El viaje más peligroso del mundo desde mi Samsung IV

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Un pequeño teléfono móvil fue mi bitácora durante tres semanas. El propósito: documentar la ruta que usan los emigrantes para cumplir el denominado “sueño americano”. Actualmente son los grupos criminales vinculados al narcotráfico quienes controlan el negocio de traficar personas ///

Texto y fotos: David Romero

Lo compré en 2014. En ese momento creí que me serviría para lo de siempre: llamadas, mensajes, redes sociales, lo básico… poquito a poquito fui convenciéndome de que en la nueva era de la comunicación, muchos reportajes se documentan y publican desde los teléfonos celulares.

Introducir contraseña/ Aplicaciones/ Multimedia/ Cámara… todo funciona bien. Constato que la memoria tenga el espacio suficiente para aguantar el arsenal de fotografías que seguramente voy a tomar. El teléfono está listo. Iré guardando una a una las fotos en Multimedia y, para los textos y anécdotas, utilizaré la app S Memo.

Previo al viaje hacia Centro y Norteamérica realizo mi primera anotación: “El negocio de la migración mueve 250 millones de dólares anuales y es el segundo ingreso más importante para las mafias después del tráfico de drogas”. Hoy decido estructurar esta crónica con los relatos de siete personajes que conocí en el camino; son sus voces las que nos ayudarán a rearmar de mejor manera el rompecabezas de la migración.

Un vuelo, una frontera, un río

Para conocer paso a paso la ruta que utilizan los indocumentados para llegar a Estados Unidos, decido viajar hasta Centroamérica. En Antigua, ciudad de Guatemala, conozco al primer personaje de mi bitácora.

1. Milton López Estrada (migrante guatemalteco)

Es el chofer del vehículo que me conducirá a Tecún Uman, la frontera entre Guatemala y México. Milton es un gordito de piel canela y nariz aguileña, y su pinta no puede ser peor: la camiseta más vieja del mundo, más transparente del mundo y con menos mangas del mundo. Un pantalón corto, deshilachado hacia el final de las costuras y unas sandalias que también piden perdón. Viste todo de blanco: “el primer fantasma gordo lo he venido a encontrar en Centroamérica”, pienso, mientras desde la ventana empiezo a descubrir un sol maravilloso que, juguetón, aparece y desaparece tras las montañas. Milton parece parco, incluso algo hostil; todo hasta que le planteo conversación y asoma, como de costumbre en estos viajes, un personaje de novela; buen verbo, carismático, genuino: “Yo viajé tres veces a Estados Unidos. En mi época no había tanto peligro, pero hoy, no se lo recomiendo a nadie. Actualmente todo está controlado por grupos como los Zetas y son gente sanguinaria”.

Estoy en la ciudad de Tecún Uman, Guatemala; la frontera con México es el río Suchíate. Mientras caminamos junto al río, observamos decenas de botes que no son otra cosa que tubos para llantas grandes. Un sinnúmero de personas cruza a cada momento la frontera, a vista y paciencia de todo el mundo. Milton me advierte de algunos detalles.

—Todo esto está controlado por delincuentes, pero hoy en día la necesidad hace que uno tome decisiones sin medir consecuencias. Si usted puede darse cuenta, a sus espaldas, podemos ver una balsa que va con personas y lleva niños también, ¿verdad?; sin ninguna protección, sin ningún chaleco salvavidas, sin ningún instructivo como para poder defenderse a la hora de un siniestro acá en el río.

Una hora más tarde, otra persona ingresa al archivo de mi teléfono: es una joven de hermosos ojos color miel, opacados por una mirada triste y desesperada.

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2. Karen Carranza Rodríguez (migrante hondureña)

Karen Carranza es oriunda de San Pedro Sula, Honduras. Con veintiséis años tomó la decisión de migrar por temor a su expareja, un líder de la pandilla Mara 18 que actualmente está en prisión. Nos sentamos en el parque central de Tecún Uman y charlamos. Me cuenta que las pandillas Mara 18 y Mara Salvatrucha se tomaron los barrios de su ciudad. Con el cuento de brindarles seguridad les cobran una cuota por la mañana y otra por la tarde. A quien se le ocurra reclamar lo matan delante de todos. Con un llanto inconsolable me dice que su exmarido, semanas atrás, le hizo una promesa macabra…

—Me dijo que lo primero que hará cuando abandone la cárcel será matarnos a mí y a mi niño. Yo sé que no miente porque él siempre me golpeaba, me golpeaba y me golpeaba hasta dejarme sin conciencia. Yo tengo que irme porque él va a salir dentro de poco y yo sé que me va a buscar.

México y la “Santa Muerte”

Cruzo hacia México y avanzo 40 kilómetros hasta llegar a la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas. Por la noche conecto mi teléfono para darle carga, entro al S Memo y escribo: “Empiezo a comprender que los migrantes centroamericanos no huyen únicamente por la pobreza o por conseguir un empleo en Estados Unidos, huyen también de la violencia instalada en sus países. Si los manes de las Maras te hacen la vida imposible en tu barrio, te sacan billete por todo y hasta te amenazan con entrarte a plomo, ¿qué haces? ¡Te vas pues! Ahora, si logras entrar a la ‘yoni’ y de paso te consigues un buen camello, qué mejor”.

Salgo de la aplicación, pongo el despertador en el mismo celular y me acuesto.

Al día siguiente acudo al consulado ecuatoriano en Tapachula. Allí me permiten conversar con quince compatriotas que acaban de ser detenidos por agentes del Instituto Nacional de Migración mexicano. Uno de ellos es un joven, José.

3. José Chacahuasai (migrante ecuatoriano)

Entramos en una oficina del consulado: es un lugar con poca luz y unas tristes paredes verde claro. Tomamos dos sillas y nos sentamos. José tiene una blanquinosa camiseta negra, luce un pelo grasoso que denota un par de días sin bañarse y un lunar negro en su mejilla derecha. El momento en que intento hacerle mi primera pregunta, él me interrumpe:

—Tengo una historia muy grande, muy difícil. Vivía con mis abuelitos. En 2011 es

taba con mis abuelitos; pasó el 8 de enero y en Ambato se murió mi familia, murieron cinco familiares, de los cuales murió mi abuelito con quien viví. En 2012 murió mi abuelita, me quedé solo. No tenía dónde llegar, no tenía dónde ir, entonces yo por eso quería irme a otro país para tener mi propia casa para poder vivir. Tengo mamá pero nunca me ha querido, nos han abandonado y por eso era mi viaje.

Continúo mi camino y llego a la ciudad de Arriaga, también en el estado mexicano de Chiapas. Nada más “paniqueante”. Para comenzar las trompetas de un mariachi lamentan el deceso de un hijo de este pueblo. El muerto va metido en una carroza, mientras decenas de personas lo acompañan en una larga romería.

Desde aquí parte un tren de carga conocido como La Bestia y que ha sido utilizado durante décadas por los migrantes con el fin de llegar a la frontera entre México y Estados Unidos. Conozco al periodista Alfredo Ovilla: un hombre bajísimo y con escaso pelo blanquinegro. Viste pantalón y camisa formales. Vamos para que conozcas La Bestia, me dice el licenciado.

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4. Lic. Alfredo Ovilla (periodista mexicano)

Mientras caminamos junto a las rieles del tren, Alfredo me cuenta que en septiembre de 2015 el Gobierno mexicano dispuso que ninguna persona pudiera viajar en el tren de carga…

—El Gobierno federal hizo una iniciativa de protección a los migrantes que viajaban en el lomo de La bestia porque no era seguro para viajar. A raíz de eso implementó un operativo de fuerzas federales entre el Instituto Nacional de Migración y la Policía Federal. ¿Qué hicieron? La primera semana fue una situación de llegar patrullas y muchas unidades de migración para hacer operativos en todas partes con sirenas, luces y entonces los perseguían. Llegó el momento en que hoy los migrantes no han dejado de caminar; han dejado de estar en Arriaga y ahora van por caminos de extravío y por otros lugares bordeando los puntos de revisión migratoria, bordeando los operativos federales.

 

Hermanos en el camino

Dejo Arriaga y me dirijo hacia la ciudad de Ixtepec, en el estado de Oaxaca. El personaje que conozco a continuación merece un terabyte de memoria. Se trata del sacerdote Alejandro Solalinde, un ícono de la gestión solidaria. Lo encuentro desayunando con una familia campesina salvadoreña. El padre viste pantalón blanco, camiseta blanca de mangas largas y en el cuello una cuerdita negra de la que cuelga un crucifijo. “Los migrantes saben que hay un solo Dios y que ese Dios no tiene franquicias. Ellos dicen: un Dios de todos y para todos, que va con todos”, me dice.

—¿De dónde vienes?, me pregunta.

—Del Ecuador, padre.

—Por aquí han pasado muchos ecuatorianos. ¿Cómo llegaste a este albergue?

—Lo vi en Internet. Vi que el año pasado el actor Gael García lo entrevistó para realizar un documental.

—Ah, sí. Gael se quedó a dormir una noche con nosotros. Es un muchacho de buen corazón.

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5. Alejandro Solalinde (sacerdote mexicano)

 

Alejandro Solalinde dirige el albergue Hermanos en el Camino. Fundó este centro hace nueve años y ha recibido múltiples reconocimientos por su labor humanitaria como el Premio Nacional de DDHH de México en 2012. Amenazado en varias ocasiones por las mafias que operan en México, el sacerdote afirma que el migrante es víctima de una corrupción creciente y lacerante.

—Padre… ¿usted considera que migrar es un crimen?

—Emigrar es un derecho, y también existe el derecho a no emigrar cuando se tienen las condiciones mínimas de supervivencia en un lugar. Cuando no hay condiciones como es el caso de Centroamérica, es una necesidad. No hay condiciones económicas para vivir, pero tampoco sociales; es una violencia extendida en El Salvador, Honduras y Guatemala.

—Padre… la ruta es difícil, pero seguramente también existe solidaridad entre la gente que camina como hermanos… ¿Qué es lo bueno del camino?

—Esta casa se llama Hermanos en el Camino, porque ese nombre se lo pusieron ellos. Estuvieron jugando una tarde con eso, hasta que lo decidieron y yo respeté ese nombre y lo puse. El camino es una oportunidad, es una experiencia maravillosa. En realidad, en el sentido más profundo todos somos migrantes, porque vamos caminando por la vida. Desde que nacemos empieza nuestra marcha, nuestro camino, y va a terminar cuando muramos. Es un camino de aprendizaje pero, además, es un camino riquísimo en espiritualidad, imagínese qué riqueza: la gente va totalmente libre, desprendida de todo, no hay apego de nada, ni siquiera a la familia porque uno va sin nada. Y a veces la ropa que traen, entrando a México, se la quitan, les roban, se ponen ropa tirada que dejaron otros migrantes. ¿Cuál moda? ¿Cuál pretensión? Cuál nada… ¿Cuáles cosméticos? Es una austeridad tan grande que marca espiritualmente. Esas personas, en el camino, lo único que tienen son dos cosas, fíjese: Dios y la gente; sus compañeros, sus hermanos de camino son su familia.

—En el albergue deambulan decenas de personas en un “tiro” desorientado, como zombis. Unos comen taquitos de frijoles, otros juegan damas chinas y otros simplemente están acostados sobre colchones; a todos los observa un Cristo de madera empotrado sobre una pared marrón.

—Aquí conozco a un salvadoreño de 42 años, quien me cuenta que llegó a Estados Unidos con apenas seis meses de edad. Regresó a su país de origen hace poco, cuando supo que había muerto su madre. Solo estuvo tres días en El Salvador y emprendió el viaje de retorno hacia Estados Unidos. 

6. Roberto Antonio Mejía (migrante salvadoreño)

Abriendo sus grandes ojos, empieza a narrarme las peripecias de su viaje, mientras yo observo un libro viejísimo que tiene por título El contrabandista de pájaros

—Veníamos unas 200 personas en el tren. Había un retén en el que había federales, migración y era de noche. Y ponen la luz, le tiran la luz al tren, cuando para el tren ya estás rodeado. Y comenzaron a agarrar gente, hasta venía una niña de dos años con su madre y su padre. Solo unas nueve personas logramos huir porque nos metimos a un potrero con vacas y zancudos y salimos al otro lado. Una noche salió un tipo con un rifle: “Se me encueran, se me quitan todo, manos arriba”, y veníamos con unas mujeres. Lo único que yo dije fue: por favor, no las toque. Nosotros te damos todo. Viajamos con miedo, con pánico, nos miran como signos de dólar porque piensan que todos nosotros venimos con dinero. ¿Tú crees que si alguien tuviera dinero va a estar sufriendo por acá? Brother! pero nada… todos somos emigrantes.

El muro fronterizo

A las 19:47 de un jueves tomo un vuelo hacia el estado de Sonora. Después de viajar por más de cuatro horas estoy en la ciudad de Nogales. Con la colaboración del grupo BETA, de ayuda humanitaria al migrante, llego al famoso muro que levantó Estados Unidos para impedir que los emigrantes ingresen a su territorio. Saco mi teléfono del bolsillo porque veo una imagen que hace todos los méritos para colarse en mi archivo. Algún caminante le ha dejado un mensaje a la “migra” porque en cada barrote del muro dejó escrita una letra y se lee: “P E R R O S”.

La frontera entre México y Estados Unidos tiene una extensión aproximada de 3 000 km. El muro fronterizo empezó a construirse en 1994; sin embargo, hay puntos del desierto donde aún no se ha terminado la polémica construcción y hacia allá me dirijo.

El Altar de la muerte

Llego a un pueblo de nombre El Altar. Es una zona de ambiente denso. Existen decenas de pequeños hostales y una larga columna de furgonetas que sirven para el traslado de los migrantes. Tengo la percepción de que aquí nadie controla nada. Por primera vez en todo el viaje me invade un temor impresionante. Me siento en medio de la nada, con una particular sensación wéstern: estoy en un sitio donde no escucho más sonido que el viento, pero sé que en cualquier momento me pueden reventar a plomo.

En las tiendas se oferta todo lo necesario para el viaje del caminante: observo cortaúñas, desodorantes, zapatos, talco, mantas, cepillos de dientes, peinillas, pilas, fosforeras, sandalias tipo camuflaje con suelas de lana gruesa para caminar en el desierto, camisetas, guantes para el frío, etc. Y es que, según me cuentan, nada más cruel que el desierto: extremadamente caliente durante el día e intensamente frío por las noches. En otras palabras: si no mueres deshidratado, mueres de hipotermia o por la mordedura venenosa de una serpiente.

7. Manuel Rangel (migrante guatemalteco)

En el camino conozco a Manuel Antonio Rangel, guatemalteco, y a José Luis García, mexicano. Se conocieron en mitad del trayecto y ahora intentan cruzar juntos el desierto hacia Estados Unidos…

—Nunca me he dado por vencido. Y me ha tocado meter las manos en los botes de basura para comer lo poquito que hay, recoger los pocos de refresco, pero aun así yo nunca he sentido un dolor de estómago ni una infección en mi estómago porque Dios vive en mí, yo sé que algo grande hay. No me importa si nos regalan o no nos regalan nada, total… pues qué: a poco un día más sin comida hay por favor no sea payaso… porque no todo es sufrimiento, también si tienes uso de conciencia admiras las estrellas, los luceros, los fugaces que caen, yo lo agarro por el lado amable, o sea la neta. Si sufre uno porque sufre pero también tiene su paga. Nuestra próxima salida es aún más lejos pero vamos a llegar: un mexicano y un guatemalteco vamos a llegar. Él es maestro albañil y yo soy maestro mecánico y en el camino nos vamos ayudando a como venga. Y no nos importa tener lo que tengamos de comida, si vemos otra persona que viene igual que nosotros también se le brinda un taco porque no podemos negarle la comida a nadie de los que vengan caminando.

Estoy en el aeropuerto de Ciudad de México. Una camiseta me llama la atención; es tan divertida y macabra a la vez que me enamoro de ella a primera vista: es Cantinflas, pero su cuerpo está diseñado como una calavera, muy al estilo de la emblemática Santa Muerte mexicana. Me la compro. Subo al avión: Introducir contraseña/ Aplicaciones/ S Memo… realizo mi último apunte: “Hay algo extraño en esta tierra… la muerte… la muerte siempre tan sagrada y tan presente”.


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