Diego Falconí, tras los rastros de la sexualidad andina.

Por Ángela Meléndez.

Fotografía: Rafael Peralta.

Edición 409 – Junio 2016.

El ensayista, abogado y catedrático quiteño ganó el Premio Casa de las Américas en la categoría Ensayo de tema artístico-literario en enero de este año. Su texto De las cenizas al texto expone la deuda que Latinoamérica, la región andina y el mundo occidental tienen con la disidencia sexual desde siempre. El certamen, que tiene lugar en Cuba, reconoció en enero pasado al trabajo de Falconí por la intensidad crítica de su aproximación queer* a la cultura literaria de la región andina y por su contribución a las discusiones teóricas sobre sexualidad y poder.

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—Eres el primer ecuatoriano en ganar este premio en la categoría de ensayo y, además, con un tema tan fuerte como la disidencia sexual, ¿cuál crees que es la trascendencia de este reconocimiento?

—Yo hago un estudio fronterizo de dos ramas que no han estado muy relacionadas: los estudios andinos y los de género, sobre todo entendiendo el género desde la disidencia sexual. Han sido dos disciplinas que han estado muy alejadas y vincularlas hace que tenga una importancia específica al Premio Casa de las Américas. Más allá de que sea un premio extremadamente político y decidor de la cultura de Latinoamérica, es un gesto de Casa de las Américas respecto a la disidencia sexual. Creo que hay un guiño, al menos para los estudios de disidencia sexual que han sido tradicionalmente moldeados por este sujeto que es el hombre nuevo, absolutamente heteropatriarcal.

—Tengo entendido que el ensayo es un resumen de tu tesis, en la que trabajaste por mucho tiempo, más bien dicho, años…

—Este es el formato amigable de mi tesis, la tesis siempre es más árida y, además, yo hice mi tesis en España, entonces tenía hasta bibliografía española. De hecho, he tardado cinco años en volver a escribir porque mis viajes de vuelta al Ecuador, que son siempre viajes académicos, me han interpelado mucho y me han permitido repensar mis propias ideas. Es fundamental entender que ha habido un proceso desde la escritura de la tesis hasta ahora.

—Esa dialéctica impresa en tus viajes entre España y el Ecuador, ¿cómo aportó en la construcción de tu trabajo?, ¿cuáles fueron los desenlaces?

—Tengo una anécdota de cuando hacía mis primeros trabajos de máster. Le entregué el borrador a una de los íconos de género allá (España) y me dice: “esto está mal escrito”, pues claro, estaba escrito en un castellano latinoamericano. Esa experiencia fue muy fuerte en términos de escritura y discriminación y se convirtió en un reto para mí. En un momento me dije: tengo que encontrar mi propia voz y dentro de la academia eso es más difícil porque es un lenguaje rígido. Pero esa voz propia ha aparecido justamente de esos viajes, de contrastar mi castellano de aquí con el de allí, con una escritura que va mezclando cosas de ambas, pero cuya brújula apunta al sur. Cuando fui a España, en el Ecuador casi no había estudios de género, lo que me permitió entender la realidad andina desde otra matriz también.

—Hablando del contenido de tu ensayo, ¿por qué es importante considerar a la disidencia y no solo a la diversidad sexual?

—La disidencia resulta más importante porque nos habla de estas formas no normalizadas, un tanto excéntricas al discurso hegemónico. Lo que interesa analizar es cómo ciertas subjetividades que utilizan réditos de etiquetas como gay o lesbiana pueden al mismo tiempo pervertir ese término y dar cuenta de sus falsedades, por ejemplo, el termino gay tiene que ver mucho con las identidades blancas, de una clase media alta, con una estética muy tradicional o burguesa. De algún modo me es más importante pensar en términos más arraigados aquí como loca, marica, travesti…

—El devenir de la disidencia sexual en el mundo andino es la médula de tu texto, ¿cómo trabajaste esta idea a profundidad?

—Mi trabajo se centra en las literaturas del siglo XX pero para analizarlas, y dado que soy un sujeto andino y que vengo de este contexto tan complejo, no podía partir solamente del siglo XX, entonces hice un ejercicio genealógico para ver en qué momento hubo sujetos que pudieron haber sido considerados sexualmente disidentes y qué pasó con ellos. Y lo que sucedió justamente fue que los sodomitas fueron carbonizados con la invasión española. De algún modo, la ceniza que queda de esos cuerpos es el motor, el combustible que enciende mi reflexión porque creo que, para entender las narrativas del siglo XX, esa destrucción que, además, está recogida en las Crónicas de Indias, es el inicio de un escenario siempre contradictorio y analizar esa contradicción le da riqueza a esta cultura y específicamente a las letras andinas.

—¿Crees que estas cenizas, estas huellas, no se han tomado en cuenta, no se han valorizado a lo largo del tiempo?, ¿cuáles son las conclusiones a las que llegas al respecto?

—Una es que hay una suerte de exploración diversa de las sexualidades, dependiendo del lugar que el cuerpo ocupe en la economía social, en la escala social; si eres una persona blanca o mestiza vas a tener unas afiliaciones respecto a las etiquetas y a las escrituras tradicionales de Occidente, como es el caso de Jaime Bayly, y si al mismo tiempo vienes de un lugar que no está legitimado, como la escritora aymara Julieta Paredes, vas a intentar conciliar de modo más complejo tu identidad con las que surgen en el siglo XX (lesbiana, gay, etc.). La conclusión obvia es que, si estos sujetos murieron, tuvo que haber mucho dolor y la reconstrucción de los cuerpos, de las historias iba a estar marcada por una fatalidad andina. Pero al mismo tiempo, una de las conclusiones es cómo ciertas formas de resistencia andina afloraron, es decir, cómo el exterminio no fue absoluto, esa gran conclusión es la mayor de mi trabajo.

—¿Por qué esto no se ha revelado?, ¿por qué no ha existido la difusión de estos hechos?

—Hay varios factores, pero uno es absolutamente determinante y tiene que ver con la colonialidad, sobre todo en el siglo XX. Desde América Latina la descolonialidad no ha estado inserta en el cuerpo, y no reflexionar sobre la experiencia corporal ha sido contraproducente porque se ha generado la idea de que los cuerpos no sufren esos embates coloniales. En el caso de América Latina y sobre todo de la región andina, se ha tomado la resistencia desde un discurso que no aterriza en el cuerpo, se ha olvidado, por ejemplo, que la colonialidad ejercida sobre cuerpos que han estado en lugares jerárquicos inferiores no ha sido importante. La colonialidad que han sufrido las mujeres o las personas gay es absolutamente distinta a la que sufrieron los hombres heterosexuales.

—Es decir, la disidencia sexual siempre existió pero no en los escritos jerárquicos ni en las versiones más coloniales de la historia…

—La feminista y escritora Monique Wittig decía que existe una asociación política llamada “contrato social heterosexual”, en el que se ponen de acuerdo todos los hombres heterosexuales para normar cuestiones como la reproducción, la filiación, etc. y creo que ese contrato social, a pesar de las diferencias entre población nativa, mestiza e hispana, fue un acuerdo común. Y ha sido muy duro de romper en lo legal y también en lo escritural. De algún modo algunos escritores logran ponerlo en evidencia.

 —¿Cómo ayudaría este “poner en evidencia” a que el pasado fortalezca los procesos actuales de la disidencia sexual?

—Desde la literatura el trabajo es más modesto porque tiene un modo de análisis, sin embargo, lo que tiene de importante es esa capacidad de narrar estas cuestiones, sacarlas del clóset… lo que posibilita que vengan otros estudios. Encontrar las resistencias es la clave para de algún modo decir: este es nuestro registro propio, marica, lesbiana o el que fuese, porque el siglo XX sí tiene una característica para América Latina en las letras: haber encontrado un registro propio para decir no más colonización. Ahora, en los estudios de la sexualidad, también nos hace falta que haya un registro propio, sea marica, bollero, etc. para responder a ciertos embates complejos.

—¿Por qué crees que es importante quitar las cursivas a términos como marica, tortillera, etc.?

—La palabra está compuesta por significado y significante, Jacobson nos enseñó que el significante (la composición fonética) es eterno e inmutable pero el significado cambia con el tiempo. En temas de género ha habido una reapropiación de ciertas palabras, desde el feminismo ha habido una reinterpretación de esas palabras para, manteniendo el significante, darle un nuevo significado. De algún modo mi trabajo es heredero de esto, es decir, utilizar palabras como marica, meco, tortillera, arroz con chancho… para decir “esto es parte del lenguaje”. No estoy utilizando esto de forma irónica o estoy haciendo notar que es una palabra fuera de la academia, sino que más bien hay que incorporarlas a la academia, hay que darles un nuevo significado. A mí me gusta utilizar la palabra marica, camionera… para dar cuenta de esas designaciones tradicionales que se utilizan constantemente y a las que hay que dar nuevos significados. Justamente por eso el Premio Casa de las Américas tiene trascendencia, porque no es solamente un premio estético sino que es un premio político, y creo que todas las cuestiones respecto a la disidencia sexual son parte de un debate mundial contemporáneo, un debate inaplazable en la zona andina y en el Ecuador.

—¿Cuáles son tus nuevas propuestas al momento, en qué ideas estás trabajando?

—Actualmente trabajo en dos proyectos: un tema de literatura y derecho, que estoy tratando de que se potencie aquí, y un proyecto personal sobre narrativas de fracaso gay, porque justamente creo que esa etiqueta gay, que fue tan prometedora y que a mí mismo me posibilitó salir del clóset y encontrar una serie de reflexiones, ahora se está agotando; en América Latina siempre tuvo una llegada muy tortuosa, ha tenido siempre un sesgo de clase, de etnia, de colonialidad… entonces estoy preparando un volumen colectivo con diferentes voces de personas gais que en primera persona empiezan a cuestionar esta etiqueta. Es un proyecto que me excita, nunca mejor dicho, muchísimo porque creo que es importante hacer un posicionamiento crítico desde la academia ecuatoriana.

—¿Qué te ha dejado trabajar y escribir con un pie en España y otro en el Ecuador?

—Si algo he aprendido de la academia española es que no podemos seguir recibiendo migajas de ese hispanoamericanismo. Aunque estos años son complejos para la academia: políticamente están siendo muy penosos con interferencias directas; hay que reconocer que existe un fortalecimiento que tiene que ver con procesos institucionales, sociales. Creo que hay que aprovechar esa ola que todavía está arriba para posicionar una academia ecuatoriana, andina y fuerte.

—La disidencia sexual, a la que le has dedicado años de estudio y que además es parte de tu vida, ¿qué mensaje deja flotando en la política nacional con escritos como el tuyo?

—Me parece que la izquierda latinoamericana de estos años tiene una deuda inmensa con ciertos sujetos, sobre todo con aquellos que tienen marcas corporales de género. En este sentido creo que el mensaje de Cuba, que siempre ha sido la antorcha que guía a la izquierda latinoamericana, es que hay que cambiar ciertas prácticas, el hombre nuevo ha fracasado respecto a las comunidades sexo-disidentes que somos mucho, cuantitativa y cualitativamente, somos mucho en nuestro territorio como en todo el mundo. Es un mensaje muy fuerte pero que no va a tener cabida en los líderes políticos tradicionales que tienen arraigado en el cuerpo esa heteropatriarcalidad, que va más allá de ellos y da cuenta de cómo el poder se maneja en los Andes. Pero justamente haber obtenido el premio en Cuba es un guiño, un gesto importante. Me da mucho gusto empezar a pensar desde lo marica, que ahora incomoda y que seguramente luego no lo hará, y cuando sea así espero que vengan nuevas cuestiones que incomoden a la academia.

 

* La teoría queer afirma que la orientación sexual y la identidad sexual o de género de las personas son resultado de una construcción social y que, por lo tanto, no existen papeles sexuales esenciales o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales.


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