Nagas, los últimos cazadores de cabezas

Texto y fotos por Pete Oxford y Reneé Bish ///

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Manejando duro y largo desde el estado de Megalaya, nos vamos acercando durante varios días al corazón de los últimos cazadores de cabezas que quedan en India. Nuestro viaje, desde los Puentes Vivientes de Nongriat y la tribu Khasi, nos ha llevado la mitad del camino a través del estado de Assam. Cada vez que nos encontramos en la carretera con un elefante de trabajo, detenemos el vehículo y bajamos de un salto para gozar de un abrazo gratuito de paquidermo a cambio de la golosina de un puñado de bananas maduras (siempre la tenemos a la mano para usarla precisamente en esto), ante la que muestran su contento. Hemos visto grandes rinocerontes indios salvajes de un solo cuerno al lado del camino mientras manejamos a través del impresionante Parque Nacional Kaziranga. Nadie nos puede impedir parar el vehículo y saltar para caminar como vadeando hasta la cintura entre los altos arbustos de té de Assam. A pesar del riesgo de que en cada paso se nos llene el zapato de sanguijuelas terrestres chupadoras de sangre, el premio de fotografiar a las exquisitas mujeres recogedoras de té hace que valga la pena. Cubiertas con amplios sombreros tejidos y llevando pesadas canastas, estas damas de piel oscura, la mayoría de Orissa y Bhopal, se asombran de que un hombre blanco con una cámara las encuentre dignas de una segunda mirada, menos de una fotografía. Esto me da una lección de humildad y trato de hacerles justicia mientras capto su imagen.

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Al llegar a Nagaland entregamos fotocopias de los pasaportes y visas, así como nuestros permisos oficiales, obtenidos con anticipación, para viajar dentro del estado.

Para prepararnos para los cazadores de cabezas, los konyak nagas y ajustarnos al modo de vivir de los nagas, visitamos primero a la tribu ao naga y a los chang nagas. Aunque todavía muy asiáticos en su apariencia, los nagas son diferentes de los assamenses en su vestimenta y sus cuchillos. Los chales tradicionales están decorados con tigres y llevan sus cuchillos en la espalda en recipientes abiertos de bambú. Utilizan a los búfalos para halar troncos de la selva y el agua para el té la hierven en recipientes de bambú verde que colocan cerca de la fogata. En esos días era el Diwali, uno de los mayores festivales de India, pero aquí en Nagaland ni siquiera se notaba.

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En nuestra primera visita a una aldea ao naga, la pieza central fue un gigante tambor hecho de un tronco. Primero, cientos de nagas, uniendo sus fuerzas, halaron un tronco sólido hasta colocarlo en un punto alto, donde se lo talló y decoró para formar un tambor hueco en el que un grupo de guerreros nagas puede danzar golpeándolo con ritmo. La gente es muy amigable y acogedora, y las mujeres mayores me permiten aproximarme con mi cámara muy cerca de sus piernas para documentar sus tatuajes corporales que ya se van desvaneciendo. Un joven se nos acerca y nos pregunta si queremos que se ponga su vestimenta tradicional para una foto. Lo hace, sin cobrarnos nada y por ninguna otra razón aparente que ayudarnos a aprovechar al máximo nuestra visita. Comemos en las casas nagas, donde cocinan fideos chinos en una fogata en el centro de la casa, mientras el humo y el calor suben para curar la carne, donde, también colgadas sobre el hogar, están hierbas secas y raíces en canastas cubiertas con estalactitas de hollín.

Adentrándonos en territorio naga, conducimos a través de unos increíbles caminos de tierra que culebrean, rodeados de precipicios, entre las montañas, donde en cualquier momento en un filo con hierba crecida uno puede precipitarse en caída libre hacia el olvido. Incluso una vez paramos para unirnos a un grupo que miraba sobre el filo, tratando de divisar un carro que acababa de caer. Las montañas están cubiertas con espesos bosques de bambú y banano silvestre. El escenario es asombroso pero no hay aves o animales que compartan nuestro viaje. Todo ha sido comido hace mucho tiempo.

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Del pueblo de Tuensang seguimos hasta las cercanas aldeas de los chang naga. Sus casas están decoradas con calaveras de búfalo, que demuestran el estatus social de aquellos que son suficientemente ricos y generosos como para matar un búfalo para compartirlo con los habitantes de las aldeas vecinas. Las mujeres corren de mí en aparente terror pero, una vez que están a cubierto, espían por las rendijas de las paredes de bambú. La oscuridad reina a las 16:30 y nos dirigimos a casa. Una llanta baja, en domingo, nos causa problemas pues, al ser gobernados durante cien años por bautistas, la prohibición de trabajar implica que nadie nos puede dar aire comprimido para poder reanudar el viaje. ¡Y también la llanta de repuesto está baja! A la mañana siguiente, después de ducharnos con un balde sobre el toilet indio, nos dirigimos al pueblo de Mon en territorio konyak naga. Encontramos a un hombre con una tira que cuelga de su casco tradicional, confeccionada de garras de tigre, cazados localmente, quien se muestra orgulloso de ser fotografiado como un guerrero. Aunque la mayoría de las personas a lo largo del estado llevan vestidos baratos de tela sintética, hechos en China, con dibujos de Mickey Mouse o sus amigos, bajo la superficie hay un fuerte sentido de orgullo cultural.

Nuestra siguiente aldea finalmente está ya en tierra konyak naga. Pasamos tres días en la casa del jefe de la aldea de Mongnyakshu. Duermo puesto toda mi ropa sobre una mesa cubierta con una hoja de plástico y solo tomo algo de calor la mañana siguiente casi sentándome encima de la fogata del medio de la casa.

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En las aldeas vecinas a las que caminamos, nuestra llegada siempre es anunciada primero en la casa del jefe (ang), donde se ofrece un pago simbólico tradicional por nuestra visita. Estamos buscando verdaderos cazadores de cabezas. Guerreros que hubiesen traído a casa una o más cabezas cortadas de guerreros de clanes enemigos durante la batalla. No caníbales, sino guerreros que cortaron las cabezas y luego las trajeron en canastas especiales a sus casas y, en medio de una ceremonia, exhibieron los cráneos como trofeos. El guerrero, en reconocimiento a su valentía como cazador de cabezas, tiene derecho a su condecoración: ¡un grupo de elaborados tatuajes que cubren su cara y su pecho!

Visitamos una casa de un ang que la mitad está situada en Burma y la mitad en India. Nos invitan a entrar y nos sentamos con el ang y sus dos amigos. Los tres están muy decorados con tatuajes faciales, por lo que les miro profundamente tratando de encontrar un rasgo de sus expediciones asesinas del ayer. Solo puedo encontrar brillantes destellos de malicia y muecas juguetonas, infantiles. Mi cabeza se pone pesada al respirar el denso humo que emite una caldera de bronce que hierve al fuego. Se prepara el opio para tener a estos tres hombres en un estado de relativo trance. Caminamos sin visa por el lado de la aldea que queda en Burma y encontramos más hombres, orgullosos de sus tatuajes, aunque todos amigables y ninguno de ellos con la menor muestra de agresividad que indicara que quisiera cortarme la cabeza. Después de todo, la última vez que hubo una cacería de cabezas fue por allá por los años setenta, ¡al menos esa es la historia oficial! (Traducción GOC)


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