Io sono l’amore

(Yo soy el amor)

Por María Fernanda Ampuero

LO-SONO-L’AMORE.tif

Mi amor:

Te escribo para pedirte perdón.

Tú estabas ahí, siempre ahí, pero yo no te veía. Me enamoraba de otras personas, ya lo sabes, de cualquiera: piltrafas, hijitos de mamá, tarados, fóbicos del compromiso, gays enclosetados, adictos, egocéntricos, desquiciados, enanos, ¡escritores!, mentirosos, cobardes y una retahíla de seres defectuosos, freaks de feria, hombrecitos que no me llegaban ni a los talones —en algunos casos literal—. Turros que me hacen desear retroceder el tiempo con la lista de Kill Bill e irlos borrando uno tras otro en el mismito instante de conocerlos.

—Hola, soy fulano.

—Hola. ¡Bum!

Pero eso no se puede. El mal ya está hecho.

Me hubiera gustado tanto pararte bola antes que a todos esos indeseables que me rompieron el corazón con técnicas ingeniosamente miserables, a todos esos que dijeron que me querían y no, a los que nunca supieron qué hacer con mi amor de surtidor, como canta Silvio.

Quisiera haberme fijado en ti. Dirigirte unas palabras. Pensarte al menos.

Tú me has visto llorar todos estos años y seguro te preguntabas: ¿por qué no me elige a mí? Te miro por fin y veo a la persona que más me ha querido en la vida. El amor que he estado buscando sin parar.

Perdóname por olvidarte tantos años, por perseguir como una loba loca a quienes me hacían mal —tanto mal— sin recordar que tú estabas ahí pidiéndome que sea quien soy, que me mantenga cuerda, que sonría, que no me traicione, que alcance la mejor versión de mí misma, que me cuide a mí primero, que cuide el corazón rojo, puro con el que nací. Nunca te hice caso.

Quizás, fíjate, me parecías poca cosa.

Y ellos, en cambio. Ah, ellos. Iba detrás como los zombis, persiguiéndolos a pesar del ridículo y la humillación que me causaba a mí misma y a los que me querían. Hice estupidez y media, lo di todo de mí, todo hasta el vacío, hasta la rendición, hasta el anularse. Recibí carbón, basura, migajas.

Dejé de recordarme o me olvidé de mí misma. Dejé de buscarme o me perdí de mí misma. Da igual: tiré al suelo a la mujer valiente e inteligente que soy y la dominé, la silencié, la lisié. Me embrutecí para seguir recibiendo amores perros, amorcitos con sabor a plástico, de patio de comidas.

Y tú, vida de mi vida, callabas ante mis inauditas ilusiones.

Pero voy a cumplir 40 años y ya te cansaste de verme caer una y otra vez como GIF de un edificio en demolición.

“Te amo, te he amado siempre”, dijiste, “¿por qué nunca me has amado tú?”

La voz que escuché era más hermosa de lo que la recordaba. Tu voz, voz mía de mi vida, me hablaba desde mi maldito cerebro enamoradizo y atarantado para decirme que me ame, que no hay nada más importante en el mundo que amarse a una misma.

Ese paso me lo había saltado.

Amaba, me enseñaste, sin amor propio, y dejaba que ellos hicieran lo que quisieran conmigo, si total, yo qué era: un trapeador, una muñeca inflable, un tamagotchi, el perrito que dice sí en los taxis, cualquier cosa que no inoportune, que no tenga opinión.

Tanto tiempo perdimos, querida, sin disfrutar de la plenitud del amor por una misma, sin mirarnos con dulzura y pasión y paciencia y comprensión y deseo: la mirada que siempre le dimos, se la mereciera o no, al otro.

Tú, cuerpo mío, llevas casi 40 años ahí sin que yo jamás te diera las gracias por no haberme abandonado ni un día, por sostenerme a cada rato, por su belleza, por estremecerse con las caricias, por sentir el sol, por los ojos, por la voz. Lo damos por hecho, digo, caminar, ver, tocar y sentir, escuchar. Lo damos por hecho como si no fuera el regalo de amor más grande que nos hace nuestro cuerpo cada día.

Tú, cerebro mío, llevas casi 40 años, absorbiendo e imaginándolo todo, dándome una perspectiva de las cosas que nadie más tiene, haciéndome única —como a usted, y a ti, y a ustedes—, permitiéndome desear, imaginar, recordar, escribir esto, escuchar la voz de mi papá aunque él ya no esté en este mundo. Tú, cerebro mío de mi amor, me has permitido vivir una vida excepcional. Nadie ha hecho eso por mí.

Yo te amo.

Escucha, María Fernanda: yo te amo.

Eres el amor de mi vida.


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