La leyenda de Modigliani

Por María Fernanda Ampuero

Fotos Cortesía muestra Modigliani

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“Con un ojo busca en el mundo exterior, mientras con el otro busca en tu interior”.

Ya todo eso se ha acabado. La bohemia, digo. La bohème. Pero la hubo y fue deslumbrante y paupérrima a partes iguales. Como la historia de este hombre llamado Amedeo, que empieza antes y en otro sitio. Verán.

Livorno, Italia. Finales de 1880.

Primer golpe de suerte para Amedeo: Flaminio, el padre, era prestamista, pero noble. Una contradicción viviente. Así que mientras por un lado era flexible con sus deudores, por otro lo estrujaban las deudas propias. Cuando la familia iba a quedarse sin nada por el embargo, la madre, Eugenia, los salvó a todos. Una vieja ley italiana decía que todo lo que estaba sobre la cama de una mujer embarazada era intocable. Y ella lo estaba, así que pusieron las pocas joyas y objetos de valor que les quedaban, como en una balsa de salvación, en la cama de la parturienta. Por eso será lo de que todo niño nace con un pan bajo el brazo.

En la familia de Amedeo, Dedo como le dicen en casa, son cuatro hermanos. El padre prueba suerte en la minería, la madre enseña lengua a señoritas. Son pobres y en esa época hay muchas enfermedades que se ceban de la pobreza. La infancia es difícil, el chico se acostumbra a la escasez, al dolor. A los catorce años, poco después de empezar a estudiar pintura, Amedeo sufre tifoidea y, apenas dos años más tarde, tuberculosis, un mal que lo acompañaría, como un mal amor, ya para siempre. Quedémonos con este dato: la enfermedad.

Pero se salva, Amedeo se salva. La muerte, que se llevó a tantos en esa época, no se lleva a este, de apellido con tantas íes, largas como los rostros y los cuellos que pinta: Modigliani. Empieza la historia de otro hombre: Modigliani.

París, Francia. 1906.

Hay ciudades que se cruzan en la vida de la gente y que la transforman para siempre. Y hay gente, también, que se cruza en la vida de las ciudades y las transforma para siempre. Una y otra cosa hicieron mutuamente París y Modigliani. Es impensable, verdaderamente, el genio del uno sin la luz de la otra, sin la confluencia desquiciada de historias e histerias que en ese momento estallaban por las callejuelas de ese universo llamado Montmartre.

Montmartre era la red social del momento. Todo el mundo pasaba por ahí —o decía que lo había hecho­—, todas las novedades, todas las inquietudes, todas las vanguardias, todo, todo, todo, se traficaba en Montmartre. Lo que hoy consideramos rompedor, moderno, descarado, a ellos les haría reír, nos pensarían mojigatos. ¿Quién andaba por ahí? Veamos: Diego Rivera, Max Jacob, Picasso, Guillaume Apollinaire, Vicente Huidobro, Juan Gris, Blaise Cendrars, Jean Cocteau y una larga lista de etcéteras.

El italiano encuentra en París la fiesta indecente, incesante, cosmopolita, vanguardista y a la vez primitiva que había estado buscando. Es decir, encuentra su lugar en el mundo. Es decir, encuentra su voz. En sus primeros años, se considera escultor, enloquece con ese dramatismo faraónico, el arte egipcio, la placidez del posado, pero también toma referencias de las esculturas africanas, del arte tribal —cuellos infinitos, la línea continua de la nariz, rostros alargados, los ojos como dos almendras huecas— y de las máscaras camboyanas con sus rasgos finamente graves. En cualquier caso, caras fantasmales, sabias, hieráticas, geométricas, inmemoriales. No las nuestras. Nunca las nuestras.

Dicen que la escultura era su adoración: extraer de la nada, de un bloque de nada, cabezas rojas y blancas y extrañas damas de labios apretados y ojos como extraterrestres. Pero dicen también que respirar el polvo lo estaba matando —recordemos, la tuberculosis— y lo tuvo que dejar.

 

LOS CELOS DE PICASSO

“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno… No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán…”

Lo anterior es de Los cantos de Maldoror, el libro del conde de Lautréamont que siempre llevaba encima Modigliani y que, cuando estaba sobrio, recitaba a las mujeres. A ellas les resulta irresistible. Su magnetismo es legendario: es guapo, pinta desnudos, está loco, es talentoso, tiene acento italiano. Cuando no estaba sobrio —y solía no estarlo— era violento y triste. Ay, la bohème.

Alrededor de 1913 se da el cambio en su arte. Cambia la piedra por el lienzo, aunque al reducir e incluso eliminar el claroscuro, consigue una solidez en la imagen plana, similar a la escultórica. Dicho en otras palabras, logra trasladar la sensación de escultura al cuadro. Además, continúa con su ya familiar estilo del alargamiento: el cuello largo, la línea estilizada de la nariz y esa engañosa fragilidad femenina con una boca demasiado pequeña para hablar, unos ojos demasiado vacíos para mirar, el cuello inflexible, la cabecita. El cuerpo es otra cosa: ahí hay una mórbida melancolía que a algunos críticos les recuerda a ciertos Botticelli.

Por eso le dijo a Picasso eso de que: “El futuro del arte se encuentra en la cara de una mujer. Picasso, ¿cómo se hace el amor con un cubo?”. De paso, el único tipo al que Picasso le tenía celos era al seductor Amedeo.

A pesar de que su alrededor bullía el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo y varias otras corrientes, Modigliani, por necio, por genio, por ambas cosas, logra mantenerse bastante al margen de los estilos que lo rodean. Algunas veces se lo cita como expresionista, pero él tiene esa finnesse que, más que a su adorado Cézanne —Modigliani casi no pinta naturaleza—, se atribuye al arte africano, su deslumbramiento temprano y definitivo.

En 1920 Modigliani muere con su salud destrozada de meningitis tuberculosa y muy, muy pobre. Todos los artistas de Montmartre y Montparnasse acompañan al italiano, ya más de París que la tal Torre Eiffel, al cementerio de Père-Lachaise, donde ahora también duerme otro hermoso extranjero parisino: Jim Morrison. La mujer de Modigliani, embarazada de su segundo hijo, se suicida tirándose desde un quinto piso después del funeral.

 

 DESNUDA Y DESPÓTICA

El pintor jamás supo que sería famoso. Sus dos grandes intentos, más bien de sus marchantes, por vender sus obras fracasaron, el primero porque las autoridades cerraron la exposición por indecente y el segundo porque simplemente no atrajo demasiado.

En 2010 la Casa Christies, de París, vende una de sus esculturas, Tete de Caryatide, en la cifra récord de 43 millones de euros. En noviembre de 2015 el millonario chino Liu Yiqian adquiere su pintura Nu Couché (1917) en 170,4 millones de dólares; es la segunda obra mejor pagada en subasta hasta esa fecha, solo superada por Las mujeres de Argel de Picasso, que se había vendido en 179,3 millones de dólares seis meses antes. Fechas.

Villeneuve D’Ascq, Francia. 2016.

Que la periferia no es el centro lo sabe cualquiera. Pero si el centro es París, ciudad que fue, literalmente, el centro del mundo, cualquier otra zona de Francia, la periferia de otra ciudad francesa, se vuelve estepa, desierto, la luna sin bandera.

—Perdón, ¿el Museo de Arte Moderno?

La gente, poquísima, que se cruza a esta hora —dos de la tarde, domingo— por el camino de la periferia de Villeneuve D’Ascq, una comuna de 60 mil habitantes en el corazón de Francia, entiende cualquier cosa menos museo del pronunciado por una guayaca de cepa. Así, te dirige a la estación de tren, a la mezquita, al estadio de fútbol. Google Maps también pierde el norte. Ay, Modigliani, ¿dónde estás?

De pronto, la luz. En la mezquita dicen que sí, que claro, que ‘el Museo’. Te ofrecen unas mandarinas, agua, un sillón, mientras terminan sus rezos. Al rato, vuelven para ofrecer un aventón de quince minutos —gracias Alá por los vehículos motorizados— hasta el Museo de Arte Contemporáneo, ubicado en un parque gigantesco y muy hermoso. Está abarrotado de gente, por todos lados ondean reproducciones de cuadros de Modigliani, la terraza de la cafetería, soleada, luce a reventar. La vida por todos lados: niños, niños, niños y carros familiares que no paran de llegar al parqueadero.

Él nunca se hubiera imaginado que esto iba a pasar. Mientras tosía su tuberculosis, digo, mientras vivía y bebía de más, jamás se hubiera imaginado que en un museo satélite, el Museo de Arte Moderno de un pequeño pueblo a más de hora y media de París, se haría una retrospectiva de su obra de esta magnitud: 49 pinturas, 43 dibujos, cinco esculturas. Modigliani hubiera dicho que imposible. Pero en Villaneuve D’Ascq, la exposición El ojo interior, que permanecerá abierta hasta junio, atrae a cientos de fanáticos —sí, en Francia se puede elevar a esa categoría a los aficionados al arte— alrededor sobre todo de esas mujeres geométricas, largas, inalcanzables: ¿qué es lo que nos viene a todos a la cabeza, al escuchar la palabra Modigliani, si no son ellas?

Los grupos se suceden uno tras otro, las exclamaciones de amor ante un cuadro previamente visto en una lámina, en Internet, en una enciclopedia. El italiano que amó Francia y que Francia ama está aquí, su trazo entre estas paredes. La excitación es palpable. Padres les susurran a sus hijos. Parejas mayores se sujetan la mano. Resulta paradójico, eso sí, que el público sonría pese a que en los cuadros prima una cualidad entre trágica y despótica: la superioridad. Aquí no hay espejos: gente sonríe y toma fotos —sin flash, por favor— ante figuras que no los miran, que no devuelven la mirada, que están mirándose hacia adentro, con su cuello de cisne y de princesa y de dios. Quizás esa es la burla final del artista que murió sintiéndose bastante despreciado por la crítica y los compradores: no les devolveré la mirada.

Y no lo hace. La gente compra cientos de reproducciones.

Ninguna va a devolver jamás la mirada.


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