Homenaje a Martha Ormaza.

La destacada actriz ecuatoriana Martha Ormaza falleció el lunes 22 de octubre del 2018, tras una larga lucha contra el cáncer. La revista Mundo Diners le rinde tributo con esta entrevista publicada en junio de 2016.

 

Por Milagros Aguirre.

Fotografía: Juan Reyes.

Edición 409 – Junio 2016.

La vida es un gran escenario.

Apertura-Ormaza

La casa roja en La Floresta. Ahí es el nido de Martha Ormaza, la Mona de las Marujas, que, por cierto, ni vive en la Costa ni es de Guayaquil. La Mona es bien quiteña y, como buena quiteña, conserva en su casa algunas de las herencias de la familia, esas antigüedades que han sobrevivido por generaciones, pero repartidas entre hermanas, tías, parientes lejanas. Una mecedora de mimbre, un banquito de shamán bien pulido, otra banca rústica, son parte de la decoración de su casa, que es una de las que se han salvado de los derrocamientos en el barrio quiteño. También tiene en la sala un Kingman de esos raros —un retrato de una niña—, comprado en una subasta que le salió barato porque lo pagó a plazos. Y un cuadro de Luigi Stornaiolo de esos últimos, pintados “con la zurda”.

“Las Marujas” van para los años. Han durado más que matrimonio y han sobrevivido a las buenas y a las malas del teatro ecuatoriano. Y también a las buenas y a las malas épocas de las actrices Martha Ormaza, Elena Torres y Juana Guarderas, a quienes ni el cáncer ni el romperse una pata ni los mil proyectos de cada día han logrado separar, más bien todo lo contrario, han estado ahí pese a la adversidad porque cada día “la función debe continuar”.

Las Marujas —la mona, la quiteña y la cuencana— nacieron de la pluma de Luis Miguel Campos (La Marujita se ha muerto con leucemia) y luego fueron corregidas y aumentadas en las Memorias y efemérides, ya con dramaturgia propia, en un trabajo colectivo en el que las actrices que las encarnan se han encargado de perfeccionar.

Doña Aurelia, doña Encarna y doña Cleta han hecho reír a muchos, han sido aplaudidas y admiradas, han pasado por las tablas —y también por las ferias en los pueblos— haciendo gozar al público en cada función. Los entremeses de las Marujas en algo recuerdan a las estampas del teatro de Ernesto Albán: ese humor socarrón salpimentado con temas de la coyuntura, esos personajes que no mueren sino que crecen con el público.

Martha Ormaza, aunque tiene todavía pánico escénico y cada vez que está en el escenario se le vienen preguntas metafísicas como ¿qué hago yo aquí? O ¿por qué soy lo que soy y no soy otra cosa? Y, ¿por qué el público compra entradas para el teatro?, posa para las fotos, como toda actriz que se precie; deja ver su sonrisa, busca su mejor ángulo para mostrar al fotógrafo y, lo principal, se divierte. Porque de eso se trata la vida: de no perder el tiempo, de aprovechar cada segundo, de divertirse, dando guerra a la adversidad. En eso Martha Ormaza ya es una artista consagrada: ha sobrellevado las quimios como toda una “mujer superpoderosa” y ha vuelto a las tablas con la frente en alto y con mucha energía.

Martha es alegre y fiestera, siempre le gustó ponerle sal a la vida. Tiene una hija, Paloma, que es quien le lleva sus cosas, sobre todo, las que tienen que ver con la tecnología… la cuenta de Facebook, los correos… esas cosas para las que los jóvenes son más habilidosos…

Luego de la sesión de fotos, del café pasado en cafetera italiana, arranca la entrevista. Martha Ormaza vuelve, por unos momentos, al salón de su casa, a imaginar a sus padres, primos, tíos, alrededor y ella, en el centro del escenario.

¿Naciste actriz?

—Sí. Nací actriz. Desde chiquita adoré la máscara, el disfraz, el escenario, el público. Creo que el teatro estuvo siempre en mi necesidad de expresión.

¿Tenías público?

—¡Claro! Recuerdo que me disfrazaba y mis papás fingían que no me reconocían. Me disfrazaba de mendigo, les pedía caridad y ¡me daban monedas! Era fantástico. Vengo de una familia grande, es decir, un buen público: hermanas, primos, tíos. Luego mis compañeros de escuela, de colegio. En los festejos siempre hemos estado juntos. Y han sido, desde que yo era niña, mi público.

¿Tu primer personaje?

—Manola…. Bailaba flamenco, tenía vestido español, castañuelas y zapatos rojos. Alguna vez vi entre las fotos familiares una en la que estoy bravísima, con el vestido de Manola. Mi madre era responsable de esos disfraces, los vestidos y peinados. Aún recuerdo el amor que le tenía a Manola… el enojo cada vez que se iba haciendo más pequeño el vestido y ¡los zapatos! ¡Adoraba los zapatos rojos que usaba la Manola! Me los puse hasta cuando me ajustaban… hasta que se perdió el uno. El otro zapato rojo, el chulla, se quedó en mi armario por años y cada vez que lo veía recordaba a Manola, pandereta, castañuelas y flamenco.

En la escuela… ¿también actuabas?

—Por supuesto. Tuve la suerte de estar en la escuela Claret, una escuela bien abierta, bien experimental. Quedaba por la Miraflores y nos incentivaban mucho a las artes, a la pintura, a la música. De ahí salieron algunos de mis amigos artistas. Nos hacían tocar el piano, cantar, bailar, pintar, hacer obras de teatro. Recuerdo a una profesora, María de los Ángeles, que era durísima y con el puntero nos tenía rectitas… era una escuela de monjas claretianas y era bien interesante su pedagogía. Una educación libre, de esas que ya no hay ahora.

¿El primer personaje que interpretaste en la escuela?

—Salí de pájaro y fue horrible. Estaba incómoda con el disfraz, no me quedaba bien. No me pude expresar. Lo odié.

Estuviste en Los Pinos… un colegio más tradicional… ¿lo soportaste?, ¿te soportaron?

—Me gustaba el colegio. Hasta ahora me llevo bien con mis compañeras. Ellas me dicen que les debería pagar pues han sido mi público fiel. Era un colegio lleno de contradicciones. No hice nunca nada terrible aunque siempre me quedé en disciplina, me sorteaban una o dos materias, pero no por eso me quitaron mi libertad. Estuve seis años en el colegio, me gradué. Recuerdo a una profesora fantástica, María del Carmen Jijón. Sus clases eran muy estimulantes. ¡Hacíamos tremendos montajes escénicos! Mi experiencia en el Colegio Los Pinos fue buena. Tengo grandes amigas con quienes compartimos las clases y la vida.

Ya en plan más serio… ¿tus primeros pasos en la escena local?

—Actuar es complicado. En el Ecuador es complicado y en español es complicado. En otros idiomas actuar es jugar (play…). Creo que dejamos de jugar al teatro para actuar en serio en el Patio de Comedias, en una obra de Paco Tobar García, En los ojos vacíos de la gente, con Jaime Bonelli, que era un actorazo, y con Raúl Guarderas. Estábamos aterrorizados porque venía de París el autor a ver la obra… la obra debía salir impecable. Desde ahí sentí la obligación de seguir en las tablas. Raúl Guarderas me dijo algo que me mató: “Los artistas nacen o se hacen y tú eres del primer grupo, eres la cera lista para ser moldeada por las manos del director”. Ahí decidí que esa sería mi vida. No sé si agradecerle o echarle la culpa… pero desde ahí sentí una obligación que me ha mantenido en el escenario.

¿Te arrepentiste alguna vez?

—Estudié Derecho. No me arrepentí de estudiarlo, pero no ejercería nunca. Es más, volvería a estudiar Derecho y volvería a dejarlo. Estuve a punto de graduarme. Mis padres casi mueren. Mi papá tenía tanta ilusión de que yo fuera abogada. ¡Toda la familia ha sido de abogados! Y yo lo dejé al final de la carrera de la U. Central. Pensé en que todo eso era mentira, en que lo mío no estaba ahí. Pero tampoco me arrepentí de la decisión. Hice lo correcto.

¿Y no quisiste ser otra cosa?

—Bueno… sí… he pensado que pude ser secretaria o contadora, o mejor madre de lo que he sido… Muchas veces se vienen esas preguntas existenciales poco antes de salir al escenario…

Entonces no estudiaste actuación ni artes….

—No en lo formal pero he estado en muchos talleres. Guido Navarro me dio muchas herramientas para usar el cuerpo, la voz, la mente. Bonelli, Guarderas, en fin, el público. El público finalmente es el que te enseña. Te vuelves un espejo del público. Tienes un compromiso con ellos. Y una vocación.

¿Cómo llevas la crítica?

—Bien, pero entiendo que es complicado. No hay escuela de apreciación estética en el país. Creo que los periodistas y los críticos tienen la obligación de construir un público, de ayudar a que la gente consuma lo mejor de su arte, de su cultura. En países donde funciona la prensa y funciona la crítica hay un mejor público, un público más exigente, que no come cuento. Aunque sí… sé de las susceptibilidades de los artistas ecuatorianos… La prensa ayuda a la comprensión del rol del artista en la sociedad.

Donde estás más cómoda, ¿en la tragedia o en la comedia?

—¡Me fascina la tragedia!, soy gritona, llorona, dramática… en lugar de cortarme las venas las dejaría para verlas crecer… creo que la tragedia es la mitad del camino de la comedia. Todos los personajes cómicos tienen una carga de tragedia muy fuerte, sin ella, sería solo el vacío. Las dos caras de la moneda. La tragedia como herramienta del dolor.

¿Te identificas con tus personajes? ¿Ellos se apoderan de ti? ¿Sueñas con ellos o como ellos?

—Todos los personajes que he interpretado han sido un poco yo. No hay distanciamiento… somos un universo tan amplio que es como si tuviéramos cada uno dentro vidas infinitas, imaginación sin límites.

La Mona, de las Marujitas, sueña… sueña en los muebles franceses de su abuelita.. En serio, ella sueña dentro de mis sueños, se apodera y cree que es de una amplia cultura.

Las Marujas entre memorias y efemérides, 2006.

Las Marujas entre memorias y efemérides, 2006.

A propósito de Las Marujas… cumplen veintiséis años. ¿Cómo lo llevan?

—Estupendamente bien. Las Marujas han durado más que un matrimonio. Creo que mucho más… hemos sobrevivido a muchas cosas, somos un equipo, nuestro trabajo ha sido el resultado de un montón de esfuerzos, de ilusiones, de construcción permanente de personajes. Ahora hemos estado haciendo funciones, a pesar de que la una tiene un montón de proyectos, la otra se rompió la pata y la otra termina las quimios… Nos llevamos bien. A veces peleamos, claro, discutimos o tenemos malentendidos, pero al subir al escenario nuestras pobrezas y miserias humanas se quedan a un lado y somos grandes. Estar juntas y hacer cada función es magia.

¿A qué le atribuyes el éxito cuando apenas montaban La Marujita se ha muerto con leucemia?

—Realmente fue algo que nos sorprendió a todos en ese momento. Nunca nos planteamos que el público fuera a aceptar nuestro trabajo como aceptó a Las Marujas. Cuando se volcó a la platea para nosotros fue sorprendente. No habíamos visto que un espectáculo teatral ecuatoriano estimule a que el público vaya masivamente como fue con La Marujita se ha muerto con leucemia. Recuerdo que planteamos una temporada de tres semanas y siempre estuvo lleno. Hicimos dos semanas más y el público seguía llegando y seguíamos haciendo funciones, al punto que hicimos una temporada permanente. Creo que cambió, de alguna manera, la historia de las tablas, si no la historia del espectador ecuatoriano. Creo que en el teatro ecuatoriano se puede hablar de un antes y un después de La Marujita se ha muerto con leucemia

Sorprendente pero… ¿por qué?, ¿por qué fue tan exitosa?

—Creo que tuvimos la suerte de que nos haya dirigido Guido Navarro que venía de Italia, con propuestas frescas, novedosas para el teatro ecuatoriano de entonces. Él venía con técnicas que hicieron posible recrear los personajes locales creados por Luis Miguel Campos. A mi modo de ver, se juntaron estas dos genialidades: la de Guido Navarro en la dirección y la pluma de Luis Miguel Campos, logrando una fórmula única. Guido Navarro intuía que la obra iba a ser exitosa. Guido nos repetía que el público se iba a reflejar en las tablas.

¿Y ustedes, las actrices?

Nosotras intentábamos hacer una obra más y persistir en nuestra necedad de ser actrices. Persistir. Eso es lo que hemos hecho en estos casi veintiséis años. Trabajamos en cómo conectarse con el público, cómo perfeccionar los personajes planteados. Fuimos construyendo un público.

Se piensa que la comedia ha sido un género fácil en el teatro ecuatoriano…

—Nunca le pusimos a la obra en el casillero de comedia. Nunca la hemos anunciado como comedia. Usamos un término que era nuevo en ese momento: el juguete escénico. La obra ha tenido una particularidad: la protagonista no están en escena: se ha muerto con leucemia… La Marujita no está en la obra. No creo que entremos dentro de la rama comedia y pensar que la obra está dentro de comedia del arte sería un atrevimiento. Creo que es una obra de un humor particular nuestro y con nuestro lenguaje local. A eso se le suma la mezcla de técnicas a la hora de trabajar los personajes. Por otro lado, hay mucha teoría en torno a la puesta en escena que hemos hecho todo este tiempo. Todo el tiempo nos preguntamos qué hacemos y cómo seguimos construyendo nuestro quehacer. Desde el punto de vista teatral no creo que hagamos comedia. No es comedia desde los personajes. Es otro estilo que se volvió muy ecuatoriano. Lo asombroso de las Marujas, y no ha sido fácil, es que el público se identifique con los personajes y que de alguna manera se ve reflejado en la obra. Ese es uno de los éxitos de la propuesta.

Martha con su hija en brazos.

Martha con su hija en brazos.

 

¿No hay una tendencia a pretender que el público ría con base de un humor fácil? 

—Creo que esa tendencia hay en el teatro ecuatoriano y latinoamericano desde tiempos inmemoriales. Es decir, las comedias burdas abundan en el teatro y más en la televisión, y creo que han existido desde siempre. Creo que el público ecuatoriano sí es exigente y no come cualquier cosa.

¿Qué pasaba y qué pasa hoy con las salas de teatro?

—Hoy hay muchos más espacios escénicos independientes y una red de espacios independientes que, con políticas conjuntas, son bastante sanas para el quehacer teatral ecuatoriano. Creo que, al no poder agremiarnos como actores y actrices de teatro, de cine y de TV, de forma eficiente, que nos represente, que nos cuide y auspicie nuestro trabajo, hemos tenido más dificultades. Sin embargo, la red de salas ha sido factible. Seguimos siendo actores y grupos aislados del teatro que nos juntamos alrededor de los espacios en los que podemos montar nuestras obras. Como no hemos podido lograr un tipo de agremiación al menos hemos logrado eso. Los espacios independientes siguen siendo fruto de una gestión muy fuerte y luchadora de parte de quienes sostienen estos espacios. No hay auspicios del Estado, no hay auspicios de organismos de ningún tipo ni de gobiernos locales, no hay partidas presupuestarias para las artes escénicas. Es una gestión independiente, pues no estamos dentro de ninguna política cultural. A diferencia de otros países que creen que la cultura es un centro de desarrollo de industria y de progreso, acá no hemos creído en ello.

¿Y los espacios públicos? ¿Y los fondos concursables?

—Las salas públicas están siendo administradas con criterios del administrador de turno y no son espacios de fácil acceso para los grupos independientes. Estamos siendo programados y filtrados, de preferencia por sus propias producciones o producciones extranjeras. Me da la sensación de que, cuando algunos administradores estaban aprendiendo a ser administradores de espacios públicos, seguramente se preparaban para hacerlo técnicamente bien, y hacíamos temporadas en teatros públicos y asistía gente de todas las clases sociales y todas las economías al espacio al cual tenía acceso. Desde el palco principal hasta el último de la galería tenía acceso al teatro. Y eso se queda en nuestra historia, aunque se sienta ahora que de alguna manera que no hay una legitimidad de ocupar esos espacios. Hay muchas contradicciones en los manejos de las salas con administración pública y de los fondos concursables. No hay que confundir fondos con políticas. En un momento había fondos pero seguimos sin políticas.

Sabemos que los artistas son víctimas de la llamada tercerización laboral…

—Pues sí. Hay cantidad de empresas que se llaman productoras, coordinadoras, que son las que contratan a los artistas. Es decir, el Estado contrata a una empresa para que haga sus eventos y contrate a los grupos porque el Estado (y no me refiero a las entidades del Gobierno central sino también a las de los distintos municipios del país) no puede, o aparentemente no puede, contratar directamente o por concurso a los artistas. Entonces hay grupos que son llamados y otros que no. Y hay grupos que no quieren dar su imagen y prestar su imagen a la promoción del Estado. El Estado es un competidor muy fuerte del quehacer independiente. Esto de contratar a los artistas para subirlos a los escenarios del poder es muy debatido.

Debatido, ¿en serio? ¿O los artistas se han acomodado?

—Hay mucha discusión sobre ese tema. En los espacios escénicos es un tema ético, político y de reflexión. La gente, por un lado, necesita comer y, por otro lado, necesita decir lo que tiene que decir, tener una opinión, una posición, la libertad para hablar de lo que cree. Creo que es muy difícil para un actor o actriz hacer un oficio totalmente independiente con sus criterios éticos de por medio, respetados a rajatabla. Somos vulnerables ante la estructura del poder. Nos estamos protegiendo con razonamientos, reflexiones y ese es, por ejemplo, un quehacer de la red de artes escénicas. En las reuniones a las que he asistido la reflexión del artista al frente del poder es una cosa de continua discusión.

¿Cómo es la situación laboral del trabajador del teatro?

—Es un sector invisible en el sentido laboral, no hay leyes que nos protejan. No tenemos patrono, fomento, seguro social, no estamos afiliados ni tenemos garantías en nuestra salud… somos inexistentes desde el punto de vista social. Es una supervivencia casi ilícita la que nos toca hacer. Presentamos factura, pagamos nuestros impuestos como cualquier otro ciudadano, pero no recibimos nada como sector social. La sociedad misma, la industria, los empresarios del país no tienen conciencia de nuestra tarea y de nuestros derechos. La concepción del mecenazgo no existe.

¿Por qué ha tenido el teatro tanta dificultad de agremiarse?

—Creo que es una herencia que hemos de cargar por generaciones. Hemos estado en reuniones eternas, pero no hay resultados por falta de una estructuración profesional y técnica. Hace muchos años fui a un encuentro de mujeres del teatro en Paraguay alrededor del trabajo y del género. La Federación Nacional de Artistas del Ecuador (Fenarpre) me escogió a dedo y me sorprendió. Y fui. Tenía que llevar una ponencia sobre la agremiación, y era la cerrazón de los grupos y no se sentían copartícipes de un estrato o grupo social, parte de la sociedad necesaria para la vida de los ciudadanos. Falta de conciencia interna de qué representamos, qué somos y qué derechos tenemos. No hay norma, no hay ley. Años de años nos mantienen en esa permanente espera de cómo nos vamos a agremiar, de cómo estructurarnos. Y todos los esfuerzos aislados han sido ineficientes. Estamos divididos y de una manera poderosa, porque esta fragmentación nos vuelve débiles política y socialmente. Si hay la asociación de trabajadoras sexuales o la asociación de artesanos de cualquier oficio con derechos y obligaciones, eso no existe en el plano artístico, ni los actores, bailarines o directores, ni los artistas plásticos.

Amos de casa o la casa de cristal.

Amos de casa o la casa de cristal.

¿Es posible vivir del teatro? 

—Sí es posible. Con muchas dificultades pero es posible. Lo que te garantiza vivir del teatro es tener buenas obras. La calidad de lo que presentas, el lenguaje, te permite vivir del teatro. He vivido del teatro y solo se puede hacerlo si tienes buenas obras. Pero es posible. Todo es posible.

¿Y el cine? ¿Cómo han sido tus incursiones en el cine?

—Creo que el cine en el Ecuador es todavía un sueño por realizarse. He participado en esa construcción que es el cine en distintas cintas. Los cineastas se están formando. Hasta hace muy pocos años eran realizaciones aisladas y hoy se ha dado mucho énfasis a todo lo audiovisual. He tenido la suerte de participar en distintas producciones audiovisuales, en documentales, en argumentales, cortometrajes, mediometrajes. El cine es un proceso de aprendizaje. He trabajado mucho con los estudiantes de Incine, me he sentido corresponsable de su carrera. Necesitaban de actores y actrices profesionales para sus realizaciones y su proceso académico. Entonces lo hice como un compromiso ético y lo seguiré haciendo. He participado de varias producciones y creo que ha sido un privilegio contribuir a ese nacimiento del cine. Participé en Mono con gallinas, del director Alfredo León León y fue un privilegio. Creo que el prestigio de Alfredo y lo que tiene por delante es maravilloso. Eso les está sucediendo a muchos otros cineastas jóvenes que están consiguiendo premios reconocimientos. Otra película que fue una aventura y toda una experiencia fue Un titán en el ring, tuve el honor de trabajar con Viviana Cordero y su equipo. He tenido suerte en pequeñas y grandes participaciones en el cine. Lo que siempre falta en el cine es tiempo de ensayo para la realización actoral. Pero he disfrutado como actriz, como persona: el cine ha sido un aprendizaje.

¿Qué diferencia hay entre esos dos lenguajes? 

—Tengo la impresión de que en el cine siempre es todo precipitado y es como lanzarse al vacío. Eso porque no tienes todas las herramientas que te gustaría tener (y que las tengo en el teatro). Siempre tengo la sensación de que se puede hacer más para lograr personajes de calidad. Entonces, digamos que el cine es un sueño realizable todavía, mientras se pueda actuar y aprender.

¿Cuántas versiones de Las Marujitas hay? 

—No son versiones sino distintas obras. Una, la escrita por Luis Miguel Campos y con la que inició este periplo y que se llamó La Marujita se ha muerto con leucemia. Ahora estamos con Las Marujas entre memorias y efemérides. Las Marujas han cambiado, crecido, envejecido, apostado por el arte independiente y por lo ecuatoriano, con casi 300 entremeses para teatro y cuatro obras mayores, además de programas de radio y televisión, spots y campañas para la educación ciudadana… Doña Aurelia, doña Cleta, doña Encarna, la costeña, la cuencana y la quiteña, son una institución.

¿Cuáles son los roles de las Marujas en cada puesta en escena?

—Como digo, somos equipo. A veces una de nosotras escribe para el personaje de otra, la dramaturgia para los personajes. A veces dirijo yo, Elena Torres se encarga de los objetos escénicos, Juana Guarderas siempre da las propuestas en medio de la puesta en escena, sobre la marcha. Somos cómplices, nos reímos… todo ha valido la pena. ¡Pensar que algún momento creí que no nos íbamos a volver a ver!

¿Por la enfermedad?

—Sí… la enfermedad, el cáncer. Me dijeron que no tenía mucho tiempo. Y aquí estoy.

¿Te molesta hablar de eso?

—No. La enfermedad también es una oportunidad, una oportunidad de valorar lo que tienes, el amor de la gente que te rodea, la vida. Yo solo siento gratitud por eso. Cuando me dijeron que tenía cáncer me dijeron que tenía, además, muy poco tiempo. Eso fue en 2013 y comprendí que tenía una oportunidad. Tenía en mi cuenta 303 dólares… no me voy a olvidar de eso… y la salud y los tratamientos cuestan y, aunque te digan que no es una enfermedad catastrófica, lo es: con los estragos de la quimioterapia no puedes trabajar, así que te quedas sin trabajo, sin ingresos y con las cuentas por pagar. Tanto amor de tanta gente me ayudó: hubo de todo, gente que me ayudó, gente a la que no conocí que depositó dinero para ayudarme, mi madre que me daba de comer en la boca, mi padre que se acostó junto a mí y me contó su historia y la de mis abuelos, mis hermanas se volvieron las “superpoderosas”, mis amigas me acompañaron… es decir que en esa obra tuve teatro lleno.

¿Y el miedo?

—No es miedo el sentimiento. Miedo, pánico escénico, es lo que he tenido hace unos días, pero es producto de la medicación… Digamos que sí, que hay un miedo existencial, pero que a la vez sabes que tienes un regalo: el tiempo, un tiempo más para aprovechar la vida a todo lo que se pueda dar. Menos mal no tengo apegos ni necesidad de acumulación, pero igual, lo primero que pensé es en no dejar problemas a nadie. Creo que me curaron las quimios y todo lo demás: creí en todo lo que la gente que me quiere me recetó: desde guanábana hasta velas milagrosas, energías, oraciones, rezos de toda clase a santos de todas partes, pero sobre todo me curaron el amor y la solidaridad. Y el tener un centro sano, que creo que lo tengo.

¿Dónde estaban tus pensamientos en esos momentos?

—En mi hija y en mis padres. La condición de madre adquiere una enorme trascendencia. Paloma tiene veintiséis años y creo que los hijos no dejan nunca de ser esa ternura y fragilidad con la que vienen al mundo. De acuerdo a la ley de la vida, yo debería enterrar a mis padres y mi hija a mí. Uno piensa en esos momentos en quienes quedan, no tanto en uno. La quimio te deja frágil, hipersensible, no puedes trabajar ni pensar. No quería darles a mis padres el dolor de la muerte. Mi viejo murió hace un mes… y Paloma… está volando por el mundo que es lo que debe hacer, así que de alguna manera la ley de la vida se ha respetado. A la vida hay que sacarle el jugo. Y solo puedo estar agradecida por eso.


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