban proyectándose físicamente los dibujos de sus cuadernos. Algunos permanecían estáticos en su habitación, como figuras provocando al tiempo, y otros eran lanzados una y otra vez a la calle, desde el segundo piso de su hogar adoptivo. El sueño ya había comenzado.

En la mayoría de fotografías que me ha regalado mi abuelo, encuentro a mi bisabuelo posando delante de sus aviones. Son imágenes cautivantes, en todas ellas hay la entereza de un hombre que conoce su destino, que sabe muy bien cuál es su vocación, y cuál debe ser su contribución a la sociedad y a la vida. En sus ojos, reconozco los ojos de mi madre y los de mi abuelo. Reconozco esa mirada profunda y misteriosa.

Al observar las distintas fotografías, mi abuelo me cuenta que su padre construyó con sus manos uno de aquellos aviones, al que denominó Guayaquil. El piloto se encontraba en Santiago de Chile, a principios de 1919, de regreso de Quito, un tanto frustrado por no tener el apoyo del Gobierno del presidente Baquerizo Moreno para la creación de una escuela de aviación. Entonces, mi bisabuelo se impuso la tarea de construir su propio avión. En él renacía la vena creadora del niño que soñaba con ser aviador. No había nada que lo pudiera detener. Nada que pudiera interrumpir el sueño. Contaba con un motor de 50 caballos de fuerza, proveniente de un avión accidentado y partiendo de esta base comenzó una paciente labor de reunir los demás elementos requeridos para la construcción de su aeronave. Los amplios corredores de la casa de su tío Erasmo Infante Riesco, en la calle Loreto de la ciudad de Santiago, se convirtieron en su taller particular. Con solo la ayuda de un mecánico, mi bisabuelo devolvió la vida a aquel motor agonizante. Entonces partieron él y su máquina a surcar los cielos del Guayas. A la máquina se la presentó oficialmente a la sociedad el 18 de octubre con una ceremonia de bautizo en el teatro Olmedo, y por primera vez un ecuatoriano voló cielo guayaquileño, sobre los campos del Jockey Club, aquel domingo 19 de octubre de 1920. A este vuelo se había referido mi abuelo en su discurso.

El mayor Traversari alcanzó los 300 metros de altura volando sobre los espectadores durante algunos minutos y logró aterrizar con maestría. El público, entusiasmado, lo obligó a ejecutar un nuevo vuelo y así culminó una hazaña inolvidable en la historia de la aviación del Ecuador: el primer vuelo de un piloto ecuatoriano, con un aparato improvisado.

En otra fotografía aparece mi bisabuelo delante del biplano La Syrie. El año es 1923. En esta foto mi bisabuelo es más adulto y su mirada más real, más contenida, de ese hombre que ya tiene la satisfacción de estar viviendo su sueño a plenitud. Este biplano fue un obsequio de la colonia Siria para la escuela de aviación El Cóndor. Y en él, mi bisabuelo llevó a pasear a mi bisabuela, Rebeca Salvador de Traversari. Ella se convirtió en la primera quiteña en volar sobre su ciudad natal. Este dato me hubiera gustado mucho conocer a mis ocho años. Hoy me pregunto: ¿cómo se habrá sentido ella? Volar. Volar por primera vez. Y ser la primera mujer en volar. Mi bisabuelo queriendo siempre compartir su pasión con su esposa, con sus alumnos, con la patria entera…

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El peso de la herencia artística

Volar era “la razón de su existencia”, como diría mi abuelo Pedro. Si no había aviones, los diseñaría. Si el Gobierno era indiferente al progreso y, por ello, a sus pasiones, no importaba, estas carecían de límites. Pero ahora pienso, quizá, que su verdadera aventura comenzó con la creación de esas pequeñas naves y más adelante con su monoplano Guayaquil. Esta vena creativa respondía a sus instintos de niño, al que dibujaba modelos futuristas en la soledad de su cuarto, pero quizá esta pasión también la había heredado de su padre, Pedro Pablo Traversari Salazar y de su abuelo, Pedro Pablo Traversari Branzatti, ambos artistas de gran envergadura.

Traversari Branzatti nació en La Ravena en 1838. Gabriel García Moreno lo contrató para que viniera como profesor de flauta, en 1870, para dar clases en el Conservatorio de Música que el presidente fundó. Branzatti se enamoró de Los Andes y decidió formar aquí su familia, tuvo a su hijo Pedro Pablo Traversari Salazar, a quien mi familia llamaba cariñosamente El Nono, padre del aviador, quien desde temprana edad también mostró grandes aptitudes para la música.

Luego de perfeccionar sus estudios en París y Roma, El Nono regresó al Ecuador en 1900 para reinaugurar el Conservatorio de Música, bajo la administración de Eloy Alfaro. El Nono no solamente era un gran creador de himnos y sinfonías, sino que fue el diseñador del escudo nacional tal y como lo conocemos ahora. Mi bisabuelo parece haber heredado del Nono sus grandes dotes de diseñador, porque no solamente diseñó aviones de juguete y otros reales, sino que también fue el creador de la primera bomba aérea del país. Esta fue oficialmente aprobada por el Ministerio de Guerra, Marina y Aviación en 1934 para ser utilizada en los aviones de guerra para defender el territorio ecuatoriano. Este dato me impresionó profundamente. No es común, hoy en día, conocer a alguien que construya bombas (ni que construya aviones), pero la época se prestaba para estar muy alertas a lo que sucedía en el mundo, había pasado la Primera Guerra Mundial y la Segunda se estaba gestando.

En cuestión de formas poco tendrá que ver la música con la aviación, pero lo cierto es que estas dos actividades nos hacen volar y despiertan en el alma las más diversas sensaciones. Esto es lo que tienen en común estas actividades aparentemente tan opuestas. Y esta música es la que heredó mi bisabuelo de sus antepasados: la del alma, la de las pasiones creativas y la del impulso de la imaginación.

Me siento orgullosa de ser bisnieta de Pedro Traversari Infante. Me siento muy conmovida al conocer un poco más de la historia y el legado de este hombre, a quien algún día, en otra dimensión cósmica, quizá conoceré. Siento, más allá del vínculo sanguíneo y la pasión de niña que aún me arrastran hacia esta historia, que nadie, jamás, pudo competir con la fuerza que guiaba su imaginación porque, independientemente de cumplir su sueño de llegar a volar, cumplió su sueño de compartir su sueño. Amaba a su patria y no dejó que nada se interpusiera en su objetivo. Simplemente, el mayor Pedro Traversari Infante sembró la semilla del árbol que hoy constituye la Fuerza Aérea del Ecuador.


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