Diego Bonifaz el aristócrata de izquierda

Por Pablo Cuvi ///

Fotos de P. Cuvi y archivo D. Bonifaz ///

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Nació en Quito, en 1947, cuando la aristocracia terrateniente conservaba buena parte de su poder y su prestigio, tanto así que dos de sus miembros —el uno modernizador: Plaza; el otro curuchupa: Ponce— ocuparían la presidencia de la República en los años siguientes. Vivió de niño y adolescente, en las haciendas de Guachalá y de Miraflores (que dio nombre al barrio quiteño), los últimos momentos de esplendor de un mundo que se venía abajo con las luchas campesinas y la reforma agraria.

En medio de grandes conflictos con Dios y su familia, cuando estudiaba la universidad en Estados Unidos absorbió la rebeldía del jipismo, pero nunca cortó el cordón umbilical con Guachalá y los caballos, que han sido la pasión de su vida, junto con la política.

De eso me voy enterando al leer La vida que me busqué, esas memorias escritas en 2014 sin pelos en la lengua. Después enfilo hacia la hacienda de Cayambe para entrevistar a este personaje eléctrico, contradictorio, irónico, de risa contagiosa y delgadez de yogui, que es el último aristócrata que bebió de los jesuitas, de Jean Paul Sartre y Timothy Leary, gurú del jipismo, y ahora cultiva unas flores muy azules que no son alucinógenas.

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—Leyendo tu memoria me acordé del título de una telenovela con Verónica Castro: Los ricos también lloran.

—Hay la idea de que si eres rico, si te ha ido bien en la vida, todo es una maravilla, y eso no es exacto, todos somos humanos, pero si quieres ponerle así no me molesta, yo no niego mis orígenes, no niego que durante muchos años he trabajado y conservo una fortuna.

—Pero las mejores partes del texto corresponden a cuando te va mal en la vida, porque cuando cuentas tu primera alcaldía en Cayambe parece un informe de labores.

—Cuando a uno le va mal tienden a aflorar los sentimientos pero cuando a uno le va bien puede estar pisando en la estratósfera y normalmente eso pasa. Se recuerdan siempre los peores momentos, no se por qué, y tal vez no logré transmitir los ocho años de alcalde, que fueron los mejores de mi vida, quizás por el pudor; como decir: estoy en el poder, estoy feliz; no me parecía adecuado.

—Hay un personaje interesantísimo, tu hermano King, que tenía parálisis y todos estos problemas. Da la impresión de que la única persona con la que tenía una relación afectiva era contigo.

—Y yo con él. Estábamos solos en Francia y antes, acá, era mi mejor amigo. Me pasaba con diez años pero por sus problemas era bastante infantil y yo de niño tenía alguien con quien jugar. En Francia fue, hasta cierto punto, un problema que yo tenía que resolver, porque si los ricos también lloran, a ver si a ti te hubiera gustado tener que bajar a pagar las putas de tu hermano, como cuando fui a recuperar el cheque de un gran cacao que le había dejado a una china de Saint-Denis. Él siempre estaba creando una serie de conflictos, me robó mis ahorros, era muy envidioso de lo que yo hacía, era el bien y el mal unidos siempre. Papá con él no se ponía bravo pero a mí sí me mandaba a la mierda.

—¿Se sentían culpables tus papás con él para acolitarle de esa manera?

—Mi padre no porque era un hombre muy racional, quería hacerle la felicidad y nunca buscó las causas. Mi madre sí creía que estaban pagando por todos los martirios que habían hecho los Bonifaz a los indios en las generaciones anteriores. Hay una tradición: que Josefina Ascázubi hizo latiguear a un tal Rodríguez, un negro, después de algún incidente que no está muy claro, y que se quedó paralítico y le maldijo: “En el cuarto de la cuarta generación recibirás la venganza”. Ese era el King y era una especie de secreto de familia pero cuando yo me convertí en ateo me pareció un chiste. En realidad, tenía parálisis cerebral por un principio de aborto que tuvo mi madre.

—Otra relación que atraviesa todas tus memorias son los caballos. ¿Cómo habría sido tu vida sin caballos ni perros?

—Inconcebible, porque yo nací con caballos, voy a morir con caballos y he logrado mantener este tipo de vida que es un poquito pasado de moda. Yo les entiendo, sé cómo son. Siempre tienes que mandar tú sobre el caballo, porque si él se da cuenta que es más fuerte, te bota. Cuando estás montando solo estás pensando en el caballo, no puedes estar pensando en la política ni nada porque te caes, sobre todo si montas caballos difíciles, y eso es lo que me gusta a mí, montar caballos difíciles, por eso crio árabes. De joven era la mayor distracción de mi vida.

—¿Y los perros que van al lado de los caballos?

Son verdaderos amigos; conmigo, mis perros prácticamente conversan, ese sí es un verdadero compañero y no es necesario predominar, ellos hacen su vida pero si yo estoy triste vienen a consolarme. Cada vez que estornudo, mi perra cree que me voy a morir (risas) entonces no puedo estornudar delante .

—El coronel Juan Manuel Laso, arrendatario de Guachalá, fue fundador del Partido Socialista. Era un personaje pintoresco. ¿Tú sigues los pasos de él, del aristócrata terrateniente que se mete con los revolucionarios?

—Uno siempre busca con quién identificarse, pero muchos creen que las ideas son hereditarias; si las ideas fueran hereditarias ni Jesucristo hubiera existido. Hay un bloqueo mental desde que empezó esta historia de las luchas de clases y dijeron que ciertos grupos, por ser ricos, tienen que pensar de esa manera. Normalmente coincide y les conviene, pero hay gente que verdaderamente piensa diferente y son justamente los que han pensado diferente los que han hecho los cambios en el mundo; Mao Tse-tung no era hijo de dos campesinos de última en China, sino de dos mandarines.

—Además, fue seminarista antes de ser comunista. Aunque no hay mucha diferencia.

—No, no hay mucha diferencia, el problema con el comunismo es que es una religión igualita. Como ejemplo de lo otro, solamente te menciono a Galo Plaza y Rodrigo Borja, de familias de terratenientes, que han hecho política y no han sido de extrema derecha.

—Bueno, Galo Plaza pasa de ser terrateniente a ser farmer, se moderniza.

—Yo paso de tener una casa de hacienda a hacer una hostería (risas). Esta la primera hostería que hubo aquí en el Ecuador. Pero a ese modelo de Galo Plaza tienes que añadirle John Deer. Hasta después de la Segunda Guerra Mundial, esto seguía en la edad feudal, incluido Zuleta. ¿Qué pasa? Que empiezan a venir los tractores y Plaza dice “con el tractor no tengo que estar podando este terreno, ya no necesito tanta gente”. Así comenzó a reducirse el personal que trabajaba en la hacienda.

—Eso era entrar al capitalismo.

—Y al eficientismo, que a su vez provocó una cantidad de desempleo y una lucha social que terminó produciendo la reforma agraria.

—Antes de eso, me sorprendió leer que tu papá, para la campaña de 1960, abrió un comité a favor de Velasco Ibarra.

—No nos olvidemos que Neptalí Bonifaz, el papá de mi papá, le puso la banda presidencial el 28 de mayo del 44 a Velasco Ibarra, la banda que le habían confeccionado las monjitas cuando fue presidente electo del Ecuador; obviamente, había un vínculo…

—Bueno, Velasco lo defendió en el Congreso del 32

—En el Gobierno de Ponce, a mi papá le dieron la gerencia de la Cemento Chimborazo y el problema con Ponce fue ideológico. Mi padre consideraba que había que evitar que llegara el comunismo al Ecuador y que la única persona que lo paraba era Velasco Ibarra, pero a Ponce se le metió en la cabeza que el presidente debía ser Gonzalo Cordero. Entonces se abrió del Gobierno de Ponce y formó este movimiento con los hijos del coronel Juan Manuel Laso, con Patricio y Bolívar Laso, y María Carrión, la mamá.

—Había toda una relación entre doña María Carrión y Velasco Ibarra. Pero antes, en esta hacienda también se sintió la guerra del 32, porque vinieron los pupos que iban de Tulcán hacia Quito. ¿Qué pasó aquí en Guachalá?

—Mis padres estaban recién casados. Cogieron las joyas y se fueron por arriba a Quinchucaja, que está encima de El Quinche y era todavía parte de Guachalá, que era una hacienda bien grande. En la chocita del mayordomo pasaron la Guerra de los Cuatro Días. Después de eso se pactó que iba a haber elecciones libres. La única condición era que no participe Neptalí Bonifaz, y corrió Velasco Ibarra, que era el segundo del grupo.

 

LOS REZOS Y LA NÁUSEA

—¿Tú, desde que naces, tienes una nodriza indígena?

—Sí, aunque mi familia no acepta que ella me dio de lactar. Pero esto no tiene ningún mérito, ¡por Dios!, yo vivía aquí en Guachalá que es una parroquia con un 98% de indígenas y es obvio que te mezcles con la gente que está alrededor tuyo desde niño.

—Además, tu papá te pone una institutriz suiza. ¿Cómo fue tu relación con ella?

Ella era como mi mamá, le decía Macita, la persona que yo más quise en este mundo. Me hablaba en inglés y también en un muy mal español, inclusive mis amigos de guambras se reían. Como buena suiza, hablaba cuatro lenguas y era terciaria de San Francisco.

—Y oraba mucho, lo cual reforzaba los rezos en tu familia, ¿no?

—En mi familia todos rezaban todo el tiempo porque estaban esperando un milagro para el King, que nació ciego y con el paso del tiempo recuperó la vista y eso se lo atribuyó a un milagro del Hermano Miguel. Entonces esperaban un segundo milagro. Mi madre nunca perdió la fe.

—¿El King tenía fe?

—No. Por eso, cuando le llevaron en carro a Lourdes, viendo a tantos minusválidos, dijo: “A la mierda, yo de aquí no me bajo, aquí hay mucha competencia”. Eso que a él siempre le dijeron que se iba a curar y eso fue una tontería porque no pudo aceptar su situación.

—¿Cómo veías el mundo desde esa fantástica casa de Miraflores?

—Yo he sido muy amiguero, pero eran muy limitados los amigos que me podían visitar, no era una vida como parecería, durante toda esa época en el Pensionado Borja y después, mi vida era alrededor de la religión, yo hubiera acabado como el cura Rueda, que es ahora rector de la San Francisco, era mi compañero y con él nos queríamos hacer curas. Lo que no me gustaba era perderme de venir acá, de montar a caballo, perder mis perros y mis caballos. De ahí, la religión me libraba de todos esos líos de la familia, de la política y podía vivir en paz, rezando, que es lo que me gustaba hacer.

—¿Cuándo cambió eso?

—Cuando un cura me traicionó. Días antes de las elecciones de 1960 para la Presidencia de la República, mi padre ya estaba con orden de captura del Gobierno de Camilo Ponce que le acusó de haber sido el incitador, a él y a Vicente Aguirre, de los disparos que hubo en la entrada de Velasco a Quito. Una vez me desperté a medianoche y había gran bulla en la casa, lo cierto es que llegaban los generales, era el alto mando, y mi padre les recibió en el comedor. Fui a oír. Los militares decían que harían respetar la Constitución, que no tenían por qué los velasquistas pensar que Camilo Ponce les iba a hacer fraude. Bueno, era un ambiente extremadamente caldeado, en todas las ventanas de mi casa había pistolas, por si acaso.

Al día siguiente voy al colegio, al San Gabriel, ¿cuál mi sorpresa?, el padre Bravo, mi director espiritual en quien yo confiaba me pregunta “¿qué pasó en tu casa ayer?”. Le digo: “Vea, padre, yo le puedo contar esto solamente si es secreto de confesión”. Él me dio a entender que estaba en secreto de confesión, pero cuando le conté lo de los militares dijo que por su voto de obediencia debía comunicar eso a su superior, que era asesor o confesor de Ponce. Ese momento me sentí traidor a mi familia, a la patria, a todo el mundo y eso me causó un efecto que no te puedes imaginar, porque toda mi vida, que estaba alrededor de la religión, se me vino abajo. Después, Velasco le nombró embajador a papá y nos fuimos a Francia, yo tenía trece años.

—Dices que comías mucho porque tenías mucha ansiedad, que estabas obeso…

—Empecé a comer más allá en Francia porque me hacían el típico bullying a un sudamericano en una época cuando el racismo campeaba, donde tenía que andar por todas partes con mi pasaporte ecuatoriano. Como era la guerra de Argelia, je suis ecuatorien, je suis ecuatorien, porque me veían cara de árabe, mi cara se asemeja, para los franceses, a la de un árabe. Me sentía muy acosado, se reían de mí.

—¿Entonces empiezas a leer a Sartre, cuando Sartre está cambiando del existencialismo al marxismo?

—Él nunca fue un marxista convencido. Yo leía lo que era popular en ese momento, novelas como La náusea y algunas piezas de teatro: Le Diable et le Bon Dieu…

—Volví a leer recién Les mains sales, Las manos sucias, sobre el dogmatismo comunista.

—Y había unos cuentos pavorosos de la Resistencia. Con La náusea me identificaba tremendamente, porque me levantaba todas las mañanas y sentía esa náusea, esa desesperación de tener que vivir, de tener que ir a sufrir en ese colegio donde me decían bobo, de ser muy gordo, de no quererme a mí mismo.

—¿Ahí fue cuándo te quisiste matar, diciendo que nadie te quería?

—Eso se fue acumulando hasta que no pude más. Primero se me cayó Dios, las mujeres no me paraban bola, todo era malo y, por último, me dio esa risa nerviosa que hacía que inclusive me sacara cero en un examen de matemáticas, que era para mí lo peor que le podía pasar a un ser humano porque yo era muy bueno para eso. Llegó un momento en que dije: la vida no puede ser lo que me está pasando a mí, verdaderamente esto es una mierda. Me encerré en el cuarto, me puse la soga y empujé la silla, pero la silla tambaleó y alcancé a poner el pie, fue una especie de arrepentimiento de cobarde.

Después, el psiquiatra me rompió todos los tabúes que me habían enseñado; por fin una persona que me podía decir “tus dudas sí pueden reales”, porque yo era un ser de otro planeta en esta familia de creyentes. Básicamente me dijo que el 90% de los franceses no creía en Dios y me cambió totalmente la vida.

 

JIPI, HACENDADO Y POLÍTICO

—¿Cómo fue el conflicto del año 64, con la reforma agraria de la Junta Militar?

—Regresé de vacaciones y encontré que esto era un desmadre, (Se refiere a la situación de los campesinos, cuyas demandas eran respaldadas por gente de la Universidad Central y del Partido Comunista. Pero Diego les ofreció más de lo que pedían). Eran tierras al filo de la carretera con una plusvalía del carajo y ellos sabían eso. Tuve una conversación un poco agria con mi padre en la que le saqué con tirabuzón que aceptara también, diciéndole que era un horror, “una vergüenza para ti, para la familia, para todo el mundo”. Mi mamá lo tomó muy mal porque no le avisé la entrega de tierras, pero solucioné un grave problema y me gané mucha amistad de la gente de aquí y después sirvió de ejemplo.

—¿Luego decidiste estudiar ingeniería en Estados Unidos?

—Tenía una rivalidad. Mis dos hermanos se habían graduado en MIT, de ingenieros. Desde chiquito papá dijo: “El uno es ingeniero químico, el otro es mecánico y estito ¿qué va a ser?”. Él no quería que me hiciera cura sino ingeniero eléctrico.

—¿Pero en Estados Unidos te volviste jipi?

—Fui un estudiante con pelo largo, que fumaba marihuana, de vez en cuando otras drogas, pero no me salí de la sociedad nunca. Puedes catalogarme como el típico jipi intelectual, universitario, que le gustaba hablar de cosas estrambóticas y contra el establishment y ver La hora de los hornos, siete horas de esas pendejadas, y oír a Fidel Castro cuatro horas también, pero al mismo tiempo sin dejarse convencer por nadie, o sea, siempre buscando la verdad. Después de lo que había pasado con los curas, cuando estuve en ese partido marxista y me dijeron que me case, ahí se acabó el partido.

—¿Dónde fue eso?

—En Stanford. Mi compañera se llamaba Hilda, una peruana, comenzamos a militar en ese partido y andábamos juntos a todas partes. Entonces nos llamaron y nos dijeron que nos teníamos que casar.

—El rato que llegas a Stanford, aunque no lo sabían, se estaba cuajando el nuevo mundo, lo que iba a ser Silicon Valley.

—Yo estaba en electrónica, estaba en ese mundo. Era intensa la cosa y saqué solo A en Stanford. A lo mejor si me quedaba en los Estados Unidos hubiera terminado muy bien; luego pienso en el Ecuador, en Cayambe y en Guachalá y se me pasa, eso es.

—Esa fue una gran contradicción de tu vida. Jack Kerouac, de los beatniks que antecedieron a los jipis, autor de On the Road, decía: “¿Qué me esperaba en la dirección que no tomé?”.

—Yo me inscribí en Engineering Economics Systems porque ya tenía la vaina social metida adentro; se trataba de hacer modelos matemáticos de la economía en desarrollo focalizado, pero no me duró porque la presión de mis padres me atiborraba demasiado. Vine acá y me chantaron la hacienda.

—¿Y a tus otros hermanos?

—También, pero a ellos les dieron unas lindas haciendas con vacas produciendo y a mí me tocó El Guabo, lo que eran los exhuasipungos, tierra totalmente erosionada y si no estaba trabajada me la quitaban. Le trabajé un poco para mantenerme y sembré árboles: 80 000 eucaliptos.

—Luego decides conquistarle a Águeda Pallares con 100 caballos ensillados, como en una fiesta medieval.

—Lo que pasó aquí es que tenía un trabajo muy bueno, ganaba muy bien donde el ingeniero Al Horvath diseñando reguladores de voltaje, y mis padres me dieron un auto, así que no gastaba. Entonces hice una fiesta que quedó para la historia, mucha gente hasta ahora se acuerda.

—¿Cuándo te afilias a la ID? ¿Cuándo empieza tu actividad política acá?

—En febrero de 1978, después de haber votado en el referéndum, dije “¡qué huevada!, me paso hablando en todas partes y me voy a quedar de brazos cruzados, ordeñando vacas y criando pollos el resto de mi vida y delante de mí decide el Ecuador”. Fui directamente a hablar con el Rodrigo Borja, no me afilió de entrada, me dio una cantidad de panfletos que me los leí esa noche. Entré en Izquierda Democrática y no había nada, era Gonzalo Córdova Galarza, un genio político, hijo del Lluro, él creó el partido sin moverse de su escritorio. Era un hombre con una cultura impresionante, sabía de todo y fumaba como loco, yo también; al comienzo éramos solo unos pocos. Entonces cogí el teléfono y me puse a llamar y formé el movimiento juvenil. Me eligieron a mí presidente y como tenía mi propia camioneta, le acompañaba al candidato y eso causó mucho celo.

—¿Cómo fue esa entrada a Loja cuando los chinos te dieron un palazo?

—Nosotros íbamos delante, en el balde de la camioneta, para protegerle al Borja, y lanzaron un palo que me cayó en la cabeza, se rompió y la astilla le abrió el labio a Raúl Baca. Fuimos juntos al hospital y me cogieron cinco puntos.

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—Por esa misma época tenías un negocio de huevos y por ir a la política dejaste botando las gallinas de los huevos de oro.

—El negocio funcionaba, puse un administrador y me fue mal. Pero no fue culpa mía: vino la guerra de Paquisha y nos coge con Raúl Baca de presidente del Congreso y yo de asistente político ad honorem, eso más. Yo me encargaba de todo lo que era el partido, porque Raúl también era director de la Izquierda Democrática y no se alcanzaba. Preparamos unas elecciones en donde pusimos candidatos en todos los cantones y salimos vencedores en las elecciones intermedias y después de eso vino la guerra. Yo que llego aquí y todos los pollos estaban pasados, porque una señora los vendía en el Perú y se cerró la frontera, me dejaron de comprar los pollos y se pasaron, no me enteré de nada porque no había celulares y cuando llegué estaba totalmente en quiebra y fue bien difícil de superar, me comieron los banqueros.

 

EL AMOR Y OTROS DEMONIOS

—¿En la campaña de 1984 corres de concejal de Cayambe por primera vez?

—Sí, el caso es que había habido un señor Guamaní, que fue presidente del municipio, y había hecho horrores y había desprestigiado al partido. Entonces me incitaron en Quito a que me venga acá y en una asamblea alguien me nominó. Pusimos tres, como hace el correísmo ahora con la fórmula D’ Hont, igualito, no se han inventado nada. Y me eligen presidente del municipio.

—¿Ya había empezado la floricultura, no?

—Como el negocio de la leche era malo, mi hermano Neptalí fue el primero, con un judío, que decidió que era buena idea sembrar claveles aquí durante el invierno del norte; luego vino Mauricio Dávalos con rosas, y siguió la gente. Toda la tecnología vino de Colombia. Y creció el empleo porque, al invertir en las flores, veinte personas trabajan una hectárea. La tensión social bajó y las ganancias de gente que había sido muy pobre y que sabía economizar fueron a inversión en los terrenos y subió la producción. Hoy produce muchísimo más leche el campesino de arriba de lo que producían todos los ganaderos de abajo.

—¿Qué fue lo que te encantó del municipio?

—Descubrí mi vocación. De jipi feliz había terminado en empresario al borde de la quiebra con una cantidad de preocupaciones, no era la vida que yo quería. En el terremoto del 87 pude reconstruir el cantón con la mano de obra de la gente y descubrí el desarrollo participativo, ahí se me abrió otro mundo y me impulsó a seguir en la política. (El año siguiente, Raúl Baca le nombró subsecretario de Desarrollo Rural Integral y siguió aplicando la misma idea).

—En tus memorias cuentas que en esa época tenías una relación afectiva con Jackie, compañera de luchas de la ID, y habías decidido que el resto de tu vida “lo ibas a dedicar a la política”. ¿Cómo así esa afirmación tan rotunda?

—Porque como subsecretario, los proyectos de desarrollo rural fueron un éxito. Luego me pagaron una consultoría para que escribiera lo que había hecho, y aplicaron esa experiencia a otras partes del mundo.

—Pero en una nueva fase de tu famosa contradicción entre París y Guachalá, resulta que te separas de la Jackie y por pura casualidad llega aquí una francesa. ¿Cómo es eso?, aunque tú eres ateo, ¿no será que te dio una mano la virgen de Oyacachi?

—No tengo idea, son cosas que pasan. En primer lugar, la Jackie se puso muy brava porque perdí las elecciones de Cayambe en 1996 y toda esa ilusión de la política conmigo se le vino abajo.

—Eras otra vez un loser.

—Absolutamente. ¿Y qué haces con los losers? Los desechas, y eso me resintió muchísimo porque me dijo que no valía para nada. Andaba yo deprimido cuando una francesa, Elisabeth, me llamó por teléfono, venía a nombre de un amigo a comprar una hacienda en Ecuador y dijo si podía visitar Guachalá. Fue amor a primera vista, un flechazo mutuo que duró tres meses hasta que se le caducó la visa y tuvo que regresar a Francia donde descubrió que estaba encinta. (Volvió y tuvieron la hija). Yo pensé que iba a hacer mi vida con ella hasta que vino la crisis del 99, le bloquearon los fondos y perdió dos contratos de decoración en Quito, el de la IBM y de ni sé qué: “a la mierda el Ecuador”.

—¿Cómo te afectó a ti la crisis bancaria?

—Como buen ecuatoriano tenía una cuenta en dólares y un sobregiro en sucres garantizado por la cuenta en dólares. Pero me obligaron a pagar los sucres y me congelaron los dólares, o sea que me imposibilitaron pagar con mi plata, un desastre.

—¿Ya te habías desafiliado de la ID?

—Claro, me desafilié en el Gobierno de Alarcón porque el momento que monté el plan No más apagones, y acabé con los apagones que eran un martirio en este país, Borja creyó que Raúl Baca se iba a hacer muy popular y nos expulsaron. (Baca era ministro de Energía de Alarcón y Diego fue subsecretario).

—¿Por celos?

—Es lo que pongo en mi memoria: no querían que el Raúl fuera candidato. Yo me desafilié justo antes de la expulsión, el día que cumplí 50 años. Del Consejo Ejecutivo de la ID nos dijeron que teníamos que salir del Gobierno, pero no los demás que estaban en el Gobierno. Me quedé un mes más porque hubo un apagón provocado por los sindicalistas, renuncié y Luis Chiriboga fue el burro pie del Alarcón para sacarse a Raúl Baca de encima.

—¿Qué era Luis Chiriboga?

—Diputado socialcristiano: él le interpeló al Raúl y con el voto del FRA le botaron del ministerio.

(Tras sus años de alcalde, volvió a las tareas de la hostería).

—Para cerrar el círculo, tú, un hijo de la flower generation, terminas cultivando flores, el Agapanthus para vivir.

—(Risas). Perfecto, ¿no? Pero los agapantos no los fui a comprar en Miami sino que había un poco aquí, en Guachalá, extremadamente azul, más azul que el colombiano, y desarrollé la producción.

—¿Y qué piensas de la muerte?

—¡Ah, puta, yo nunca le he tenido miedo a la muerte! No ves que soy ateo.


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