Hugo Yepes, aquí entre volcanes y terremotos.

Por Pablo Cuvi.

Fotografías, Juan Reyes.

Edición 410 – julio 2016.

Hugo-Yepes-1¿Dónde le agarró el terremoto al tipo que más sabe de estos asuntos en el Ecuador? Pues, buen hijo como es, muy sábado tarde estaba visitando a su mamá, que ya tiene 89 años y hasta hace poco atendía en su legendaria Botica Pasteur. Debido a la duración, a las ondas largas y a la historia, sospechó que era un evento en la zona de subducción de la Costa. Según las estadísticas del siglo XX, cada seis años más o menos toca un terremoto “y era la primera vez que habían pasado diecisiete años y meses sin un terremoto fuerte”.

Con esa barba de hombre lobo y una seriedad ídem, Hugo se ha pasado la vida estudiando erupciones y cataclismos, y tratando de que la gente y las autoridades tomen conciencia plena del asunto, y no simplemente reaccionen a posteriori. Antes de verlo, hojeo partes de la tesis para el doctorado en la Universidad de Grenoble, y voy directamente al grano, es decir, a la causa de los terremotos que nos tienen asustados y alborotados.

 

—¿Cómo se originan los sismos?

—Hay una muy amplia variedad de fuentes sísmicas en el Ecuador. Está la subducción de la placa de Nazca, como acabamos de ver, pero también hay una microplaca que está moviéndose hacia el noreste y que provoca una serie de rasgos como, por ejemplo, la apertura del golfo de Guayaquil. Como geólogo, tratas de leer la geografía y te preguntas por qué en el Ecuador hay un golfo y no hay en ningún otro lugar de Sudamérica.

—¿O sea que ahí se movió la placa?

—Se sigue moviendo a una velocidad de casi un centímetro por año, a lo largo de una cicatriz que pasa por la isla Puná, sube por Pallatanga y cruza por los Llanganates…

—Atraviesa el país…

—Sí, le corta, y es la generadora de los más grandes y letales terremotos, como el de Riobamba en 1797, el de Ambato en 1949, y el de 1987 que rompió el oleoducto. Te acordarás que este evento coincidió con un período de muchas lluvias. Con la vibración, todo lo que estaba saturado en las laderas bajó, se derrumbó, se produjeron lahares, pero no de origen volcánico, que mataron entre mil y cuatro mil personas, algo que no está en nuestra conciencia .

(Por si fuera poco, años después ocurrió la erupción del Reventador que cubrió de ceniza a Quito. Aprovecho para preguntarle cómo surgieron las montañas del fondo de la Tierra).

—La presencia de estas grandes cadenas montañosas continentales está relacionada con las placas oceánicas que se meten debajo del continente y que le van arrugando. Los Andes es una arruga porque las rocas de la corteza son frágiles, se deforman, se van rompiendo en función de cómo les van comprimiendo y van elevándose y generando estos relieves inmensos en cientos de millones de años. (Me explica que los volcanes solo se hallan en ciertos tramos).

—¿Qué función positiva cumplen los volcanes, sirven para algo bueno?

—Son generadores de suelos fértiles. Bajo un volcán activo el suelo es mucho más feraz. Por eso las civilizaciones han buscado asentarse cerca de los ríos o de las fuentes de agua, porque también los volcanes atrapan las nubes.

—Pero no es un sitio muy recomendable para vivir, ahora que se conoce lo que pasa.

—Hummm, más bien yo diría que, si conoces el peligro y sabes manejarlo, es un sitio que tiene varias cosas positivas. Por ejemplo, te vas a la meseta ibérica y no le puedes sacar fácilmente un grano a lo que plantes ahí porque es roca, no hay suelo, no hay agua, han tenido que trabajar durísimo allí. Acá puedes tener dos cosechas al año y con más tecnología hasta tres, en este suelo volcánico que, además, se renueva con cada erupción.

—¿Cuál es la relación con los terremotos?

—Son distintos. En los terremotos esta placa oceánica está trabada, presionando en su contacto con la placa superior, continental, la va deformando, la va cargando de energía como un resorte. En cierto momento ya no puede contener esta carga sísmica, se rompe y se produce el terremoto.

—Veamos la cuestión filosófica: a merced de estas fuerzas terribles de la naturaleza, montados en un planeta que viaja a 108 000 kilómetros por hora, al mismo tiempo que gira como a 1 700 km por hora sobre su propio eje, somos nada los seres humanos, un suspiro.

—Lo que hizo la geología fue ponerme en mi sitio en la naturaleza, donde es claro que la especie humana es temporal, pasajera.

—Fugaz en los tiempos del universo.

—En los tiempos de la Tierra, que no son los tiempos del universo. Además, donde la especie humana no controla ninguna de las grandes cosas, pero cree que puede controlarlas. Ya sea con sus dioses respectivos en cada una de las civilizaciones o ahora con la tecnología, cree ser capaz de incidir en estos procesos naturales.

—(Con ironía). Algo avanzamos los humanos, hicimos un arsenal atómico con el que podemos destruir el planeta. Algún rato decías que a la escala de Richter la diseñaron comparando la energía de una bomba atómica.

—Charles Richter desarrolló la idea de su escala en 1933, en California, y es válida para el norte de California. Luego, tratando de cuantificar la energía relacionada con estos movimientos, se empezó a compararlas con las explosiones nucleares que se podían controlar en el sentido de que sabía cuánta carga tenía el explosivo. Así, la bomba de Hiroshima tuvo el equivalente de veinte mil toneladas de dinamita y se registró como un sismo 5,5 en escala definida de Richter.

Pero la escala de Richter no es capaz de medir más allá de magnitudes 6. Entonces hay las escalas del momento sísmico que pueden medir abiertamente porque se basan en sismógrafos de nueva tecnología, digitales y en otros desarrollos teóricos sobre cómo es la fuente sísmica. Eso te permite medir y comparar los diferentes terremotos: sabemos que el más grande que ha existido es el de 9,5 en el sur Chile, en 1960, y que el nuestro de Pedernales y Jama fue un 7,8.

VOLVIERON A HACER LO MISMO

—En tu tesis doctoral de 2015 dices que “es muy probable que siga muriendo gente en los terremotos en el Ecuador y en el mundo”. Suena profético. Y añades que estudiando la intensidad, la frecuencia, la distancia y cruzando todos estos factores se puede hacer un mapa de riesgo.

—A partir de entender los patrones en los que se presentan los terremotos en las diferentes zonas del país, y al trabajar con la teoría de las probabilidades, tú puedes establecer cuál es la frecuencia anual en la que se producen los terremotos en determinada zona.

—Pero hemos visto que el terremoto en sí no es tan grave como lo que sucede con las edificaciones humanas.

—El terremoto es un fenómeno natural; esta liberación de energía es absolutamente normal en la vida de la Tierra; la gente se muere porque las estructuras que ha construido son las que fallan.

En nuestro caso, hasta el 16 de abril, no teníamos una memoria relacionada a la presencia de terremotos en nuestra historia, hablábamos del terremoto de 1987 y tal vez uno de cada 10 000 ecuatorianos recordaba que hubo un número tan alto de víctimas. Desde antes la sociedad regresaba a ver a sus dioses y trataba de entenderlos como castigos o como designios divinos sobre los cuales no tenían nada que hacer.

Ese enfoque llegaban al Estado mismo: en la época de García Moreno, por ejemplo, el 24 de septiembre había por ley un desfile en el cual se sacaba a la Virgen de las Mercedes, Señora del Terremoto, a una procesión con todas las autoridades, pidiéndole misericordia por los terremotos que podrían venir.

—Hubo un terremoto en Bahía en 1998 y todos vimos los edificios destrozados. ¿Qué enseñanzas se sacó de ahí, si vemos que se vuelven a caer los edificios?

—Ninguna enseñanza porque, primero, no hubo un intento serio de parte de la academia de entender bien cuáles fueron los mecanismos de falla de los edificios, no tanto con la idea de empezar una cacería de brujas sino para evitar los efectos. Tampoco hubo una intención por parte de las autoridades de, aprendiendo eso, hacer su trabajo, que es el de legislar y el de controlar que una nueva forma de construcción, menos vulnerable, tenga lugar.

—¿A quién le hubiera correspondido eso? ¿A los municipios o a los ministerios?

—A nivel local y a nivel nacional, porque son los municipios los que tienen que establecer las ordenanzas que incluyan un código sísmico, unos procedimientos de verificación de cálculos sismorresistentes y de su aplicación. Tampoco se comprendió a fondo el problema; las reparaciones para Bahía tenían la filosofía de dejar a las estructuras como si no hubiera pasado nada, como si estuvieran antes del terremoto; es decir, hacer cierto reforzamiento estructural a las columnas que se movieron, que estuvieron expuestas, llenar todos los huecos de las paredes, pintarles con pintura bonita. Aplicar esa filosofía era reconstruir la misma vulnerabilidad para que con un siguiente evento pasara lo mismo o peor.

—¿Y ahora se está aprendiendo? Porque vi en la televisión que algunos damnificados empiezan a reconstruir paredes (estamos a fines de mayo) y no parece que estén haciendo una construcción antisísmica.

—No, no se está aprendiendo. He hablado con unos colegas chilenos: luego del terremoto en Chile de 2010, al edificio que se cayó en Concepción lo tuvieron durante dos años siendo objeto de estudio para entender cuáles fueron los errores, cuáles fueron los efectos del suelo, todo lo que te podría enseñar cómo estas estructuras reaccionan ante terremotos fuertes en suelos específicos.

Aquí, en cambio, se retiraron las evidencias de manera muy rápida. Hubo inspecciones superficiales hechas por voluntarios, gente de muy buena voluntad pero con escasos conocimientos, todo sin intención de aprender, sino de reconstruir. ¿Pero reconstruir qué? Tal vez es muy temprano, pero no veo todavía un esfuerzo sistemático como para decir: “desde la A a la Z vamos a entender qué fue lo que se hizo mal y también qué fue lo que se hizo bien”, porque hubo edificios en los cuales tú no notas el terremoto y están rodeado de tres o cuatro edificios rotos.

En Chile no tienen la práctica constructiva que se tiene acá, que es hacer marcos estructurales o vigas y columnas, y después llenarlas de mampostería de pared; allá son edificios que tienen muros completos muy rígidos, de esta manera resultan edificios muy poco flexibles, así controlas mucho los daños no estructurales de paredes y no ves lo que has visto ahora: huecos horribles en las paredes, gente muerta por ladrillazos, no porque les cayó el edificio.

—¿Cómo construyen esos muros?

—Son muros de concreto reforzado que, además, tienen costos que pueden ser menores a los de acá.

—¿Eso hace que el edificio se mueva en bloque, como un cajón?

—Hace que el edificio no se tuerza, no se deforme. Se mueve todo como un cajón indeformable, pero arriba sientes mucho menos que en los edificios ecuatorianos. Son prácticas a las que tenemos que regresar a ver de manera seria, tratando de introducirlas acá.

Volcán Tungurahua, 2000.

Volcán Tungurahua, 2000.

 

DEBEMOS CAMBIAR LA CULTURA

—¿Qué va en contravía del cambio?

—Nuestra cultura. Cualquier chileno llega acá y te pregunta: ¿por qué no terminan las casas, por qué dejan las varillas para arriba, por qué no ponen el enlucido en la pared con el vecino? Detrás de eso se halla la inmensa esperanza que tenemos de que vamos a hacer el segundo piso porque se va casar la guagua y va a poder vivir arriba. De que podemos picar la pared y hacer la sala un poquito más grande. Pero cuando haces estos edificios de paredes de concreto continuo no les puedes cambiar.

Ahora veía, por ejemplo, en Jipijapa, fachadas que parecía que estaban buenas, ciertos daños, pero dentro de la casa todo se destruyó porque en la Costa se construye, no con ladrillo acostado sino con ladrillo parado, el jaboncillo, que tiene un ancho de cuatro centímetros y es extremadamente inestable y, además, le dejas abierto arriba para que circule el aire.

—Hacen con ladrillo lo que hacían con caña o madera.

—Exactamente. Además, encuentras que ya el papá les dejó a las tres hijas la casa, y lo que antes era la casa familiar ahora es la casa de las tres familias, que a su vez ya la empezaron a subdividir para las hijas de las hijas; entonces, tienes una densidad de paredes inmensa en lo que eran antes casas unifamiliares, y hubo muertos y heridos por estas divisiones no estructurales.

—A eso se añade nuestra cultura política. Si tienes un Gobierno que se gasta los fondos que estaban destinados a las emergencias, y tienes una política siempre inmediatista, peor en año de elecciones en el que no vas a estudiar los escombros sino a construir casas para mostrar.

Pedernales, 2016.

Pedernales, 2016.

—A ver: ¿de qué se tratan los terremotos? De un tema de seguridad, es la obligación que tiene el Estado de preservar tu vida y por eso está siempre viendo los fondos de emergencia, viendo la posibilidad de ahorro para responder. Pero en realidad esto es un tema de desarrollo y en este desarrollo se va mejorando la seguridad. (Explica que en 90 segundos puede derrumbarse la economía, como pasó en 1987 cuando el crecimiento del PIB fue de menos 6% por la ruptura del oleoducto).

—Y tampoco se aprendió porque el nuevo oleoducto va por el mismo sitio, al lado del otro.

—Justamente. Y en la propuesta de refinería de El Aromo tampoco aprenden, porque está en la zona de subducción donde se producen terremotos de 8 para arriba.

—¿A quién le corresponde planificar eso?

—A la Senplades, que tiene que planificar el desarrollo hacia las zonas menos propensas al impacto de cualquiera de los fenómenos naturales por localización, y ver una manera de construir que sea menos propensa a daños.

—¿Y cómo podrías educar a la gente para ese cambio?

—Aquí hay varias deudas, desde el sistema escolar. ¿Dónde está la historia sísmica del país en el pénsum de estudios, dónde está el lugar natal desde el punto de vista de que este río nace en ese volcán que genera lahares una vez cada dos siglos? Así empiezas a ser consciente, y hablar de los terremotos obviamente.

El sistema universitario genera todos estos profesionales de la industria de la construcción que no tienen clara la idea de estas amenazas naturales que son recurrentes, y aceptan o asumen riesgos que no deberían asumirse en zonas sísmicas. Vemos edificios o partes de edificios cuyas protuberancias desafían a la gravedad, porque esto funciona estéticamente, siempre que no vengan los sismos fuertes de la zona.

—¿Qué se puede hacer a nivel personal?

—A nivel personal debo cuestionarme si el edificio donde vivo está construido para resistir ciertos movimientos sísmicos. Si no está, hagamos algo para que no sea tan vulnerable. Debemos empezar como individuos, porque finalmente somos los afectados, porque el funcionario público es pasajero y hace un cálculo más o menos malévolo: “en cuatro años es muy poca la probabilidad de que me coja; entonces, puedo pasar a otras cosas”.

EL PASTOR Y EL LOBO

—La última vez que conversamos, hace un año, el tema era el Cotopaxi: ¿en qué quedó?

—El volcán ha retomado muchos de sus parámetros anteriores a la inyección de magma de abril del año pasado que terminó en esta erupción de agosto 16 y que se prolongó durante más o menos un mes con mucha ceniza. Esa actividad permite interpretarla de manera bastante simplista como que todo lo que se inyectó era muy pequeñito y salió, y ya se terminó la erupción, o acudiendo a la historia, se ve que estas pequeñas erupciones, en general, han precedido a erupciones mayores porque son avanzadas respecto de algo muy grande que está abajo.

—Ante la amenaza de que una posible erupción afecte las redes de agua, el Municipio de Quito está terminando de construir tuberías aéreas. ¿Qué más se ha hecho para estar preparados?

—Ha habido un crecimiento de la conciencia en el sentido de que los reguladores del sistema nacional interconectado, y de quienes tienen como clientes a las empresas locales, se dieron cuenta de su vulnerabilidad y han ido seguramente tomando acciones para reubicar sus sistemas.

En el lado sur es mucho más complicado, hacia Latacunga, porque hay mucho más gente y más recurrencia de lahares en la historia, lo que hace que sea más vulnerable. Pero, visto que no pasó, la gente regresa, y con derecho, a su vida normal y pierdes credibilidad pues dicen “si estas son las erupciones para qué tanto trajín”.

—Como en el cuento del pastor y el lobo. Eso sí es grave porque la próxima vez te van a creer mucho menos. Y volviendo al Pichincha.

—El Pichincha es un volcán muy perezoso porque su actividad se demora decenas de año, y la actividad luego de 1999-2000 ha decrecido, pero muestra ciertos síntomas de ciclicidad de un proceso interno que para nada está parado. Viendo la historia, las erupciones del Pichincha fueron de 1560 hasta 1582, me parece; son unos veinte, veinticinco años de actividad que está relacionada con el tipo de magma, que es mucho más viscoso, puede ser más lento.

—¿Cuál fue la erupción que terminó con la cultura Cotocollao?, ¿fue el Pululahua?

—Fue el Quilotoa, en una erupción de hace 800 años.

—Que tiene que haber sido terrible para afectar así a los cotocollao de acá. ¿La laguna se formó después?

—La laguna es lo que se llama agua juvenil, que es parte del agua que sale en el proceso eruptivo porque el magma también tiene agua incorporada.

—Vi en tu CV que luego de estudiar en la Politécnica estudiaste Sismología en San Luis, Misuri. ¿Cómo así hay esa escuela ahí?

—Los terremotos más fuertes en la historia de Estados Unidos no sucedieron en California sino en esta zona de New Madrid, en 1811-1812. Tan importante fue que el Misisipi cambió de curso y empezó a fluir aguas arriba. La universidad donde estudié era de los jesuitas. Los jesuitas tenían hasta hace poco una escuela de sismología muy importante…

—¿Dónde?

—En general, como orden, había científicos y se preocupaban de la sismología. Aquí está el padre Semanate, uno de nuestros primeros sismólogos que estudia el terremoto del 49, jesuita; igual en Colombia y en Bolivia.

—Pero en California ha habido también grandes terremotos.

—Claro, hay el gran terremoto de San Francisco, en 1906 que hace que desarrollen una cultura sobre el tema. Y en Los Ángeles en 1994, y otro en 1989, en San Francisco.

—¿Esa es la falla de San Andrés, no?

—Sí. Ellos tienen muchos sismos pero tienen una preparación muy grande. Cuando empecé a ir a los congresos de geofísica que hay en el orden de los veinte, veinticinco mil afiliados a lo que se llama la Sociedad Americana de Sismología, y aquí éramos uno o dos, teniendo básicamente la misma capacidad de generación de terremotos.

Hugo-Yepes-2Sismólogo y vulcanólogo circunspecto

  • Estudió Geología en la Politécnica de Quito.
  • Maestría en Geofísica, en Saint Louis University, Misuri.
  • Doctorado en la Universidad de Grenoble, Francia.
  • Profesor de la Escuela Politécnica desde 1990.
  • Director del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, 1997-2012.
  • Premio Frank Press Public Service 2010, Sociedad de Sismología de Estados Unidos.
  • Autor de muchos textos sobre volcanes y terremotos.

LOS POLÍTICOS SON UN PELIGRO

—Ya que nombraste a Colombia, ¿qué pasó con el famoso nevado del Ruiz y la población de Armero?, ¿por qué murió tanta gente?, ¿era tan imprevisible la erupción?

—No. Fue una conjunción de poca preparación, no solo a nivel científico y de la gente, sino a nivel político. Esa fue una erupción que estuvo preparándose más de un año, donde hubo una serie de eventos evidentes como los fuegos piroclásticos. Pero quienes tomaban decisiones no les dieron importancia porque nunca creyeron que iba a pasar, a pesar de que en la historia había el recuento de una erupción con flujos de lodo en el siglo XIX. Entonces este año no fue utilizado de manera eficiente para prepararse y generar todo lo que se necesitaba. Y tampoco había a nivel mundial un desarrollo muy grande de la vulcanología y el monitoreo.

—Aunque tenían tiempo de escapar, el cura decía que sigan rezando y no salgan corriendo.

—Esos lahares viajaron dos horas antes de llegar, así que tenían tiempo para subir unos veinte metros. Desde el punto de vista sociopolítico, es una localidad fuera de la centralidad de Bogotá, donde, una semana antes, había terminado la toma del Palacio de Justica por el M19. Entonces, nadie pensaba en unos pobres que estaban allá con un volcán que echaba humo porque tenían todo el problema de la guerrilla y los tanques. A partir de eso, ellos generaron lo que ha sido luego escuela, que es el Sistema Nacional de Prevención de Emergencias y de atención a la gente.

—¿Y acá cómo funciona la Secretaría de Gestión de Riesgo?

—Trata de seguir algunas de esas ideas, pero ya mezcladas con el centralismo del socialismo del siglo XXI y con la figura central. Eso hace que no veas que, en realidad, los conceptos de subsidiariedad, de apoyo desde arriba pero con gestión local…

—Terminaron con la gestión local; ese comité de reconstrucción podía estar funcionando en Quito.

—Para mí es el tercer terremoto: el primero ya estaba, que es la pobreza; viene el otro terremoto y le rompe, y el tercero va a ser esta reconstrucción. Esta secretaría gasta mucha plata pero no tiene la prospectiva del desarrollo. Cuando el Cotopaxi y los otros temas, quien centralizaba todo y hablaba era el ministro coordinador de la Seguridad y lo gestionaba desde el concepto de seguridad. Pero viene el terremoto y el ministro de Seguridad, ¿dónde está? Ahora (a mayo 23) el que responde es el ministro tal en el territorio tal, desaparecen las regiones, desaparecen los distritos y todo vuelve a ser provincia…

—¿Cuán importante es la relación con la comunidad?

—Es fundamental. Hubo una cosa muy interesante, muy temprano en la erupción del Tungurahua, con relación a una ONG católica. Con un grupo de campesinos que ya estaba reuniéndose con la Defensa Civil, impulsamos una relación directa con la comunidad. Ahora, estos campesinos son los vigías del Tungurahua y se ha recuperado el manejo del riesgo desde una comunidad muy sencilla, que ha logrado ser transparente a uno de los peligros mayores que es el cambio político. Porque es el alcalde, o el ministro o el presidente, el que ordena las evacuaciones desde otra perspectiva. Pero ahora son ellos quienes, independientemente de quiénes estén al frente y decidan o no tal cosa, toman sus decisiones a partir del conocimiento que ya tienen del volcán después de quince años, y a la relación directa que mantienen con el Instituto Geofísico.

—Estas organizaciones deberían ser independientes porque cada político llega a refundar el país. El próximo año vendrán otros, a crear una nueva oficina, con nombre, logo y publicidad nuevas.

—Claro. De hecho, una práctica interna no protocolizada era que, en cada elección de alcalde en la zona del Tungurahua, elevábamos el nivel de alerta del volcán (sonrío, pero él sigue serio), no por el volcán sino porque el riesgo está ligado a la vulnerabilidad, que estaba ligada a un alcalde que llegaba y decía: “¿A mí me tocará lo del volcán? Yo ni he sabido”. Como los de ahora, que tampoco estaban preparados.

 

Video con explicación de Yepes sobre el perfil sísmico del Ecuador a partir de lo sucedido en Manabí y recomendaciones a la ciudadanía (Escuela Politecnica Nacional):

 


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