Carlos Montúfar, el maestro que enseña a dudar

Por Francisco Febres Cordero ///

Fotografías: Juan Reyes y cortesía ///

Apertura-Montufar

Tiene nombre y apellido de prócer este sesentón de pelo y bigote encanecidos, que siempre luce una sonrisa amigable que revela su carácter alegre, jovial, cercano a las ironías, a las bromas. Me recibe en el rectorado de la Universidad San Francisco, una oficina amplia íntegramente forrada de madera, con una gran ventanal que da al patio. Hace calor, se despoja del saco pero no se afloja la corbata. Está contento porque de la imprenta le acababa de llegar su libro Una mirada al cosmos, en que recoge sus experiencias para enseñar física a sus alumnos de una “manera supuestamente fácil”, dice. Y entonces le suelto:

—Stephen Hawking dice que se había librado de dar clases gracias a que comenzó a escribir libros. ¿Tu caso es el mismo?

—¡A mí me encanta dar clases! Llevo ya 40 años como profesor. Cuando en 1976 regresé de Estados Unidos, José Rubén Orellana, o sea el Orico, me llamó a la Politécnica y desde ahí doy clases.

—¿Tú te graduaste en Física en Estados Unidos?

—Sí, y luego hice un posdoctorado en el área nuclear. El mejor momento de mi vida es cuando estoy en el aula, dando clases.

—Bueno, pero ahora eres rector. ¿Cómo está la San Francisco en estos tiempos?

—Desde el punto de vista académico, muy bien. Fuimos calificados como la única universidad clase A en el país. Hubo otras que son clase A, pero son dos politécnicas y dos de posgrado. Además de Arquitectura, Jurisprudencia e Ingeniería, fuimos acreditados también en Medicina y Odontología. Nosotros consideramos que la nuestra es una universidad consolidada. Creo, sin embargo, que el sistema universitario ecuatoriano sigue siendo deficiente.

—¿La injerencia del Gobierno les afecta también a ustedes?

—Sí y no. Por un lado, que hayamos sido clasificados como A cumplió nuestras ambiciones. Por otro, el Gobierno, si bien cerró esas catorce universidades de garaje, se dio la vuelta y ahora tenemos un proceso de hiperregulación. Hemos hecho un grupo de universidades privadas y estamos peleando para que el Gobierno no gaste recursos porque la hiperregulación está llevando a niveles que entorpecen el funcionamiento de la universidad. Gran parte de mi tiempo lo dedico a cumplir los requerimientos de las autoridades de control, a llenar formularios y esas cosas. Y las autoridades de control todavía no están coordinadas y nos piden la misma información desde distintos ángulos, seguramente para llenarse de papeles. En general, hay una sobrecarga administrativa, un exceso de control que ya no nos permite ser innovadores.

—¿En qué sentido?

—Llegan al nivel de que, como acreditan las carreras, hay que rediseñar toda la malla curricular. Sin libertad de cátedra, parecería que todas las universidades vamos a tener exactamente los mismos pénsums. Espero que no se llegue a eso porque ahí se desvirtúa el concepto de las diferencias, característico de la universidad. Lo rico de la universidad es la variedad. Por otro lado, la ley no distingue entre universidad pública y privada, excepto en que las particulares no recibimos fondos del Estado ni siquiera para investigación. Dependemos de las pensiones de los alumnos para sobrevivir, pero ya nos las están regulando. Últimamente hemos tenido un acercamiento interesante con el Senescyt y el Cees para pensar en regulaciones que diferencien las universidades públicas de las privadas.

¿Y el cogobierno?

—Ese es otro tema grave. El problema fundamental es que el Gobierno requiere que este cogobierno (en que hay representantes de los alumnos, de los profesores, de exalumnos y de trabajadores) tenga mayoría sobre el rector, el vicerrector y los decanos. En América Latina el cogobierno ha sido nefasto y en el Ecuador ni se diga. Además, como el rector y el vicerrector tienen que ser elegidos por votación de todos los estamentos universitarios, se introduce la política.

—¿Tú fuiste elegido así?

—Sí, en septiembre pasado, por un período de cinco años.

¿Eres uno de los fundadores de la San Francisco?

—Estuve desde el inicio. Cuando regresé de Estados Unidos con mi doctorado (fui el primer ecuatorianos con PhD en Física) entré a la Politécnica como profesor a tiempo completo. Santiago Gangotena estaba terminando su doctorado también en Física y nos reuníamos y conversábamos. De la Politécnica pasé a la Comisión de Energía Atómica, hablé para que Santiago se incorporara y compartimos oficina. Eso fue el año 77 del siglo pasado. Santiago tenía la idea de que había que hacer algo en el sistema universitario, crear una universidad privada. Yo le decía que estaba loco. En el año ochenta y pico se formó la Corporación de Promoción Universitaria, un grupo de personas que queríamos fundar una universidad privada. Ahí decidimos abrir una universidad en septiembre del 88, en una casa de la avenida 12 de Octubre, con ciento y pico de alumnos y doce profesores.

¿La mayor parte de tu educación la hiciste en Estados Unidos?

—Yo me fui para quinto grado, guagüito. Me quedé hasta terminar el posdoctorado.

CM-ACELERADOR-DE-ELECTRONES[18]Carlos en el acelerador de electrones de la Universidad de Notre Dame en 1972 durante su doctorado.

 

¿Por qué te fuiste?

—Mi papá, aunque se formó en Francia, admiraba todo lo norteamericano. Él estudió Leyes, pero era un científico frustrado y a sus tres hijos varones (soy el mayor, luego vienen Juan y Santiago) lo

único que nos hacía era preguntas de ciencia. Decidió que los tres fuéramos ingenieros, pero como antes teníamos que aprender inglés, nos puso en la escuela allá, primero en un colegio público en Miami y luego en una academia militar en Indiana, donde nos graduamos. Como a una hora de allí estaba la universidad de Notre Dame, allá fuimos.

¿Y tu hermana Gloria?

—También estudió en Estados Unidos y se graduó en Administración. Mi mamá también estudió en Estados Unidos y era de las primeras mujeres con título norteamericano en Administración, por el año 45.

Si te fuiste en quinto grado, ¿dónde estudiaste los cuatro anteriores?

—Primero en el Americano y luego en el Spellman.

¿Venían durante las vacaciones?

—O veníamos o mis papás iban allá. Mis recuerdo de las vacaciones aquí son el campo, pero mi papá era muy exigente y nos metía a clases de ruso, de matemáticas, de guitarra, lo que sea con tal que no vagueáramos. A la larga, claro, eso nos sirvió, pero en esa época, ¡qué problema!

¿Por qué estudiaste Física?

—Comencé a estudiar Ingeniería, pero en Notre Dame había un programa que se llamaba Ingeniering Science. El último año me tocó tomar una clase de física moderna, que comprendía mecánica cuántica, relatividad, y eso me fascinó. Entonces con una beca hice el PhD en Notre Dame.

¿Con qué idea práctica?

—Ninguna, creo. La única vía que se te abre es la académica. Y si te vas por la Física experimental, la investigación en los grandes centros. Yo, aunque hice física teórica, después me especialicé en Ingeniería Nuclear. Dije, de pronto puedo trabajar en un reactor o en una de esas cosas. Total, regresé y me vinculé a la Politécnica.

¿Para qué diablos sirve la física?

—Para hacer universidades, pues, jajajá. También sirve para manejar ganadería de leche (otra carcajada). No, en serio, cualquier carrera en ciencias que te hace pensar de una manera lógica, crítica, que te permite diferenciar entre lo emocional y lo racional, te da bases para razonar con lógica y eso te sirve en la vida. Y te pone a dudar. Te enseña a hacer preguntas.

¿Preguntas que van desde el núcleo del átomo hasta los confines del universo?

—Este año se cumplen cien de la teoría general de Einstein y, aunque esos par

adigmas siguen, cada vez hay más preguntas. A fines del siglo XIX un inge

niero francés dijo quiero estudiar física y los físicos le preguntaron para qué, si ya todo lo de la física está hecho, no hay nada más que aprender. Total, ese señor estudió física, escribió una tesis de tres pág

inas y una ecuación y ganó el Premio Nobel en 1929. Se llama Luis Felipe Broglie. Hoy día la física presenta cada vez más misterios.

NObel-de-Fisica-Wilczek,[4]Con Frank Wilczek Premio Nobel de Física 2004.

¿Cuáles son?

—Primero, la mecánica cuántica, algo que hemos aprendido a manejar pero nadie entiende. El mismo Richard Feynman afirmaba que si alguien dice que entiende mecánica cuántica es porque está mintiendo. Lo que conocemos son los algoritmos necesarios para entender los fenómenos de la naturaleza, pero nada más. Einstein nunca creyó en la mecánica cuántica. El otro tema es la expansión acelerada del universo. Hay energía y materia faltante en un 95%. El 5% del universo es lo que vemos. El 95% es NPI: no poseemos información. Entonces, hay mucho que aprender. Y ahora, con el modelo estándar, el acelerador de Ginebra, la partícula de Dios, cada vez se van cerrando etapas, pero se abren nuevas preguntas. Es fascinante.

¿Y si te digo que la física es una cosa abstracta que se resuelve en fórmulas?

—Lo que pasa es que atrás de las fórmulas hay unos conceptos bellísimos: la simetría, el espacio, el espacio-tiempo. Y, claro, los físicos nos creemos más importantes porque de la física nace la química y, hasta ahora, la biología se basa en la química. El problema para la física es que cada vez necesitamos laboratorios más grandes para poder llegar a lo más pequeño. Ya estamos en los quantec, en el bosón de Higgs denominado partícula de Dios y nos preguntamos: ¿qué más hay abajo?

¿Y más arriba?

—Lo grande, el universo. En el mundo de lo más pequeño funciona la mecánica cuántica. En lo más grande, la gravitación, el sistema solar, la atracción gravitacional, el crecimiento del universo. Y hasta ahora no se encuentra una unión entre los procesos gravitacionales con lo más pequeño, que es lo nuclear. La teoría se pregunta por qué la naturaleza tiene esos dos escenarios que no se comunican. Una de las grandes teorías actuales es tratar de unificar la gravitación con la mecánica cuántica.

¿En la mitad de esos dos mundo no estará Dios?

—Para mí Dios no está en ningún lado. Uno se puede hacer la pregunta del Big Bang, la teoría de que el mundo empezó con una gran explosión, entonces, ¿qué pasaba antes? La respuesta es: el concepto de antes no existía. Antes no había nada, el concepto de espacio no existía. La gran explosión, hace 13 700 millones de años, crea un escenario de la nada. Y entonces la pregunta es: ¿qué estaba haciendo Dios antes de crear el universo? San Agustín respondió: estaba preparando el infierno para aquellos que hacen esas preguntas. Lo que hace la física es coger los 60 segundos después del Big Bang y de ahí se va para adelante. Otros dicen que el universo siempre existió, entonces, ¿dónde estuvo ahí un creador? El problema viene con la palabra siempre y con la palabra nada, dos palabras dificilísimas. Los matemáticos no tienen problema porque dicen infinito, hacen un símbolo y se van a dormir. Y para la palabra nada escriben el = y se van a dormir. Pero los físicos estamos plagados de problemas: 1 dividido para 0, por ejemplo. 1 dividido para 0 tiene infinito. Entonces los físicos nos vamos para atrás lo que más podemos, empujamos, empujamos. Y los grandes laboratorios tratan de reproducir para ver qué pasó en el Big Bang, qué partículas, qué fuerzas interactuaban, ¿hubo plan o no hubo plan?, ¿por qué estamos aquí, somos un producto del azar, de dónde viene la evolución? Son preguntas fascinantes y el ser humano quiere respuestas, por eso busca la religión: ahí están las respuestas. Pero uno no puede quedarse con una respuesta tan simple. Einstein decía que después de haber estudiado en un colegio católico llegó a una edad en que tuvo una orgía de libre pensamiento y ahí comenzó a cuestionar todo. Pero cuestionar también es difícil. Descartes también cuestionaba todo pero, para no perderse, se quedó con la religión. El saber preguntar es complejo.

¿Hay que dudar?

—¡Ese es el proceso educativo! Uno tiene que enseñar a dudar, y eso es difícil. El proceso de dudar tiene unos condicionamientos muy complejos para el ser humano. Primero, ¿cómo observamos el universo? La manera más sencilla es a través de nuestros cinco sentidos, que son nuestras herramientas para entender.

¿Y el sentido común?

—Es el peor de los sentidos. Si quieres hacer ciencia con sentido común de seguro te equivocas porque está basado en lo visceral y el estómago no funciona para hacer ciencia. El proceso de experimentación es fundamental. Ahora, nuestros sentidos son malucos: no sabemos volar, no corremos rápido, no nadamos bien, no nacemos con abrigo, pero todas esas debilidades físicas fueron compensadas por nuestros antepasados con el cerebro. El otro problema es el de nuestros condicionamientos. Al observar algo estamos condicionados de antemano a intuir la respuesta: los científicos anticipan una respuesta y de pronto la realidad nada tiene que ver con eso. ¿Cómo eliminamos el condicionamiento al hacer el experimento? Ahí nace el método científico que es lo mejor que conocemos para poder interpretar y modelar lo que observamos del universo. Ese método científico, promovido por Galileo, tiene que ver con la experimentación, con la duda, y es el que mejor resultado ha dado. Otra cosa interesante es que genéticamente guardamos mucho de lo que éramos hace cien mil años. Es el principio de la caverna. Todos nacemos de la misma base genética hace más o menos 70 mil años, compartimos los mismos genes y por eso todo ser humano tiene comportamientos similares. No somos ni neandertales ni cromañones, somos sapiens sapiens y esos siempre están merodeando alrededor de nosotros, y al tratar de observar y experimentar nos dejamos llevar por sentimientos emocionales y no racionales, lo cual va en contra de la ciencia. Pensemos en el Cotopaxi, sus erupciones eran atribuidas a los dioses que nos castigaban por ser malos. Ahora sabemos que al Cotopaxi le vale un pepino, no tiene ninguna importancia que a ti o a mí nos sepulten los lahares: lo que el ser humano ha logrado para entender el universo es asombroso.

Grande el ser humano visto en su conjunto, lo cual contrasta con su pequeñez individual.

—Así es. La categoría de sapiens nos la merecemos porque hemos sabido llegar adonde estamos. Richard Feynman decía que la ciencia te da una llave que abre dos puertas: la del infierno y la del cielo. Del ser humano depende cómo manejar esa llave. Si tienes la energía nuclear, puedes usarla en la medicina o en fabricar la bomba atómica. Hay un libro fascinante, que se llama Cómo poder predecir el futuro. Sabemos que esas predicciones del futuro fracasaron todas, excepto las de Julio Verne, que achuntó. Fue un genio. En el libro De la Tierra a la Luna dice que la plataforma de lanzamiento está en Florida, precisa el ángulo en que tiene que salir la nave. Hay cinco áreas del futuro a las que la ciencia nos está llevando a una velocidad increíble. El primer punto está relacionado con las computadoras. Cada dieciocho meses se duplica la capacidad de los chips. Según la ley de Moore, cada vez los chips son más chiquitos, hasta el punto que llegamos a hacer chips de nivel atómico y ahí entra la mecánica cuántica y la mecánica cuántica habla de incertidumbres. Entonces, ya no podemos tener el 0 y el 1 muy claro. Es un 0 o un 1 o una mezcla de 0 y 1. Y ese límite, ¿cuándo llega? Luego viene todo lo que va a pasar con la nanotecnología, donde ya hay mecanismos a nivel molecular que pueden ser introducidos en nuestro cuerpo para decirnos lo que está pasando, lo cual haría que nuestra vida sea mejor. El otro tema es el energético. El 77% de la energía del planeta viene de combustibles fósiles. Es imposible decir mañana dejamos de usar petróleo. Lo que se viene es la energía nuclear por fusión, que no contamina y es limpia. Pero todavía no tenemos fusión nuclear controlada. Está también la inteligencia artificial. ¿Vamos a llegar a que una computadora se independice del ser humano? ¿Cuáles son los límites del crecimiento de la ciencia?

Si, como dices, se usa esa ciencia para el bien…

—El peligro no va por el lado de la ciencia, sino del fanatismo. Es el dogmatismo el que atenta contra el pensamiento científico. Y ahora vemos síntomas de eso.

Son ciclos de la historia, ¿no?

—Así es. Está la ciencia y está también la necesidad del ser humano para creer, necesita creer en un dios, en los dioses. Desde la época de las cavernas se ve que el ser humano comienza a pensar en algo superior.

Y la ciencia, prolongando la vida del ser humano hasta límites insólitos, ¿lo convertirá en un dios?

—Una de las propiedades de las células cancerígenas es que no envejecen y se reproducen descontroladamente. Al descifrar este mecanismo se podría tener información de por qué no envejecen y eso podría ser aplicado a nuestras células sanas para prolongar la vida tal vez indefinidamente. Cuando pienso en eso digo: ¡qué pereza vivir tanto!

En un medio como el nuestro, ¿has sentido rechazo a tu agnosticismo?

—Vivimos en una época en que hay temor a expresarse. ¿Tú te sientes libre para decir lo que quieres?

Un ratito, aquí soy yo el dictador. ¡Yo hago las preguntas!

—Bueno, esa falta de libertad política influye en la libertad académica. Nos imponen cómo deben ser las mallas, qué debemos enseñar, los saberes ancestrales, esto y estotro. Puede ser que todo eso sea válido, pero no es lo mismo que esté forzado con una agenda política. Nosotros tenemos un programa que incluye 400 estudiantes de todas las etnias del país, pero lo hacemos libremente. Yo creo que hay que educar para la libertad. No hay cómo cambiar el sistema universitario por decreto, de la noche a la mañana. La educación no es algo medible y cuando imponemos patrones muy rígidos pierdes un intangible que está dado por el nivel de formación. La educación no es una ciencia, es un arte. Es una disciplina compleja que tiene muchas variables, sicológicas, genéticas, comunicacionales. En la educación todo es abierto y me remito a los griegos: saber comunicarse, saber observar y saber interpretar. Decía Da Vinci que más importante que ver es saber ver. Entonces, ¿cómo enseñar a ver? Eso es dificilísimo. El problema de la educación ecuatoriana está en la primaria, donde al niño se le llena de respuestas.

Bueno, pero todo se soluciona porque ya tenemos la universidad del conocimiento…

—Quisiera que funcionara pero creo que hay factores limitantes. Las universidades tienen que ser centros como eran los centros griegos, donde se hacía un poco de todo, estaban mezclados el poeta con el científico, con el médico, con el matemático. Aquí han separado: la Universidad de las Artes funciona en Guayaquil, la Escuela de Educación en Azuay, hay otra en el Oriente y la de ciencia en Ibarra. Querer pegar el salto hacia un Silicon Valley es muy artificial. Esas cosas toman tiempo.

Es decir, ¿tú planteas el regreso a una formación humanística?

—Esa es la base de nuestra universidad: las artes liberales. Aquí el estudiante se nutre con todas las áreas del saber. El físico aprende música, el músico aprende antropología, y así. Los factores permanentes de la educación, que no cambian ni con la tecnología ni con el Google, son los que se basan en la retórica, la lógica y la dialéctica. Y luego vienen las otras partes del cuatridium: astronomía, aritmética, geometría y música. El proceso educativo tiene que mantener esas bases, que han estado presentes en todas las culturas.

Entre el átomo, el universo y la universidad, ¿cómo organizas tu vida?

—El único rato en que disfruto de hablar de lo que me apasiona es cuando doy clases. El resto del tiempo lo dedico a lidiar con la burocracia.

¿Tanto estudio te dejó tiempo para el amor?

—Eso es parte de la evolución, de esa mezcla entre la evolución y la razón. Siempre gana la emoción y por eso te enamoras, te casas. Yo sí encuentro que mis emociones ganan a mis razones. Ante eso es bien difícil hacer ciencia… A los quince años me enamoré de Gloria (Gangotena) y estamos juntos casi 50 años. Tengo cuatro hijos y nueve nietos. Eso es lo lindo. Esa es la evolución. Uno no deja de maravillarse frente a la vida. Todavía no llegamos a producir vida artificialmente, pero ya entendemos el ADN, el ARN, ya tenemos moléculas que se reproducen. Es fascinante lo que se está haciendo con la genética.

¿Cómo es tu relación con la tecnología?

—Soy fanático. Estoy al día en todo, en todo.

¿Y en qué te distraes?

—Me fascina la música. Me pones una canción de los años sesenta o setenta y me emociono porque me lleva a esa época en que era estudiante. Los Beatles me transportan en el tiempo. O si no Piero o Miguel Aceves Mejía. Yo no fui a Woodstock, pero estuve en Estados Unidos en la época más fascinante para un universitario. La ruptura con la guerra de Vietnam, los hippies, la marihuana, la paz y el amor, todo eso. La música me transporta en el espacio y en el tiempo. También me encanta la naturaleza, soy hombre de campo. Soy sensible. Me es difícil decir no y, en ese sentido, no me gusta ser rector, no es lo que me gusta hacer. Me encanta, en cambio, la relación con los alumnos, conversar con ellos.

¿Qué lees?

—Ahora, la última biografía de Humboldt. ¡Qué tipo para espectacular! Tuvo una importancia muy corta en la historia de la humanidad porque vino Darwin y lo eclipsó. Humboldt estuvo aquí, subió al Chimborazo…

—Y tuvo una gran amistad con un antepasado tuyo, el prócer.

—Humboldt vino con Bonpland, un naturalista francés serio, callado. Humboldt era una persona con mucha plata, que no tuvo hijos, nunca se casó. Hizo amistad con Carlos Montúfar y viajaron juntos. Humboldt se interesó tanto en el Ecuador porque leyó los trabajos de La Condamine. Ver la diversidad de flora, ver la selva, los volcanes, era para él como estar en otro planeta. Humboldt inventó la ecología, la geografía natural, habló del cambio climático, de la deforestación. Su viaje por el Orinoco es una cosa de superhombres. ¡Es que todos ellos eran unos superhombres!

¿Fue tu papá quien se cambió en apellido Barba para mantener el Montúfar que iba a desaparecer?

—Mi abuelo fue el que le cambió apenas mi papá nació.

 

Y ahí dejo a Carlos, en su silla de rector. Al salir le regreso a ver, encuentro que sigue apoltronado y, como Galileo, pienso: y sin embargo se mueve…


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