Pablo Gamboa: como un perro callejero

Por Daniela Merino Traversari ///

Fotos de P. Gamboa y P. Cuvi ///

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A los quince años de edad ya escogió su destino. En línea recta, como una flecha, siempre supo hacia dónde ir. Hijo de un ingeniero eléctrico y un ama de casa, el arte no era parte de su sangre, pero sí de su piel. Así lo decidió. Su vida es el sueño de muchos artistas: se dedica exclusivamente al arte. El arte es su meditación, pero sobre todo, una forma de abordar la vida, de investigarla.

Pablo Gamboa estudió Artes Plásticas en la Universidad Católica y dio clases a niños durante varios años para la fundación Arteducarte. De su experiencia docente, resalta el valor de ejercitar sus músculos creativos permanentemente, pues apenas se terminaba un proyecto ya había que proponer uno nuevo. Desde inicios de su carrera siempre estuvo ligado a la creatividad y a los proyectos artísticos.

Hoy, marzo de 2016, con sus maneras amables y la mirada amable que destina a sus juguetes, Pablo me invita a tomar una cerveza en su estudio, cerca del barrio quiteño de San Juan. No suelo tomar a las cuatro de la tarde, mejor dicho, no suelo tomar, pero accedo para romper el hielo de tener que entrevistar a un desconocido. Su estudio, herencia de sus abuelos, es la cueva de la creatividad. Ahí alberga casi todos sus tesoros, excepto aquellas obras vendidas a coleccionistas extranjeros, o aquellas que están en museos y espacios públicos, y excepto Mementos, aquella obra que se “perdió” casi en su totalidad hace algunos años, en su traslado de São Paulo a Quito luego de una exhibición.

Estar en su taller es estar en una pequeña galería de arte, admirando obras que parecerían haber sido creadas por artistas diferentes. Hay piezas de corte muy íntimo, como los citados restos de Mementos: fragmentos de la memoria, de instantáneas personales, que bien pudieron haberse disuelto en el tiempo sin dejar rastro, como en la película Memento, de Christopher Nolan. Hay piezas monumentales, como la serie Elemental (valga la paradoja), donde el artista hace “una reflexión acerca de los principios elementales del quehacer artístico: técnicas básicas como el dibujo y la pintura, que forman cuerpos mayores, a la vez que se asocian con otros objetos”.

Las obras circulares, denominadas Aire y Fuego, “aluden a estos elementos vitales a través de las formas y el color”. Hechas en madera y con pintura látex, crean un diálogo con los torsos, de menor tamaño, cubiertos a su vez con diversos diseños de animales, figuras fantásticas y simbología etérea. En su estudio-galería hay esculturas de todos los tamaños y de diversos materiales. Y hay materiales por todas partes.

En Pablo Gamboa no se advierte la búsqueda incesante de un estilo, de una fórmula, de eso que muchos artistas buscan para garantizarse un puesto fijo en el mercado del arte. No existe ese anhelo pero queda la huella, siempre presente, del artista que indaga, que se adentra en lo que la realidad le ponga enfrente, ya sea un botón, un foco o un pedazo de metal. Su obra son ríos diversos que vienen y van, pero que terminan siempre en el mismo mar: el mar de la búsqueda auténtica e interminable.

Una de mis favoritas es Qwerty, obra que fue expuesta en el Centro de Arte Contemporáneo en 2013. Fue concebida para cubrir parte del perímetro de una sala (60 metros) y desplegar 300 dibujos cuyo común denominador es una línea de horizonte, marcada por la confusión de unas letras tipeadas en una antigua máquina de escribir. Su extraño título, Qwerty, alude precisamente a la primera fila de letras de un teclado, que fuera diseñado dos siglos atrás para que las personas escribieran más rápido con las dos manos.

Por encima de la mencionada línea recta encontramos criaturas y figuras de distinta índole que nos van narrando una historia onírica de seres que vuelan, nadan, corren o disienten. Desde la diversidad de sus asociaciones visuales, la obra está hecha para ser leída como un cortometraje, con la posibilidad de avanzar y retroceder en cualquier momento, o saltar la mirada libremente hacia sus diferentes cuadros. Rica en sus contenidos, en sus asociaciones narrativas, en su simpleza y al mismo tiempo su complejidad, lo más potente es esa unión sintética de elementos del lenguaje escrito con los dibujos.

 

Maestro del junk art

Al recorrer su estudio es muy claro ver la concreción de una multiplicidad de ideas en piezas clave que “sintetizan”, según el artista, diversas exploraciones e investigaciones con el material, con la forma, con la técnica y con las ideas. Piezas como Piel de perro llegan a concretar años de búsqueda escultórica con materiales encontrados. ¿Cuál es el camino recorrido? De sus pequeños juguetes de madera, Gamboa pasa a sus esculturas más grandes, aquellas de Espectros de los bosques quemados, una serie de piezas hechas a base de restos de madera y de mobiliario, piezas humanoides y animalescas que parecen tener cierta relación con las esculturas del Picasso de los años cincuenta.

A partir de esta serie comienza a experimentar con tinta sobre la madera, con diseños y dibujos previamente estructurados, unos con aire precolombino, otros de diseño libre y abierto, para culminar, finalmente, en obras como Piel de perro donde el artista nuevamente acude al material encontrado; esta vez son troncos rescatados durante algunas caminatas a la orilla del mar. Gamboa toma de la naturaleza sus formas y las recubre con diseños de su imaginación (generalmente en tinta negra); es decir que resignifica a esta figura natural desde propia fisonomía y le regala una segunda piel. El material encontrado se vuelve maleable y es empujado estéticamente a un nuevo territorio.

Este tipo de figuras, más orgánicas, más libres y dinámicas, es parte de la última serie: Elemental. Sin embargo, Gamboa viene trabajando con materiales encontrados desde los inicios de su carrera, y ha logrado piezas memorables como Canino. Todo lo que ve y todo lo que se encuentra en el camino es material artístico en potencia. También en el Museo Interactivo de Ciencia encontramos un monstruo gigante con un caparazón hecho, casi exclusivamente, de botellas de plástico y unos cuernos elaborados con pedazos de maderas. Este monstruo multicolor, al habitar entre las paredes de un museo científico, adquiere connotaciones más ecológicas y anticonsumistas.

De hecho, estas creaciones incesantes nos remiten al junk art, término acuñado por Lawrence Alloway para designar al movimiento artístico americano de los años cincuenta que surgió como reacción al expresionismo abstracto. Como su nombre lo indica, los materiales a ser utilizados son más bien desperdicios, basura o desechos urbanos que dejaron de ser funcionales: el junk art provoca una reacción en contra de los materiales nobles tradicionales, abogando por la utilización de restos humildes para demostrar que el material puede ser lo menos importante para alcanzar la belleza en una obra de arte.

Quien se pasea por la vida como pasea Pablo Gamboa, mirando al suelo para encontrar en él, pieza por pieza, el material de su próxima creación artística, hace que la búsqueda adquiera un propósito íntimo, mucho más profundo, que solo puede estar en los ojos de quien mira y no en el objeto como tal.

Pero el Gamboa multifacético maneja múltiples proyectos al mismo tiempo, trabaja permanentemente en comisiones privadas, le encanta la fotografía, toca la batería y se inspira en una larga lista de artistas de todas las épocas y todos los estilos. Su mirada abarca muchos territorios, pero su lenguaje es uno: el de la búsqueda incesante. Aunque pronto estará exhibiendo su último proyecto en la flamante galería Ileana Viteri, hay como adelantar el enfoque en:

http://pablogamboasantos.blogspot.com

http://pablogamboa.blogspot.com


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