El Bukowsky

Por Huilo Ruales

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Es un barco hundido en el cemento penumbroso de la Zona. A su diestra está La Carnicería, bar y parrilla que otorga al cielo nocturno una ancha columna de humo con perfume a carne asada. A su siniestra, La Hora Happy, galpón con paredes prefabricadas y piso de tierra, donde una centena de veinteañeros navegan en cerveza y se disputan el karaoke. El rótulo del Bukowsky es un tagg descolorido en el inicio de la escalera por la que se desciende casi al tacto hasta su solo camarote. Allí se codea una docena de mesas casi siempre desoladas. Al fondo de la penumbra, entre varios cirios, se estira una mesa de morgue sobre la que pende, como un plateado ataúd de bolsillo, un micrófono proveniente de la época gloriosa de las radionovelas. Más que desfilar, gotean los poetas espontáneos de la noche. Cada cual, pegando la boca al carrasposo micrófono lee un par de cuartillas, recibe algún distraído aplauso y se borra nuevamente en la penumbra. Poetas con aire de roqueros metálicos, huérfanos antiguos, ratones de biblioteca. Un tambaleante poeta de dos metros hurga en su mochila militar y no encuentra sus poemas, sino esprays de pintura, ropa, un picahielos. No tiene nada para leer, sin embargo, no suelta el micrófono en el que empieza a improvisar lisuras destinadas a su progenitor, como si su cadáver cosido a puñaladas estuviera tendido entre los cirios. Una poeta trotamundos, de cabello azul y piercings hasta en la lengua, con acento chileno lee una letanía escatológica de versos que no terminaría nunca si no interviniese don Buko. Un performancero enciende el borde inferior de un poemario que va leyendo hasta cuando se lo permite el fuego.

Los viernes y sábados la Zona hierve de nictálopes, chicas y chicos sedientos de cerveza y hambrientos de sombra, de abismo, del anverso de la realidad. También el Bukowsky se colma de ellos, y los poetas se multiplican, hacen cola ante el micrófono. Hay algunos en el que su palabra destella pero nadie se percata porque los “vates no tienen deudos” como lo dice a manera de saludo un poeta tan gótico que parece recién resucitado. Para el auditorio los poetas son algo así como fondo musical, como el toque de atmósfera, así es que terminan dándoles la espalda. Se bebe cerveza, se ríe, se discute, se besuquea, se hace fila en el baño, incluso para el manoseo y el esnifeo. Hay un conato de pelea en medio del salón, se oye el estruendo de una botella en la puerta, chillidos de chicas ebrias y amenazas mortales desde lo alto de la calle. Solamente los poetas, como si estuvieran condenados, siguen desfilando ante el micrófono cada vez más afónico. A medianoche, el Bukowsky es una sala de velaciones sin difunto, sin deudos, con botellas vacías desperdigadas hasta en el suelo. Apenas un manojo de poetas borrachos escuchan a los poetas lectores. Las sombras cansadas de don Buko y Nathalia, la antigua bailarina que es su mujer, empiezan a recoger las botellas vacías y a colocar las sillas sobre las mesas. Solamente queda una mesa ocupada por los poetas sobrevivientes de la que yergue un personaje imberbe, esmirriado, pelilargo y toma el micrófono. Aunque su ropa y su melena están secos, se diría que viene de emerger de un lago o que tuviese dentro de sí un antiguo chamán. Despliega una cuartilla de papel sobre la mesa, toma el micrófono y dice, casi para él solo: “siniestras casas —como hongos— crecen pegadas al cemento/ casas donde dejamos/ dulcemente enferma/ nuestra niñez”. Don Buko, bostezando, le arrebata el micrófono diciéndole: ya mucha nota, bróder, se me van. Su mujer, abatida, apaga la luz y la alta noche devora a los poetas como la loba a sus hijos.


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