Naturaleza vil

Por Leila Guerriero

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¿Qué es un animal? Dice el diccionario de María Moliner que es un “organismo vivo que posee sensibilidad, movilidad propia y alta capacidad de respuesta. Se diferencia de las plantas por la falta de clorofila y por necesitar oxígeno y alimentos orgánicos complejos para sobrevivir” y “Por contraposición al ser humano, otro animal cualquiera”. Hablemos, entonces, de esos otros animales cualquiera.

Testimonio

Desde que tengo memoria, para mí un animal es un animal. En la casa donde me crie, en una ciudad mediana del interior de la provincia de Buenos Aires, no había mascotas —no queríamos tenerlas— pero atravesé la infancia y la adolescencia en contacto con animales (gallinas, cerdos, caballos, perdices), como es natural si uno vive cerca del campo. Siempre tuve, con ellos, una relación de respeto distante: ustedes en su mundo, yo en el mío, no hay obligación de compartir. Nunca les temí, pero jamás los traté como a adorables cachorros humanos ni sentí por ellos ninguna clase de fascinación. Leo ahora el prólogo de Bernardo Subercaseaux al libro El mundo de los perros y la literatura (Ediciones UDP, 2014): “En mi vida personal jamás tuve un perro ni siquiera me había detenido a pensar en lo que eso significaba (…) Para mí los perros eran como una cosa o a lo más tenían el mismo estatuto que una mosca o una abeja”. Parafraseando, yo podría decir que todos los animales —perros, gatos, caballos, perdices, pájaros, liebres o mosquitos— tenían para mí el mismo estatus: compartían una forma de vida que me era ajena.

En esa ciudad en la que me crie, los animales no solo morían sino que, a veces, los matábamos. Vi a mis abuelos cortar cogotes de gallinas con un hacha para hacer un guiso y nunca pensé que fueran personas crueles, como jamás supuse que mi padre fuera un asesino por matar a una vaca enferma de carbunclo con la cara comida por la infección, ni que mis hermanos y yo fuéramos desalmados por cazar patos o pescar peces que íbamos a comer. La frase de Paul McCartney, “si los mataderos tuvieran paredes de cristal, todo el mundo sería vegetariano”, quizás funcione con espíritus urbanitas o criaturas que creen que un bife sale de una extraña fábrica de bifes, pero no es tan fácil con gente como nosotros: nuestro mundo cotidiano era un matadero con paredes de cristal, y no nos parecía un mundo indigno.

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Hace veinte años, conocí a Diego, el hombre con quien vivo. Es fotógrafo, camarógrafo, dueño de una veterinaria, sabe mucho de animales y tiene con ellos una conexión extrema que, así y todo, está en las antípodas de la melosidad. Viéndolo acariciar perros sarnosos en playas desiertas, o recoger pájaros moribundos, he sentido que los animales y él tenían una misma edad, una misma condición: ni niños ni adultos ni humanos ni animales. La perfecta otra cosa. Diego es piadoso con ellos, pero no complaciente: sabe que un mono puede ser adorable y, también, una máquina asesina. Sabe, en fin, que los animales son animales y que, como cualquier fuerza de la naturaleza, no están del todo bajo control. Pero, aunque pueda parecer que veinte años de convivencia son tiempo suficiente para contagiarse, su relación con los animales no es la mía. Él es, entre ellos, uno más. Yo nunca pierdo mi condición de extranjera. Ni quiero.

En El peso de los sueños, el documental sobre la filmación de su película Fitzcarraldo en la selva amazónica, el director alemán Werner Herzog decía: “La naturaleza aquí es vil y básica. Solo veo fornicación y asfixia y estrangulamiento y pelea por la supervivencia y crecimiento y veo cómo todo se pudre. Por supuesto, hay mucha desdicha. Es la misma que está alrededor de nosotros. Los árboles aquí son desdichados, los pájaros también. No creo que canten, gritan de dolor. No hay armonía en el universo (…) Pero cuando lo digo, lo digo lleno de admiración por la jungla. No la odio, la amo. La amo con locura. Pero la amo en contra de mi mejor juicio”. Yo podría poner la firma al pie. A Diego, en cambio, toda esa asfixia y estrangulamiento y pelea por la supervivencia le resulta no solo armónica sino necesaria. Cree que, en los mundos naturales, todo funciona bien: le parecen mundos sabios. Yo creo, con Herzog, que la naturaleza puede ser vil y básica. Y los animales forman parte de esa naturaleza.

En estos años, mi casa fue guarida de rehabilitación de iguanas, gatos, víboras, zarigüeyas y pájaros que llegaban en mal estado a la veterinaria de Diego y necesitaban cuidados extremos. Pasaban un tiempo y, cuando se ponían bien, los veíamos partir con nuevos dueños o de regreso a su hábitat natural. Hace un año y medio, Diego trajo seis gatos siameses con un síndrome respiratorio agudo. Entre ellos, una gata ínfima, raquítica, llena de tos, que se comportaba como si fuese un enérgico mamut: investigaba los rincones, saltaba hasta alcanzar los picaportes, hacía esfuerzos ingentes por trepar a la mesa. Si los otros cinco, aún enfermos, se veían diez veces más saludables, ella parecía un león metido dentro de un cuerpo mezquino. Estornudaba y se le notaban las costillas y la columna vertebral parecía un himalaya capaz de atravesarla, pero era imparable, tan pequeña que cabía en la palma de mi mano, con una elegancia y una voluntad de vivir tan macizas que metían pavor. Empecé a cuidarla y me tomé su supervivencia como una causa personal. Cada mañana venía hacia mí, se trepaba por el pantalón y desde allí, medio colgada, me miraba con ojos desmedidamente grandes para un cuerpo desmedidamente chico. Me resultaba graciosa, llena de empeño y de coraje. Por las tardes, mientras yo escribía, se acurrucaba y se dormía en mi regazo. Poco después, llegó a casa otra siamesa, recién nacida, que una clienta de la veterinaria había encontrado en la calle. Si los demás la miraban con recelo, la gata ínfima, raquítica, llena de tos, se le acercó como una discreta compañera de desgracias. De a poco, los gatos ya rehabilitados empezaron a encontrar dueño. Pero la gata abandonada no podía enfrentar otro abandono tan rápidamente, y la gata ínfima y raquítica parecía aún demasiado frágil para dejarla partir.

Al mes de convivir con las dos, la pregunta empezó a hacerse obvia: ¿qué vamos a hacer? Yo nunca había querido cuidar de nada vivo que no fuera yo misma. A Diego nunca le gustó la idea de tener un animal (porque, entre otras cosas, suelen morir antes que los humanos). Pero la posibilidad de que esa gata —por la que yo sentía un orgullo salvaje, una ternura extravagante y desconocida— fuera criada por otras personas me parecía inadmisible. Solo que, ¿gatos en casa? ¿Qué haríamos cuando nos fuéramos de viaje, cómo lograríamos que no se comieran los libros, no hicieran pis sobre el equipo fotográfico? ¿Por qué dos personas libres iban a atarse a la existencia de dos seres a quienes habría que cuidar y vacunar y alimentar?

No fue un tiempo fácil. Una mañana nos levantábamos con la convicción de que no pasarían una sola noche más en casa, y a la siguiente nos sentíamos incapaces de sacarlas de ahí. Un día, conversando con el escritor argentino Fabián Casas, dueño de Rita, una perra por la que él daría, y casi da, la vida, le conté de nuestras dudas mientras pensaba, con indignación, “¿qué hago yo hablando de gatos con Fabián Casas?”. Recordé aquel poema de Fogwill, “Viejas puercas”: “Con perritos que cagan/ estas veredas de Palermo./ Por aquí vivió Borges./ Esta es la esquina donde lo mataron en un sueño./ Por aquí estaba la carnicería./ Las viejas puercas no recuerdan nada,/ ni saben./ Miran cagar a sus perritos/ y les hablan:/ vamos ya que mamá hoy ahora está apurada”. ¿Me estaba transformando en alguien capaz de salir a la calle con el suéter lleno de pelos, en alguien que al llegar a casa saluda antes a su animal que a su marido? Esa tarde, Fabián se despidió con un grito amable: “¡Quédate con la gata!”. Por la noche me envió un mail: “Hay algo muy peligroso, individual e íntimo que yo siento cada noche en que duermo a mi hija. Solo cuando sé que mi hija está condenada por mí, que la traje al mundo para morir y acepto eso, es cuando puedo ser su padre de manera cabal, liberándola y liberándome. Lo mismo es para cualquier ser querido”. Vivo, desde entonces, con Diego y con dos gatas. Nunca las he llamado mías. Son seres a los que salvamos de morir y de vivir en la calle y, por eso, soy —somos— responsables. Pero un animal es un animal.

Hacia fines del año pasado, la gata frágil dejó de treparse a mis pantalones, de venir a mi estudio, de acurrucarse en mi falda. Su peso, su levedad conmovedora, su belleza lesiva, su forma de ovillarse entre mis manos: todo eso desapareció sin motivo de un día para otro. Y yo, que me había entregado sin pensarlo a esa ternura insensata, a ese afecto salvaje, a esa cumbre de la incondicionalidad que había entre ella y yo, empecé a preguntarme si volvería a mí, alguna vez, la gata que yo había conocido. Recuerdo que la escritora Alejandra Costamagna, conocedora del comportamiento de los gatos, después de una cena durante la que compartí con ella y con otra amiga mi preocupación vergonzante: “La gata ya no me quiere”; me dijo, mientras me dejaba en mi hotel, en Santiago: “¡Volverá!”.

Y volvió, claro. Y volvió a irse. Y a volver. Porque, me dicen, así son los gatos.

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Ahora, en las mañanas, se arroja a mis pies, girando sobre sí misma con una gracia dulce y pícara, y cuando estoy lejos la extraño: la suavidad de las orejas, el gorjeo que emite cada vez que da un salto para treparse a alguna silla. Pero aquella intempestiva indiferencia, aquella incomprensible frialdad, me recordaron lo que no debí haber olvidado nunca. Todavía no sé qué cosa fuimos juntas durante aquellos meses en los que ella aprendía a vivir mientras yo aprendía a cuidar de algo vivo. Ahora, como entonces, un animal es un animal: algo tan distinto de mí, tan desconocido, tan aberrante como un meteorito. Claro que, como dice Herzog, lo digo llena de admiración. La quiero. La quiero con locura. Pero la quiero en contra de mi mejor juicio.


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