En vísperas de la gran batalla

¿La derrota del Estado Islámico marcará el final

del terrorismo o su dispersión por el mundo?

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Por Jorge Ortiz ///

“Es bonita, trabajadora y, además, es virgen”. El anuncio, colocado en un portal de Internet, informaba que el precio base para el remate era de nueve mil dólares, que la niña tenía once años de edad y que quien hiciera la oferta mayor la tendría a perpetuidad para “todo servicio en la huerta, la cocina y el dormitorio”. Esto ocurría a mediados de mayo de 2016. Unos pocos días más tarde, a principios de junio, la guerra volvió con fuerza al noroccidente de Iraq, con lo que, según parece, el remate de la joven yazidí (de los varios miles que secuestró en 2014) quedó suspendido. O, al menos, postergado.

En efecto, dos ejércitos poderosos, bien armados y entrenados, el uno respaldado por la aviación estadounidense y el otro por la aviación rusa, empezaron en esos días a avanzar —por separado y desconfiando profundamente el uno del otro— hacia Faluya, la vieja ‘ciudad de los minaretes’, en el que podría ser el primer gran paso hacia la reconquista de los territorios iraquíes vastos y muy poblados que fueron invadidos a sangre y fuego en la primera mitad de 2014. Pero los invasores, el Estado Islámico del califa Abu Bakr al Bagdadi, también se estaban apertrechando para unas batallas que serán largas y sangrientas.

Ya está claro, sin embargo, que después de haber proclamado su califato en junio de 2014, en la ciudad de Mosul, y de haber llegado a controlar unos 160.000 kilómetros cuadrados de territorios de Siria e Iraq, el Estado Islámico está ahora en pleno repliegue. Por lo pronto, sus dominios se han reducido a unos 90.000 kilómetros cuadrados, ha perdido en dos años unos 10.000 combatientes y la llegada de voluntarios extranjeros para unirse a sus milicias cayó a unos 200 por mes de los 1.500 a 2.000 que tuvo en el primer año de su califato. Así, sus fuerzas de combate ya no pasarían, hoy, de unos 30.000 soldados.

Peor aún, su situación económica ya no es sólida: gran parte de sus instalaciones petroleras han sido golpeadas con rudeza por los bombardeos aéreos americanos (que también interrumpieron las caravanas de camiones tanqueros con las que vendía petróleo de contrabando a Turquía), la llegada de dinero proveniente de sus simpatizantes árabes (en especial sauditas y cataríes) fue cortada por medio de controles a los sistemas financieros de la región y los tesoros arqueológicos mesopotámicos que traficaba al Occidente ya están casi agotados. En suma, el Estado Islámico pasó de la holgura a una estrechez cada día mayor. Incluso se ha sabido de retrasos crónicos en el pago de los salarios a sus burócratas y soldados y de un desplome de sus adquisiciones de armas en el mercado negro.

Sus estrecheces económicas serían ya de tal magnitud que, según denunció el periodista del Washington Post Joby Warrick, autor del libro The Rise of ISIS, el Estado Islámico “está vendiendo on-line sus esclavas sexuales”. Se calcula que entre mujeres yazidíes, kurdas, cristianas y chiitas, el califato tendría “al menos seis mil servidoras íntimas”, capturadas a lo largo de 2014 y 2015, durante las campañas militares —por entonces triunfantes— en el nororiente sirio y el noroccidente iraquí. Es por esas limitaciones de caja que las huestes de Al Bagdadi han tenido que recurrir hasta al remate de niñas “bonitas, trabajadoras y vírgenes…”.

De la expansión a la contracción

            No siempre fue así. Al principio, cuando rompió con la red Al Qaeda y lanzó su ofensiva arrolladora por Iraq y Siria, el Estado Islámico era la “organización terrorista más rica jamás habida”, según se la describía por entonces, pues tenía patrocinios abundantes y generosos de las monarquías petroleras sunnitas, además de que, en su avance, iba engrosando sus arcas con el dinero que extraía de los bancos de las ciudades que capturaba. En esas semanas sus conquistas fueron vertiginosas: el 5 de junio de 2014 tomó Samarra, el 9 entró en Mosul, el 11 en Tikrit y el 28 asumió el control de toda la frontera iraquí con Jordania y Siria. Después, ya en poder de unos 160.000 kilómetros cuadrados de territorios, se dedicó a vender petróleo, cobrar rescates de prisioneros y traficar antigüedades. El dinero le sobraba y sus milicias eran reforzadas por voluntarios (de todos los países árabes y, también, de varios occidentales) que le llegaban por decenas cada día.

Pero su avance fue tan intenso y despiadado, con fusilamientos masivos y decapitaciones selectivas divulgadas por las redes sociales, que la reacción internacional llegó con rapidez. Fue así que seis semanas después de la proclamación del califato, el 8 de agosto, Estados Unidos anunció el envío —por pedido del endeble y claudicante gobierno iraquí— de aviones de combate, aunque no de tropas terrestres. Los bombardeos aéreos, a cargo de una coalición formada al apuro por la diplomacia americana, empezaron en septiembre y sirvieron, primero, para detener la expansión del Estado Islámico y, más tarde, para obligarlo a contraerse. La pérdida de territorios supera ya cuarenta por ciento en dos años.

En ese lapso el conflicto se complicó aún más. Los kurdos, que luchan por establecer el primer estado de su ya larga historia, se dedicaron con eficacia a defender sus tierras del avance yihadista, al mismo tiempo que el califato conseguía aliados que entraban en combate en varios países asiáticos y africanos: Afganistán, Yemen, Malí, Níger, Nigeria, Somalia, Chad, Túnez y, sobre todo, Libia (Recuadro). Entretanto, Irán envió fuerzas de élite y, en especial, movilizó a Hizbolá, su brazo armado libanés, en defensa del gobierno chiita sirio del presidente Bashar el-Asad, que también había perdido territorios a manos de sus enemigos sunnitas del Estado Islámico.

A su vez, la coalición occidental se amplió muy significativamente en esos dos años, por lo que Rusia creó un contrapeso propio con sus aviones de combate, que desde septiembre de 2015 bombardean a las milicias del califato (pero, sobre todo, a los rebeldes que luchan contra el gobierno de El-Asad, que es un aliado muy apreciado por Moscú). Ese sólido apoyo ruso está inclinando la guerra civil siria a favor del gobierno, cuyo repotenciado ejército ya puede confrontar mejor a las legiones del Estado Islámico. Y algo similar —incluso más contundente— está ocurriendo con el ejército iraquí, que financiado, entrenado y equipado por Estados Unidos está reponiéndose de sus vergonzosas derrotas anteriores. En resumen, una contienda cada vez más compleja, extensa, enredada y difícil de explicar.

Guerras dispersas

Por cierto que la proliferación de bandos beligerantes está perjudicando al Estado Islámico, que, forzado a combatir en varios frentes, ya tuvo que pasar de la ofensiva a la defensiva, con lo que su imagen de fuerza valerosa e imbatible, que a su paso sembraba devastación y pánico, se desportilló en menos de medio año. Y eso sucedió a pesar de que sus muchos y enardecidos enemigos pelean guerras dispersas, sin estructurar un frente común. Es por eso que al comenzar junio de 2016 dos ejércitos poderosos, respaldado el uno por la aviación estadounidense y el otro por la aviación rusa, comenzaron a avanzar hacia Faluya, con la determinación de proseguir después hacia Raqqa y, a continuación, hacia Mosul, hasta que el Estado Islámico y su califato sean expulsados hasta del último metro cuadrado de Iraq y Siria. Sí, el mundo está en vísperas de la gran batalla.

Pero no será fácil. Después de haber perdido Tikrit y Ramadi en 2015 y Palmira en 2016, el Estado Islámico habría reformado su estrategia de defensa: en vez de pelear palmo a palmo en los campos y las aldeas circundantes a las ciudades, ahora —desde junio— está concentrando sus fuerzas en las áreas urbanas, donde el avance de las tropas de asalto es más lento y riesgoso. Por eso, comandos del renovado ejército iraquí entraron a principios de junio en los barrios del extremo norte de Faluya y, si bien contaron con cobertura aérea estadounidense, no tuvieron que enfrentar ninguna resistencia. Pero es predecible que cuando intenten copar la ciudad tendrán que combatir calle por calle y casa por casa. Y la reconquista de Raqqa, en Siria, será incluso más pedregosa.

En preparación de la gran batalla que se viene, la coalición internacional está dedicada a tratar de descabezar el Estado Islámico. Fue así que el 27 de mayo los americanos mataron (no revelaron ni cómo ni dónde) al primer lugarteniente de Abu Bakr al Bagdadi, conocido como ‘Haji Imán’ y como ‘Abdul al Qadouli’, que era el encargado de las finanzas de la organización. Una semana antes habían matado al jefe de operaciones militares, mencionado tan sólo como ‘Omar, el Checheno’. Y a finales de 2015 liquidaron al ‘número dos’ del califato, Fadhil Ahmad al Hayali. Según la evaluación del secretario de Defensa de Estados Unidos, Ashton Carter, “estamos eliminando sistemáticamente el gabinete del Estado Islámico”.

Otro frente abierto contra el califato es la “ciberguerra”, que habría sido intensificada a comienzos de 2016 con operaciones cada vez más audaces desde la sede del comando cibernético americano, ubicada en Fort Meade, cerca de Washington. El propósito sería infiltrarse en las redes y los servicios informáticos del Estado Islámico, tanto para manipular y eventualmente destruir sus sistemas y esparcir virus como para interceptar las comunicaciones entre el califa y sus emires y, así, identificarlos, ubicarlos, eliminarlos y hacer abortar sus operaciones.

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 La voluntad de luchar

Con todo lo cual la derrota final del Estado Islámico ya parece posible y probable, aunque no inminente y ni siquiera próxima. Incluso sus líderes han empezado a admitir que eso puede ocurrir: el 21 de mayo, en un video de su canal de Internet Agencia Amaq, su portavoz habitual, Mohammed al Adnani, dirigiéndose a los “cruzados” dijo que “no nos sentiremos derrotados si ustedes recapturan Mosul, Sirte (en Libia) o Raqqa, porque la única derrota verdadera es la pérdida de la voluntad de luchar, voluntad que a nosotros nunca nos faltará”.

Como prueba de su determinación de seguir luchando, mientras sus adversarios avanzaban hacia Faluya, a principios de junio, el Estado Islámico lanzó un contraataque sorpresivo en el norte de Siria, cerca de la frontera con Turquía, al mismo tiempo que terroristas suicidas efectuaban siete atentados consecutivos en las ciudades sirias de Tartús y Jableh, que causaron más de cien muertes. Y eso, el terrorismo, podría volverse aún más frecuente, despiadado y extendido cuando el califato sea finalmente expulsado de Siria e Iraq y sus combatientes, o muchos de ellos, se rieguen por el Oriente Medio, Asia y Europa.

A esa incertidumbre podría sumarse otra: ¿se unirán, aunque sólo sea estratégicamente y para operaciones específicas, el Estado Islámico y Al Qaeda? Los dos son, al fin y al cabo, grupos musulmanes sunnitas radicales, enemigos sin regreso del Occidente, que predican la violencia y la lucha armada, cuyas diferencias son sobre todo conceptuales y de ritmos. Es así que Al Qaeda se presenta, desde sus ataques del año 2001 en Nueva York y Washington, como una organización yihadista “inteligente, metódica y persistente”, con metas a más largo plazo, que incluyen la futura implantación de un califato en el norte de Siria, sin los apresuramientos del Estado Islámico.

Por eso, en vez de ‘califa’, Osama bin Laden se hacía llamar ‘emir’, es decir ‘príncipe’, con lo que, según parece, intentó siempre enviar un mensaje doble: por un lado, que no se ponía a la altura de Mahoma y de sus primeros sucesores y, por otro lado, que sus objetivos eran más políticos que religiosos. Pero puestos contra la pared por la reacción mundial contra el terrorismo islámico, no es delirante decir que, algún momento, el Estado Islámico y Al Qaeda podrían minimizar sus diferencias y postergar sus rivalidades para lanzar ataques coordinados contra sus enemigos comunes. Si eso ocurriera, la guerra contra el terrorismo se volvería, entonces sí, planetaria. Y de muy largo plazo.

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La siguiente base: Libia

El 20 de octubre de 2011, cuando la dictadura larga y feroz de Mohamar Gadafi fue derrocada, en vez de emprender en un proceso ordenado y sereno de pacificación y democratización, Libia cayó en una espiral de conflictos cada vez más hondos, en que el país fue fraccionándose y llenándose de bandos. “Sí, no pensamos en el día después”, según admitió al presidente Barack Obama, al reconocer que ese descuido inaudito fue el “mayor error” de la política exterior de Estados Unidos en los ocho años de su mandato.

Y es que en su desesperación por terminar una dictadura arrogante que duró 42 años, que atropelló todos los derechos y libertades y hasta patrocinó grupos terroristas, el Occidente (con el aplauso sonoro de la mayoría de los países árabes) apoyó a los rebeldes levantados en armas en febrero de 2011. En los ocho meses que duró la guerra civil, americanos, británicos y franceses inundaron Libia de armamento sofisticado y poderoso para enfrentar con éxito a las también fuertemente equipadas legiones de Gadafi.

Cuando la rebelión terminó, triunfante, todas esas armas quedaron sueltas, sin control, en manos de los cientos de células radicales, ejércitos privados y bandas de delincuentes que se habían formado para luchar contra la dictadura (y, en algunos casos, para defenderla) o para aprovechar el caos de un país en guerra. Muchas armas incluso se las llevaron los miles de mercenarios extranjeros, en especial del África Subsahariana, que habían sido contratados, de lado y lado, para que participaran en la lucha.

(Las células primigenias de los grupos islámicos radicales que en los años siguientes irrumpieron en varios países africanos lanzaron sus mayores ofensivas precisamente con las armas modernas y bien dotadas de munición que se llevaron de Libia. El actual Boko Haram, por ejemplo, que opera con ferocidad e impunidad en el nororiente de Nigeria y en países vecinos como Níger y Chad. O el Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad, la organización de los guerreros tuareg que estuvo a punto de tomar el poder en Malí en 2012).

En efecto, encandilado por el estruendo y la algarabía de la llamada ‘Primavera Árabe’, que despertó una adhesión muy jubilosa y bastante irreflexiva en medio mundo, nadie (o casi) pensó en el día siguiente a la caída de las dictaduras. Y de la tiranía se pasó a la anarquía, a la guerra o, incluso, a otras dictaduras. Con la única excepción de Túnez, que devino en una sociedad abierta, la ‘Primavera Árabe’ no solucionó nada y, en ciertos casos, agravó todo.

Ese fue el caso de Libia, que en menos de cinco años tiene hoy dos gobiernos en funciones (llegó a tener tres), decenas de grupos armados que operan a su antojo, un ‘corralito’ que impide a los libios sacar más de 100 dólares mensuales de los bancos, cortes diarios de energía eléctrica, racionamientos de agua potable, dificultades en el abastecimiento de alimentos y, además, la presencia cada día más acaparadora del Estado Islámico.

Al menos 200 kilómetros de la costa del Mediterráneo, alrededor de la ciudad de Sirte, tiene en su poder el Estado Islámico, cuyos combatientes (que ya serían 6.000) acosan con frecuencia creciente la ciudad de Misrata, la segunda del país, con la intención no disimulada de tomarla pronto. El califato de Abu Bakr al Bagdadi tiene allí, en Libia, su tercera base de operaciones, que podría ser la primera y mayor si perdiera Siria e Iraq. Y, por cierto, no es un mal lugar para operar: fronteras con Egipto, Sudán, Chad, Níger, Argelia y Túnez. Y, además, todo el mar Mediterráneo…


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