La edad de la inocencia se acabó

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La mexicana Natalia Lafourcade visitó el Ecuador por primera vez el pasado mes de mayo y se presentó en Quito, donde fue la atracción principal del festival Terrasónica. Mundo Diners la siguió muy de cerca y antes de verla cantar repasó en el camino que la trajo hasta aquí ///

Por Óscar Molina V.

Fotos: Juan Reyes

 

Ni las uvas frescas ni las rodajas de manzana ni la taza de café recién hecho. La cantautora mexicana Natalia Lafourcade no ha probado ni un bocado de lo servido en la mesa dispuesta frente a ella. Está de pie, cerca de un ventanal del restaurante del hotel Quito que mira hacia los valles, practicando un simulacro de cercanía: dos fanáticos la abrazan de costado mientras ella, como una pesista, se esfuerza por sostener la sonrisa para la foto. Es la primera vez que Natalia viene a la capital y aunque el sol del mediodía de este viernes de mayo no es —como suele ser— una amenaza de muerte y ella podría salir a conocerla, la siguiente actividad en su agenda, después de esta entrevista corta, es encerrarse a dormir en su habitación.

“Quiero pedir una disculpa a algunos que me han encontrado por ahí en aeropuertos o rincones donde no soy la más alegre ni energética. No es personal, espero lo entiendan; pero en todo este año no he parado y estoy muy cansada”, escribió Natalia Lafourcade en diciembre de 2015 en un post del blog de su página web. Han pasado cinco meses desde esa justificación espontánea, pero el agotamiento tras más de 60 conciertos desde abril del año pasado hasta ahora aún hace que parpadee en cámara lenta y se despreocupe de si un mechón de su melena ámbar se eriza y se separa del resto. “Estoy en un buen momento conmigo, me siento cómoda como artista. Ya no estoy tratando de demostrar nada sino solo de compartir mi música en vivo. Ya no soy tan aprensiva como antes”, dice Natalia sentada al filo del ventanal junto a su bolso de cuero. Viste una camiseta azul oscura de manga corta, y un jean pescador roto en las rodillas que infantiliza aún más su cuerpo menudo. “La gente, por fortuna, ha respondido bien y ha abrazado mucho este disco que para mí es muy honesto y real”.

El disco es su sexto álbum de estudio, se llama Hasta la raíz y fue lanzado en marzo de 2015. A finales de ese mismo año, en noviembre, ganó cinco premios Grammy: Mejor Ingeniería de Sonido, Canción y Grabación del Año, Mejor Canción Alternativa por Hasta la raíz y Mejor Álbum Alternativo.

Hasta la raíz fue producido por el argentino Cachorro López, artífice de éxitos adhesivos de Julieta Venegas, Cristian Castro y Diego Torres, y el mexicano Leonel García, la mitad de Sin Bandera (ese dúo alto en azúcar). Entre ambos potenciaron las intuiciones creativas de Natalia para este disco y, junto con una banda de más de diez músicos, trajearon de pop, folk latinoamericano, bossa y arreglos electrónicos y sinfónicos a sus doce canciones de desamor y renacimiento. 

Una por una, esas canciones han suturado una legión de corazones rotos.

Con este disco, además, Natalia Lafourcade ha salido de gira por alrededor de 50 ciudades de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa; más que con cualquiera de sus trabajos anteriores. Y en cada asiento de avión, en cada sala de espera y en cada habitación de hotel ha intentado hacer siempre lo mismo: descansar tanto como su éxito se lo permita.

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Tres quinceañeras con vestidos rosados y mitones blancos bailan detrás de ella y repiten los coros. Ella parece La Popis aprendiendo a portarse mal: dos coletas, gafas oscuras y una guitarra eléctrica que desentona con su vestidito de encajes. “Ya no soy, ya no soy, la infantil criatura, la inocencia se acabó”, canta Natalia Lafourcade en el video de En el 2000. Era 2002, tenía diecisiete años, había firmado un contrato con la disquera Sony, pero marcaba distancia del mainstream con su rebeldía púber. Ella no era una chica fresa que anhelaba ser como Paulina Rubio ni otra damisela aburrida a la espera de un amor a la mexicana. Natalia Lafourcade era —o al menos eso parecía después de escuchar En el 2000— una artista talentosa, joven y ansiosa por independizarse, como cualquier adolescente, de sus padres y de cualquier etiqueta.

Hija de Gastón Lafourcade, un reconocido clavecinista chileno, y de la mexicana María del Carmen Silva, creadora del método Macarsi de enseñanza musical para niños; desde pequeña Natalia jugó con la música como con una hermanita menor. Su madre, incluso, practicó con ella la pedagogía que había creado y que consiste en ejercicios divertidos para entrenar el oído, fortalecer el sentido melódico y afinar la voz. A los catorce años, con una formación musical sostenida, integró la banda juvenil Twist, pero la abandonó al poco tiempo porque no le gustaba cantar letras chiclosas sobre pistas pregrabadas. Twist era un trío de chicas con ropa colorida, poco maquillaje y canciones hechas para adolescentes criadas en centros comerciales. Tres años después, con la indisciplina premeditada de su primer disco homónimo, Natalia Lafourcade se acercó demasiado a la incandescencia del triunfo. “Mucho tiempo no me gustó. Mucho tiempo lo odié y no le tuve amor ni cariño. Como que me peleé con el disco, y más porque pegó muchísimo. Ahora lo escucho y me da mucha ternura. Era una niña”, dijo en una entrevista para la revista Gatopardo.

Con Casa (2005), su segundo álbum, ocurrió algo similar. Esta vez Natalia estaba acompañada de una banda de tres varones a la que llamó La Forquetina. El jazz, la bossa y hasta el danzón se abrazaron a su voz fina y versátil, capaz de fraseos propios de una ronda infantil. El público, de nuevo, quedó encantado con su propuesta. Y ella, molida. “Fue demasiado trabajo, demasiada presión —cuenta en la misma entrevista con Gatopardo—. Puedo resumir todo en no saber cómo manejarse en medio de la industria canija (despiadada) a su máximo”. La banda se separó y Natalia viajó a Ottawa, Canadá, para relajarse. Allí, sin recibir órdenes de nadie, compuso y grabó con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Veracruz Las 4 estaciones del amor, un precioso disco instrumental lleno de paisajes abiertos.

Luego de esos tres primeros discos, quedaba claro que Natalia Lafourcade no era una pop star desechable sino una cantautora en búsqueda de su sitio en el mundo. Y esa exploración, como se sabe, implica un riesgo.

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Agustín Lara fue uno de los compositores mexicanos más importantes del siglo XX. Compuso poemas que él mismo cantó como boleros y que otros, a lo largo del tiempo, han versionado y popularizado como revelaciones probadas de amor y desamor. Gargantas portentosas como la de Chavela Vargas, Luciano Pavarotti y Pedro Infante, entre muchas otras, entonaron los versos agridulces de Solamente una vez, de Farolito, de Amor de mis amores. En 2011 Natalia Lafourcade también tuvo su primer e ineludible acercamiento a las canciones de “El Flaco de Oro”. Fue por invitación de la mexicana Alondra de la Parra, directora en ese entonces de la Orquesta Filarmónica de las Américas, quien la incluyó en el disco Travieso Carmesí, un homenaje sinfónico a compositores del cancionero popular de México.

María bonita fue la pimera canción de Agustín Lara que me partió en pedazos. Desde que la canté por primera vez se abrió todo un universo para mí”, dice Natalia un momento antes de levantarse y posar para esta revista en un rincón del restaurante. Después de haber editado en 2009 un disco tan personal, experimental y juguetón como Hu Hu Hu —el cuarto de su carrera—, tenía ganas de probar su voz en las canciones de otros. Travieso Carmesí apareció justo en ese momento y Natalia traspasó el umbral hacia el universo desgarrado de Lara. “Al principio no podía cantar tan fácil sus canciones, me costaba mucho trabajo conectar con la emoción. No sentía nada, pensaba que lo hacía horrible. Agustín Lara me hizo aprender que, si yo no era más honesta con lo que quería decir o con lo que sentía, no iba a poder conectar con quienes escuchaban mi música”.

En 2012 Natalia editó Mujer divina, Homenaje a Agustín Lara. Escogió trece canciones representativas y las reversionó con arreglos pop a base de trompeta, ukelele, xilófono, batería… pensados para acercarse a un público joven. En cada tema, además, la acompañaron artistas contemporáneos y eclécticos como Jorge Drexler, Adrián Dargelos, Miguel Bosé y Kevin Johansen y hasta músicos consagrados como Gilberto Gil. Con sus voces, Piensa ya en mí no sonaba tan triste, Farolito se había vuelto aún más dulce y La fugitiva superaba su propia elegancia. “Ese disco cambió mi manera de cantar y de vivir la música. Desde entonces empecé a sentirme a su disposición, a entregarme sin tanto control”. La epifanía coincidió con un tropiezo: Natalia Lafourcade se había asomado al amor como quien se asoma a un abismo, y había caído. Tras años de relación y convivencia con su novio, todo se había terminado por motivos tan desconocidos como él.

El desamor, a veces, edifica las canciones donde se refugian los corazones.

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Basta fijarse en los títulos de las canciones de Hasta la raíz para saber que el itinerario sentimental empieza en un centro doloroso y termina en un destino esperanzador: Ya no te puedo quererPara qué sufrirLo que construimos (se acabó), Estoy listaNo más llorar. Como en su momento lo hicieran Bob Dylan con su Blood on the Tracks, Amy Winehouse con su Back to Black, Sinatra con In the Wee Small Hours o Nacho Vegas y Christina Rosenvinge con su disco Verano fatal, Natalia Lafourcade musicalizó el relato en primera persona de un descenso hacia el oscuro precipicio de una decepción amorosa. Y esta noche, con una luna alta y encendida en Lumbisí, al nororiente de Quito, vino a cantarlo sobre el escenario del Festival Terrasónica y a celebrar que sobrevivió a esa caída. “Siento que los momentos difíciles cuando las cosas se desintegran o se destruyen o se deshacen —dijo en la rueda de prensa del día anterior— son grandes oportunidades para detenernos, para observar, para volver a empezar”.

Está de negro entero, con una pulsera y aretes dorados. Luce pequeñita sobre el escenario, apenas más grande en las pantallas de los lados. Para Vámonos negrito, la segunda canción de la noche, se cuelga la guitarra, saluda por el micrófono y, al terminar de hablar, sonríe. Sonríe quedito, como una niña. Sonríe como la niña que después de cantar una canción de memoria recibe los aplausos de sus padres quienes, a pesar de estar separados, se han juntado para escucharla. Sonríe como una adolescente insegura de su talento, pero que sospecha de su potencial por los halagos de sus amigos. Sonríe como la cantante nueva que mira por primera vez su video en la lista de los más votados en MTV. Quince años después de su debut, Natalia Lafourcade sonríe como la cantautora que escucha sus versos coreados por miles de voces que los pronuncia con la fe de las oraciones.

A veces se sienta sola frente al piano. Otras se planta en medio del escenario sin nada más que su guitarra. Un momento después improvisa una coreografía que termina con todos los músicos, incluida ella, acostados en el piso, luciéndose. Cada uno con la guitarra, el bajo, y ella con su voz aterciopelada, en apariencia fácil de emular. Cantantes de su generación como Ximena Sariñana y Carla Morrison lo han intentado, pero se han quedado en eso: imitaciones. Falta poco para que su primera presentación en Quito se termine y se ve que es cierto lo que había dicho: en vivo, Natalia Lafourcade ya no se concentra solo en sí misma ni en la perfección del sonido, tan nítido como en el disco. Ahora se deja ir. Ahora disfruta tocando un repertorio que resulta, cuando menos, elocuente. En medio del set completo de Hasta la raíz se cuelan pocas canciones de sus discos anteriores; ni siquiera ha incluido muchas reversiones de Agustín Lara. “Ya no soy, ya no soy, la de ese cuerpo extraño, ahora siente el corazón”, cantaba años atrás y ese, al parecer, es el mood actual de su carrera.

“En la vida, cuando las cosas no van bien, hay que decirle ‘chinga tu madre’, pero con amor”, dice Natalia Lafourcade antes de cerrar el concierto con No más llorar, la última canción de su disco: la más reconfortante. Desde la primera hasta la última fila, todos quienes empiezan a corearla y a aplaudir saben que una de las formas de decírselo es, precisamente, con música. Con qué más.


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