Trump y su carisma devastador

¿Es un demagogo grotesco y desbocado oes un líder auténtico que proclama lo que muchos piensan y no se atreven a decir?

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Por Jorge Ortiz

 

No fue, ni mucho menos, una convención ‘normal’, en que ocurrió lo que se suponía que debía ocurrir: los demócratas, reunidos en Cleveland para formalizar la candidatura presidencial de Hillary Clinton, no se dedicaron —como se esperaba— a atacar con fiereza y sin piedad a sus rivales republicanos, sino que se impusieron la misión envenenada y sutil de evocar el viejo partido Republicano, conservador, ideológico y formal, que desde su fundación en 1854 fue protagonista estelar de la epopeya de forjar un gran país, de capitalismo vibrante y democracia profunda, al que le bastó un siglo para llegar a ser la mayor potencia del mundo. Nada menos. Sí, no fue una convención ‘normal’ porque el adversario directo, al que hay que vencer, tampoco es un candidato ‘normal’.

Esa evocación tenía, por supuesto, un propósito hábil y bien pensado: presentar a Donald Trump —quien el martes 8 de noviembre disputará con Hillary Clinton la presidencia de Estados Unidos— como un demagogo grotesco y desbocado, de carácter errático e ideas toscas, que es indigno de la herencia lustrosa y de la historia rica del ‘Grand Old Party’, el ‘Viejo y Gran Partido’ de Abraham Lincoln y Ronald Reagan. Con lo cual el partido Demócrata, el de Franklin Roosevelt y Barack Obama, enviaba a los votantes republicanos un mensaje preciso e insidioso: Trump no es uno de los suyos, no es un político moderado y serio, de centro-derecha, sino un populista sin principios, muy carismático pero vacío, que no representa ni los valores ni los procederes de un partido de estado, sino que busca el poder por vanidad y soberbia y que, si lo consiguiera, lo ejercería con autoritarismo, ignorancia y abuso.

En los días inmediatos a la convención, esa estrategia dio sus primeros resultados, cuando la prensa americana —siempre más proclive a los demócratas que a los republicanos— empezó a referirse a los “republicanos de Clinton”, es decir a aquellos votantes habituales del partido Republicano que, despechados por la candidatura tempestuosa de Trump, están resignados a votar esta vez por los demócratas. (Los “republicanos de Clinton” equivalen, ahora, a lo que en los años ochenta fueron los “demócratas de Reagan”: las legiones de inconformes con la “entrega” del partido Demócrata a las minorías étnicas y sociales y con su pacifismo ingenuo y a ultranza que, apartándose de su línea, apoyaron en masa a Ronald Reagan en sus dos presidencias.)

Con la astucia de una política veterana y curtida, que quiere el poder y está resuelta a conseguirlo, Hillary Clinton se lanzó en el primer tramo de la campaña electoral de cien días a tratar de arrinconar a Trump en la extrema derecha por medio de la consolidación de una coalición (la “mayoría de minorías” que empezó Roosevelt en los años treinta) en la que, entre mujeres, latinos, negros, inmigrantes ilegales, homosexuales, jóvenes rebeldes y ‘socialistas de Sanders’, cupieran los republicanos espantados por la retórica incendiaria del candidato de su partido. Precisamente la retórica agresiva y excesiva de Trump, similar a la de los caudillos enardecidos del tercer mundo, está siendo enarbolada por los demócratas como una prueba rotunda del carácter volátil y el temperamento explosivo de Donald Trump y, por consiguiente, de su falta de serenidad, preparación y equilibrio para ejercer la presidencia de Estados Unidos. Pero, claro, Trump y los suyos tienen otra versión.

 

La identidad perdida

            La crisis económica de 2008, cuya superación es el mayor logro de la presidencia de Barack Obama, dejó ciertas fracturas económicas que, en el caso de los grupos poblacionales más afectados (como los trabajadores blancos de menor cualificación que perdieron sus puestos de trabajo por el deterioro de la competitividad de determinados sectores industriales estadounidenses), se convirtieron con rapidez en fracturas culturales. A su vez, esas fracturas culturales se expresaron en una añoranza creciente por los “auténticos valores americanos”, heridos por la inmigración ilegal, la apertura comercial ilimitada y el multiculturalismo. Valores como la responsabilidad personal, el trabajo duro y la individualidad estarían extinguiéndose ante el avance de “credos ajenos y radicales”, como el islam.

Fue entonces cuando apareció Trump con sus recetas simples y sonoras, dirigidas a “la gente sencilla de la América profunda y rural”: prohibir la entrada de musulmanes, levantar una pared a todo lo largo de los 3.185 kilómetros de la frontera con México y renegociar (y en muchos casos cancelar) los tratados de libre comercio. El populismo en sus esencias más puras. Y así, exonerado del contagio del extremismo islámico, sin la acechanza de los ladrones, traficantes de drogas y violadores mexicanos y con el regreso de los millones de puestos de trabajo que por los acuerdos comerciales se fueron a medio mundo, en especial a China, Estados Unidos volverá a ser un país seguro, próspero y orgulloso, con una economía vigorosa para el bienestar de sus habitantes y unas fuerzas armadas imbatibles para la tranquilidad del planeta. La visión de Trump es sencilla e impetuosa: “Let’s make America great again”.

Esa visión elemental del mundo, con sus propuestas básicas e iracundas, se volvió adictiva para los sectores lastimados por los rezagos de la crisis económica de 2008, que encontraron en Trump un líder auténtico, resuelto y vigoroso, que no se empantana —como la mayoría de los caudillos contemporáneos— en lo políticamente correcto, sino que, al decir lo que piensa, expresa lo que millones de personas sienten pero no se atreven a reconocer. Fue así, ni más ni menos, que Trump ganó con una facilidad asombrosa la candidatura presidencial republicana frente a quince rivales de más trayectoria, prestigio y pergaminos. Y fue así como, al comenzar la campaña electoral, en el centro del debate político no estuvieron ni la economía, ni la política internacional, ni la seguridad interna, sino los temas de identidad nacional: ¿cuáles son las raíces, las esencias, el valor intrínseco del “ser americano”?

Pero, al mismo tiempo, ese horizonte de decadencia y peligro dibujado por Trump en cada una de sus intervenciones está chocando con la visión optimista, incluso espléndida, que defienden tanto Hillary Clinton como Barack Obama: Estados Unidos es un gran país, con una economía poderosa, una democracia indudable, una vanguardia tecnológica indiscutible y una capacidad constante de innovación y de adaptación a las nuevas realidades del mundo. Esa nación sombría y brumosa que describe Trump es la que siempre pintan los populistas—cada uno en su momento y en su lugar— para ellos poder presentarse como lo salvadores, los líderes visionarios de mentes lúcidas y corazones ardientes llamados a redimir a sus pueblos de las tinieblas y la desesperanza. Y, en el contraste de las dos visiones, la que está venciendo y convenciendo no es la de Trump, sino la de Clinton. Al menos por ahora.

Una celebridad internacional

            Al menos por ahora, sí, porque en una campaña electoral larga e intensa, en que cada gesto y cada palabra de los candidatos tienen una repercusión periodística inmediata, todo puede suceder. Y es que, por una parte, Hillary Clinton no es una candidata inmaculada y convincente, con pocos flancos débiles. Incluso en su propio partido hay desilusionados y disidentes. Y, por otra parte, Donald Trump es un candidato intrépido y con vocación de triunfo, como reflejo tanto de su personalidad ampulosa y recia como de su ejercicio empresarial impetuoso y audaz (y, según parece, escaso de escrúpulos), que lo ha convertido en una celebridad dentro y fuera de su país. Tiene, además, como todos los demagogos, un gran sentido de lo popular.

Nacido en Nueva York en 1946, hijo de un empresario del sector inmobiliario, fue siempre un hombre que, según sus palabras, “piensa en grande”. Pensando en grande, precisamente, le dio un giro al negocio cuando heredó la empresa familiar, llevándola de la construcción de viviendas para la clase media a la promoción de proyectos gigantescos, desde grandes hoteles y clubes suntuosos hasta inmensos edificios de oficinas en las avenidas más emblemáticas de las mayores ciudades americanas. No siempre le fue bien, por supuesto, e incluso en los años noventa estuvo al borde de la quiebra. Pero hoy su fortuna personal sería —según la revista económica Forbes— de 4.000 millones de dólares, aunque él la calcula en “por lo menos el doble”. La discrepancia mayor se refiere al valor de la marca ‘Trump’: él lo fija en 3.300 millones, mientras que Forbes lo estima en unos modestos 125 millones.

Después de tener dinero, Trump quiso tener notoriedad. Para obtenerla, se inventó un programa de televisión, The Apprentice, El Aprendiz, en el que durante catorce temporadas evaluó los planes de negocios de los concursantes, para darles un beneplácito condescendiente o para expulsarles con desdén y sin piedad: “you’re fired!”, “¡estás despedido!”. Al mismo tiempo, publicó unos libros de autoayuda, bastante elementales, para enseñar a tener éxito en las actividades empresariales y, sobre todo, fue el protagonista de una vida social y sentimental agitada y escandalosa, con unos divorcios espectaculares y costosísimos. Después de tener dinero y notoriedad, Donald Trump quiso tener poder.

Tras una serie de cavilaciones y tentativas, Trump —a quien siempre se lo había considerado independiente, aunque con cercanía al partido Demócrata— decidió presentarse como candidato republicano. En eso influyó, según parece, el ‘síndrome Perot’: a pesar de haber conseguido veinte millones de votos, el millonario petrolero tejano Ross Perot, que se presentó como independiente, no pudo ganar las elecciones presidenciales de 1992 en ninguno de los cincuenta estados, por lo que, al final, fueron los candidatos de los dos grandes partidos quienes se disputaron la presidencia, ganada por el demócrata Bill Clinton sobre el republicano (y presidente en funciones) George Bush. Trump no podía cometer el mismo error.

 

Populismo ‘made in USA’

Cuando anunció sus aspiraciones presidenciales, Trump se encontró con un país en plena convalecencia tras la crisis económica de 2008, pero con algunas lacras dolorosas, como la pérdida en los últimos quince años de unos cinco millones de empleos. A eso se sumaban el deterioro de la seguridad interna por el auge del terrorismo musulmán y el avance del multiculturalismo por la presencia de millones de inmigrantes, muchos de ellos ilegales (incluso de países islámicos), que no han podido (o no han querido) integrarse en la cultura americana, una cultura que es incluyente por definición, como lo demostraron las oleadas inmensas de inmigrantes europeos que desde el siglo XVII llegaron a Estados Unidos y se fusionaron en una sola forma de vida, con valores básicos de libertad y tolerancia, que hicieron de ese país el ‘melting pot’, el ‘crisol de razas’, del que tanto se enorgullecen los americanos.

Al más prolijo estilo populista, que propone soluciones simples a problemas complejos, Trump planteó frenar la pérdida de empleos imponiendo restricciones comerciales severas a los países con los que los desequilibrios de las balanzas de comercio son mayores, en especial a China, y detener el avance del multiculturalismo impidiendo la entrada al territorio estadounidense de musulmanes y mexicanos, mediante visas, muros o lo que fuera necesario. A los estratos desfavorecidos, sobre todo el proletariado blanco desempleado y menos instruido, esas ofertas les deslumbraron y les llenaron de entusiasmo, por lo que se convirtieron en la gran base política de Trump. (Esos estratos son, dicho sea de paso, los mismos que—por consideraciones y prejuicios similares— votaron el 23 de junio por el ‘brexit’, es decir por la salida del Reino Unido de la Unión Europea.)

Con esa base política convencida y combativa, Trump arrolló a sus rivales en las elecciones primarias republicanas y empezó a ser considerado el gran favorito para la elección presidencial de noviembre venidero. No se sabe si fue entonces, o cuándo, que envanecido por sus éxitos comenzó a decir cualquier cosa, en cualquier tono y en cualquier parte. De gran agitador, desafiante y exitoso, Trump devino tan sólo en un gran alborotador, dedicado a sembrar a su paso la confusión y el desconcierto. Atacó a varios de los líderes más respetados de su partido, como John McCain y Paul Ryan. Anticipó que haría recortes fiscales masivos, con la baja del techo de los impuestos del 35 al 15 por ciento, a pesar que la política monetaria expansiva fue decisiva para doblegar la crisis económica de 2008. Defendió con ardor el derecho a la posesión de armas de fuego, al mismo tiempo que su país se desangra por una sucesión interminable de actos violentos. Elogió al presidente ruso, Vladímir Putin, y en cierto modo admitió la validez de la anexión a Rusia de la península de Crimea. Exigió que Japón y Corea del Sur se doten de arsenales nucleares. Dijo que, a pesar de los tratados en vigor, no se sentiría obligado a defender a un socio de la OTAN que fuera atacado. Anunció, en pleno auge de la conciencia ambiental, que aflojaría los controles a las industrias contaminantes. Y, en el colmo de su ofensiva, acusó al gobierno americano de estar detrás de la creación del Estado Islámico.

(Asegurar que Barack Obama y Hillary Clinton son los fundadores del Estado Islámico es rigurosamente inexacto. El grupo armado conocido en su origen como Organización para el Monoteísmo y la Yihad fue creado en algún momento a comienzos de 2004 por el jordano Abu Musab al-Zarqaui para resistir por la fuerza la invasión estadounidense a Iraq de 2003. Se afilió a la red Al Qaeda en octubre de 2004 y, por consiguiente, cambió su nombre al de Al Qaeda en Iraq, denominación con la que en enero de 2006 intentó crear una estructura unificada de todos los grupos sunnitas iraquíes, el Consejo de la Shura de los Muyahidines. Al-Zarqaui murió en octubre de 2006 y el mando de la organización fue asumido por Abu Bakr al-Bagdadi. Todo esto ocurrió cuando George W. Bush, republicano, era el presidente de Estados Unidos…)

Los excesos retóricos de Donald Trump, sumados a la estrategia disuasoria de los demócratas y a la aparición de los “republicanos de Clinton”, hicieron que los vientos cambiaran de rumbo: de impulsar a Trump y ponerlo con ventaja clara en los sondeos de intención de voto, con hasta siete puntos porcentuales a su favor, comenzaron a soplarle en contra, con lo que Clinton pasó al frente con un liderazgo de hasta diez por ciento en el total nacional y con delanteras significativas en los estados clave, los ‘purple states’, los ‘estados púrpura’, que no son siempre rojos, es decir republicanos, ni azules, es decir demócratas, sino que oscilan de elección a elección y que serán los determinantes en noviembre: Florida, Wisconsin, Pennsylvania, Michigan, Nevada, Colorado, Carolina del Norte, Virginia, Ohio, Minnesota, Iowa y New Hampshire.

Y si bien la declinación de Trump parece incontenible e irreversible, nunca hay que olvidar que el virus del populismo, como el de cualquier mal invasivo, es resistente, mutante y muy contagioso. Estados Unidos, a pesar de su economía inmensa y de su democracia avanzada, no está libre del contagio. Es por eso que el estilo caudillista de Trump, que apela a la emoción y no a la razón y que sabe cómo lanzar consignas batalladoras y de impacto, tiene trastornada a la política estadounidense, donde esos comportamientos arrabaleros y destemplados son ajenos y lejanos, pero pueden llegar a ser seductores para las masas desencantadas y confundidas que cargaron con el peso mayor de la crisis.

No es descartable, por lo tanto, que, a medida que avance, la campaña electoral americana siga alejándose del centro político, yéndose a los extremos, perdiendo lo poco de moderación que le va quedando, volviéndose estruendosa y personal, reventando el discurso ideológico y, así, asemejándose cada vez más a la política tercermundista, donde los vencedores habituales son los caciques más rugientes y avinagrados, que convierten al agravio y a la confrontación en su marca de fábrica. Como lo hicieron los portaestandartes del socialismo del siglo 21 en América Latina. Como lo hace Recep Tayyip Erdogán en Turquía. Como lo puede hacer Donald Trump en Estados Unidos…

 

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¿En qué cree Trump?

Una parte fundamental, tal vez la mayor, del bienestar económico de las últimas siete décadas, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se debe a la liberalización del comercio internacional, que disparó la producción, el consumo y la generación de empleo y riqueza. Las clases medias del mundo contemporáneo son, ante todo, el fruto de dos procesos: la Revolución Industrial, primero, y la apertura comercial, después. Los únicos que siguen negando esa verdad, un poco por ignorancia y otro poco por fanatismo, son los populistas más cuadriculados, tanto de derecha como de izquierda, que aún se oponen a los tratados de libre comercio y se aferran al proteccionismo, las barreras arancelarias y las políticas restrictivas. Donald Trump es uno de ellos.

Trump, en efecto, cree que es indispensable reducir las importaciones provenientes de China por medio de una serie de medidas restrictivas (incluso presionando para que el yuan sea revaluado), para así favorecer la industria estadounidense. México es otro de los países a cuyos productos hay que dificultarles el ingreso. ¿En qué más cree Trump?

• Hay que renegociar, y si hace falta cancelar, el Nafta, el acuerdo tripartito de libre comercio de América del Norte, porque ha sido perjudicial para varios sectores de la industria estadounidense.

  • No hay que firmar el TPP, el Trans-Pacific Partnership, el Acuerdo de Asociación Transpacifíca, impulsado por Estados Unidos y Japón, y que incluye doce países de la cuenca Asia-Pacífico, pero no a China. Barack Obama lo ha apoyado con fuerza, aunque ahora (por la influencia negativa de otro populista, Bernie Sanders) también Hillary Clinton lo quiere detener.
  • Japón y Corea del Sur deben dotarse de armas nucleares para que su defensa no dependa de Estados Unidos y, además, para contrarrestar el desequilibrio militar causado en el Lejano Oriente por los arsenales atómicos de China y Corea del Norte.
  •  Estados Unidos no debe garantizar la seguridad de sus aliados a pesar de los acuerdos internacionales vigentes, pues, además, su contribución económica a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN, es excesiva.
  •  Hay que bombardear hasta mandar al infierno (bomb the hell out) al Estado Islámico.
  •  Son inevitables ciertos “métodos duros de interrogación” contra los terroristas, pues esos procedimientos son peanuts comparados con los métodos que usan Al Qaeda y el Estado Islámico. Las decapitaciones, por ejemplo.
  •  Se necesita un régimen tributario simple, para que quienes tengan ingresos personales menores a 25.000 dólares anuales no paguen nada y para que ninguna empresa pague más de quince por ciento de sus beneficios. Eso estimulará el consumo, en el primer caso, y la inversión, en el segundo.
  • Hay que levantar una pared en la frontera entre Estados Unidos y México para detener el ingreso de inmigrantes ilegales que rompen el mercado laboral y generan delincuencia. El costo de la obra, que podría llegar a diez mil millones de dólares, tendría que pagarlo México.
  • Debe concretarse la deportación de unos once millones de inmigrantes ilegales.
  • No debe limitarse el derecho constitucional de los estadounidenses a tener armas, pero hay que invertir en tratamientos de salud mental para impedir la repetición de asesinatos en masa.
  • Debe ser eliminado el Obamacare, el sistema de seguro obligatorio de salud, porque es “un desastre”. Y si bien todos los estadounidenses deben tener un seguro, el sistema debe ser manejado por cada uno de los cincuenta estados y con las reglas del mercado.
  • El calentamiento global actual es una de las muchas variaciones del clima ocurridas a lo largo de la vida de este planeta. Por lo tanto, las políticas de protección del ambiente no deben afectar la competitividad productiva de Estados Unidos.

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