El Bosco es dios

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Por María Fernanda Ampuero ///

Fotografías cortesía del Prado ///

“Lo que me interesa de El Bosco es cómo nos invita a mirar el lado monstruoso de la existencia, sus aspectos marginales (excepciones, abismos, oscuridad) y más feroces, no sé si con un objetivo catequizador, como han señalado casi todos sus estudiosos, pero sin duda sí con un ánimo perturbador. Me fascina el sobresalto que todavía hoy, cuando parece que ya lo hubiéramos visto todo, pinturas inscritas en la mentalidad de un hombre que vivió hace cinco siglos siguen provocando en la conciencia de un espectador posindustrial. Fue un maestro del desasosiego y, como tal, nos obligó a mirar sin inocencia”, dice Ricardo Menéndez Salmón.

¿Cómo hacer justicia a esto? ¿Cómo escribir algo que haga justicia a todo esto? Es decir, ¿qué son las palabras, aunque sean mil, para describir esto, que es una visión demencial?

Hay que pedir perdón al lector. Agachar la cabeza. Aquí se intentará hacer algo titánico, monstruoso: contar qué se siente al estar delante, por ejemplo, de El jardín de las delicias. Hay gente que viaja miles de kilómetros nada más para verlo. Hay gente que se para frente a él y ríe. Hay gente que se para ante a él y llora. Hay tanta gente, siempre, frente al famosísimo tríptico de El Bosco, que está en el Museo del Prado de Madrid, que parece la barra de un bar de moda a las dos de la mañana. Esto ya no es un cuadro, es cultura universal, es ícono: sus demonios nos pertenecen a todos.

Por fuera, hoy, un día de junio de 2016, en los alrededores del Museo Nacional del Prado, inquietantes filas que no parecen avanzar nunca. Gente, una detrás de otra, infinitamente, como en un cuadro de, qué coincidencia, El Bosco. Por dentro, horarios de visita implacables. Si tu entrada dice a las 14:10, es 14:10 y no 14:11, y muchos guardias de seguridad, muchísimos, alertas como gatos jóvenes. El mundo entero ha venido a rendir homenaje a Jheronimus Bosch, Jeroen van Aeken o Jerónimo Bosco: El Bosco (Bolduque, Países Bajos, 1450-1516), el pintor de la locura.

Se cumplen 500 años de su muerte y Madrid ha decidido recuperar ese gran amor que le tuvo Felipe II al neerlandés. Fue el rey español quien, fascinado por el extraño hacer de ese artista de los infiernos —un Dante del pincel, digamos—, compró ocho de sus obras y las dejó en España. Entre ellas, las imprescindibles: El jardín de las delicias, El carro de heno y La adoración de los magos, que están en el Prado y El camino del calvario, que se encuentra en El Escorial.

El resto son préstamos importantísimos; Lisboa, Londres, Berlín, Viena, Venecia, Rotterdam, París, Nueva York, Filadelfia, Washington, entre otras ciudades, dejaron viajar a sus tesoros al Prado para completar esta increíble exposición. La palabra increíble, atención, no se ha usado al azar. Esto, El Bosco, es muy hermoso y muy atroz y todos los adjetivos que se usan para algo que deja sin aliento.

Todo el tiempo tiene al espectador la sensación de estar viviendo-viendo una cosa muy rara, onírica, como las primeras veces en el cine, en la infancia: la boca un poco abierta, los ojos abiertos del todo, las ganas de decir “guau”. El Bosco pinta para los niños que nunca hemos dejado de ser. Con todo lo fantástico que tiene eso. Con todo lo aterrador que tiene eso. Hay que pensar un segundo en los miedos infantiles. ¡Uf!

Es como sentir eso de las primeras veces: los primeros sueños, las primeras experiencias con drogas, la primera fascinación —y el primer temor— religiosa, el primer vuelo de la imaginación, el primer terror: absurdo, sin límites, tan bestia que te impide gritar. Ya no es el miedo a la sodomía o al cercenamiento, sino el presentir que tendrás miedo, que tienes orificios y blanduras, por lo que te pueden causar un dolor insoportable. Algo puede hacerte daño y no estarán tus padres, ni dios, ni nadie: viniste solo y te destruirán solo. Eso ha pintado El Bosco: algo humanoide, oscuro, inquietante, indescriptible, que sale de tus pesadillas y que apenas atisbas. Una sombra que parece de persona, pero tiene brazos de otra cosa y te va a hacer daño. Te va a hacer mucho daño. No hay dónde correr.

Pero somos morbosos. Por eso vemos terror y leemos terror. El Bosco fue el precursor de las películas y las novelas que leemos mordiéndonos las uñas.

Dicen los expertos en arte que lo que el artista quería era evangelizar, crear temor al infierno entre los piadosos con sus terribles y detalladas bestezuelas. Bueno. Temor hay. Tal vez no exista el infierno. Pero temor hay, siempre lo habrá.

Te podrías pasar días enteros haciendo zoom a los cuadros de El Bosco. Sí. La locura y la muerte —una cosa y la otra, una cosa o la otra— podrían encontrarte metido en el pico de un pájaro que en realidad es un insecto que se está comiendo a un tipo o a unos perros blindados o a una rata gigante y horrible o a un botijo con patas. De hecho, ahora, eso que algunos cursis llaman “la magia de la tecnología» permite que puedas hacer visitas virtuales y acercarte tanto como quieras a lo que desees.

Resulta en verdad fabuloso darse cuenta de que, cinco siglos después, no hemos inventado nada. O muy poco. Que todos los seres extraordinarios de Dalí o Max Ernst, para citar su influencia en el surrealismo, pero además, nuestra visión de los extraterrestres o de los demonios, La guerra de las galaxias, los reinos de Juego de tronos, El viaje de Chihiro, Alicia en el país de las maravillas, las películas de Tim Burton y no solo eso, sino también los seres mutantes, radiactivos, futuristas de nuestra ciencia ficción. Todo, todo, todo, ya estaba, de alguna manera, en El Bosco, de quien dijo Cees Nooteboom, que era “un oscuro presentimiento”.

Ese oscuro presentimiento, antiguo y a la vez tan nuevo, va acompañado de una paleta de colores rabiosa, viva, que acrecienta la sensación de locura. Los bichos son rosados, amarillos, las aguas son turquesas y de ellas emergen esas cosas inenarrables. ¿Qué había en tu cabeza, Bosco? ¿Cómo era tu cabeza, Bosco? ¿Qué soñabas, Bosco? Estamos ante estos cuadros como leyendo un poema encriptadísimo, preguntándonos, ay, cómo comprender esos símbolos.

El cielo, el infierno, el paraíso, el castigo, pero, ¿y lo demás? Una escena de la Anunciación con aire futurista. Un rey mago con un traje blanco pop que haría parecer convencional a Lady Gaga. Unas ciudades de fondo que parecen —parecen— tener edificios. Rocas que parecen a punto de hablar, que tienen ojos y brazos, y se asemejan a moluscos y a cíclopes, y también a nada de eso.

El aterrador bosque de El Bosco.

Créeme, no te quieres perder ahí, pero ya es tarde: si miras muy de cerca, mucho muy de cerca, te verás.

La pregunta es: ¿te has portado bien?


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