DiCaprio aún no gana el Óscar.

Por Juan Carlos Moya.

 

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Me pregunto: ¿cómo una estrella de cine que ha alcanzado la cima, que ha acuñado una fortuna de más de 250 millones de dólares, que es dueño de una isla en Belice, que tiene los ojos de un color azul-iceberg, que tiene ángel y genio, que es dueño de una coqueta sonrisa de conde licencioso, que tiene el cabello de un joven dios rubio, se halla completamente solo ante una mesa del Governor’s Ball en Los Ángeles, esperando a que le graben su nombre “Leonardo DiCaprio”, en su estatuilla del Óscar?

En el video que colgó Variety Magazine, en la red, el actor luce solo (y también solitario). Luce impaciente (y también aburrido), luce diplomático (y poco espontáneo). Hay un peso metafísico sobre DiCaprio que lo contiene/retiene. Es un peso que le quita luz y le carga una sombra que parece comunicar: “No me siento a gusto aquí ni conmigo”. Observándolo con detenimiento, los músculos de su cara oscilan entre la rigidez y la sonrisa políticamente correcta.

En el video de Variety veo a un hombre queriendo escapar del éxito o comprendiendo que esa palabra es una burbuja llena de nada, o simplemente DiCaprio es un personaje de DiCaprio y ya no puede dar marcha atrás, está preso en la vorágine hollywoodense: productores, millones de dólares, taquilla, modelos, champaña francesa, jets privados, y encima la tensión de ganar un Óscar para decirnos a nosotros, los impertinentes: “Lo tengo, dejadme en paz”.

Mientras cincelan su nombre en el trofeo (en el citado video), Leo se pone a golpear con los nudillos la mesa, la mirada queriendo huir a cualquier parte fuera del Governor’s Ball, la helada cortesía al saludar con la prensa, con ‘Raimundo y todo el mundo’. Quizá en su mente cabe un solo pensamiento: “Oh Dios, cuándo acabará todo esto”.

Y si hay alguien que quiere abrirle una puerta de fuga, brindarle cariño y entrega, y no le importa gritarlo a los cuatro vientos, es Kate Winslet. Frecuentemente, ella, en las diferentes galas y premiaciones en las que coinciden, suele buscarlo, aproximarse, tomarlo de la mano, cerrarle el paso, abrazarlo sosteniendo su nuca con la mano o tomando con ternura una de las mejillas del actor.

Hay decenas de fotografías en las que Kate rompe filas para ir al encuentro de DiCaprio. Lo mira con esos ojos tan expresivos y bellos que ostenta, sonríe tan libre y todo su cuerpo parece decir: “Leo, te quiero con toda el alma”.

Es pertinente detallar que juntos han declarado que celebran una amistad excepcional. Y ante cámaras han repetido mutua admiración y apoyo. Además, conllevan casi una relación familiar: los hijos de Kate llaman ‘tío Leo’ al actor.

Pero algunos nJack_and_Roseo queremos ver esa amistad. Porque desde aquella historia en el Titanic, película de 1997, Leo y Kate se convirtieron para siempre en Jack y Rose, respectivamente.

Juntos brillan, juntos ríen. Juntos logran ser ‘ese amor que parece invencible’. Sin embargo, ellos lo desmienten a cada paso: “solo somos amigos”. Y nos confunden de vez en cuando (caprichosamente o accidentalmente). Sobre todo Kate, a quien se le desbocan los caballos. Y se arroja sobre Leo con los brazos abiertos y la sonrisa exagerada de felicidad al verlo. Circulan por la red varias fotografías comprometedoras y ambiguas: en una de ellas Kate/Rose está besando la barbilla de Leo/Jack, mientras se aferra a su brazo. Dos detalles curiosos de esta gráfica: una mujer se acerca por detrás, como impelida a decir: “Ya querida, contrólate”. En tanto cerrado el cuadro se halla, nada más y nada menos que, el cantante Elton John echando una mirada golosa. Y también podría pensarse que la intención de Kate era estamparle un piquito a su colega, pero él alcanzó a evadir los labios.

Con esta sazón, en muchas otras fotos, los abrazos entre ambos son efusivos e intensos. Varias veces Kate ha sido captada mirándole arrobada, perdida, sonriendo candorosa, con esa admiración que precede y conduce al amor.

Ahora se me viene a la memoria lo que me dijo una quiteña: “Para amar a un hombre yo necesito admirarlo. Con mi esposo no me pasa eso”.

En 2009, en la entrega de los Globos de Oro, Kate Winslet se llevó una estatuilla por su actuación en Revolutionary Road (dirigida por su esposo, Sam Mendes). Cuando Cameron Díaz anunció su nombre, Kate saltó como un resorte y buscó los brazos de Leo, ojos cerrados y tiempo infinito. Su esposo, detrás de ella, la esperaba con una sonrisa de roommate. Ella se volvió a Mendes y le pasó la mano por el cachete como diciendo: “Gracias Sam, por cuidar de nuestros hijos, eres un gran ‘amigo’”.

Al subir al estrado, la actriz expuso una vez más su intensidad y reveló ante todo el mundo: “Leo, estoy muy feliz de poder estar aquí y decirte cuánto te quiero y cuánto te he querido durante los últimos años. Te quiero con todo mi corazón, de verdad”. El aludido, mientras movía nervioso la nuez de su cuello (gesto inconfundible suyo), solo atinó a soplarle un beso.

Revolutionary Road contó con la participación de Kate y Leo, haciendo el papel de una apasionada pareja. Circuló en las revistas de la época que para el marido fue incómodo filmar las escenas de intimidad. Pero lo que más ‘le jodió’, al pobre de Sam, es pillarlos siempre riendo, transfiriéndose feromonas, gozando esa química particular. Hubo también rumores de que Sam olió algo más entre ellos: quizá ese affaire secreto y pasajero que ha venido durando ya más de dos décadas. Poco tiempo después de aquella confesión de amor a Leo, Sam Mendes se divorció de Kate y se retiró discretamente.

En la gala 2016 de los Óscar, ‘la pareja Titanic’ volvió a coincidir sobre la alfombra roja. Y el público emocionado, y complacido al verlos juntos, estalló en ovaciones: “¡Jack y Rose! ¡Jack y Rose! ¡Jack y Rose!”. Como si fuera una escena calcada en el tiempo, repetida en el amor, Kate lo buscó, se tomó varias fotos junto a DiCaprio, y luego, cuando ganó el Óscar, subió hasta el escenario a abrazarlo.

Pero aquí viene lo curioso: en todas y cada una de las instantáneas, y encuentros registrados en video, Leonardo DiCaprio se muestra rígido, robótico, diplomáticamente distante de Kate. Es más, parecería que la evita, que no quiere arriesgar una sonrisa o un beso en la mejilla.

Otros eran los tiempos de Titanic, cuando él llegaba de la mano de Kate, sonriendo como un chiquillo con corte de cabello nuevo. Ambos con los carrillos enrojecidos por una chispa perfecta. Kate más robusta; Leo flaquito, carita de novicio cándido, príncipe feliz.

Pero algo pasó con él, en estas últimas dos décadas. Su soledad tiene un número: 55 modelos han pasado por su vida, intrascendentes, casi anónimas, flacas y pasajeras, compañías silentes dotadas de belleza pero no de palabra. Su vida, tras cámaras, ha tenido un paseo frívolo y frío: siempre escoge relacionarse con modelos veinteañeras y nunca se le ha visto con mujeres que podrían debatir/contradecir sus ideas; se ha conjeturado que tiene ‘amistades peligrosas’, y se ha llegado sin fundamentos ciertos a cuestionar su orientación sexual.

Leonardo Wilhelm DiCaprio (Los Ángeles, 11 de noviembre de 1974), hijo de padres divorciados, arranca su carrera como actor tomando clases de actuación en la primaria. Y realiza su primera audición a los trece años. Desde niño fue aplicándose disciplinadamente en su meta: “ser un gran actor”.

En Titanic se lo miró con desdén, “es solo una cara bonita”, se decía con mezquindad. Pero Leo se encargó de demostrar lo contrario. Bajo la dirección de Martin Scorsese ganó oficio y experiencia, ganó una palabra que vale oro: madurez.

Exclusivamente DiCaprio podía contribuir a El renacido el temblor salvaje de un alma profundamente dolorida. Con maestría y seducción nos conduce a zonas interiores de su personaje. Tanto la actuación como el filme son inteligentes: entienden (y asumen) el magisterio de los universos literarios, de la hondura invencible de la palabra. Lo que vemos en DiCaprio son venganza y dolor, fragilidad y coraje. Cada primer plano suyo podría haber sido tallado con la palabra de Melville, de Jack London o de Joseph Conrad. Parafraseando a Knut Hamsun: al principio, las tierras de Dios estaban plagadas de animales donde la ley era devorarse unos a otros. Después, cuando el hombre llegó y trazó un sendero en la nieve, supo el valor de la paz, el peso de la soledad, y la maldición eterna: devorarse, a conciencia y codicia, unos a otros como animales.

En el relato El oso, el escritor William Faulkner ya suscribió el miedo, la valentía, la codicia y la venganza como otro territorio del alma de los hombres. Después de ver El renacido es inevitable sentir el corazón destazado, sangrando dentro del pecho. Otra vez Dios es el dolor, un bosque, la buena tierra manchada de sangre. Otra vez Dios es apenas un hombre solo, comiendo rabia.

DiCaprio es un ejemplo de trabajo disciplinado, exigente y metódico, sus talentos son prodigiosos, en cada plano vive al filo de la navaja, sin reservas, sin esconderse, poniendo el pellejo al fuego.

Si hay dos cualidades que lo definen en su carrera profesional, estas son: templanza y perseverancia.

Si hay dos palabras que definen su alma, estas son: soledad y misterio.

Desde luego, capítulo aparte merece su filantropía y su apostolado por la defensa del medioambiente, a más de sus contribuciones contundentes y en metálico para causas humanitarias. Este activismo social y político le granjea el cariño y la admiración mundiales.

Y debe ser mi ‘guachito tierno’ que me lleva a presumir que el actor vive con una satisfacción parcial, cargando un iceberg dentro de él, diplomático ante las cámaras y el público, antes que franco y emotivo. El desfile de modelos por su juventud, decenas como se dice, abona para pensar en una vida emocional inacabada, con una recámara vacía.

Debo confesar, que este año, en la entrega de los Óscares 2016, al ver a Kate/Rose con los ojos mojados de lágrimas cuando Leo recibía la estatuilla, habría preferido que él deje de lado su discurso ecológico, y opte por exclamar: “Kate Winslet, mía, te amo, te he amado eternamente. Nuestro amor jamás naufragará”.

Pero no fue así.

Y si el amor fuera un Óscar, DiCaprio parece que no lo ha encontrado.

 

Discurso de DiCaprio tras ganar el Óscar a Mejor Actor en 2016

 


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