El nido vacío

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Por Mónica Varea

A voz en cuello cantábamos, acompañando la voz profunda de Mercedes Sosa, como un páaaajaro libre, de libre vuelo, como una pájaro libre, así te quieroooo. Mis embarazos fueron casi imperceptibles pero esa sensación de haber llegado a la cima del universo, de sentirnos en capacidad de educar un ejército de hijos libres, no nos quitaba nadie. Leíamos con emoción a Gibran Khalil: tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida… y jurábamos que esa era una verdad que no necesitaba demostración, pero cuando llega el día de dejarlos ir, de soltar amarras, vemos que confundimos el vuelo del pájaro y de la saeta con el de la cometa, que creímos que siempre sostendríamos la piola.

La realidad es distinta, muy distinta, la piola de la cometa se rompe como aquel hilo de chillo que cada verano nos regalaban en el molino Poultier. Los primeros vientos nos anunciaban que era tiempo de cometas y la sirena del viejo molino nos contaba que la jornada había terminado y que, luego de la salida de los obreros, el guardia nos regalaría hilo, montón de retazos de hilo enmarañado que debíamos desenredar y anudar hasta lograr un ovillo grande para que nuestras cometas llegaran lo más alto posible, para que se pelearan con las aves por un trozo de cielo, para que tocaran el humo del tren que pasaba.

Ahora no hay humo ni trenes ni viento ni cometas, solo silencio, solo espacio vacío, solo recuerdos que se agolpan, distancias que duelen y nuestros corazones divididos entre el norte y el sur. Ahora solo queda el permanente deseo de que los vientos de Chicago sean buenos vientos y los aires del sur, sean Buenos Aires. Ahora vuelan solas, como siempre quisimos que volaran: solas, seguras, responsables, pero la distancia aflige, pero la distancia duele.

Hoy seguimos cantando, pero ya no a voz en cuello, sino casi en silencio, como rezando: Cada minuto tuyo lo vivo y muero. Cuando no estás, mi hija, como te espero. Pues el miedo, un gusano, me roe y come…

Sabíamos que este día tenía que llegar, sabíamos que el silencio iba a tomar posición de nuestra casa, sabíamos que su ausencia nos iba a doler y que de aquí para adelante estaríamos solos. Solos, sin testigos, mirándonos tal cual somos, enfrentando a diario mi histeria y tu neurosis.

Se fueron, te digo llorando; se fueron, respondes desde tu práctica y envidiable y robótica manera de sentir. Estamos solos, intento decir… No, ¡estamos viejos!, me corriges. Solos, viejos, ¿qué más da? Llenos de álbumes de fotos que se apolillan de a poco, llenos de recuerdos que intentamos no olvidar, llenos de nostalgia y del sueño lejano de verlas regresar. Pero juntos, me dices estirando tus brazos; pero juntos, repito y acepto tus brazos, me hundo en ellos como en mi último refugio, me aferro a ti como al único salvavidas que puede evitar que me ahogue en mis propias lágrimas.

Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero…


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